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21/02/2017 - 15:15

La evaluación ¿Tema de administración o de pedagogía?

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Rosa Julia Guzmán Rodríguez
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El artículo presenta el problema de la evaluación desde dos puntos de vista: administrativo (promoción) y como proceso pedagógico, enfatizando que el aprendizaje, y por lo mismo la evaluación, deben enfocarse en términos de la calidad de la educación. En este sentido, destaca que muchas instituciones educativas confunden los resultados académicos con la calidad educativa con el consiguiente peligro de que la gran mayoría de procesos de certificación otorgados por el MEN y otras instituciones nacionales e internacionales, se fundamentan, solamente, en el cumplimiento de ciertos requisitos académicos y administrativos (que no dejan de tener su importancia) y no en la calidad de la educación como tal. La autora destaca que hay una gran diferencia entre evaluar y calificar. Resalta, igualmente, que la evaluación de los aprendizajes de los estudiantes es, además, fuente de aprendizaje para los maestros, las instituciones y la familia misma. Concluye que la verdadera calidad de la educación se refleja directamente en las condiciones de vida cotidiana de los niños, los jóvenes, sus familias y los profesores, y que la interacción que se debe promover entre la escuela y la familia es esencial en la búsqueda de la excelencia educativa.

 

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Palabras clave: Evaluar, calificar, educar, competencias, calidad educativa.

 

La evaluación de los aprendizajes escolares se constituye en un tema de discusión permanente entre los profesores, los padres de familia y en la sociedad en general. Esto no es gratuito; obedece, en buena medida, a que no resulta fácil en la práctica dar cuenta de qué es lo que un estudiante todavía no sabe hacer bien, por qué no lo hace bien y, especialmente, qué puede hacer para mejorarlo. Ante esta situación, tanto las instituciones escolares como el Ministerio y las Secretarías de Educación en Colombia han adoptado medidas tendientes a promover una cultura de la evaluación, teniendo en la mira el mejoramiento de la calidad de la educación. Sin embargo, esto no se ha logrado en la forma en que se esperaba, como lo demuestran los resultados obtenidos por los estudiantes colombianos en las últimas evaluaciones censales e internacionales.

 

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En este proceso se han llevado a la práctica políticas tales como la promoción automática y, más recientemente, la organización escolar por ciclos; estas políticas intentan tomar en cuenta los ritmos de aprendizaje diferentes que tienen los niños y los jóvenes, proponiendo que la escuela los tome en cuenta y genere acciones tendientes a evitar la repetición y la deserción escolares, situaciones que resultan muy costosas tanto en el aspecto económico como en el social.

 

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Sin embargo, la situación no mejora en la medida en que se esperaría y el empeño del Ministerio de Educación por desarrollar competencias en los estudiantes y por vincular a los padres en los procesos de evaluación de sus hijos, sigue viéndose frenado por el énfasis que continúan haciendo las instituciones por enseñar contenidos y calificarlos al final de cada periodo escolar. Aunque algunas instituciones han hecho esfuerzos valiosos, todavía faltan desarrollos pedagógicos y didácticos que promuevan el establecimiento de conexiones reales entre la escuela y la sociedad para desarrollar competencias; las instituciones siguen ancladas en el ejercicio de actividades que dan evidencia de sus énfasis exclusivos en los contenidos, como por ejemplo las de “recuperación”, que en el fondo apuntan a recuperar una calificación para poder ser promovido, que es un proceso administrativo y no pedagógico, sin que los padres puedan participar de manera distinta a ejercer presión sobre sus hijos para que cumplan con el trabajo asignado para recuperar la nota.

 

En este artículo se plantean algunas ideas que se espera contribuyan a enriquecer la discusión en este campo y a alimentar procesos de reflexión pedagógica, que a su vez, contribuyan en la búsqueda de estrategias adecuadas para evaluar los aprendizajes tanto de los estudiantes como de los profesores y de las instituciones con respecto a la evaluación, a la vez que informan a los padres de manera clara sobre los procesos de aprendizaje de sus hijos. Se empieza por hacer una breve reflexión en torno a lo que implica el aprendizaje escolar en términos de la calidad de la educación.

