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27/07/2017 - 16:15

El alumno de la escuela 2.0

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José Manuel Pérez Tornero
Santiago Tejedor
,

«Los errores poseen su valor, aunque solo en alguna ocasión. No todo el mundo que viaja a la India descubre América»

 

Erich Kästner

Alumno es aquel que «está aprendiendo». Por tanto, primera conclusión: el profesor en la escuela de hoy (o en cualquier escenario o proceso educativo) es «alumno». Quizás todavía más en estos tiempos donde la sociedad de la información ha pasado a ser de la infoxicación. La bidireccionalidad y el intercambio de funciones son aspectos definitorios del nuevo escenario educativo. El docente asume nuevos roles. Entre ellos: asesor, tutor, motivador, instructor... Y también el de alumno. Entonces, si el profesor es alumno: ¿qué aspecto define o redefine al alumno de la escuela 2.0?

 

Tiempos de «hojeado» y de micromensajes

Nuestros estudiantes prefieren las pantallas, pero ¿para leer? Estos espacios donde se presentan nodos de información multimedia constituyen la preferencia de los alumnos por su capacidad de interacción y su naturaleza hipermediática. Sin embargo, los propios discentes —más allá de su catalogación como nativos digitales— reconocen que para estudiar, leer con detenimiento o elaborar sus apuntes, prefieren imprimir el contenido en papel. Nos encontramos en tiempos de «hojeado» de pantallas y, al mismo tiempo, de una lectura que, cuando es en profundidad, prefiere el papel.

 

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El experto en usabilidad Jacob Nielsen señaló ya en 2008, a través de sus experimentos con el programa de Eye Tracking, que el 80 % de los usuarios no leen en las pantallas. Se limitan a realizar un recorrido superficial u hojeado en busca de elementos que despierten su atención o interés. Por su parte, Gerry McGovern demostró que en internet únicamente uno de cada quince usuarios era capaz de localizar una información si esta no se presentaba destacada en la propia interfaz. Tiempo después, el mismo Nielsen asegura que el 80 % de los usuarios de internet en España llega a sus cuentas de Twitter a través de sus teléfonos móviles. A ello se une que españoles y británicos son, según esta investigación, los «usuarios más móviles» de toda Europa.

 

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En este conjunto de plataformas, los mensajes se han convertido en una suerte de cápsulas de información. Los guiones se transforman en microguiones, y todo se concentra en aras de llegar a un usuario que dispone de poco tiempo y de una cuestionable capacidad de concentración cuando se encuentra navegando por la red (Igarza, 2012). Este conjunto de aspectos determina un nuevo tipo o perfil de alumnado y, por descontado, posee una clara incidencia en los procesos educativos.

 

Diagnosis de un nuevo usuario

Como señalan Pérez Tornero y Tapio Varis (2012), el nuevo «entorno hipertecnológico» ha generado importantes cambios en nuestra forma de «percibir y utilizar el tiempo y el espacio», tanto en lo educativo como en lo comunicativo. Los autores defienden que se ha producido una transformación de «la química de nuestra vida cotidiana». En este escenario, profesores y alumnos se ven afectados por este conjunto de cambios. El perfil del estudiante en la sociedad de la infoxicación presenta una serie de características que se pueden resumir en los siguientes aspectos:

 

Multimedia: la generación actual no es la del libro de texto. Ni la del podcast. Tampoco la del videoclip. Se trata de una generación multimedia que desea y disfruta de la posibilidad de recibir y transmitir mensajes dotados de todo tipo de atributos. El multimedia es su forma de comunicar de manera completa y continuada sus inquietudes, sus dudas, sus comentarios... Mensajes de voz en WhatsApp, fotografías en Flickr, textos convertidos en tuits... Y de todo un poco en cada muro de Facebook.

 

Multitasking: no basta con una única «acción». Los alumnos desean (y hasta cierto punto, necesitan) poder llevar a cabo más de una tarea al mismo tiempo. Esta necesidad (que es más una ansiedad) procede de la eclosión de inputs informativos procedentes de numerosas plataformas y pantallas con las que el estudiante está y se siente conectado y comprometido. No es baladí el dato que apunta que actualizamos nuestro teléfono móvil una media de ciento ochenta veces al día...

