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Bajo el palo’e mango… Entrevista con Iván González García

Por Sandra Patricia Ordóñez Castro
Magisterio
22/05/2018 - 12:15
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Foto de Revista Internacional Magisterio No. 91

Reconocido dramaturgo, escritor y gestor cultural, Iván González García es por vocación maestro de escuela y un eterno adolescente que aprende a diario de esos seres terribles e implacables que serían sus contemporáneos de espíritu, y para quienes un día se planteó el desafío de escribir con éxito. Manifiesta que siempre se pone en el lugar del que pregunta y del que responde y por eso es difícil afirmar ahora, a ciencia cierta, si acaso en verdad lo he entrevistado, si no seré uno de esos personajes suyos que comen flores y que quizás se quede deambulando por las callejas viejas de Cartagena en espera de su próximo llamado.

• ¿Cuáles fueron sus inicios en la literatura? ¿Cómo descubre en ella una vocación?

Tal vez te parezca un lugar común o poco original, pero mis inicios en la literatura están en los cuentos que me contaba mi abuela Manuela Cavadía en la cocina de la vieja casona del barrio Torices de Cartagena, donde se desarrolló mi infancia. Estoy por pensar que detrás de todo escritor de ficción hay alguna abuela oculta.

Era una casa grande, con un patio enorme; la cocina estaba ubicada al final del patio, un poco separada del resto de la casa, entre dos gigantescos árboles, uno de mamoncillo y otro de mango, como las casitas de chocolate de los cuentos, pero esta era de café, porque mi abuela preparaba el café colado y cuando este se terminaba botaba los residuos al pie de los árboles, dejando en el piso una capa oscura y olorosa que perduraba en el tiempo.

Cuando llegábamos del colegio tirábamos los libros en nuestros cuartos y corríamos a ese lugar mágico, que era el reino de la abuela, para tomar café con casabe o arroz con leche o plátano en tentación, pero sobre todo para escuchar con ella todas las radionovelas de la tarde, en un enorme radio de tubos, que mantenía encendido todo el día.

Recuerdo que primero escuchábamos Kalimán, el hombre increíble, y luego Arandú, el príncipe de la selva.  Era maravilloso. Después los análisis y los cuentos de mi abuela, quien siempre partía de lo que ocurría en la radionovela, para contarnos algún cuento fantástico de su pueblo.

Valoro mucho el papel de mi abuela como contadora de historias. El contar a sus nietos las historias vividas les ayudó a adquirir conciencia de las tradiciones y además le dio sentido histórico y continuidad a la familia: “un pasado que cualifica el presente”.

Pero, por otro lado, estaban los cuentos de mi padre, que es el hombre más mentiroso y hablador que he conocido. Mi papá mentía por vocación y sabía contar las mentiras. Me asombraba su capacidad para contar cuentos y sobre todo para hacer que sus amigos y mi mamá se los creyeran. Cuando ella dejó de creérselos, se separaron, hasta que a los 80 años de edad regresó a la casa de mi mamá, haciéndoles creer a ella y a nosotros que estaba ciego, enfermo y arrepentido. 

Mi vocación de escritor, o las ganas de escribir, las descubro en el colegio Salesianos de Cartagena; fue allí donde me hicieron ver la relación entre los cuentos de mi abuela, las radionovelas, las mentiras de mi papá y la necesidad que sentía de expresarme.

• ¿Alguno de esos cuentos de su infancia fue especialmente significativo? ¿De qué sensaciones vienen acompañadas esas evocaciones?

Sí. Mi abuela siempre me hablaba de la forma como la trajeron de su pueblo, “Gallinazos”, a Cartagena, como decía ella: “Huyendo de la violencia”. Me contaba que la trajeron en barco y que lo que más la había asombrado era el tren que ella veía llegar todas las tardes, cuando la llevaban al puerto, para ver si llegaban sus padres que nunca lo hicieron.