 

La calidad de la educación, los aprendizajes escolares y las relaciones con la familia

 

Con mucha frecuencia en los ámbitos escolares y sociales se confunde la calidad de la educación con los resultados académicos. Las instituciones escolares que no alcanzan buenos resultados, tienden a buscar justificaciones en situaciones particulares y/o coyunturales, mientras que otras se presentan ante el público como instituciones de calidad, si han obtenido altos puntajes en las pruebas SABER. Pero, si bien, estos resultados son un indicador de los niveles académicos alcanzados, no necesariamente lo son de la calidad educativa, pues este es un concepto que supera en mucho el de los resultados académicos y que está directamente relacionado con las condiciones de vida cotidiana de los niños, los jóvenes, sus familias y los profesores.

 

Otro aspecto que ha distorsionado en buena medida el concepto de calidad de la educación es la creencia bastante difundida entre las instituciones escolares, con respecto a que dicha calidad se agota con el cumplimiento de ciertos requisitos administrativos; entonces, se presenta como un colegio de calidad aquel que ha cumplido con entregar al CADEL y a otras instancias, los documentos que se requieren. Aunque el cumplimiento de estos requisitos es una condición necesaria, en tanto expresa el grado de cumplimiento de requisitos de infraestructura, dotación, organización y gestión escolares, no es en sí misma una condición suficiente para garantizar la calidad de la educación que ofrece. Otro tanto sucede con muchos procesos de certificación.

 

La calidad de la educación debe dar cuenta de las formas en que los estudiantes aprenden, de las estrategias, las técnicas, las metodologías y las actividades que ponen en marcha los profesores para que sus estudiantes puedan aprender sin traumatismos y puedan superar las dificultades que puedan presentarse en el proceso, que no siempre son inherentes a las condiciones particulares de los estudiantes. También, debe dar cuenta de la interacción que se promueve entre la escuela y la familia, asumiendo que estas dos instituciones sociales tienen la responsabilidad de educar a las generaciones jóvenes y por lo tanto deben compartir información pertinente.

 

En todo este proceso cobra especial importancia la evaluación, en tanto que es a través de ella como se recoge información que puede ser utilizada de diversas maneras pero que, en últimas, afecta los resultados académicos de los estudiantes e incide en su aprendizaje, en su promoción escolar y en las relaciones familiares. Aunque, como se acaba de mencionar, la evaluación de los aprendizajes tiene consecuencias administrativas, es necesario resaltar que este es un proceso eminentemente pedagógico y didáctico (por lo tanto formativo), que no se reduce a calificar, como se presenta en el siguiente apartado.

 

Diferencias entre evaluar y calificar y su incidencia en las relaciones escuela–familia y en los aprendizajes escolares

 

Los resultados obtenidos por los estudiantes se expresan en calificaciones, que son comunicadas a los padres de familia; son el resultado de un proceso acumulativo de calificaciones parciales asignadas a diferentes tipos de trabajos hechos por los estudiantes. En algunas instituciones escolares son un promedio de todas las calificaciones obtenidas, en otras se ponderan y en otras se suman de manera acumulativa pero, en esencia, todas ellas muestran resultados que no ofrecen ninguna información acerca del proceso de evaluación del aprendizaje de cada estudiante.

 

Quizá el siguiente ejemplo tomado de la vida cotidiana sirva para ilustrar la diferencia entre evaluar y calificar: Cuando una persona quiere que le hagan un vestido, visita al sastre para probárselo y le dice: “está corto de aquí, fruncido de allá, muy ancho en esta parte, muy corto en la otra”… dándole información al sastre, que es quien sabe cómo coser, para que tome decisiones antes de terminar y pueda garantizar un final exitoso. En ese momento la persona está evaluando. Una vez que el sastre ha tomado las medidas correspondientes a partir de la información que le da la persona y de la evidencia que él mismo tiene, termina su trabajo y la persona que lo recibe, califica. Puede decir: bonito, feo, elegante, sencillo, etc.

