Tópicos

02/03/2017 - 14:00

El derecho de los niños a leer y a disfrutar de los libros y la cultura

0 comentarios

Mario Rey
,

A Beatriz, quien dedica su vida a la lucha contra la pobreza

y al encuentro de los niños con el libro y la cultura.

 

Palabras clave: derecho a la educación, lectura, escritura, cultura educativa, formación.

 

“No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

(Mateo 4: 4).

 

Me pregunto si es pertinente hablar y luchar por el derecho a la lectura y el libro, y por el derecho a las distintas formas de la cultura, cuando cerca de 795​ millones de personas en el mundo, uno de cada nueve seres humanos, no tienen los alimentos necesarios para llevar una vida saludable, activa y satisfactoria; cuando el 12.9% de la población de los países en desarrollo sufre por el hambre y la desnutrición y el hambre y la alimentación deficiente causan el 45% de las muertes de niños menores de cinco años −3,1 millones de sonrisas infantiles borradas de la faz de la tierra por cada vuelta al sol−; cuando uno de cada seis pequeños de los países en desarrollo, 100 millones de tiernas caritas, tiene un peso inferior al normal y uno de cada cuatro niños padece de retraso en el crecimiento −uno por cada tres en los países en desarrollo−, mientras 66 millones de pequeños asisten a clases con hambre en estas naciones; cuando se desperdician 1300 millones de toneladas de alimentos al año y con ellas se incrementa la contaminación y la industria armamentista y el presupuesto para la guerra no paran de crecer y romper récords; cuando miles de personas, funcionarios, partidos políticos, organizaciones oficiales y empresas particulares lucran en el mundo entero con el hambre de los niños y los pobres.

 

+Lea:

El derecho a una educación de calidad, con equidad para todos

La educación y la construcción de la paz

La responsabilidad social de la educación: un asunto de sintonía histórica

Educación inicial: los derechos de la infancia como ruta de gestión cultural

 

Es justo, oportuno y necesario hablar del derecho de los niños, y los adultos, a la lectura y al acceso a las distintas prácticas culturales que la humanidad ha ido cultivando y cosechando a lo largo de su existencia. Es claro que el niño, como el resto de seres humanos, necesita gozar para su realización “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”, de los “Derechos Humanos”, en particular, de “una protección especial”: los “Derechos del Niño”, y disponer de “oportunidades y servicios, dispensado todo ello por la ley y por otros medios, para que pueda desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal, así como en condiciones de libertad y dignidad”.

 

+Conozca los libros:

Educación en derechos humanos

Los derechos del niño. Una guía comprensiva de la Convención sobre los derechos del niño

Ética ciudadana y derechos humanos de los niños. Una contribución a la paz

 

Nadie estaría dispuesto a negar a conciencia y en voz alta el pan a los niños o a los hambrientos, ni siquiera los más obstinados y fatuos provocadores de oficio, ni en los hechos ni en la realidad gestual o verbal de sus poses y discursos; en cambio, el derecho a la lectura, el arte y la cultura suele ser olvidado o desconocido, perdiendo de vista la sabia sentencia de la Biblia: “No sólo de pan vivirá el hombre”, como si estos exquisitos bienes de la humanidad fueran un producto prescindible, de segunda clase o un lujo, quizás porque se piensa que está incluido en el derecho a la educación, cuando, en realidad, esta práctica es solo una parte de la cultura, quizás porque en el fondo se cree y se acepta que el arte y la cultura le corresponden de manera exclusiva y natural a las clases dominantes y las élites.

 

El derecho al libro y a las distintas formas significantes de la humanidad es olvidado incluso en los mismos “Derechos Humanos” y “Derechos del Niño”, y por ello urge levantar la voz para que se incluya de manera explícita en los ajustes que se introduzcan a estos principios y derechos, para actualizarlos de acuerdo con la evolución de la conciencia ética humanista, tecnológica y cultural.

 

Es muy evidente la afrenta por la falta de pan, vestido, habitación, educación y salud, pero es igual o más ignominioso que nuestros niños no tengan acceso a los libros, la música, la pintura, la escultura, la fotografía o el teatro; que estén privados de los títeres, la danza, la mímica o el cine; de la arquitectura, los museos, las ferias o los espectáculos; del circo, las fiestas, la información, los documentales o los viajes; que en su vida no cuenten con la posibilidad de disfrutar de diversos paisajes y ecosistemas, jardines, zoológicos u otras zonas, ciudades, regiones o países, del deporte, otras lenguas, internet u otras tantas y tantas formas culturales de la humanidad.

