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Claves para bajarle el volumen a los ecos de la guerra

Por Darío Ayarza
Magisterio
21/07/2017 - 10:15
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Foto de Revista Internacional Magisterio No. 81

Marieta Quintero coordina el colectivo Educación para la paz, conformado por maestros que han vivido la experiencia del conflicto armado y del cual también hacen parte más de 120 profesionales e investigadores en toda Colombia. Juntos le apuestan a la disminución de las prácticas sociales de exclusión y violencia y al fortalecimiento de una cultura de la paz, a la convivencia pacífica y al reconocimiento de las diferencias.

 

Usted hizo parte del equipo que viajó a La Habana con la Universidad Distrital poco tiempo antes de que se declarara el cese al fuego el 23 de junio. ¿Podría contarnos acerca de ese encuentro?

La Universidad Distrital fue la primera universidad invitada por el Alto Comisionado Sergio Jaramillo y los representantes de las Farc a la Mesa de diálogo en La Habana para conversar sobre el punto relacionado con una pedagogía en el marco del posconflicto. Con este encuentro se buscaba ver cómo las universidades en general, no solo la Distrital, podían apoyar el proceso de desmovilización de los guerrilleros y abrir espacios formales para su formación e incorporación laboral. Recordemos que la desmovilización tiene mucho que ver con las propuestas pedagógicas, pues requiere desarrollo de procesos formativos que abran oportunidades para su reincorporación a la vida civil. Para el proceso de desmovilización se han dispuesto 23 zonas veredales y ocho campamentos organizados a partir de tres anillos.

 

El acompañamiento por parte de las universidades, y, en particular, el apoyo desde la Universidad Distrital, hace parte del quinto acuerdo suscrito en la Mesa de Negociación de la Habana, denominado “Implementación del acuerdo de víctimas y justicia en Colombia”. Nuestro apoyo como institución educativa estaría centrado, en el marco de este acuerdo, en propiciar procesos pedagógicos que hagan posible la reconciliación, es decir, que permitan que los grupos puedan transitar por los caminos de la convivencia y la paz. También se busca contribuir a favorecer la coexistencia de los grupos con la sociedad civil en general, permitiendo que existan garantías para la no repetición de hechos atroces. Recordemos la importancia que tiene fortalecer, desde la educación, una cultura política pública que permita vivir juntos, especialmente después de una guerra tan prolongada.

 

+Conozca el libro Educación para la paz. Una pedagogía social para consolidar la democracia social y participativa

 

¿Cuáles son los puntos de diálogo entre la Universidad Distrital y los representantes de la Mesa de negociaciones en La Habana?

Primero, ellos se conciben a sí mismos como un grupo campesino. Por estar localizados en regiones apartadas no han tenido la oportunidad de acceder a los procesos formativos que los pongan en igualdad de condiciones con otros, así como el fortalecimiento de sus capacidades y la construcción de sus proyectos de vida. Así que esperan que se pongan en marcha iniciativas educativas que permitan la reintegración integral. Denominan a estos procesos pedagógicos “integrales” porque incluyen los estudios de educación básica y media para niños, niñas y jóvenes, así como adultos mayores, hasta la formación en educación técnica, tecnológica y universitaria para todos los grupos humanos. Los grupos armados esperan acceder a un sistema de educación formal diferente, ya que buscan un proceso paulatino de reinserción a la sociedad civil que les permita a las partes construir confianza. Esto requiere tiempo y preparación de todos los actores involucrados.

 

Hay un aspecto que es preciso reivindicar: estos grupos consideran –y comparto su mirada– que tienen unos saberes y prácticas incorporadas que deben comprenderse como oportunidades para la vida en comunidad. Así, la formación va más allá de lo formal de la educación, es la reivindicación de estos “saberes acumulados” a través de su experiencia. En las conversaciones con ellos en La Habana señalaban, por ejemplo, que tienen una formación política robustecida, así como conocimientos en enfermería, cartografía, asentamientos móviles, cultivos, riegos y aspectos asociados con el ecosistema.

 

+Lea: Ideas para la construcción de la paz. Parte 3

 

El segundo punto es la articulación de las universidades públicas en los procesos para consolidar una paz sostenible. Este punto es fundamental pues consideran importante que el sector educativo acompañe este proceso. Mi impresión es que la guerrilla valora profundamente la educación. Creen que la educación es la entrada a la paz. Por eso señalan: “Con el ejército nos entendemos desde el lenguaje de la guerra. Con los políticos no nos entendemos porque su lenguaje es el de la desconfianza. Con la academia nos entendemos porque la educación es lo que hará posible construir la paz”.

 

Justamente, por ello me parece importante el lema que está escrito en el bolígrafo construido con una bala, el que le entregó el presidente al líder político de las Farc Timoleón Jiménez durante la firma del cese al fuego: “Las balas escribieron nuestro pasado, la educación escribirá nuestro futuro”.

 

El tercer punto se centró en fortalecer una educación para potenciar el cooperativismo y el desarrollo de agendas locales. Uno de los puntos que buscan reivindicar es la asociatividad y la consolidación de agremiaciones campesinas. Una de las ideas más fuertes que tienen consiste en proponer un desarrollo productivo del campo fundamentado en el conocimiento propio de las poblaciones agrícolas; son ellos, justamente, la base para desarrollar agendas locales de paz desde la tierra y sus frutos.

 

+Lea: La pedagogía para la paz

 

El cuarto punto está centrado en la construcción de un Instituto de Pensamiento de Educación Popular en el que se estudien temas relacionados con la democracia, la justicia, los derechos humanos, los principios morales, las virtudes, entre otros aspectos de la vida ciudadana.

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El quinto punto es aportar al desarrollo de una pedagogía para la paz y la memoria. Este punto es central para ellos porque permite restablecer los vínculos y favorecer la reinserción en las comunidades. Al respecto señalaron que, en el proceso de paz del Caguán, la memoria se ha situado en la narrativa que ha hecho el expresidente Andrés Pastrana, así como los relatos de los alcaldes. Pero en la construcción de memoria colectiva es importante incorporar las voces de quienes han vivido la guerra. Ellos también quieren contar su versión de la historia.

 

A mí esto me parece muy importante. Mientras no escuchemos las voces, los argumentos y las justificaciones de quienes estuvieron enfrentados dejaremos por fuera esas “memorias en disputa”, lo que conlleva realizar elucubraciones falsas acerca de lo que ha sucedido y cómo ha ocurrido. Este desalojo de las voces hace muy difícil comprender, por ejemplo, cómo es que ellos interpretan el tema del perdón.

 

+Conozca la Colección Juegos de Paz

 

Los puntos seis y siete están relacionados con la creación de emisoras comunitarias, el fortalecimiento de la cultura democrática; mientras que el octavo se vincula a la protección de zonas de reserva y la actualización catastral. En este punto les contamos a los miembros de la mesa sobre las iniciativas que viene desarrollando la universidad en la construcción de laboratorios de paz en el Magdalena Medio.

 

Cuéntenos un poco más sobre sus conversaciones acerca de la pedagogía para la paz…

Desde el colectivo Educación para la Paz consideramos importante comprender, en primer lugar, qué ha pasado durante estos años que nos han llevado a esta ruptura del tejido social, lo que nos remonta a los orígenes de la configuración del Estado-Nación y las guerras civiles que transformaron la vida social del país. Este rastreo lo propusimos en La Habana. Los representantes de las Farc nos dijeron que estos enfrentamientos, que finalmente se daban entre élites, siempre pusieron entre paréntesis a los grupos más débiles y vulnerables.

 

También nos ha interesado establecer qué hizo posible que estos hechos sucedieran. Al conversar con ellos sobre este interrogante señalaron que históricamente se han conformado unos grupos dominantes, quienes se han preocupado por velar y defender sus propios intereses desalojando a los otros ciudadanos del espacio de participación y reconocimiento que merecen. Así, estas élites se han preocupado por crear escuelas de pobres para pobres, alimentar las desigualdades que ponen distancia entre los sectores y mantener el desequilibrio para su beneficio.

 

Otro aspecto que buscamos comprender es qué podemos hacer para que esto no vuelva a repetirse. Ellos responden a este interrogante indicando que estas tres preguntas deben ser contestadas por la sociedad civil, las víctimas y el ejército, porque a todos compete que no vuelva a repetirse. Una pedagogía para la paz, desde estas miradas, promueve dos cosas fundamentales: un conjunto de juicios públicos que nos permitan comprender cómo esto que ocurrió no debió ser así y cómo es posible convivir juntos después de la guerra, pero también cultivar las emociones. Una pedagogía para la paz debe activar nuestra sensibilidad para generar lazos de compasión e indignación que superen la naturalización de los males y fortalezcan formas de resistencia, cuidado y solidaridad colectivas.

 

¿Ese sería uno de los objetivos de la cátedra de paz?

Yo creo que hay un error en la cátedra de paz. Ese error está dado porque pensamos que desde el “saber experto” vamos a construir lo que es una pedagogía para la paz, pero la guerra no puede narrarse de manera universal, pues resulta que se ha expresado de forma diferencial en las comunidades y territorios. Si nos vamos para el Putumayo, la experiencia de las guerras está dada por los cultivos ilícitos, pero también porque la población indígena ha sido la más violentada. Esa experiencia es diferente de la de Antioquia, donde el despojo de tierras y el impacto agrícola han afectado a la mayoría de las poblaciones, o en Chocó donde se instauraron prácticas de crueldad que atentaron contra la dignidad de las comunidades y las erosionaron.

 

Si no hay un enfoque territorial se corren varios riesgos; en particular, invisibilizar las dinámicas del conflicto en cada una de las regiones, así como los impactos y daños diferenciales del conflicto en las poblaciones. Además de lo anterior, contamos con una víctima que ha sido invisibilizada, la naturaleza, en ella la violencia se ha expresado de maneras diferentes: cultivos ilícitos, fumigaciones, voladura de oleoductos, erradicación de cultivos a causa del desplazamiento, entre otras. Por ello, cuando le dices a un colegio que para implementar la cátedra tiene que escoger dos entre diez temas dispuestos en el decreto y eliges dilemas morales, por poner un ejemplo, resulta intrascendente desarrollarlo cuando los problemas más críticos de su zona son el feminicidio y el reclutamiento de niños. Allí dejas de tocar lo fundamental. Ahora, una cátedra de paz no es para narrar el horror, sino para fortalecer la reconciliación, para hacer también lo que no hemos hecho.

 

Tenemos una tarea pendiente, la formación ciudadana. Forjar una ciudadanía que haga posible la paz, no desde la prescripción normativa sino potenciando formas de vivir juntos en medio de las diferencias y los disensos. Históricamente hemos buscado formar en una ciudadanía para el consenso y no para el disenso. Debemos aprender a debatir, a controvertir, a ver las diferencias, sin tener que eliminar al otro porque piensa distinto a mí.

 

Eso para el caso regional. Entonces, ¿qué tendría que aprender entonces un joven de ciudad sobre la paz?

Yo creo que hay un error en considerar que esta ha sido una guerra de los campesinos, de lo rural y de las veredas. Esta ha sido una guerra que nos ha afectado a todos, incluyendo a las urbes. Estoy segura de que un muchacho de colegio privado de Bogotá, por ejemplo, estaría dispuesto a construir un país distinto si conociera lo que nos pasó como colectivo nacional, es decir, si supiera cómo la guerra nos ha hecho daño a todos, incluso a él. El conocimiento que ellos tienen está mediado por el miedo y las estrategias de las familias para proteger a sus hijos ante las situaciones de adversidad. Justamente una pedagogía de la paz nos convoca a escuchar los relatos de quienes han vivido la guerra, porque en ellos encontramos nuestra historia como pueblo y evitamos seguir siendo “cómplices” de nuestros propios daños.

 

El conflicto armado ha permitido que se instalen unas prácticas de convivencia ciudadana. Lo que pasa es que la paz no se restringe, exclusivamente, a la entrega de armas. También está relacionada con la manera como hemos construido un relato del nosotros: la desconfianza, el considerar que es mejor ser injusto que justo, la cultura del atajo, el “usted no sabe quién soy yo”, etc. Eso hace parte de esos conflictos sociales que van mostrando una forma de vivir en la sociedad. El tema de la paz no puede ser entendido solo como el fin del conflicto armado por el cese de hostigamientos bélicos, sino como la erradicación de prácticas de violación de los pactos sociales, las formas de menosprecio y de humillación que se han instalado en los territorios, erosionando las formas de vivir juntos. Si bien, reconocemos el valor del cese de hostilidades para avanzar en una cultura de paz, también debemos dar pasos en los asuntos relacionados con la alteridad, con el reconocimiento y reivindicación del “otro” y su propia historia.

 

Tenemos que desarmar nuestros corazones; desarmar las formas de habitar la vida con nuestros conciudadanos. Hemos construido formas nocivas para relacionarnos: celebrar el no pacto, reconocer al pillo. Estas son prácticas asumidas por una sociedad que no valora el lugar del contrato social en todos los sectores de la sociedad. Hemos considerado que hay que tomarse la justicia por la propia cuenta.

 

Así que necesitamos más diálogo y disenso, sin necesidad de armas. Pero también tenemos que aprender una lección muy importante, y es que pensar distinto no puede ser una razón para matarnos. Estamos acostumbrados a que el que piensa de otra manera es el enemigo. Tenemos que aprender a buscar consensos, aunque también aquí hay un peligro, pues eso puede llevarte a decir: “apruebo, aunque él es tramposo, pero es mi amigo”. Y esto es porque tenemos la idea de que hay que hacer el bien al amigo y el mal al enemigo. Estas prácticas son el eco de un país en guerra.

 

De acuerdo con esto, una cátedra de paz no sería suficiente, pues usted está hablando de una transformación radical en la manera como nos relacionamos tanto en la escuela como fuera de ella.

Se trata de ampliar la mirada que tenemos sobre la paz. Ya lo decíamos antes: no sólo se trata de abandonar las armas o elegir un tema para abordarlo en el aula sin contexto. Existen varios niveles de comprensión de esto. Todos, quitándonos la máscara de las clases sociales, necesitamos aprender varias cosas que van más allá de los puntos expuestos en el decreto: qué pasó, por qué pasó y qué hizo posible que esto pasara. Por ejemplo, por qué mientras un joven estaba estudiando en un colegio internacional y jugaba un partido de fútbol, otro niño de la misma edad estaba siendo reclutado en otra parte de su territorio, de su ciudad.

 

Más allá de formular conocimientos acerca del número de niños reclutados en ese periodo escolar, por poner un ejemplo, necesitamos favorecer prácticas que nos permitan sensibilizarnos ante el rostro y el relato de un infante incorporado a la guerra. Tenemos que trascender el estudio formal del hecho atroz para dar respuesta a la interpelación de la víctima que nos reclama para que aquello que vivió no vuelva a repetirse.

 

Y aunque hoy tenemos una cátedra reglamentaria, el asunto es que de la guerra y la paz nunca hablamos, nunca conversamos. La escuela también tiene que trabajar sobre la historia de los acuerdos de paz. Este no es el primer esfuerzo. Hemos tenido otros esfuerzos. ¿Por qué fracasaron? Es una pregunta que hay que hacerse y hay que explicarles a los jóvenes.

 

¿Y eso es posible? ¿Va a ser posible que la sociedad se ponga de acuerdo en el corto plazo sobre lo que pasó?

Pedimos que sea a corto plazo cuando nuestra guerra ha sido el conflicto más largo de la historia de los hechos bélicos. Ahora, lo más inmediato es superar el afán de crear una historia oficial. En la memoria colectiva deben converger las múltiples voces y relatos. No se puede volver a homogeneizar los hechos y sus daños, tenemos que favorecer los distintos puntos de vista. Justamente esta es la tarea de la cátedra de paz. Su responsabilidad es promover un diálogo entre las posturas, pero acerca de los hechos. No obstante, tenemos otro punto pendiente. Si bien, las armas tienen que desaparecer, también debemos erradicar las prácticas que justifican lo que es ilegítimo.

 

El microtráfico está en la escuela y esto también hace parte de ese legado de aprender a vivir del desorden y de la anomia que genera pasar por alto la norma, el consenso. Es preocupante que la sociedad no se dé cuenta que la guerra ha entrado en la escuela con otros lenguajes y otras dinámicas. Los pactos en la escuela han sido jurídicos: en las aulas es más importante el debido proceso que la conversación y la deliberación pública.

 

Justamente por ello debemos repensar la manera como se han construido los manuales de convivencia, cómo se resuelven los conflictos y cómo los vamos a enfrentar a futuro. Tenemos que aprender a desarmarnos en nuestras prácticas de convivencia, incluso desde la norma misma. La escuela se ha preocupado por tipificar las fallas y los conflictos, así como los castigos y las sanciones y ha olvidado potenciar en los niños, niñas y jóvenes la reflexión crítica, el diálogo y la concertación y el disenso. Esto último es sancionado con la misma norma de convivencia, pues pensar por fuera del manual o poner en tensión criterios normativos que no contemplan la diferencia en razón de género, raza, estilos de vida, se convierte en un riesgo para los jóvenes. Con ello no solo vulneramos derechos, sino que enseñamos a ocultar, mentir y establecer pactos estratégicos.

 

Así que de todas maneras hay un vínculo muy fuerte con las competencias ciudadanas. ¿Qué habría que hacer fuera de lo que ya se ha hecho?

El tema de la ciudadanía siempre ha existido en la escuela. Se ha llamado ciudadanía, instrucción cívica, moral, después se incluyó dentro de las ciencias sociales, comportamiento y salud, entre otros. