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Atención a la primera infancia en clave de afecto y coherencia

Magisterio
27/02/2019 - 10:45
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By Freepik

Entrevista con Juanita Cajiao, Psicóloga Perinatal e Infantil

¿Considera que es importante el seguimiento de protocolos multidisciplinarios en la atención a la primera infancia? ¿Qué áreas deberían integrarse en este proceso?
Las personas somos integrales. Por lo tanto, es indispensable que la atención a la primera infancia, especialmente en los primeros tres años, tenga un abordaje multidisciplinar, en el que los distintos aspectos del desarrollo sean atendidos por las entidades responsables de manera coherente y articulada. No podemos pensar, por ejemplo, que lo prioritario es potenciar las habilidades de un niño o de una niña, si no se ha garantizado su acceso a la salud, si su entorno y sus redes sociales y afectivas son débiles o si no se dispone de los recursos necesarios para poder apuntalar su desarrollo. La atención a la primera infancia tendría que ser, antes que nada, la garantía de los derechos del niño desde el momento de su nacimiento.

¿Cuáles son las necesidades fundamentales que se deben tener en cuenta en cualquier centro de atención especializado en primera infancia?
Estas necesidades dependen de la etapa del desarrollo de cada niño o niña: las necesidades de un bebé de 4 meses (que, debido a las licencias de maternidad cortísimas que tenemos, debe permanecer media jornada o una jornada entera al cuidado de personas que no son su familia) son muy distintas a las de un bebé de 9 meses, o a las de un niño o niña de 1 año o uno de 3. Sin embargo, el eje de esa atención tendría que ser darles a los niños y niñas la posibilidad de establecer relaciones seguras y de confianza con la persona encargada de su cuidado y de acompañar su desarrollo. Y hablo en singular porque, especialmente en los primeros años, la estabilidad de la figura cuidadora (si se establece un vínculo de afecto con ésta, que sería lo ideal), es lo que determinará la seguridad y la capacidad del pequeño de explorar y salir a descubrir el mundo.

¿A cuántos niños puede atender de manera simultánea una persona, para que este la perciba como accesible en tanto figura de afecto? ¿Cuál es la importancia de esta percepción de accesibilidad en el desarrollo emocional de los niños?
El adecuado desarrollo psíquico de las personas depende en gran medida de lo que suceda en los primeros años de vida, en los 3 primeros, especialmente. Enfrentarse continuamente a cosas nuevas (recordemos que, al nacer, todo, excepto la madre, es nuevo), supone un cierto grado de estrés, y, por eso, es necesario que alguien esté disponible para ayudar al niño a regularlo. El adulto co-regulador tiene que establecer un vínculo estable con el bebé, pues es la única manera en que puede también aprender a leer sus señales y a responder oportuna y adecuadamente a éstas. Si no lo conoce, no puede anticiparlo, leerlo. Por otro lado, el bebé necesita saber que quien acudirá será siempre, o la mayoría de las veces, la misma persona, pues también él está haciendo un ejercicio de lectura continua del otro y de sus respuestas, que son las que lo relajan, lo mantienen en estado de alerta o lo invitan a explorar el mundo sintiéndose seguro. La principal fuente de estrés para un niño pequeño es perder a su adulto de referencia, y este estrés, si se mantiene en el tiempo, puede llegar a ser tan alto que genera un efecto tóxico a nivel cerebral, con consecuencias duraderas que se reflejan, por ejemplo, en el aprendizaje.

Por lo tanto, es indispensable que un cuidador no tenga a su cargo más niños que aquellos a los que puede responder con este nivel de disponibilidad. ¿Ese qué número es? Pues depende de la edad. Pero pensemos que a ninguna edad es posible tener una conversación íntima y prestar atención plena a más de 5 personas a la vez. En la edad adulta —en la que somos más o menos capaces de controlar nuestras emociones y racionalizar lo que pasa, para dar espera a la atención del otro— nos cuesta hacerlo con más de 5 personas. Por consiguiente, cuando se trata de pequeños, que no dominan su entorno, que se guían más por nuestro lenguaje no verbal que por el contenido de las palabras, que deben gestionar muchos más factores de estrés, esas serían las reflexiones que deberían tenerse en cuenta, para poder tomar decisiones acertadas en cuanto a la relación cuidador-niño.