Eso despertó en mí todo un imaginario, en el que veía la violencia no como una serie de acontecimientos, sino como un personaje, como un monstruo, que perseguía niños y comía papás. Y el tren y el barco, como cosas fantásticas.

En este relato está basado mi cuento inédito llamado Un trencito para Tere. 

Estas evocaciones vienen acompañadas de nostalgias de infancia. Como dijo alguna vez el gran escritor Héctor Rojas Herazo, “no somos más que infancia apelmazada”.

Entre las múltiples experiencias que nos permite nuestro mundo emocional se encuentra esa, la nostalgia. Un viaje quimérico pero deseado hacia nuestro pasado, a veces terrible, a veces hermoso, pero siempre fantástico y sorprendente. De repente, nos sentimos invadidos por imágenes, resonancias, palabras o sensaciones del ayer, y te das cuenta de que no es un simple ejercicio de la memoria, ya que, acompañando esos trazos de vida vivida, amanecen vagas emociones que parecen instalarse definitivamente en nuestro interior. Ocurre entonces que de aquellas vibraciones vagas, indeterminadas, despierta un enorme estremecimiento que cubre todo nuestro ser con su presencia. Es como si de golpe todo el pasado vivido quedara resumido en ese cuadro. Como si el tiempo se atrancara con la intención de meternos en la encrucijada de ser lo que ya no podemos ser, y que sólo es posible en el arte, en la poesía; en mi caso particular, en la literatura y el teatro.

• ¿Qué lugar ocupa la narrativa en su vida?

No creo que ocupe un lugar determinado, creo que la narrativa simplemente es mi vida, contada a través de otros, que la mayoría de las veces también son inventados por mí. Pero siempre es mi vida, hable de lo que hable y lo diga quien lo diga, siempre soy yo el que cuenta, el que pregunta y el que responde, aunque lo haga a través de unos personajes que se apropian de mi cuento y lo terminan narrando a su manera, imponiéndose sobre mí. Cuando escribo teatro, sólo uso otra forma de narrar en la que los personajes se salen de ese espacio indefinido que es el libro, para encaramarse en un escenario y enfrentarse a un público presente que puede aplaudirte o rechiflarte y no a un lector que no puede defenderse de inmediato de lo que, de manera impune, le cuentas. 

• ¿Cómo se produce su vínculo con el público infantil y juvenil?

En primera instancia, fui niño y luego adolescente y tengo mis recuerdos de esa lejana época en que lo fui. Además creo que solo maduré hasta la adolescencia. Creo que nunca he logrado ser un adulto, lo que me imagino me convierte en un ser inmaduro.

Pero también he tenido el enorme placer de ser padre de cuatro interesantes y complejos hijos, que me han obligado a poner en juego mis temores, mis valentías, mis dudas, mis conocimientos, mi creatividad, todo. Esa ha sido la mejor cátedra de pedagogía infantil que he podido recibir.

Por otra parte, desde que era cronológicamente un adolescente, trabajo con adolescentes, lo que me ha dado alguna experiencia con esos extraños y peligrosos seres que me han enseñado casi todo lo que he logrado aprender en la vida. Mis alumnos han sido mis maestros y me mantienen joven y actualizado.

Esencialmente soy un maestro, un maestro de escuela, de quinientas horas diarias, con salones de cuarenta y cinco estudiantes, que cree en el constructivismo como modelo y que ha usado el teatro y la literatura como estrategia pedagógica para acercarse a sus estudiantes. Creo que esa es mi verdadera vocación. 

• ¿Por qué no nos cuenta un poco acerca de Locos por Martina?

Locos por Martina es esa historia de nuestras vidas que todos queremos contar, son las añoranzas por mi adolescencia, por mis amigos, por mi viejo barrio en el que corrieron mi infancia y mi juventud. La primera novia, el primer beso, la sexualidad, las lealtades, la música, las modas, en fin, ese momento de la escala de la vida en que se forman los valores y se deciden fortalezas sociales, psicológicas y sexuales, incluso el momento en que se definen los proyectos de vida y se crean las expectativas que sirven de base para el desarrollo individual.

