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30/08/2016 - 11:15

Enseñar es “hacer aprender” y mucho más

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Kenneth Delgado
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El presente artículo busca destacar la importancia de considerar elementos distintos del énfasis en lo informativo durante el proceso de aprendizaje. Esto significa tener en cuenta las emociones del sujeto como elemento potenciador de sus capacidades para aprender, hecho que implica a su vez incluir aspectos como la motivación o el acceso a la información, entre otros.

 

Palabras clave: Proceso de aprendizaje, motivación, inteligencia emocional, inteligencia social.

 

Cuando hablamos de aprendizaje debemos considerar la presencia de tres factores fundamentales: información, emoción y aplicación o producción. En la enseñanza tradicional se ha hecho demasiado énfasis en lo informativo, apelando frecuentemente a un trabajo esencialmente memorístico y repetitivo (mecánico o reproductivo), que no es significativo y condiciona en los estudiantes una tendencia a la pasividad, situación insuficiente para que se produzca aprendizaje y comprensión.

 

Considerar la emoción del sujeto para comprometerlo en su proceso de aprendizaje, es un tema tratado por investigaciones y testimonios que hacen evidente la poderosa fuerza de los procesos racionales y emocionales. Somos seres esencialmente emocionales, recordemos la importancia, planteada por Goleman (1996), de la inteligencia emocional en nuestras relaciones interpersonales, que ahora se incorpora conceptualmente a la llamada inteligencia social propuesta por el mismo autor unos años después (2006). (Conozca el libro Inteligencia emocional y educación).

 

Se ha creído que las personas aprenden más o menos según sus capacidades innatas, dejando de lado aspectos como la motivación, el acceso a la información, el momento y forma de su presentación, el contexto, el medio ambiente, la distribución del tiempo, etc. No es extraño que se omita lo que Moll (1998) consideró como aquello que da sentido al aprendizaje, o sea la motivación.

 

Desde fines del siglo pasado se desarrolló una tendencia que buscaba considerar más atentamente el poder motivacional de las causas intrínsecas, tales como la curiosidad, la exploración, la actividad, la manipulación y la necesidad de estimulación. Si asumimos que el aprendizaje es un proceso constructivo, autorregulado, intencional, situado (contextualizado), cooperativo o colaborativo (asociativo y relacionado con la interactividad de la Internet, respectivamente), con diferencias individuales de interpretación y desarrollo de habilidades y actitudes, no podemos obviar la participación de las variables motivacionales al momento de planear una estrategia didáctica.

 

Motivación 

La motivación es un fenómeno complejo condicionado por diversos factores. Motivo, motor y motivación tienen la misma raíz, que implica acción. La palabra deriva del vocablo latino movere, que significa mover; entonces, motivación significa “moverse hacia”, y se relaciona con la forma en que la conducta se inicia, se sostiene y se dirige cuando realizamos una actividad.

 

En el conductismo el asunto de la motivación quedaba reducido a conseguir algo o evitar algo a cambio de aprender, convirtiéndolo en uno de los móviles del aprendizaje humano. El problema, como sostiene Dadamia (2001), es que cuando el móvil para aprender está fuera de lo que se aprende (motivación extrínseca), son sus consecuencias y no la propia actividad de aprender en sí lo que moviliza. (Conozca los libros Autoestima y motivación - Motivación para el éxito)

 

Frente a ello, es importante considerar algunos aspectos que Huertas (1997) señala como importantes en la acción motivada:

 

• Carácter activo y voluntario.

• Persistencia en el tiempo.

• Vinculación con necesidades adaptativas.

• Participación de componentes afectivo-emocionales.

• Dirección hacia una meta.

 

Así, es fundamental distinguir entre la motivación intrínseca y la extrínseca, por su incidencia en el trabajo educativo. Una acción está intrínsecamente motivada cuando lo que interesa es la propia actividad, que es un fin en sí mismo, no un medio para otras metas. El interés se centra en lo novedoso, en el desafío que implica la tarea.

 

Muchas de nuestras acciones son llevadas a cabo gracias a rutinas aprendidas. No está claro el valor oculto del premio o recompensa. Si una persona está realizando una tarea que le interesa en sí misma, es posible que para el mismo momento en que recibe alguna recompensa baje la calidad y la intensidad de dicha actividad. El deseo de tener conocimientos o ciertas habilidades como fin en sí mismo, es más importante en el aprendizaje significativo que en el repetitivo, y es la principal motivación en el aula, lo que Huertas (1997) denomina una pulsión cognitiva. (Lea: La motivación: varita mágica de la enseñanza y la educación).

 

Interacciones en el aula 

Es evidente la importancia de la motivación para que exista aprendizaje, sin la primera no es posible el segundo. Si repasamos nuestra historia personal cuando éramos estudiantes, podemos destacar la relación profesor-estudiante como una de las constantes más recurrentes en la práctica educativa; de ahí que, desde la ubicación de los pupitres en dirección de la pizarra y del escritorio del profesor, las aulas hayan sido hechas para condicionarla. Sin embargo, no es la única forma de propiciar la relación educativa, si se mantiene vigente en el aula es porque, entre otros factores, perdura desde hace mucho tiempo en nuestras representaciones mentales. (Lea: La ética del cuidado como estrategia convivencial en el aula de clase. “El aula que soñamos”)

 

Como decíamos, la forma de plantear la interacción en el aula no se limita a la estructura relacional profesor-estudiante, sino que puede organizarse a partir de una interacción entre los mismos estudiantes, lo cual admite ciertas alternativas que debemos considerar en la dinámica de las aulas. No es lo mismo una interacción estudiantil individualista, de competición y rivalidad, donde lo más importante sea obtener un calificativo más alto que otro compañero, que la interacción cooperativa o colaborativa, donde predomina la solidaridad y el sentimiento asociativo. La opción relacional o interactiva que asumamos traerá alguna consecuencia relevante para el aprendizaje.

