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29/03/2017 - 14:30

Cuatro reflexiones para el día de la educación

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Lorenzo Tébar Belmonte
,

Si la educación tiene como meta lograr niños razonables, deben ser chicos que puedan al mismo tiempo pensar y reflexionar sobre las asignaturas de su instrucción”.

Si los niños no tienen oportunidad de sopesar y discutir sobre “medios” y “fines”

y sus relaciones, probablemente serán cínicos respecto a todo, excepto su propio bienestar,

y los adultos no tardarán en acusarles de necios relativistas”.

(M. Lipman (1992): Filosofía en el aula. Madrid: Ed. de la Torre, pp. 25 y 33).

 

 

Ser educador: La más noble misión

La educación siempre será un tema prioritario de debate en nuestra sociedad, debido a la enorme trascendencia de las vivencias que se experimentan en los años de mayor desarrollo de la persona del educando. Su indiscutible importancia le da la categoría noble que posee toda profesión que se fundamenta en la relación humana y en la construcción de la personalidad. Aunque en nuestro tiempo la arrolladora invasión tecnológica parezca suplantar la función mediadora de los educadores, queremos reivindicar su presencia insustituible y, tal vez, más importante, precisamente por la fuerza alienante y deshumanizadora que en nuestro tiempo tienen los medios de comunicación en toda su diversidad. La máquina no podrá suplantar jamás la relación humana sobre la que se obra toda la auténtica formación integral. Los países más avanzados y con mayor visión de futuro cuidan la investigación y la formación psicopedagógica de los educadores con especial interés. Se sabe que la educación es la mejor inversión de futuro. El capital humano es el mayor tesoro que hay que proteger. Pero chocamos con la realidad de la desprofesionalización, que reiteradamente viene denunciando la UNESCO, y que se comprueba por el abandono de más del 40% de los docentes, en los cinco primeros años de dedicación. La falta de selección y de formación humanística, así como los bajos niveles de exigencia en las Facultades pertinentes, atraen a jóvenes universitarios, buscadores de títulos fáciles de grado, para hacerse con un puesto de trabajo asequible.

 

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La primera lección de pedagogía

 

La educación padece una falta de prestigio y de profesionalidad, debido, especialmente, a los bajos resultados de las evaluaciones del programa PISA de la OCDE. Sus tablas sobre el fracaso escolar (rondando el 30%) divulgadas en todo el mundo sonrojan a muchos países por su posicionamiento estancado entre los de bajo nivel de resultados. Se ha hablado de la “trampa de PISA”, que superan los países en cabeza de lista. La razón es fácil de entender, pues los problemas de PISA, presentan las cuestiones en seis niveles de dificultad, que seleccionan a los estudiantes por doble vía: la complejidad de las tareas exigidas y las actividades mentales o habilidades que precisan para resolver los problemas. Si a los alumnos no se les enseña a aprender y a pensar conforme a un estilo que vaya más allá del memorístico, PISA para ellos es una trampa. La situación no se resuelve sino a través de la actualización pedagógica y profesionalización del profesorado. Éste es el “talón de Aquiles” que señalan todos los diagnósticos de la educación. La cuestión fundamental, como sabiamente subrayó Paulo Freire, es la concientización, ante todo del papel de líder de los educadores, para avanzar en la transformación de la sociedad, a través de la educación. Para que la educación llegue a ser una obra de arte es necesario compartir todo el saber en un mercado del conocimiento que llegue a todos los educadores. Le educación es misión de toda la sociedad, que necesita avanzar en valores de convivencia y de sentido, mediante la transmisión de la herencia cultural acumulada durante siglos.

 

El problema pedagógico

El problema de la educación debemos situarlo en el sistema de creencias que le da consistencia. Ciertos determinismos impiden el cambio de mentalidad en la sociedad. El inmovilismo y la rutina son fruto del abandono profesional falto de ideas, anclado en el libro de texto y en el memorismo. Los paradigmas han ido evolucionando en sus principios y en sus evidencias de éxito, y necesitan incorporar los frutos de la investigación y de la innovación. Hoy reconocemos la falta de una sólida base teórica que aporte coherencia y fundamento a los principios, objetivos y método elegidos de muchos docentes. Diversos autores nos han legado sus teorías y programas. El manejo de estos modelos (Piaget, Vygotski, Lipman, Gardner, De Bono, Reuven Feuerstein, Luis A. Machado, Glenn Doman, Montesori, Dewey, Sternberg, etc.) pueden dar respuestas a los problemas actuales de la Educación. Con una visión ecléctica de estos maestros tendríamos una síntesis coherente capaz de servirnos de brújula capacitadora para nuestra actualización pedagógica, adecuada a cada realidad educativa.

 

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El trípode educativo: antropología, teleología y psicopedagogía

 

Mathew Lipman creó a final de los años sesenta el Programa “Filosofía para niños”, intentando formar a los niños y jóvenes para que fueran capaces de pensar por sí mismos, de forma crítica y creativa, en diálogo consigo mismo, con sus compañeros y con la sociedad. Ésta forja del pensamiento es una pieza clave en la experiencia ética y en la preparación del educando para integrarse en la sociedad. El propio Lipman nos confesó su intento de cubrir esta laguna en la educación: “El problema pedagógico es, al menos en su primer nivel, transformar al niño que ya está pensando en un niño que piense bien. Un programa fiable de habilidades del pensamiento haría algo más que capacitar a los niños para tratar de forma eficaz tareas cognitivas inmediatas, como resolver problemas o tomar decisiones. Buscaría consolidar el potencial cognitivo de los niños de tal manera que estuvieran preparados en el futuro para un pensamiento más efectivo. El fin de un programa de habilidades de pensamiento no es convertir a los niños en filósofos o en personas que toman decisiones, sino ayudarles a pensar más, a ser unos individuos reflexivos, más considerados, más razonables” (Lipman, p. 67). Existen programas inspiradores, pero hay que conocerlos para poder extraer de ellos las mejores enseñanzas para mejorar nuestra praxis docente.