 

El anterior ejemplo permite hacer un símil con la enseñanza, pues remite a dos aspectos cruciales en los procesos de enseñanza y en los de aprendizaje. Con respecto a la enseñanza, pone en evidencia que quien tiene conocimientos sobre el proceso y puede tomar decisiones sobre él, es el profesor; por lo tanto, la evaluación debe servirle para tomar decisiones sobre sus formas de enseñar y para hacer los ajustes necesarios durante el proceso, con el propósito de lograr que sus estudiantes aprendan. El símil también puede hacerse con respecto al aprendizaje, en tanto que es a través de la evaluación como el estudiante debe recibir información oportuna para mejorar su proceso, antes de ser calificado. Así mismo, las familias pueden apoyar los aprendizajes si recibe información clara, precisa y oportuna de parte de los profesores, que los oriente acerca de las mejores formas de ayudar a sus hijos. También los padres pueden apoyar el trabajo de los profesores si los informan sobre la manera en que sus hijos hacen sus tareas.

 

Asumimos la evaluación como “Un proceso permanente y sistemático de recolección de información pertinente para tomar decisiones oportunas acertadamente” (Guzmán, 2002). Vale la pena resaltar que en tanto proceso permanente, es algo que debe hacerse en todo momento y no solamente en los “cortes” que haya establecido la institución escolar, bien sean estos bimestrales o semestrales o con la periodicidad que sea. Como proceso sistemático, requiere una intención, un orden, una secuencia y una total coherencia con la naturaleza del tema y de la disciplina enseñada. En cuanto a la recolección de información pertinente, ella demanda mucho conocimiento pedagógico de parte del profesor, tanto sobre el aprendizaje de los estudiantes, como sobre las estrategias pedagógicas que ha seleccionado para enseñar y las metodologías y actividades a que ellas dan lugar. Por último, es muy importante señalar que la evaluación sirve para tomar decisiones acertadas oportunamente, lo que implica que toda la información recogida por el profesor y deseablemente también aportada por los padres, se constituye en un insumo fundamental para la preparación de las siguientes clases.

 

Si se analizan los párrafos anteriores, se tendrán elementos para juzgar si en las instituciones escolares los profesores realmente están haciendo evaluación de los aprendizajes de los estudiantes o si se limitan a calificar. Por supuesto, cada una de las dos situaciones llevará a consecuencias diferentes en los aprendizajes de los estudiantes y por consiguiente, en la calidad de la educación.

 

¿En la práctica, existe diferencia entre la evaluación cuantitativa y la cualitativa con respecto a los aprendizajes? ¿Generan ellas relaciones diferentes entre la escuela y la familia?

 

Desde que en el Ministerio de Educación Nacional se planteó la posibilidad de hacer evaluaciones cualitativas, buscando reflejar de manera más precisa lo que pasa en los procesos de aprendizaje, las instituciones escolares empezaron a buscar diversas formas de dar cuenta de ellos. Sin embargo, en la práctica la evaluación no se modificó en su esencia; las instituciones pasaron de calificar con números, a calificar con letras, colores o con cualquiera otra convención. Es decir, se cambió la expresión gráfica de comunicación de resultados, pero la forma de calificar los aprendizajes se mantuvo intacta; por lo tanto, la comunicación escuela-familia no se modificó. Han sido muy pocas las instituciones que han logrado avanzar hacia los procesos de evaluación.