 

Atención flotante: como señala el periodista Sergio Fanjul (2011) en su artículo los usuarios viven «atentos a todo y... a nada». La gran cantidad de información (a veces, melodía; a veces, ruido informativo) genera una gran dificultad en los estudiantes para concentrarse en «aquello» que está pasando en clase, en el libro de la asignatura y, especialmente, en la propia pantalla. Este aspecto demanda del docente una capacidad perenne para estimular el interés, la curiosidad, etc. Para ello, es decisivo idear dinámicas que apuesten por la participación coral de todos los integrantes de la clase en el proceso educativo. Larry Rosen, psicólogo y profesor de la Universidad Estatal de California, llevó a cabo una investigación con doscientos sesenta y tres jóvenes de secundaria y preparatoria de centros estadounidenses con el objetivo de conocer su capacidad de atención. Los resultados son, sin duda, alarmantes. Dos minutos, esto es, ciento veinte segundos... Este es el tiempo que dedicará un alumno al encargo recibido. Después, comienza la divagación (serendipia) por las pantallas. Rosen señala que durante quince minutos, los estudiantes únicamente habrán dedicado un 65 % del tiempo al desarrollo del encargo recibido.

 

Prosumidores: desean ser protagonistas y, por ende, no quedarán satisfechos con un rol de meros receptores de sermones, discursos, encargos o consejos. Ellos quieren (y pueden) ser productores de contenidos. Internet multiplica las posibilidades de que los alumnos se conviertan en potenciales emisores de mensajes multimedia. Desde textos hasta vídeos, pasando por fotografías y multimedia. Todo es posible. A ello se une la amplia gama de plataformas que introduce la red y que ofrecen a los estudiantes la opción de inaugurar y gestionar sus propias plataformas de publicación de contenidos en línea. El alumno se consolida así como un «prosumidor». Y, por ende, el profesor debe ofrecerle espacios que le confieran esa posibilidad de ser protagonista activo de su aprendizaje. Como señala Pastor (2010), el aula muchas veces «se ha convertido en una jaula para quienes viven inmersos en la sociedad del entretenimiento». La flecha de la educación marca una doble dirección: del profesor al alumno. Y del alumno al profesor (y al resto de sus compañeros).

 

Autores 2.0: el ciberespacio permite que los estudiantes se conviertan en autores de contenidos. Y asumir el estatus de autor, supone aceptar una responsabilidad grande y seria. Esto es: sus contenidos se publicarán y —en principio— serán consultados por otros usuarios. De este modo, la posición de autores demanda de ellos un compromiso que abarca desde la calidad de lo publicado hasta la ética y el compromiso profesional de aquel que «es causa de algo». Además, esta posibilidad de ser autores, liga de forma perfecta con la convergencia entre «productores» y «consumidores» que encarna actualmente el alumnado.

 

+Lea: Nativos interactivos: Tocar, ver y actuar en el mundo digital

 

Nativos y residentes: muchas veces hemos escuchado ya esa diferenciación entre «nativos» e «inmigrantes» digitales. Por descontado, nuestros alumnos son nativos digitales. Sin embargo, este concepto se ha visto ampliado por algunas propuestas como las del sociólogo Quevedo que apunta que son «residentes». Es decir, viven y entienden el mundo desde la tecnología. La diferencia es muy importante pues no se trata de «leer» e interpretar la realidad con los instrumentos tecnológicos, sino desde ellos. Por lo tanto, se requiere de un esfuerzo mayor para lograr que los alumnos adquieran una alfabetización digital y mediática que garantice una aproximación y un uso críticos de los instrumentos de la red de redes.

 

Referencias

Pérez Tornero y Tapio Varis (2012), el nuevo «entorno hipertecnológico»

Sergio Fanjul (2011) en su artículo los usuarios viven «atentos a todo y... a nada».

 

Título: Innovación educativa y TICs guía básica. Autor: José Manuel Pérez Tornero y Santiago Tejedor (eds.). pp.89-93

 

Foto de Diego González. Tomada de Flickr

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