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30/06/2017 - 09:45

Dos retos de la educación colombiana para 2025

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Julián De Zubiría Samper
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Articular la excelencia con la equidad

Es probable que los estándares, las pruebas y los planes de mejoramiento tengan como resultado a largo plazo, a pesar de las declaraciones y las buenas intenciones del Ministerio sobre su efecto en la equidad, más bien la expulsión de más y más alumnos del sistema, la desmoralización de los maestros y la desacreditación injusta e irremediable de las instituciones oficiales que obtengan bajos puntajes en los exámenes de Saber, Timms o PISA, sin que las familias que viven en sus alrededores tengan otra opción que seguir enviando a sus hijos e hijas a las mismas para lo mismo: una educación muy pobre para los muy pobres. El Ministerio de Educación ha propuesto el loable programa Todos a Aprender, que consiste en apoyar de varias formas los planes de mejoramiento de los colegios que obtienen bajos puntajes en esas pruebas. La intención de que se avance hacia la excelencia en todos los planteles es buena, pero no es realista trabajar solo con los inferiores, pues siempre habrá un 10% inferior, y les convendría más a los planteles no salir de ese 10%, pues perderían las ayudas. Sin planes de apoyo al mejoramiento en todos los planteles, que incluyan mantenimiento y reparación de los inmuebles; dotación de sillas y mesas, antiguos libros y nuevas tecnologías con provisión de textos y programas virtuales y otros materiales didácticos; sin formación continuada y permanente de los docentes, sin investigación y sin asesoría externa, no puede exigirse a ninguna institución el cumplimiento de su plan de mejoramiento. Así no se llega ni siquiera a la competencia, mucho menos a la excelencia. Sin atender a ese número mínimo de frentes de trabajo, la excelencia se quedará para los colegios privados con pensiones de millón de pesos mensuales para arriba, y los padres y madres de familia de esos colegios, ni sus egresados en el futuro, jamás se van a preocupar por la calidad de la educación oficial. La contradicción insoluble es que ninguno de los funcionarios o de los políticos que toman decisiones de alto nivel sobre la educación oficial educa a sus hijos en ella, por lo tanto, no es de su interés real y sentido. La educación oficial no tiene dolientes.

 

+Lea: El derecho a una educación de calidad, con equidad para todos

 

Conciliar el pluralismo y el amoralismo neoliberal y posmoderno con la enseñanza de la convivencia, la ética, la moral, la democracia y la ciudadanía, y con la enseñanza de las religiones, sus contribuciones y sus desvíos

Se dice que la interrupción de la obligatoriedad de la enseñanza de la religión y de la educación cívica en 1984 es la causa de la corrupción en el país. Pero la educación religiosa no se suspendió ni siquiera con la Constitución de 1991, y la cívica se integró con las ciencias sociales y luego se incorporó como el eje transversal de la formación ciudadana. El programa de competencias ciudadanas y los estándares y materiales para el trabajo escolar en esos temas será lo más valioso, ojalá no lo único, que recordará la historia de los ocho años de la “Revolución Educativa”. Los bochornosos episodios de corrupción en el país no son culpa de la ausencia de las asignaturas de religión y de cívica, sino de todos nosotros, los mayores, que sí recibimos educación religiosa y educación cívica en los colegios, pero no las aprendimos ni las practicamos. Preferimos el laissez faire del neoliberalismo y el “todo vale” del posmodernismo. ¿De qué nos quejamos? Ni siquiera practicamos el quinto mandamiento, y ya vimos los amplios y poderosos sectores que votaron por seguir la guerra. Ya se siente uno avergonzado de hablar del sexto mandamiento, y en esta sociedad corrompida por el desaforado ánimo de lucro ni siquiera nos acordamos de cuál era el séptimo. No puede negarse que por la cultura ambiente y por las características de los padres y madres de familia neoliberales y de los y las jóvenes posmodernos sea muy difícil, casi imposible, enseñar ética, moral y ciudadanía para los maestros y maestras encargados de ellas. Aun en colegios confesionales, en donde es más fácil articularlas con la enseñanza de la religión, es difícil evitar los fanatismos religiosos y la confusión de la ética y la ciudadanía con los preceptos morales de máximos propuestos por la religión respectiva. En los colegios no confesionales es más difícil organizar la enseñanza religiosa de manera que se respete a los no creyentes y a los creyentes de distintas confesiones religiosas, pero si se presentan respetuosamente las otras religiones y se hace una autocrítica de la propia, no es tan difícil enseñar y practicar, de mínimo, la ética y las competencias ciudadanas que todos podemos compartir.

 

+Lea: Ética de la educación: el nuevo rol del docente

 

Tomado del libro: La calidad de la educación bajo la lupa. Autor: Julián de Zubiría (compilador). pp. 27-28

 

Foto de BCN. Tomada de Fickr

 

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