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Bullying y cyberbullying ¿Nuevas formas de nombrar el malestar en la escuela?

Magisterio
24/03/2017 - 10:00
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Foto tomada de Revista Magisterio No. 73

En el texto se verá un breve recorrido por mi trabajo en escuelas y consultorio, en relación con el bullying y cyberbullying. Algunas cuestiones que han llevado a malos entendidos en el ámbito de la educación sistemática y asistemática. Se podrán observar aspectos a considerar para prevenir la aparición de esos fenómenos, a partir de una premisa fundamental: los jóvenes no inventaron el maltrato. La forma en que viven lo cotidiano invade sus formas de ser y estar en las aulas, les enseña y condiciona formas de relacionarse con los otros. Se mostrarán las formas básicas de detectar que algo del orden del acoso puede estar sucediendo en el grupo y algunas maneras de intervención que han demostrado disminuir la incidencia de este fenómeno que preocupa a profesionales de la salud y la educación, así como a la comunidad de padres.

Palabras clave: bullying, cyberbullying, violencia, escuela, modelos de identificación, prevención, diagnóstico, intervención.

+Lea: 13 preguntas sobre el bullying y su manejo en la escuela

En la década del setenta, el término bullying comenzó a utilizarse en Noruega y lo acuñó el investigador Dan Olweus. En Argentina, si bien ya trabajábamos en el abordaje de problemáticas vinculadas al hostigamiento entre pares, comenzamos a utilizar esa denominación a principios de 2000, aproximadamente. No nos era suficiente ni práctico referirnos al acoso sistemático y sostenido entre pares en el ámbito escolar o recreativo cuando queríamos definir este sistema. El término bullying viene a describir –cuando se le utiliza correctamente– una estructura y dinámica de relación bien definida, que no permite exageraciones ni minimizaciones del dolor, estrés y sentimientos de disminución personal asociados.

+Conozca el libro El manual de convivencia y la prevención del bullying. Diagnóstico, estrategias y recomendaciones

La definición certera y clara de Olweus dice: “Un alumno es agredido o se convierte en víctima cuando está expuesto, de forma repetida y durante un tiempo, a acciones negativas que lleva a cabo otro alumno o varios de ellos” (Olweus, 1998, p. 25); el bullying no es –por lo tanto– una pelea ocasional, una burla desubicada sin intención de daño o una broma bienintencionada de un alumno a otro. De la misma manera, no es bullying ni hostigamiento elegir con quién se quiere pasar el tiempo libre; no hay mala intención cuando una niña o adolescente siente mayor afinidad por otra de su clase y elige pasar más tiempo con ella en lugar de con otra compañera. Así mismo, no hay intimidación cuando en un grupo algo o alguien desencadena una “batalla campal”, desafiando a la autoridad. Tampoco hablamos de acoso sistemático ante un niño o una niña que tiene pocos amigos, pero se siente tranquilo y respetado en sus particularidades.

“Para poder usar esos términos debe existir un desequilibrio de fuerzas (una relación de poder asimétrica): el alumno expuesto a las acciones negativas tiene dificultad en defenderse, y en cierta medida se encuentra inerme ante el alumno o alumnos que le acosan” (Olweus, 1998, p. 26).

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Quien es hostigado por sus pares, muchas veces llega a convencerse de que merece ese trato, cree fehacientemente que hizo o hace algo que justifica ser dejado de lado, ignorado y agredido. Es así que tantos niños y adolescentes suelen considerar que “está bien” que no los inviten a un cumpleaños donde se jugará al fútbol porque “no soy bueno con la pelota”, o “conmigo siempre pierden”. Y de la misma manera, muchas niñas aceptan no ser convocadas a bailar o modelar “porque soy fea, mírame la nariz” o porque “estoy gorda”. Como si fuera posible y aceptable elegir y elegirse en función de las características más o menos asociadas a las modas y estereotipos sociales.

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Entonces, hablamos de bullying cuando las agresiones (simbólicas, físicas, verbales y de exclusión social) son intencionadas y siempre dirigidas al mismo sujeto, elegido como blanco. Estos actos buscan menoscabar la autoestima de quien los soporta, se fundamentan y construyen basados en el miedo y llegan a generar terror en quien lo padece directamente y en quienes lo observan en silencio.