Locos por Martina nace por casualidad y por desesperación. Mis hijas me metieron en el lío de ofrecer una charla en el colegio en que estudiaban. Le dijeron a la maestra que su papá era escritor y esta, ni corta ni perezosa, les dijo que me llevaran al colegio el día del idioma para que hablara con las estudiantes. Lo olvidé, no preparé nada, y cuando llegó el día tuve que improvisar; cuando me encontré frente a todas esas muchachas ojonas y con mirada inteligente y burlona lo único que se me ocurrió fue contar esa historia, la de una novia que comía flores. Era una historia real, pero se las conté como algo fantástico y funcionó. Creo que hasta me aplaudieron.

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Pero solo se me ocurrió escribirla cuando, años después, Dayana, mi hija menor, estaba intercambiando libros con sus amigas y les sugerí leer uno mío, entonces ella me respondió, sin compasión, que no quería herirme, pero que mis libros eran muy aburridos.

Me encerré en mi habitación con una tristeza muy grande y lloré como un niño. Ese día tomé la decisión de escribir un libro que le gustara a Dayana y a sus amigas y salió Locos por Martina.

Ese día también tomé la decisión de seguir escribiendo libros que les gustaran a todos los niños y adolescentes que los leyeran. Desde ese día me preocupo mucho de que mis libros les gusten a esos seres implacables que se hacen llamar jóvenes, con la certeza de que si a ellos les gustan, les van a gustar a todo el mundo, y me ha dado resultado la fórmula. Por lo menos mis hijas y muchos jóvenes del país los leen con tanto entusiasmo, que me han motivado a escribir una saga, en la que estoy desentrañando toda la historia de Martina y me estoy enterando de algunas cosas de su vida que jamás sospeché, como las que narro en la nueva novela El misterio de Martina, que me han sorprendido de verdad.

Se trata de la historia de tres muchachos, amigos de Martina, que, frente a su extraña desaparición, deciden encontrarla, usando los conocimientos que les imparten en la clase de metodología de la investigación que les dictan en el colegio. Una novela de detectives, con todas las de la ley.

• ¿Qué formas del goce y de la responsabilidad se entrelazan en la tarea de escribir para los niños y adolescentes?

Uno de los principales problemas que debe enfrentar un escritor-educador como, pretensiosamente, creo serlo, se refiere al tema que se debe escoger cuando se va a escribir, tanto por conveniencia para su educación, como para despertar realmente su interés.  ¿De qué forma se pueden combinar esos asuntos?

No podemos olvidar que lo que escribimos, cuando es leído, contribuye a la formación de sentido, a la construcción de la personalidad y de los imaginarios. Debe estar de acuerdo con la edad de los posibles lectores, con sus intereses, con sus alcances, con su desarrollo y debe, como lo dije en la pregunta anterior, gustarle, producirle deleite, agrado, deseo de leer, de continuar, de saber más, de ir más allá.

• ¿Qué pueden obrar de milagroso o extraordinario las historias contadas en la vida de un niño?

La mente del ser humano es lingüística, precisa de la palabra para apreciar las primeras chispas de vida. Los primeros sonidos salen de su madre. No importa lo que le digamos al principio, importa el cómo se lo expresemos. Al oír cuentos la percepción del niño va descubriendo sus sentidos en un contexto pleno de sugerencias y matizado por el amor.  La lectura es la llave prodigiosa de la información, de la cultura, del mundo de la ficción, de la fantasía. El lenguaje se enriquece, la imaginación se desarrolla, podríamos decir que con la lectura les ayudamos a forjar su identidad. La lectura es uno de los hábitos más saludables que se les puede traspasar a los niños como parte de su educación.