 

Entonces podemos decir que la interacción entre los estudiantes difiere en cuanto al grado de interdependencia (positiva, negativa o nula) y en cuanto a la meta de la relación, que puede ser compartida, competitiva o individual. La ventaja de la interacción interestudiantil no radica solo en que los alumnos estén agrupados, sino en el tipo de compromisos que alcancen para interactuar, así como de la calidad de la comunicación para conseguirlo. Por eso habría que decir que lo principal en la relación estudiante-estudiante, desde el punto de vista pedagógico, es que los alumnos logren aprender y sientan que pueden hacer y aprender más cosas en grupo que individualmente.

 

Las consecuencias para el aprendizaje no son similares en una situación de enseñanza frontal, en la que el docente está frente a los estudiantes hablando, con un espacio muy amplio, mientras ellos están sentados, sin hablar y con un espacio restringido y sin libertad de movimiento. En ella solo se habla para preguntar al profesor o responder y habrán quienes estén deseosos de hacerlo (muy pocos), los que duden (tal vez la gran mayoría) y quienes no deseen contestar por temor al ridículo. En este caso la relación entre estudiantes no es de solidaridad, sino que, todo lo contrario, se da para hacerse notar como superior frente a los demás desde la posesión de un determinado saber. Lo primero que aprendemos allí es que esa posesión otorga poder.

 

Cuando hay un trabajo grupal estamos ante una situación asociativa, en la que todos los integrantes participan para contribuir al logro colectivo y, con ello, consiguen que el hecho educativo se vuelva satisfactor de los aprendizajes personales y e interpersonales. En la enseñanza frontal prima el individualismo, la lucha por vencer a otros, y el éxito de unos puede condicionar el fracaso de otros. En el trabajo grupal interesa el éxito de todo el grupo o equipo de trabajo, el crecimiento grupal en conocimientos y habilidades, mientras se fortalece la cohesión interna y los sentimientos de solidaridad. (Conozca el libro Estrategias de interacción oral en el aula)

 

Nuevo rol docente 

En este contexto, el trabajo docente se hace más complejo, deberá motivar la participación organizada, asesorar el aprendizaje y ayudar en la solución de eventuales conflictos. Desde fuera del quehacer educativo pareciera que enseñar solo consiste en transmitir saberes, y eso sería simplificar demasiado; podría transmitirse cierto tipo de información, ¿pero las habilidades y actitudes son transmisibles? No. Se podría promover y condicionar la transferencia, pero no hay una transmisión.

 

En tal sentido, el trabajo de los profesores va más allá de una simple transmisión de saberes o dictado, como todavía se acostumbra decir. Enseñar es generar o producir situaciones de aprendizaje que se deben planear y organizar, guiar a las personas que aprenden, diseñar y preparar material educativo para, finalmente, evaluar todo el proceso.

 

Al desarrollar las situaciones de aprendizaje, gran parte de ese rol docente consistirá en promover el aprendizaje colaborativo de los estudiantes. Esto es una consecuencia de las metodologías de aprendizaje que surgen desde la colaboración entre personas organizadas en grupos, que comparten espacios de discusión para informarse o realizar los trabajos en equipo, empleando las nuevas tecnologías de información y comunicación.

 

Pero este nuevo rol docente implica además ampliar el trabajo con la curación de los contenidos. La información no solo crece aceleradamente, se presenta en diferentes formatos, no solo en material impreso: texto, imagen, video, sonido o una mezcla de todos ellos como la multimedia. A las fuentes clásicas de información se han sumado blogs, redes sociales, microblogging y otros orígenes. Esta información suele darse automáticamente por aplicaciones que filtran y mezclan diversos contenidos, mientras el resultado se envía por correo o se comparte en algún sitio de Internet.

 

Tal cantidad de información, en diferentes formatos y fuentes, debe ser recuperada a condición de que sea pertinente y relevante para una persona u organización. Esta labor se llama curación de contenidos (Avello, s.f.), y consiste en buscar, encontrar y seleccionar los asuntos relevantes para distribuirlos de forma segmentada en una organización. Así, los docentes deben prepararse para colaborar y asumir esta tarea, dominando los buscadores de información, conociendo bien la materia de búsqueda, las redes sociales, los blogs y demás medios de comunicación.

 

Referencias 

Goleman, Daniel. (1996). Inteligencia Emocional. Barcelona: Kairos.

Goleman, Daniel. (2006). Inteligencia Social. Barcelona: Kairos.

Moll, L. C. (1998). Vigotsky y la educación. Connotaciones y aplicaciones de la psicología sociohistórica en la educación. Buenos Aires: Aique.

Damia, O. (2001). Educación y creatividad: Encuentro en el nuevo milenio. Buenos Aires: Magisterio del Río de la Plata.

Huertas, J. A. (1997). Motivación: querer aprender. Buenos Aires: Aique.

Avello M., R. (s.f.). Curación de contenidos como nueva tarea docente. Obtenido desde blogcued.blogspot.com.es

 

Tomado de: Revista Internacional Magisterio No. 78 Desarrollo profesional docente

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