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10/06/2014 - 11:00

De la fortuna en la escuela o el diálogo de la sorpresa

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Sandra Patricia Ordóñez Castro
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Horacio Ademar Ferreyra es Doctor en Educación, con estudios Posdoctorales en Sociedad y Educación. Actualmente se desempeña como docente e investigador en Educación y como Subsecretario de Estado de Promoción de Igualdad y Calidad Educativa, en la Provincia de Córdoba, Argentina. Particularmente, señala: “creo que los educadores tenemos una gran responsabilidad social que nos invita a comprometernos con la realidad, a pensar el futuro y a perfilar el desarrollo de lo humano, con la conciencia de que lo estadístico no es suficiente”. Este es el abrebocas de la reflexión que hoy comparte con Magisterio.

¿Cómo relataría la historia de un estudiante afortunado?

Un estudiante afortunado sería aquel que recibe una educación capaz de abrir horizontes, oportunidades y perspectivas. Un estudiante que hoy puede acceder a la educación obligatoria tiene una gran fortuna en sus manos: el acceso a los bienes culturales, sociales, políticos, económicos, científicos, tecnológicos, artísticos; eso le permitirá transitar por el mundo, ser un ciudadano, conocer sus derechos y con ellos sus obligaciones. 
Será afortunado si, a través de su proceso socio educativo, logra convertirse en alguien capaz de realizar tres grandes actividades: Primera, comprender la realidad, pero no solo desde una perspectiva inteligente, sino también sensible. Con esto quiero decir, que sea capaz de apuntar en diferentes direcciones para poder construir conocimiento, saberes y resolver sus situaciones personales, sin olvidar que forma parte de un todo social, que él contribuye con la construcción de un proyecto colectivo.  Segunda, asumir un compromiso ético con esa realidad en términos de la capacidad de transformarla y no reproducir un orden social injusto. Tercera, ser capaz de transformarse él mismo a partir de esa contribución al proyecto colectivo de la sociedad de la que forma parte.  La fortuna de este estudiante consiste en recibir el capital cultural que le permitirá transitar por el mundo, pero también en la posibilidad de legar a otros una cultura enriquecida por ese transitar propio. Es afortunado, en síntesis, quien encuentra en la educación no la herramienta, sino el dispositivo que le permite accionar y transformar la realidad. 

Pero también se puede ser desafortunado dentro del sistema. ¿Cuáles serían los aspectos de la educación pública, tal como la conocemos en este momento en América Latina, que podrían considerarse desafortunados en términos de ese propósito de accionar y transformar la realidad?

Creo que por ahí lo que le está faltando a nuestra educación es la posibilidad de permitir a los alumnos, como dice David Perkins: “jugar el juego completo del aprendizaje”. Me parece que hoy en las escuelas de todos los niveles y modalidades, incluida la universidad, seguimos poniendo el aprendizaje en compartimentos que no se vinculan entre sí, de manera que siempre tenemos fragmentos pero nunca vemos el texto completo, y esa es una realidad que persiste. Por otra parte (y siguiendo con la idea de Perkins, que me ha impactado mucho en este último tiempo), creo que aparte de permitirles a los estudiantes jugar el juego completo, hay que hacer que valga la pena jugarlo. Y en ese sentido hay una estrategia docente muy importante, que es no estar siempre dirigiendo, sino también motivando y acompañando. Pero para motivar hay que confiar en el otro y en sus potencialidades. Si yo veo en el joven un obstáculo para educar (lo cual es frecuente en nuestros sistemas tradicionales), muy difícilmente voy a poder generarle fortuna dentro de lo educativo. Creo que lo importante acá es poder confiar en el otro y, en esa medida, poder motivarlo. 

¿Cómo sería ese proceso de motivación basado en la confianza?

Habría que usar lo que algunos llaman “ganchos narrativos”: poder tomar esas experiencias que nutren a ese otro, esos problemas de la realidad que lo involucran y a partir de allí hacer construcción como docente. Por ejemplo, no es lo mismo aprender química de la manera tradicional, que preguntarnos cómo funciona la química en nuestro cuerpo. Ese es un interrogante interesante que motiva, que da ganas de aprender, de cuestionar (nos), de comprender y asumir un compromiso para poder vivir mejor, lo cual implica una construcción a partir del conocimiento. Así, la química se vincula con la vida. Y esto mismo se puede hacer con todos los campos del conocimiento. 

 … Un asunto fundamentalmente de contexto. Pero entonces el contexto no solo es social o histórico, puede ser simplemente una aproximación a lo tangible…

Efectivamente. Si yo explico algo de manera que sea cercano a los chicos, de manera que lo puedan comprender, lo puedan ver y lo puedan utilizar, genero un conocimiento genuino. Pero también en ese sentido social e histórico el contexto es importante; no podemos educar si no se mira el contexto y se trabaja desde ese lugar.  Claro, tampoco podemos quedarnos atrapados en el contexto, debemos ofrecer la posibilidad de mirar más allá, y eso implica mirar otros horizontes culturales. Es decir, si los alumnos bailan cumbia todo el día en su contexto, no seguir con la cumbia en la escuela; la idea debe ser “la cumbia y algo más”. Ese algo más es el plus que nosotros podemos dar a los alumnos, la escuela tiene que pensar en este sentido su propuesta curricular. Como señala Paulo Freire: “el contexto permite escribir el texto de lo educativo”. 

 

 

 



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