El adecuado desarrollo psíquico de las personas depende en gran medida de lo que suceda en los primeros años de vida, en los 3 primeros, especialmente. 

¿Cómo garantizar la calidad, pertinencia y oportunidad de las interacciones previstas en los programas de atención a la primera infancia? ¿Se puede pensar en una propuesta curricular para la educación inicial?
Lo principal es saber que lo ideal sería que los bebés entre los cero y los dos años permanecieran la mayor parte del tiempo con la persona que les da más seguridad en el mundo y que está diseñada para responder a sus necesidades fisiológicas y de afecto de la mejor manera: la madre. En contextos como el nuestro —en el que eso pocas veces es posible—, lo prioritario es que el tiempo que el niño o la niña pasa con sus cuidadores principales sea de calidad y que esas personas que se ocupan de su cuidado sepan reconocer las necesidades y los tiempos de cada niño, que tengan tiempo para dedicarles de forma individualizada, pues el cerebro se desarrolla mejor en contextos de afecto y en medio de relaciones íntimas y seguras. Los niños, antes de hablar,  necesitan tener a alguien con quien hablar y cosas para contarse, necesitan saber que pueden explorar su entorno de manera segura y que eso supone que, ante el peligro —o lo que ellos puedan percibir como peligroso—, la persona en la que confían va a estar cerca para salvarlos o para mostrarles que no pasa nada. Necesitan moverse, entender cómo funciona su cuerpo, a dónde puede llevarlos, cómo pueden usarlo, y, por lo tanto, además de alguien que los acompañe, necesitan espacios y libertad para hacerlo. Si lo que se ofrece es justo lo contrario, es decir espacios pequeños y cerrados, actividades muy dirigidas y cuidadores que cambian continuamente o que tienen que responder a un número elevado de bebés a la vez, los procesos de desarrollo y aprendizaje van a ser más lentos y más pobres, pues los pequeños tendrán que pasar mucho tiempo tratando de regular el estrés que les produce no saber quién es su fuente de seguridad o si ésta estará disponible.

¿Cómo funciona el uso pedagógico de recompensas y castigos en la primera infancia?
Nacemos para aprender a comportarnos de acuerdo con lo que el medio nos ofrece o requiere de nosotros, y la manera en que esto se hace es, en primer lugar, a través de la observación y la imitación. Los bebés descubren rápidamente que, si imitan los comportamientos de los adultos cercanos y significativos, se abre un camino de relación interesante para conocer el mundo. Sobre los nueve meses, son capaces de anticipar y propiciar la interacción, y en ese momento la principal recompensa y el castigo más duro se relacionan con la respuesta emocional y la disponibilidad de quien los cuida. De allí la importancia de ser coherentes en cuanto a las respuestas que ofrecemos a los niños: si desde ese primer momento en el que el niño empieza a apropiar las pautas de la interacción—alrededor de los nueve meses—, se celebran comportamientos que luego se reprocharán, el comportamiento del niño responderá a esa información. Si el comportamiento de los padres y de los otros adultos no es coherente con la información que se da al niño, esa inconsistencia hará que para los niños sea difícil relacionar su comportamiento con la consecuencia.

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¿Qué papel tienen el juego y la estética en la educación inicial?
El juego es una actividad seria, especialmente en la infancia: tiene gran relevancia en el aprendizaje y en el conocimiento de los otros y del mundo. A través del juego, el bebé descubre las mejores formas para entrar en relación con el otro y poco a poco adquirir dominio sobre su propio cuerpo y sobre el entorno. Privar del juego es privar no solo del placer de compartir una actividad placentera de exploración, sino de la posibilidad de experimentar y crear, de afianzar los conocimientos que se adquieren cada día, de convertirse en otros y de tener un espacio propio para refugiarse en los momentos duros de la realidad. Es especialmente a través de la actividad lúdica que podemos aprender a pensar, a ser, a crear y a hacer. La estética complementa el juego y en ocasiones hace parte del juego mismo, es una de las maneras en las que la creatividad mejor se expresa, sin olvidar que la estética, en sus distintas manifestaciones, es un puente único con la cultura a la que se pertenece; a través de ésta, se accede más fácilmente a otras realidades.

