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Actividades para favorecer el diálogo en la primera infancia

Magisterio
16/02/2017 - 16:15
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Foto de Ajuntament Barcelona. Tomada de Flickr

Es muy importante dar valor y sentido a todas las iniciativas comunicativas del niño. Una clave importante es ser sistemáticos en poner en palabras lo que el niño ha expresado o ha intentado expresar, para darle la seguridad de que realmente ha sido atendido y entendido. Y, después, ya podemos contestarle.

Entretenerse en «repetir» lo que el niño nos ha dicho, antes de darle nuestra respuesta (sea con la acción o de palabra), es importantísimo: «Ah, quieres coger tu chaqueta», «Veo que te has hecho daño», «Quieres más pan»... Darnos el tiempo para descansar en este punto, como si de un escalón se tratase, antes de subir al siguiente escalón, que es nuestra respuesta («Toma la chaqueta», «Vamos a curar la mano», «Toma un trozo más de pan»…) marca una diferencia muy importante dentro de la calidad comunicativa y el acceso al lenguaje verbal.

¿Nos damos realmente este tiempo y realizamos este paso? Demos significado inmediato a las expresiones de los niños, mostrándoles de forma clara que han sido captadas y que lo expresado ha provocado interés y respuesta por parte de la persona adulta.

Esto no significa una sobreprotección o una constante respuesta inmediata, en aquellos niños que no lo precisan, ya que entonces quizá estaríamos entorpeciendo un importante aprendizaje sobre sus recursos personales y su capacidad de espera y de tolerancia a la frustración. El criterio de la persona adulta es el que ha de prevalecer en cada caso.

No dejemos expresiones sin respuesta. Casi siempre, la respuesta incluirá la acción, que es lo que el niño realmente espera (coger lo que señala, acercarle un objeto, cogerlo en brazos...), a la vez que complementamos nuestra respuesta con nuestra actitud comunicativa y nuestras palabras. Y no olvidemos expresar –mediante nuestro lenguaje corporal, mirada, acción, expresión facial, pregunta, cambio de tono en la voz...– que quedamos a la espera de que él vuelva a tomar un nuevo turno de diálogo.

¿Realmente lo hacemos?

Que este descubrimiento se dé lo mejor y más pronto posible depende, en buena medida, de nuestra forma de entrar en relación con el niño: de saber darle su tiempo; de estar a su escucha, más que de estar siempre pendientes de nuestra propia iniciativa.

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A veces, podemos pensar que para apoyar la buena evolución del lenguaje de un niño o de una niña debemos hablar mucho, y no necesariamente debe ser así. Las pausas y los silencios son muy importantes. Es conveniente respetarlos. Si un niño habla poco, nosotros no podemos llenar todos los silencios con nuestras palabras. Tendremos también que hablar mesuradamente, manteniendo un equilibrio comunicativo; pero eso sí, de forma muy consciente, aprovechando muy bien cada uno de nuestros turnos de diálogo.

Asimismo, si nosotros somos unos buenos emisores de lenguaje, ayudaremos al niño a ser un buen receptor. Cuanto más nos ajustemos a su estilo comunicativo y a su nivel lingüístico en lo conceptual, morfosintáctico, léxico..., más le favoreceremos. Se trata de adecuarnos, no para quedarnos en el mismo nivel, sino para subir juntos otro escalón, sea éste un escalón más o menos alto, según cada niño y cada momento.

No potenciar un nuevo paso es inadecuado. Pero también lo es pretender darlo excesivamente grande. Adecuarse es una artesanía que reposa en una observación, una mirada y una escucha atenta, para que nuestros conocimientos se amolden y potencien la evolución en la comunicación, el lenguaje y el habla personal de cada niño. En síntesis, siempre será adecuado y necesario:

  • Recoger la intención comunicativa y la forma de expresión del niño: una mirada, una emisión sonora, un gesto, una palabra (o unas palabras)... Seamos sensibles a las diferentes formas de expresión que un niño nos puede ofrecer.
  • Manifestarle que hemos recibido su expresión y que ésta nos interesa.
  • Dotar a su expresión del máximo significado, con nuestra actitud y palabras.
  • Contestar al niño con la repetición de lo que ha dicho de manera mimética (en fases muy iniciales) o reformulada (según el momento evolutivo de cada niño); la acción y la expansión lingüística de aquello que ha expresado.
  • Darle el tiempo necesario, invitándole con nuestra actitud para que vuelva a tomar su turno de diálogo.

Título tomado del libro: La artesanía de la comunicación. Autor: Isabel Ferrer Serrahima. pp. 50-52

Foto de Ajuntament Barcelona. Tomada de Flickr