En esta dinámica, a todo lo anterior debemos agregarle el desprecio, la humillación y la ansiedad anticipatoria que genera el saber que el estar en contacto con ese grupo es obligatorio y sin posibilidad de escape. El niño o joven intimidado no puede elegir. Se calla, no pide ayuda, no es considerado por los demás y está obligado a continuar en ese ámbito. Al no hablar, es poco lo que puede expresar y así le queda el dolor “atragantado”; muchas veces, transformándose en síntoma.

+Conozca el libro Prevenir, atender y tratar el bullying. Siete casos prácticos alrededor del mundo

Aquellos que ofician de espectadores del bullying, parecen no reaccionar. O reaccionan de manera no asertiva, callándose y sosteniendo las acciones del líder (negativo) en desmedro de quien las soporta. El público que festeja hace que la humillación y vergüenza se potencien; por eso, en la actualidad, el cyberbullying ha pasado a ocupar un lugar preponderante. En esta época, tan signada por la imagen, lo visual, lo pasajero, los seguidores y popularidad virtual, el ansia por ser famoso y la exposición desmedida, el viejo bullying cara a cara parece ser hasta más sencillo de evitar que el que se lleva a cabo en redes sociales y mediante todo tipo de dispositivos tecnológicos.

[…] el acoso cibernético, entendido en un sentido amplio, se refiere al acoso que incluye el uso de correos electrónicos, mensajes instantáneos, mensajes de texto e imágenes digitales enviadas a través de teléfonos móviles, páginas web (blogs), salas de chat o coloquios online, y demás tecnologías asociadas a la comunicación digital (Health Resources and Services Administration, 2006; Patchin & Hinduja, 2006; Shariff & Gouin, 2005; Willard, 2006) (Kowalski Limber Agatson, 2008, p. 80).

+Lea: Acoso Escolar, su caracterización y modelos de intervención

En nuestra región, los chicos hoy eligen mayoritariamente las redes sociales Facebook, Twitter y YouTube para compartir sus fotos, videos y demás información personal. En este mundo virtual, se puede llegar a muchos más espectadores que en el real. Una imagen humillante compartida en Facebook puede ser vista por miles de usuarios y ante esta posibilidad quien lo padece se siente “desnudo en la multitud”. Quien sube un comentario, crea una página web o abre una cuenta de correo falsa, lo hace amparado en un supuesto anonimato que brinda la tecnología. Un anonimato que además se ofrece accesible las 24 horas, todos los días y todo el año. Desde cualquier lugar se puede controlar a otro, asustarlo y desprestigiarlo mediante las redes sociales.

Sumemos a lo antedicho que detrás de un monitor es más fácil desinhibirse y decir cosas que jamás se dirían con el otro delante, que sufre y expresa su dolor o miedo. Cuando no somos testigos directos de los sentimientos de un semejante, es más sencillo expresar cosas que dañan o sumarnos a “lo que hacen todos”, aun cuando eso lo lastime.

Entonces, un sitio siempre abierto y a disposición para “despacharse” a voluntad, desde identidades verdaderas o falsas, pero difíciles de rastrear, y la falta de filtro que brindaría el contacto el sufrimiento ajeno propician un “combo” explosivo a la hora de humillar a un compañero. Demasiadas facilidades para quien –tal vez muy aburrido, muy herido o con ansias de venganza– se encuentra con el deseo de someter a un par.

El rol de los adultos

Entonces, los términos bullying y cyberbullying son concretos y se refieren a estructuras claras con dinámicas particulares. No son sinónimos de violencia ni tampoco de violencia en la escuela. Son formas de entramar relaciones abusivas, en las cuales se supera el concepto de fuertes y débiles, de pelea o de tensión. Son redes vinculares que suponen mucho sufrimiento y en las cuales nosotros, los adultos responsables de la crianza y educación de las nuevas generaciones, tenemos un rol fundamental.

Por una parte, nosotros somos clave como modelo identificatorio. Los chicos y chicas nos miran y aprenden mucho más de nuestras acciones cotidianas que de aquellos sermones o clases teóricas sobre valores que les podamos ofrecer. Nuestras propias actitudes violentas (y me refiero también a esa forma más sutil que adquiere la violencia y que implica la desvalorización constante del otro, el maltrato simbólico que supone el desprecio, la mirada soberbia que implica la dominación) educan contantemente. Prevenir el bullying, supone ofrecernos como seres íntegros que dudan y se hacen cargo de sus dudas, que señalan el camino desde la asimetría que implica ser adulto. Prevenir el abuso supone señalar y revisar las actitudes propias –muchas veces poco visibles, quizás mínimas– que someten. Desde el hablar despreciativamente de un colega o minimizar el trabajo del docente, a criticar a los directivos de la institución o no hacerse cargo de algún hecho cuando ocurre delante de los propios ojos.