• ¿Qué puede decirnos acerca de la posibilidad de reflejar la realidad a través de la palabra y hacerse portavoz de una historia ancestral, de un pueblo, de una comunidad, un sentir, una cultura, una forma de manifestarse la existencia? ¿Es eso importante en su obra?

Tuve la buena suerte de nacer en el Caribe y en una ciudad mágica como Cartagena de Indias, llena de historias, leyendas, cuentos y de todo tipo de fusiones y contrastes culturales. Ser del Caribe es como ser del mundo, pero a su vez es ser de un sitio con unas características muy particulares. Mis obras siempre portan esa voz ancestral que heredé y de la que no me puedo desprender por origen y tradición, pero que busca siempre recrear, divertir y  generar goce en el presente.

• En una obra como Pelota caliente,  el ritmo del presente mientras sucede y el palpitar del momento cobran la dimensión de lo inmediato. Pero ese presente se fusiona en perspectiva en un tejido de memorias colectivas. ¿Podría hablarnos acerca de la importancia del tiempo y de los tiempos del relato en su obra? 

El béisbol ha sido una tradición que ha identificado al Caribe a lo largo de todo un siglo. La obra muestra a la Cartagena de las décadas de 1960 y 1970 a través de un jugador de béisbol, Ventura Miranda, el rey del jonrón. Un héroe local que vivió entre el mito y la realidad, en una época en que la ciudad respiraba béisbol y boxeo por todos sus poros. Se recrea el imaginario de la ciudad a través del relato colectivo, a través de los cuentos fantásticos de un jugador de béisbol del que se decía que cada vez que se volteaba la gorra hacia atrás bateaba un jonrón. Se narran sus amores, sus triunfos, sus hazañas y su gran derrota, cuando cometió un error enorme e increíble que evitó que la selección Colombia lograra el título mundial. 

La obra se narra en un constante juego de tiempos que se mueven entre lo real y lo subjetivo, con varios narradores que cuentan la historia a la vez, desde distintos ángulos y puntos de vista. Por un lado está el tiempo real cronológico, ese que palpita.  Por otro, el tiempo de la radio, de las narraciones deportivas, y por otro más, el de la nostalgia, el de los recuerdos, el de la memoria colectiva, que se resiste a perder una tradición.  Y en esa fusión de tiempos se revela el horizonte último de sentido de lo humano. Nuestra posibilidad de trascendencia.  

• ¿Cuál es el valor del arte en la  vida del ser humano?

Podría decirte que el arte es lo que nos permite darle un sentido trascendente a los acontecimientos de la vida diaria y que con él desarrollamos nuestra facultad para sentir, plasmar, comunicar e inspirar a otros. Eso y muchas cosas más, como las que a diario les digo a mis alumnos de la Institución Universitaria de Bellas Artes y Ciencias de Bolívar, donde soy feliz trabajando. Pero, en realidad, creo que la respuesta es mucho más sencilla y profunda: el arte es una actividad que nos sirve para soportar la vida dignamente.

• ¿Cómo puede la escuela acercar a los niños y a los jóvenes al goce literario y potenciar la creación en el mismo ámbito?

La escuela debe ser como un viejo barco que adentra al niño y al adolescente en un mar de aventuras y constantes problemas por resolver;  un mar lleno de tesoros, que son los libros y sus historias.  Y en esa travesía, los maestros debemos ser la Rosa de los vientos, la brújula que los ayude a encontrar y a disfrutar esos tesoros, pero sobre todo a encontrar preguntas esenciales en su interior, y a lanzarse a la conquista de sus respuestas. Puede que nunca las encuentren, y les toque inventárselas o crearlas.  Entonces podríamos hablar  de verdadero aprendizaje.

+Conozca las publicaciones de Iván González:

Benkos. El héroe de la Matuna

La pelota caliente

Locos por Martina

+Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 91