 

Como puede verse, en la práctica no se ha dado una verdadera diferencia entre evaluación cuantitativa y cualitativa; quizá por esta razón, existe actualmente una fuerte tendencia a volver a evaluar con números, porque se considera esta como una posibilidad de dar mayor precisión a las evaluaciones. Sin embargo, hay que anotar que, una vez más, se hace referencia a la calificación. Como su nombre lo indica, una evaluación cualitativa, debería dar cuenta de las cualidades del aprendizaje escolar en un momento dado, expresado en desempeños descritos de una manera detallada, para poder caracterizar pedagógicamente cada uno de los momentos del aprendizaje de los estudiantes. Por supuesto, esto demanda un amplio conocimiento de parte de los profesores, con respecto tanto a la disciplina que enseñan, como a las etapas por las que pasan los estudiantes en su aprendizaje. Desafortunadamente, sobre el segundo aspecto es poco lo que se conoce y son escasas las investigaciones que iluminan con sus resultados las propuestas didácticas. Quizá por eso aún se mantienen dos creencias erróneas que han circulado durante mucho tiempo: la primera es creer que porque el profesor enseñó algo, el alumno lo aprendió y la segunda es creer que saber una disciplina es suficiente para enseñarla con propiedad.

 

En la actualidad existen algunos intentos de hacer evaluaciones cualitativas de los aprendizajes de los estudiantes. Para ser consecuentes con lo que implica este tipo de evaluación, se han definido criterios de evaluación, que son registrados en rúbricas, mal llamadas “matrices”. La diferencia entre unas y otras radica en que las primeras mencionan los criterios de evaluación (que debería llamarse más acertadamente calificación) que han sido definidos en las áreas y ofrecen la posibilidad de que el profesor escriba la calificación correspondiente frente a cada criterio, pero sin dar ninguna información diferente a la del resultado obtenido. Las matrices, por el contrario, a partir de los criterios definidos en las áreas, presentan niveles de avance frente a cada uno de ellos, describiendo de manera detallada cómo se identifica cada uno de estos niveles. Así, tanto el profesor como los estudiantes y sus familias pueden tener información acerca del desempeño actual de cada estudiante y de lo que implica avanzar hacia el nivel siguiente.

 

Las matrices de evaluación como posibilidad de potenciar los aprendizajes escolares y de fortalecer la comunicación entre la escuela y la familia

 

Uno de los mayores desarrollos con respecto a las matrices de evaluación se ha dado dentro del enfoque de Enseñanza para la Comprensión, una propuesta pedagógica que ha sido planteada por el Proyecto Zero en la Universidad de Harvard y que ha dado lugar a diversos desarrollos pedagógicos en América Latina y en otras partes del mundo.

 

En el enfoque de Enseñanza para la Comprensión se plantea que no es válido asumir que cuando se enseña “bien” una lección, los estudiantes la han comprendido. Se requiere buscar evidencia de que sí hay comprensión a través de los desempeños realizados por los estudiantes. Se plantea, además, que la valoración no es algo que se adjunta al aprendizaje; es un componente esencial y continuo de la enseñanza, que guía este proceso. Las maneras en que se espera que los estudiantes demuestren su comprensión, debe ser prevista con anterioridad a la enseñanza. Debe ser explícita y pública para que los estudiantes y sus familias las conozcan y, eventualmente, puedan enriquecerlas.

 

A partir de estos postulados, se han diseñado diversas formas de evaluar el aprendizaje de los estudiantes. Una de ellas son las matrices analíticas. Su autora, Heidi Goodrich (1999) plantea que “Las matrices son herramientas maravillosas de valoración: permiten que la evaluación funcione rápida y eficientemente… Las matrices analíticas son también herramientas de enseñanza que apoyan el aprendizaje de los estudiantes y el desarrollo de habilidades sofisticadas de pensamiento”. El uso de las matrices de evaluación ofrece varias ventajas, entre las que se cuentan la claridad en la explicitación de las expectativas de los profesores con respecto a una tarea determinada, la provisión de retroalimentación sobre fortalezas y aspectos a mejorar, el apoyo al aprendizaje y el apoyo al desarrollo del pensamiento profundo.

 

Para diseñar una matriz de evaluación se necesita tener mucha claridad acerca de los aspectos que incluye un proceso de aprendizaje, de la gradualidad que se va dando en el dominio referido a cada uno de los desempeños que componen una tarea, de los pasos que se requiere seguir para cumplir con dicha tarea, de las conexiones que pueden darse con otras disciplinas, de las diversas formas en que es posible demostrar tanto los conocimientos como las competencias y, sobre todo, acerca de la necesidad de tener un conocimiento amplio de la disciplina y no solamente de la materia escolar.