+Conozca la revista Bullying y matoneo

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Prevenir implica problematizar situaciones y desnaturalizarlas; tomar posición, expresarla y hacerse cargo de ella. Implica también dar lugar a todos y a cada uno; con sus particularidades, diferencias, semejanzas. Generar un aula libre de bullying supone necesariamente que nadie se crea más, o menos, que nadie. Para lograrlo, es importante abordar temáticas como discriminación, exclusión y empatía. Es fácil ser empático con nuestros amigos… lo difícil es empatizar con aquellos que piensan diferente, con aquellos que nos caen mal. Ahí tenemos que trabajar, en que los estudiantes puedan pensar y comprender que hay puntos de vista completamente diferentes a los propios y que esos puntos de vista son acompañados por emociones y sentimientos. Que se puede pensar distinto y convivir, debatir, expresar.

También estaremos previniendo el bullying si nos interesamos e interiorizamos en las nuevas herramientas que utilizan niños y jóvenes para comunicarse; sin demonizarlos ni excluirlos de nuestras vidas, saber cómo funcionan ciertos sitios web nos permitirá enseñar a los jóvenes a transitar y desarrollarse de manera más segura y feliz. No es necesario que sepamos “todo” de las nuevas tecnologías, pero sí que estemos cerca de los chicos a la hora de saber qué se muestra y qué no, cómo manejarse en caminos que a veces aparecen en tinieblas y plagados de peligros. De la misma manera en que cuando muy niños les hemos enseñado a salir a la calle con recaudos, debemos tomar estos nuevos desafíos: no se puede circular por internet sin conocer sus riesgos.

También haremos prevención si sabemos detectar y leer síntomas. En un grupo en el cual la convivencia es abusiva, desigual y hostil, el aire “se corta con un hacha”. El mal clima escolar se huele, se siente y escucha. Los comentarios despectivos y humillantes, a veces, suelen ser risas, guiños, gestos; otras veces son visiblemente agresivos. Tomarlos o dejarlos “para que se resuelvan solos” habla de nosotros y nuestra intención o falta de ella, de comprometernos en los vínculos entre los chicos.

Sin quitar espontaneidad ni frescura a las relaciones entre pares, es importante que consideremos que el bullying no es algo que los chicos puedan resolver por sí mismos, solos y con tiempo. No es tampoco algo que sirva como incentivo al crecimiento o a la fortaleza individual. Cuando un chico o una chica es sometido constantemente a humillaciones y desvalorizaciones, necesita confiar en alguien. El tiempo que le llevaría fortalecerse y “aprender” nuevos modos de vincularse puede ser demasiado largo. Así entonces necesita de otro que lo ayude y apoye. Si ese otro aparece y actúa como adulto responsable, contenedor, guía y límite, se podrá avanzar.

Hay signos que nos permiten pensar que en un grupo puede haber bullying. Sin embargo, tengamos en cuenta que estos nos dan un alerta, pero no nos permiten, “a simple vista”, hacer un diagnóstico definitivo de una situación. Los signos son detectables, no son infalibles. Los chicos que sufren de bullying cambian su conducta, pueden volverse hoscos y ariscos, sin deseos de comunicar o compartir lo que les ocurre. Suelen replegarse sobre sí mismos, pero pueden, también, tornarse agresivos, irascibles, hiperreactivos. Se los puede observar atemorizados, ansiosos, deseosos de agradar contantemente, serviles. Muchas veces, presentan síntomas físicos relacionados con el sistema gastrointestinal y la piel (erupciones, alergias, signos de “nerviosismo” al rascarse o apretarse las manos), o también trastornos del sueño (pesadillas, insomnio, gritos al dormir) o de la alimentación (exceso de ingesta o ausencia de apetito).