¿Es importante en esta etapa la existencia de un enfoque diferencial en la atención, según condiciones particulares, contextos culturales, etc.?
Eso sin duda, pero sin que eso signifique espacios separados o excluyentes. Es necesario un enfoque diferencial, porque todos somos diferentes, nos desarrollamos a ritmos diferentes y tenemos experiencias personales que enriquecen o dificultan ese proceso, ya sea en momentos puntuales o de forma más continua. Ese enfoque diferencial tiene que venir señalado precisamente por unas políticas claras de atención, pero también tiene que trabajarse arduamente con quienes se ocupan directamente del cuidado. No es posible favorecer o potenciar el desarrollo de un bebé si no se sabe nada de sus padres, de su casa, de su cultura, si no se está al tanto de su proceso de desarrollo, porque no es lo mismo un bebé de nueve meses que nació con 40 semanas de gestación a un bebé de 9 meses que nació con 32 semanas de gestación —así a simple vista se vea a dos bebés semejantes—, como tampoco es lo mismo un niño de 2 años de padres migrantes que en los últimos 6 meses ha cambiado de casa, de país, de idioma, a un niño de 2 años que ha estado siempre en la misma ciudad rodeado de la misma gente.

No es posible favorecer o potenciar el desarrollo de un bebé si no se sabe nada de sus padres, de su casa, de su cultura, si no se está al tanto de su proceso de desarrollo, porque no es lo mismo un bebé de nueve meses que nació con 40 semanas de gestación a un bebé de 9 meses que nació con 32 semanas de gestación 

¿Cuál es entonces el papel que deben cumplir los centros de atención a la primera infancia en el ámbito social y comunitario?
Lo ideal, como ya mencionábamos, sería que los centros de atención a la primera infancia tuvieran equipos interdisciplinares que pudieran aportar de manera integral al desarrollo y a la garantía de derechos de los niños y de sus familias. Los centros de atención a la primera infancia son los principales responsables de garantizar los derechos de los niños y niñas cuando sus padres no están con ellos; no son los sustitutos de la familia, pero sí los encargados de asumir el cuidado, potenciar de forma respetuosa el desarrollo y mediar en la transición de la vida íntima a la vida pública, social. Por lo tanto, tienen que adecuarse también a las características de la población que atienden, ya no solo desde el punto de vista evolutivo, sino también cultural, validando a las familias y haciendo trabajos y proyectos que las incluyan. La primera infancia —especialmente en los primeros años— es un periodo clave de transformación, en el que, por lo general, también los padres están aprendiendo y están abiertos y deseosos de ser parte de ese proceso, si se les apoya desde las instituciones reconociendo sus saberes y sus recursos. Si se empieza a trabajar desde ahí, es posible que esto repercuta de forma positiva en el ámbito social y comunitario, y ahí está la clave.

¿Qué habría que tener en cuenta a la hora de formular políticas en pro de la adecuada atención a la primera infancia?
Sería importante partir de unos lineamientos claros respecto a lo que se espera que sea la atención a la primera infancia, de manera que las políticas que se formulen sean coherentes y resulten bien articuladas. En cuanto a la articulación, de nuevo hay que destacar la importancia de establecer equipos interdisciplinarios que ejecuten y evalúen continuamente los programas, así como de vigilar que, en todos los niveles socioeconómicos en que se lleven a cabo, los programas respondan a la garantía de derechos de los niños y niñas. En cuanto a la formulación, lo primordial es la coherencia: es contradictorio, por ejemplo, hacer campañas para promover una lactancia materna exclusiva de mínimo 6 meses —según las recomendaciones de la OMS—, pero tener licencias de maternidad de 4, o insistir en que el fortalecimiento de los contextos familiares es indispensable, pero no tener programas suficientes que apunten al trabajo con las familias desde la gestación y durante toda la primera infancia. Ese es un problema de Colombia, pero también de muchos otros países.

Esos lineamientos, entonces, hay que pensarlos y trabajarlos de manera que no se pierda de vista ni a los niños ni a sus familias, ni se pasen por alto las condiciones del contexto, pues sólo así se puede ser pertinente en la atención de particularidades específicas, más allá de la formulación de enunciados genéricos, que muchas veces son absurdos e irrealizables.

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