 

No solo es indignante que, en general, los niños no puedan disfrutar de estas formas de la naturaleza y de la creación y la comunicación humanas, no solo es indignante que no puedan alimentar y enriquecer con ellas su ser, sino que indigna sobremanera saber que cuanto más pobres o marginales son sus familias, menor es su posibilidad de acceder a las más altas y nobles expresiones del ser humano, salvo casos excepcionales -pensemos, por ejemplo, en Gabriel García Márquez, Albert Camus o el mundo marginal de los grafiteros norteamericanos que engendra un artista como Basquiat-, y que con ello, de manera “natural”, se mantiene y se alimenta la segregación, la desigualdad social y la deshumanización.

 

Los niños que no tienen acceso a una buena educación, ni a los libros o a las distintas prácticas culturales, no solo dejan de disfrutar de ellas y formarse con ellas, sino que están limitados para el ejercicio gozoso de esas prácticas significantes y sufren como condena afrontar su vida personal, laboral y social, en condiciones de desigualdad, con menos herramientas intelectuales, emocionales y culturales que los niños de las élites que sí pueden acceder a ellas.

 

La formación ética, cultural, estética y sentimental de los niños que no tienen acceso a una buena educación, ni a los libros o a las distintas prácticas culturales que la humanidad ha cultivado, se ve reducida a los muy pobres y discutibles valores que trasmiten las telenovelas, las películas, las series, los shows, los big brothers, reality shows, reportajes y noticias de los tradicionales mass media, y de las contemporáneas y masivas “redes”, que producen y reproducen inescrupulosamente, sin límite, de manera invasiva y aparentemente imparcial y anodina, el sistema para estimular un consumo insaciable de mercancías y seres humanos sin ningún límite ético, ecológico o social, esclavos autómatas sometidos a la explotación, el trabajo deshumanizado, el dinero, el consumo, el poder, la cirugía estética, la prostitución y la fama.

 

Por eso deambulamos entre millones y millones de insatisfechos, angustiados e infelices pequeños que emulan sonrientes al Señor de los Cielos, Pablo Escobar, los Rodríguez, el Chapo Guzmán, Montesinos o la Reina del Sur, o a los modelitos muertos o a punto de morir por anorexia en los gimnasios o en las mesas de operaciones “estéticas”, dispuestos todos “a vender su alma al diablo” a cualquier precio; son millones de potenciales clientes en grandes filas para hacer cualquier cosa que les dé dinero, y poder, con él, trazar otra gran fila para comprar el éxito, los coches, las pieles, las blusas, las corbatas, los jeans nuevos con rotos, las zapatillas, el celular, los lentes o la encarnación del maniquí de los personajes de moda, en un mundo de carcajada todavía más feliz que el anunciado por Huxley.

 

Aunque la educación, los libros y el acceso a las distintas formas del arte y la cultura, más allá de las odiosas y clasistas divisiones entre “alta” y “baja” cultura, o entre “la cultura”, a secas, y “la cultura popular”, no garantizan necesaria o mecánicamente la felicidad o la mayor bondad o humanismo de los individuos, como se puede constatar en casos como el de Hitler (lector, escritor, amante de la música y las artes plásticas y uno de los mayores asesinos y monstruos de la humanidad), la mayoría de las veces sí contribuyen significativamente a una mejor calidad de vida y de diversión y empleo del tiempo libre, a una formación integral, a mejores oportunidades y trabajos, a una mejor relación con el trabajo, a mejores condiciones para entender la naturaleza, la sociedad y la relación del individuo con ellas, a una mayor conciencia de su lugar en la sociedad y la naturaleza, y a una mayor conciencia de su pequeñez y fugacidad en el universo y el tiempo.

 

La educación, el arte y la cultura alimentan nuestro espíritu, incluso en condiciones donde falta el pan; nos permiten distraernos y formarnos; conocernos y dialogar con nosotros mismos, con el otro que quisiéramos ser, con aquel que no queremos ser, con los otros, y ser otro u otros; encontrar un sentido de vida que tenga en cuenta la naturaleza, a los seres vivos y a las otras personas; vivir positiva, creativa y placenteramente la bondad y la maldad, el amor, el desamor y el odio, el descanso y el trabajo, el interés y la indiferencia, el desasosiego y la paz, la tolerancia y la intolerancia, la belleza y la fealdad, la vida y la muerte, la justicia y la injusticia, la solidaridad y el egoísmo, la dignidad y la humillación, el respeto y el irrespeto, el equilibrio, la opulencia y la pobreza, la satisfacción y la necesidad, el despotismo, el totalitarismo y la democracia; viajar a otras regiones, países, épocas y mundos; conocer otras culturas y otras formas de ser y de pensar…