Aquel niño o adolescente que somete a un par, no es un sujeto relajado y feliz. Aparenta muchas veces serlo, pero sufre y está tenso. Busca ser reconocido por los demás y controlar la situación, no puede dejar que su “presa” escape del vínculo; tiene miedo a que las cosas se reviertan, a ser descubierto o sancionado por sus actos. Sabe que el otro sufre, conoce el dolor. Necesita ser festejado y temido por los demás y es posible que, en algún otro ámbito, haya sido víctima de violencia (en forma directa o como testigo). Busca y necesita ser valorado a través del miedo. Le cuesta reflexionar y comprometerse en el cambio.

Con base en mi experiencia de más de veinte años de trabajo en estas problemáticas, el abordaje de la dinámica de bullying debe incluir diferentes aspectos. El individual (tanto quien lo sufre como quien lo ejerce deben ser atendidos), el grupal (los espectadores tienen un rol fundamental en la prevención y abordaje, pero también deben ser atendidos en su dolor y miedo), el familiar (¿qué modelos de familia observamos?) y el institucional. En la institución escolar, deberemos atender a todos los actores, sus vínculos, los modos de comunicación interno y hacia el exterior, la participación de los padres y otros agentes educadores.

Para poder determinar si en un grupo hay bullying, necesitamos mucho más que una foto instantánea. No podemos evaluar los sentimientos de abuso, dolor y desequilibrio de poder con sólo presenciar una pelea en el patio o escuchar el dolor de una mamá que solicita ayuda. Es necesario indagar, conocer muy bien los hechos, escuchar a todas las partes (siempre por separado) para luego poder pensar si se trata de bullying o no. (Zysman, María, 2014, p. 144).

Si suponemos que hay bullying en un grupo, hay líneas de trabajo específicas para llevar adelante. Su desarrollo completo excede este artículo, pero debe guiarnos siempre una palabra, la confidencialidad. Todos nuestros pasos, en dirección a diagnosticar una situación, deben preservar a los niños, niñas y adolescentes y a sus familias; de nada sirve exponer o expandir información a lo largo y a lo ancho de la escuela. El diagnóstico y abordaje debe ser prudente, privado, y cuidadoso. Iremos dando pequeños pasos, conversando con quien suponemos lo sufre, luego con quienes lo “miran” sin hacer demasiado y finalmente, siendo claros, firmes y concisos, con quien lo ejerce. La firmeza no implica un castigo humillante sino una sanción que permita y lleve a la reflexión y modificación de conducta. Quien hostiga debe recibir un mensaje clarísimo: esto no puede continuar y debe favorecer un compromiso de cambio inmediato. Desde mi punto de vista, debe incluir una sanción reparatoria y no violenta. Si quien odia es humillado, sentirá más odio. Eso no nos ayudará en ningún sentido.

Los modelos expulsivos no han demostrado éxito. Quitar de un aula a un alumno “difícil”, no hace más que trasladar el problema a otro sitio, pero no lo resuelve. Luego de evaluar las características individuales de cada situación, debemos comprometer a todos los participantes en el cambio, fijar objetivos alcanzables a corto, mediano y largo plazo, fomentar el trabajo cooperativo, colaborativo y original de cada grupo, favorecer la expresión de sentimientos (agradables y también hostiles) en un ámbito de contención y apoyo.

Un docente solo y aislado difícilmente pueda abordar con éxito este desafío. Lo ideal, siempre, es el trabajo en red. Encontrar aquel o aquellos colegas comprometidos, más allá de lo curricular, en educar para el bien común y la disminución de la incidencia de fenómenos como el bullying. En ocasiones, esto es un sueño compartido. Y de esto se trata ser docente.

Referencias

Kowalski, R; Limber, S & Agatson, P, (2010). Cyber bullying. El acoso escolar en la era digital. Madrid: Desclée de Brouwer.

Olweus, D. (1998). Conductas de acoso y amenaza entre escolares. Madrid: Ediciones Morata.

Zysman, M. (2014). Bullying. Cómo prevenir e intervenir en situaciones de acoso escolar. Buenos Aires: Editorial Paidós.

La autora

* Psicopedagoga. Directora del equipo Libres de Bullying, Argentina.

mariazysman@libresdebullying.com.ar / mariazysman@yahoo.com.ar

www.libresdebullying.com.ar / https://www.facebook.com/LibresDeBullying

@mariazysman / @libresdbullying

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 73

 

 

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