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Apreciado y siempre recordado maestro

Por Mercedes Lemus Peña
Magisterio
15/05/2017 - 15:00
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Foto de Hernán Piñera. Tomada de Flickr

Bogotá D.C. Mayo 11 de  2017

 

Señor:
LEONEL SANTANA
Docente de primaria
Escuela Rural Tibistá Saboyá

Puente Nacional Santander

 

Apreciado y siempre recordado maestro, he decidido escribirle estas líneas, para contarle que aunque han pasado 32 años, en mi memoria existen melodías como: A quién engañas abuelo, para hablar de sociales, (godos y liberales), Las acacias, Soy colombiano, Soy boyacense, Mantelito blanco, sobre todo ésta última que hoy trae a mi mente el recuerdo de la unión familiar, el valor de ese ser que me dio la vida, mi madre. Podrán pasar más años, pero seguiré recordando las llaves usadas para mostrar la tierra y mugre que se escondía tras mis pequeñas orejas, o señalar los animalitos que bailaban en mi cabeza, más conocidos como “ganado”. Es difícil olvidar que cierto día cuando cursaba cuarto grado, recibí un impacto en la cabeza, no fue una bala, fue el balón de baloncesto que me lanzó y por dormida, no cogí. Desde ese momento hubo un reto y era jugar, deporte que aún practico, tanto así que mis hijos también lo hacen.

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Los matorrales, las piedras, y los surcos de pinos que rodeaban la escuelita donde compartí, fueron testigos de la lleva, las escondidas, congelados, y otros más que usted querido maestro me permitía jugar. Cómo no evocar el día de la madre, recitar poemas, entonar canciones, hacer bailes y tejer las carpetas o manteles, estos serán momentos inolvidables. También recuerdo las varitas de mimbre, porque cuando usted nos preguntaba ¿dónde está Margarita?, todos empalidecíamos y temblábamos, ya sabíamos qué seguía, pero esto me enseñó a ser una mujer responsable, primero lo hacía por miedo, hoy por convicción porque ser responsable es indispensable en la vida.

 

Profe Leonel, a sumar como tal, usted no me enseñó, pero cuando me pidió que llevara el litro de leche para la bienestarina, y me preguntó ¿cuántos pocillos se sacan, para cuántos niños alcanza? Usted veía si había aprendido, cuando me decía ¿cómo le fue a su papá con el cultivo, ¿cuántas arrobas salieron de papa? ¿Cuántos bultos de maíz se habían cogido? y ¿a cómo se vendían?- hoy infiero que eran matemáticas. Recuerdo su clase de lenguaje porque era divertido contar las narraciones e historias que mis padres o vecinos contaban, los cuentos de la vereda, el pacto con el diablo e innumerables leyendas regionales que luego usábamos para animar las noches y asustar a mis amigos. Imposible no traer a colación sus regaños, pues me obligaba a hablar porque era muy tímida, o como solía decirme “montañera” –tal vez no lo recuerdes tanto como yo. Hoy le agradezco que me motivara a interactuar con los otros, a escuchar estos relatos, porque gracias a estos encontré afinidad con mi vocación. Cómo olvidarlo maestro, si usted visitaba mi casa para decirle a mis padres que no atendía a clase o que no hacía la tarea, si con sus métodos tradicionales combinaba el juego para que aprendiera algo: A SER FELIZ, y lo fui, descalza, con ropa vieja, pero limpia; criada humildemente, pero con sueños de ser profesora y hoy ese sueño es realidad.

 

Gracias maestro porque con usted aprendí a ser independiente, a amar a mi familia, a poner en práctica los valores, a vivir con obstáculos, a solucionar situaciones, a conocer mi país, pero sobre todo a pensar en el futuro.

 

Con total cariño, respeto y admiración, se despide la niña que ocupaba la última silla, la de cabellos sueltos, ojos apagados y movimientos inseguros. Espero volver a verlo y compartir las experiencias de mi profesión, esa que empecé a amar cuando compartí con usted.

 

Atentamente,

 

MERCEDES LEMUS PEÑA

 

 

Foto de Hernán Piñera. Tomada de Flickr