 

En fin, la educación, el arte y la cultura nos permiten divertirnos y vivir mejor, crecer y enriquecer nuestro ser en búsqueda de equilibrios con la naturaleza, los demás seres vivos y la humanidad. Por eso urge luchar por el derecho del niño a la lectura, al arte y a todas las expresiones culturales; por eso “urge” que los adultos que le rodeamos (maestros, promotores, funcionarios y padres de familia) tomemos conciencia de que su necesidad es también la nuestra, de que la conquista y satisfacción de ese derecho son también nuestra responsabilidad, de que solo reclamando y ejerciendo a plenitud nuestros derechos podemos contribuir a su conquista para los niños, nosotros mismos y la humanidad.

 

Urge que caigamos en cuenta de que la indiferencia y la falta de acción, el no hacer nada o hacer lo mínimo, excluyen a la mayoría de los niños y de los pobres de los libros, de la buena educación, del arte y de las distintas formas de la cultura que están presentes en nosotros mismos, padres y maestros; aunque esto se dé en forma inconsciente, quizás por la costumbre, quizás por la falta de hábitos de lectura y de contacto con el arte y con las diversas expresiones culturales, quizás por pereza, por cansancio, por miedo; esta situación no se debe solo a nuestra pobreza y a la brutal ineficiencia del Estado.

 

Sí, sin duda, nuestros países ocupan los últimos lugares en lectura y consumo de bienes culturales, y la mayor responsabilidad por tan desastrosa situación es del Estado, porque no destina el presupuesto necesario a la educación, el arte y la cultura, porque gasta buena parte de su presupuesto en la guerra, porque un porcentaje muy alto del mismo y de la infraestructura se pierden en la ineficiencia y la corrupción.

 

Pero, ¡qué pena!, tenemos que reconocer que muchos de nosotros somos profesores y trabajadores del Estado y participamos activa o pasivamente, consciente o inconscientemente, por indiferencia, cansancio, miedo, pereza, desconocimiento y costumbre, o por un malentendido sobre la manera de luchar contra el Estado, de su ineficiencia y de su corrupción. El Estado somos todos, aunque hayamos permitido que unas minorías lo manejen a su conveniencia.

 

¡Qué pena!, tenemos que hacernos conscientes de que muchos de nosotros, padres, abuelos, tíos, maestros y promotores, por las mismas causas señaladas, no utilizamos suficientemente los saberes y recursos disponibles en nuestro propio ser, en nuestras familias, en nuestros barrios, escuelas, ciudades y países: ¡Muchas veces ni los conocemos! No estimulamos suficientemente en nuestros niños, y de manera gozosa, sin autoritarismo y sin relación condicionante con las calificaciones, el interés, el gusto y el apetito por la lectura, los libros, el arte y la cultura. No intentamos satisfacer con ellos, y con nosotros mismos, la inmensa necesidad de palabra y comunicación que somos los seres humanos.

 

Recordemos que “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” y, sin dejar de luchar porque a nadie le falte el pan, pensemos en cómo satisfacemos también la necesidad de diálogo de los niños, de nosotros con nuestro interior, con la naturaleza, los demás seres vivos y la humanidad a través de la palabra, el libro y la música, el teatro, la danza y la arquitectura, en fin, con las distintas formas culturales que la humanidad ha cultivado y cosechado.

 

Contemos a nuestros niños las historias que más nos han gustado, leámoslas con ellos; hablemos con nuestros pequeños de las pinturas y los pintores que más nos han impresionado; escuchemos juntos la música que más nos conmueve, vayamos al teatro, al cine, a las bibliotecas, a los museos, a los festivales, al campo, a los zoológicos; organicemos ferias, festivales y muestras de libros, poesía, cuento, canto, danza, música, gastronomía. En fin, hagamos de nuestro ejercicio magisterial y de nuestro ser padres, abuelos y tíos, un carnaval cultural: “hay que pensar que la vida es un carnaval, que es más bello vivir cantando”; y bailando, leyendo, haciendo el mapa de los recursos culturales que tenemos a mano, ¡buscando cómo utilizarlos y qué hacer con nuestros niños! No reduzcamos sus vidas a las pruebas escolares descontextualizadas.

 

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 80

 

Foto de Mikel Seijas Alonso. Tomada de Flickr

 

Agregar comentario

Debes iniciar sesión o registrarte para poder realizar comentarios.
PUBLICIDAD

Recibe nuestras novedades

PUBLICIDAD