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23/07/2015 - 14:30

Estrategias didácticas y actividades para la educación emocional en el aula

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Ángela Marcela Baquero Pérez
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Actualmente, se considera de vital importancia el desarrollo de las competencias emocionales en los niños, y aun más en el ámbito educativo. En este marco, es necesario que los maestros reciban la formación necesaria para la implementación de estrategias didácticas en el aula, las cuales les permitan desarrollar su inteligencia emocional a los niños, a través de actividades innovadoras. 

 

Aproximación al concepto de Inteligencia Emocional I.E. 

En 1990, Peter Salovey y John Mayer desarrollaron, por primera vez, el concepto de inteligencia emocional, pero en 1995, sería Daniel Goleman quien hizo consciente al mundo de la necesidad de una nueva perspectiva para teorizar y estudiar la inteligencia humana. Logró dar una visión que trascendiera la dimensión cognitiva y los resultados académicos, para hacer énfasis en la gestión de la vida emocional y social del ser humano, teniendo en cuenta que este es un aspecto determinante del bienestar personal, social, académico y laboral, así como la calidad de vida. 

 

+Lea: El pensamiento crítico reflexivo como herramienta para la educación de la competencia socioemocional

 

Una vez esta propuesta impactó al mundo y generó gran resonancia, Goleman (1996) definió la inteligencia emocional I.E. como la capacidad de establecer contacto con los propios sentimientos, discernir entre ellos y aprovechar este conocimiento para orientar nuestra conducta, y la capacidad de comprender y responder adecuadamente a los estados de ánimo, temperamento, motivaciones y deseos de los demás. Como consecuencia del proceso de transformación iniciado por Goleman, la producción teórica sobre la inteligencia emocional fue prolífica en los años posteriores, destacándose autores como Bar-On (1997), Sternberg (1997), Shapiro (1997) y Gottman (1997), quienes realizaron diversas aproximaciones al concepto y propusieron diferentes dimensiones y habilidades relacionadas. 

 

+Lea: Entornos saludables en educación, visión de la ecología humana

 

En 1997, Salovey y Mayer revisan su teoría y proponen quizá el concepto más difundido en el mundo de inteligencia emocional, al considerarla como: “la habilidad para percibir, asimilar, comprender y regular las propias emociones y la de los demás promoviendo un crecimiento emocional e intelectual” (Mayer y El modelo de estos autores (Mestre y Fernández, 2007) considera que existen cuatro habilidades básicas o dimensiones relacionadas a la inteligencia emocional.

 

1. Percepción y expresión emocional: reconocer de forma consciente las emociones, 

2. Facilitación emocional: es la capacidad para usar las emociones hacia el pensamiento, 

3. Comprensión emocional: es la habilidad para comprender la relación entre las emociones, asignándoles un rótulo o término verbal específico, así como los estados y las sensaciones físicas y cognitivas que producen dichas emociones, dirigiendo la atención hacia la información significativa; de igual manera, sirve para facilitar juicios o recuerdos, tomar postura ante una situación y resolver problemas. causas y efectos de cada estado emocional y los estados de contradicción emocional. 

4. Regulación emocional: dirigir y manejar las emociones tanto positivas como negativas. Goleman (1996) hace referencia a las competencias o habilidades emocionales que se deben desarrollar, proponiendo un modelo que organiza las competencias en generales y específicas de la forma como se exponen en la tabla Nro. 1. Impacto de la educación emocional en el contexto educativo.

 

Teniendo en cuenta la evidencia empírica, la educación emocional tiene un efecto positivo en todas las áreas vitales de la persona. Bajo esta premisa, este es un desafío que se debe abordar en todos los niveles de formación, ya que se requiere del dominio de las competencias emocionales para el logro eficaz de los objetivos del estudiante, del docente, de la institución y en general, del sistema educativo. (Conozca el libro Inteligencia emocional y educación.).