 

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El poder transformador de los educadores. Reflexiones y herramientas para cultivarlo

 

La enumeración de los retos educativos de nuestro tiempo nos dejaría patentes los fallos y lagunas que aquejan a la educación actual. Fundamentación, continuidad en los procesos, segmentación y falta de interdisciplinariedad, ausencia de método, de taxonomía, de elevación en los niveles de baja abstracción, de innovación e investigación. La piedra de escándalo debemos buscarla en la escasa exigencia en la selección de candidatos y en discutida calidad de los programas de formación y en la actualización de los formadores.

 

Redescubrir la educación en toda su riqueza

El acoso y casi desaparición de las Humanidades de los planes escolares han significado una pérdida del sentido de construcción integral que posee la Educación, reduciéndola a instrucción e ignorando la fundamentación antropológica y neurológica que subyace a toda definición. Dewey fue en los tiempos modernos el que reiteró, como ya lo hizo Montaigne, que la redefinición de “educación como capacidad de aprender a pensar, en vez de ser sólo transmisión de conocimientos”. Se trata de construir de la mente y no de llenarla de conocimientos, que muchos quedarán obsoletos e inservibles. Atender más al método socrático, dialógico y al debate permite que el razonamiento lógico se agudice y perfeccione con la discusión ordenada; que la alternativa al adoctrinamiento de los alumnos sea la ayuda a la reflexión objetiva sobre los valores. Es pues imprescindible que los profesores dominen una taxonomía común de las habilidades de pensamiento que dé coherencia a la construcción del pensamiento formal de los alumnos. Al pensamiento científico sólo se puede llegar a través del manejo de una jerga de términos cognitivos que culminan en el desarrollo de las potencialidades de los alumnos. El empeño del educador precisa un alto convencimiento, pasión y compromiso, sin excluir las connotaciones vocacionales de esta profesión, que deben alentar la realización de esta trascendente empresa, que supera el pragmatismo y formulismo de las leyes. Es necesario revisar y actualizar el credo pedagógico de los educadores que se plasma en un Proyecto Educativo, para optar por el método que dé coherencia al quehacer en las aulas, saber dar razón de él y de sus formas de empleo. No se puede olvidar el respeto y fomento del estilo y ritmo de aprendizaje de los alumnos, pues la atención a la diversidad, como la inclusión, exige el esfuerzo de adaptación de todo el equipo de docentes. Está en juego conseguir elevar la autoestima de todos los educadores y el aprecio y valoración social de su labor.

 

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Toda educación entraña un fin utópico: conseguir el hombre perfecto, adquirir los valores más sublimes y absolutos. Pero el camino en busca de la verdad sigue derroteros distintos a los que normalmente percibimos. El “conócete a ti mismo” del Oráculo de Delfos es la puerta a la interioridad y nos invita a reconocer nuestras limitaciones para no creernos más de lo que somos. La historia de la Filosofía es una aventura del ser humano en busca de la verdad anhelada. San Agustín nos descubrirá al “maestro interior” que todos llevamos dentro. Muchos pensadores han abordado este tema de sentido al que aspiraban con auténtica pasión. Los mitos fueron invenciones humanas para explicar sus profundas cuestiones. A través de los tiempos el pensamiento se ha ido cargando de lógica, coherencia y luz, que se sigue proyectando en una mayor intelección y capacidad crítica. La respuesta que nos urge es formar la razón, sin olvidar el corazón, para crear una armonía perfecta en la persona.

 

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Del oficio de maestro. Prácticas y teorias de la pedagogía moderna en Colombia

 

Educadores: Arquitectos, constructores y artistas de humanidad siempre aprendiendo

La calidad de la educación comienza por los educadores. No construimos vías, ni puentes, ni tampoco robots. Educar no sólo pretende la resistencia, la armonía y la perennidad de la obra bien hecha, sino que busca la vida plena, integral. A sabiendas que las variables incontrolables en la educación nos dan al traste muchos proyectos educativos, está exigiendo otras premisas controlables y ampliables. La jerga técnica de la antropología, la filosofía y la psicopedagogía constituyen bagajes imprescindibles para la perfección de la noble misión educadora. Las nuevas tecnologías invaden hoy el campo educativo, en detrimento del debate y de la fundamentación de la actividad docente-educadora. La panacea es conocida: La calidad de una escuela depende de la calidad y profesionalidad de sus maestros. La reiterada cultura de la formación permanente que regrese a las fuentes aquí subrayadas será lo que pueda devolver el sentido humanista a la profesión más noble. No se trata de buscar títulos, sino descubrir en la analogía con otras profesiones las semejanzas y diferencias, los avances y los recursos con los que la sociedad ha ido enriqueciendo su función, para responder con mayor eficiencia y calidad a lo que de ellas demanda nuestro tiempo. Para todo ello debemos aprender a conciliar el aprendizaje de conocimientos con el desarrollo de las habilidades cognitivas que nos construyen por dentro: “Debemos estar preparados para oír repetidamente desde todos los rincones de la comunidad educativa que la meta de la educación es crear alumnos reflexivos y razonables, y que esto puede lograrse enseñando “habilidades de pensamiento” (Lipman, idem p. 50). La sociedad no puede dar la espalda a la educación, ni dejar de apoyar a sus más directos colaboradores: Los educadores!

 

Título publicado por Lorenzo Tébar Belmonte: El profesor mediador del aprendizaje

 

Foto de Prefeitura de Belo Horizonte.  Tomada de Flickr

 

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