 

En buena medida la dificultad para evaluar los aprendizajes se deriva del enfoque del trabajo escolar hacia la materia y no hacia la disciplina, porque esto último implica orientar el trabajo de los estudiantes en la misma forma en que lo hacen los expertos en cada disciplina. Una de las tareas más difíciles de los profesores es llevar a cabo la transposición didáctica que esto implica. Es muy poco probable que, por ejemplo, en el caso de la escritura, un experto considere terminado un texto escrito en una única versión; seguramente se tomará el trabajo de leer y reescribir su texto tantas veces como sea necesario para que le quede bien escrito, pero teniendo siempre en mente unos criterios muy precisos de evaluación. Por lo tanto, este proceso debe ser enseñado y practicado siguiendo pautas claramente definidas, para poder hacer una evaluación de calidad.

 

Si se busca evaluar de manera provechosa los aprendizajes escolares es indispensable contar con dos condiciones ineludibles: el conocimiento disciplinar y el conocimiento pedagógico. De otra manera, se seguirá calificando sin hacer aportes significativos al desarrollo de los estudiantes y de la sociedad. La escuela necesita abrirse a lo social, empezando por el contacto cooperado con la familia y pensar la pertinencia no solamente con respecto a los contenidos, sino a las formas de enseñarlos, lo que por supuesto incluye la evaluación. Es necesario volver a pensar con respeto profesional en lo que implica la buena enseñanza y asumir la pedagogía y la didáctica como disciplinas que sustentan la enseñanza de calidad.

 

Como se mencionó al inicio de este artículo, se espera que de la evaluación se deriven aprendizajes de los profesores, que están referidos a la pedagogía y a la didáctica, tanto en los aspectos teóricos como de aplicación práctica. Estos aprendizajes contribuyen a enriquecer los procesos de enseñanza y a mejorar la calidad de la educación. Lo anterior demanda que a los profesores se les ofrezcan condiciones de trabajo que permitan la discusión, el intercambio con los colegas y la construcción conjunta de alternativas de evaluación acordes con los contextos en que trabajan, así como para comunicarse periódicamente con los padres para intercambiar información útil y pertinente y no solo para informarlos de los resultados al finalizar un periodo escolar. Hay que aclarar que este ejercicio hace parte de su trabajo y por lo tanto no puede ser asumido a manera de apéndice, desvinculado de los procesos pedagógicos y didácticos; lo pedagógico no puede convertirse en un tema que se discute una vez al mes en poco tiempo. Debe verse reflejado en las prácticas cotidianas, que es en donde se vive la calidad de la educación.

 

También se mencionó que la evaluación de los aprendizajes de los estudiantes es además fuente de aprendizaje de las instituciones, ya que se espera que las reflexiones de los profesores y sus interacciones con las familias, las lleven a pensar en otras posibilidades de organización escolar que faciliten el trabajo pedagógico y disminuyan el diligenciamiento de formatos administrativos y otras múltiples actividades que van en desmedro de la calidad educativa al distraer a los profesores de su verdadero foco de atención: la enseñanza, el aprendizaje y la formación compartida con la familia.

 

La autora

Doctora en Educación, Directora Maestría en Pedagogía, Universidad de La Sabana.

 

 

Bibliografía

Goodrich, H. (1999). When assesment is instruction and instruction is assesment. En: Hetland, L. & Veenema, S. The Project Zero Classroom. View son Understanding. Harvard Graduate School of Education. Cambridge, M.A., pp. 91-99). Traducción de Patricia León

Guzmán, R. J. (2002). La evaluación de los aprendizajes. Bogotá: Universidad de La Sabana. Documento de trabajo sin publicar.

 

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 55

 

Foto de la Universidad de Navarra. Tomada de Flickr

 

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