 

Alrededor del globo terráqueo, la educación emocional se considera esencial para el adecuado desarrollo de la personalidad, la regulación del propio aprendizaje, el aprovechamiento de aptitudes y talentos, el desarrollo de la creatividad, la resolución de conflictos y la convivencia armónica. 

 

Al desarrollar las competencias emocionales, y estar en capacidad de ser conscientes de sus propios estados internos, los niños serán capaces de comprender los sentimientos de quienes los rodean, tolerar presiones ambientales y frustraciones de la vida diaria, desarrollar habilidades sociales y de trabajo en equipo. Así podrán incrementar sus alternativas de desarrollo personal y académico. 

 

A partir de la revisión de varias investigaciones, Extremera y Fernández Berrocal (2004) concluyen que los alumnos con competencias emocionales poseen mejores niveles de ajuste psicológico y bienestar emocional, presentan una mayor calidad y cantidad de redes interpersonales y de apoyo social, son menos propensos a realizar comportamientos disruptivos, agresivos o violentos; pueden llegar a obtener un mayor rendimiento escolar al enfrentarse a las situaciones de estrés con mayor facilidad y consumen menor cantidad de sustancias adictivas. (p.12) En definitiva, estas habilidades y aptitudes se orientan hacia aprendizajes que les permiten a los niños “aprender a ser” y “aprender a convivir” y para generarlos, es necesario que las instituciones educativas y el maestro, al interior del aula, propicien espacios dedicados a la educación emocional.Implicaciones pedagógicas.

 

En el acto educativo existen dos protagonistas: profesor y estudiante. Por ende, es innegable que la relación es bidireccional, y existen variables externas o socioculturales e internas o intrapersonales propias de cada uno que influyen en sus conductas (Nickel, 1981). En el contexto escolar, los educadores son los principales modelos emocionales de los estudiantes, lo cual genera ciertas implicaciones pedagógicas (Gallego, Alonso, Cruz y Lizama, 2000) que cada maestro debe propender por realizar o desarrollar. 

 

En la dimensión de autoconciencia es importante que el maestro reconozca sus fortalezas y debilidades, confíe en sus capacidades y controle la expresión de sus estados emocionales. En segunda instancia, para favorecer el autocontrol, el maestro debe desarrollar su capacidad de adaptación, flexibilidad y comunicación interpersonal, así mismo, conocer el contexto donde trabaja. Sobre la automotivación, cada educador debe tener habilidades para superar la adversidad, ser persistente y lograr las metas establecidas. 

 

Sobre empatía y habilidades sociales, el maestro debe poseer la capacidad para asumir otros puntos de vista, ser sensible a los sentimientos de los estudiantes, ofrecer alternativas de solución a los problemas de los estudiantes, trabajar en equipo con los otros profesores y directivos y finalmente, cooperar y participar en las actividades propias del contexto escolar. 

 

Estrategias didácticas y actividades 

No obstante, Gallego, et al. (2000) sostiene que “el mero aprendizaje por observación o imitación de modelos no es suficiente, es necesario una intencionalidad para que se aprendan los comportamientos sociales efectivos” (p. 214). De esta forma, es importante considerar ciertas estrategias didácticas que favorecen el desarrollo de la inteligencia emocional I.E y que se describen a continuación. 

 

Cuando el maestro se relaciona con el niño es esencial que permita la libre expresión de pensamientos y sentimientos del infante, no deben minimizar o inhibir la experimentación de las diferentes emociones, y deberán recordarles que no existen emociones positivas y negativas; el miedo, la angustia, y la vergüenza, entre otras, son emociones naturales del ser humano. El maestro debe generar espacios de interacción con el niño para hablar con total fluidez y naturalidad sobre las emociones, haciendo énfasis en estrategias para el control emocional, los puntos de vista y sentimientos de las otras personas, la aceptación del error y el fracaso (Bisquerra, 2011). Esta interacción debe estar enmarcada en el reconocimiento de las competencias del niño, la escucha empática, el contacto visual directo y un contacto corporal afectuoso Como recurso, el juego simbólico le permite al niño reproducir y reelaborar de forma ficticia sus relaciones y vínculos afectivos, sus experiencias, sus pensamientos y sentimientos. A través del juego simbólico, el niño podrá expresar todo el abanico emocional, y enfrentar sus más profundos temores, rabias e impotencias. También pondrá en práctica estrategias de regulación emocional, asumirá otros roles y potenciará su capacidad para negociar, al comprender las perspectivas de otras personas. Adicionalmente, puede ensayar alternativas de acción, sin considerar que será juzgado. La música es una forma de expresión del ser humano, permite establecer conexión directa con las emociones y por tanto, exteriorizarlas de forma más fácil. Hay varios estudios e investigaciones que reafirman el poder de la música en los niños, incluso antes del nacimiento. Existen ciertas características propias de la música que hacen que cierta canción se pueda asociar a determinados estados emocionales, por ejemplo, canciones lentas generan estados de relajación, canciones a alto volumen se relacionan con Como estrategia didáctica, la música puede ser un medio para hablar sobre ciertos estados emocionales, enfrentar emociones y buscar técnicas para controlarlas. Por otro lado, se puede motivar al niño a producir su propia música (con la propia voz, con el cuerpo, con instrumentos, con diferentes objetos), de acuerdo con un estado emocional específico o una emoción vivida en el pasado. También se podría motivar al niño a escuchar una canción y tratar de intuir el estado emocional que vivía el compositor, los recursos que usó para afrontarlo, entre otros elementos. Todo proceso de creación artística está relacionado con el mundo interior del niño. A través del espacio, la luz, el color, la geometría, la textura, el niño está manifestando sus sentimientos y pensamientos, no son una elección aleatoria y sin sentido. Es innegable que el arte es un lenguaje que permite la comunicación y por ende, es importante enriquecer la sensibilidad, la creatividad, la percepción y expresión artística de los niños. A través del arte, el niño podrá transmitir lo más profundo de la vida interior, plasmar sensaciones y sentimientos, imaginar mundos posibles, definir elementos y situaciones que generan determinado estado emocional. En este sentido, el maestro deberá dar la posibilidad al niño de elegir materiales, de tener una creación libre para que afloren los propios sentimientos y emociones. De igual forma, deberá propiciar la interpretación y valoración de obras de arte, así como crear espacios para la muestra al público de las obras elaboradas por los niños como murales, exposiciones, carteleras, etcétera.

 

El cuerpo registra sensaciones de las experiencias vividas y por tanto, el lenguaje corporal permite expresar emociones. A partir de la estimulación de los sentidos, el maestro debe favorecer las experiencias sensoriales, el desarrollo del sentido cinestésico como fuente de simbolización del mundo emocional, promover espacios para trabajar la imagen corporal y proponer ejercicios de balanceo, respiración y en definitiva, la interacción, el juego simbólico, la música, el arte y la expresión corporal son estrategias didácticas que permiten el desarrollo de las competencias emocionales de los niños y se deben traducir en actividades que el maestro plantee a sus estudiantes en el aula. 

 

Bisquerra (2011), Chías y Zurita (2010) y Bourcier (2012) recopilan una serie de actividades para ayudar a los niños a enfrentar las emociones básicas. Algunas son: 

  • Miedo: redefinir el miedo como algo natural y característica de todo ser humano. Será necesario describir y especificar las situaciones que producen miedo. 
  • Ira: enseñar estrategias para resolver problemas, técnicas de respiración, relajación y de expresión de la ira que no le generen daño a sí mismo ni a los otros. 
  • Tristeza: identificar las situaciones cuando se ha sentido y experimentado dolor, y desde este punto, enseñar estrategias para enfrentar situaciones de pérdida y duelo. 
  • Alegría: reconocer el valor del humor, la responsabilidad de brindar alegría a otros y enseñar a los niños la importancia de reírse de sí mismo. 

 

Sin embargo, en este sentido, quizá el mayor recurso sea la creatividad propia de cada maestro, ya que es él quien conoce a cada niño, las situaciones que vive, los contextos donde está inmerso, las emociones que debe enfrentar y las competencias emocionales que ya ha adquirido y las que le falta desarrollar. Acorde con lo expuesto, la escuela tiene la responsabilidad de educar las emociones de los niños y niñas.  Lea Ideas prácticas para el desarrollo de la Inteligencia Emocional).

 

La inteligencia emocional de cada ser humano influye de forma directa en cada grupo social al que pertenece y en la sociedad en general. Por lo tanto, se hace necesario que se incluya la formación en competencias emocionales de forma explícita en el currículo de todas las instituciones de educación.

 

Solo en este sentido estaremos aportando a la construcción de una sociedad más humana, ya que las emociones son quizá la mayor expresión de vida con la que cuenta el hombre. Ante este contexto, el maestro debe asumir el reto formándose como pedagogo e implementando ciertas didácticas y actividades orientadas al desarrollo emocional de los niños.

Extremera y Fernández (2004) resaltan que “el profesor ideal para este nuevo siglo tendrá que ser capaz de enseñar la aritmética del corazón y la gramática de las relaciones.

 

Bibliografía

Bar-on, R. y Parker, J. (2001). The Handbook of Emotional Intelligence. Theory, developmental, and application at home, school, and in the workplace. San Francisco:

Jossey-Bass.Bisguerra, R. (2011). Educación emocional: propuestas para padres y educadores. Bilbao: Desclée de Bourcier, S. (2012). La agresividad en niños de 0 a 6 años. España: Narcea. 

Cohen, J. (2003). La inteligencia emocional en el aula. Argentina: Troquel.

Chías, M. y Zurita, J. (2010). Emocionarte con los niños: el arte de acompañar a los niños en su emoción. Sevilla: Desclée de Brouwer. 

Extremera, N. y Fernández-Berrocal, P. (2004). El papel de la inteligencia emocional en el alumnado: evidencias empíricas. Revista Electrónica de Investigación Educativa, 6 (2). Consultado en: http://redie.uabc.mx/vol6no2/contenido-extremera.html

Gallego, D., Alonso, C., Cruz, A. y Lizama, L. (2000). Inteligencia emocional. Bogotá: El Búho. 

Goleman, D. (1996). La inteligencia emocional. Colombia: Panamericana Formas e Impresos.

Gottman, J. y Declaire, J. (1997). Los mejores padres. Madrid: Javier Vergara.

Guzmán, G. (2006). Teoría y práctica de la inteligencia emocional. Ibagué: Aquelarre Centro Cultural 

Lopéz Cassá, E. (2012). La educación emocional en la escuela. Tomo 1. México: Alfaomega.

Mayer, J. y Cobb, C. (2000). Educational policy on emotional intelligence: Does it make sense? Educational Psychology Review, 12. 

Mestre, J. & Fernández, P. (2007). Manual de inteligencia emocional. Madrid: Pirámide.

Palou, S. (2005). Sentir y crecer. El Crecimiento emocional en la infancia. Barcelona: Editorial GRAÓ.

Shapiro, L. (1997). La inteligencia emocional en niños. Madrid: Javier Vergara.

Sternberg, R. (1997). La inteligencia exitosa. Barcelona: Paidós.

 

La autora es Magíster en Educación y psicóloga de la Universidad de La Sabana, con especialización en Neuropsicología Infantil y del desarrollo de la Universidad de Sevilla Pablo de Olavide y formación en terapia breve estratégica de la Pontificia Universidad Javeriana. Docente de la Facultad de Educación de la Universidad de La Sabana. angela.baquero@unisabana.edu.co

 

Foto de Cultura Gijon. Tomada de Flickr

 

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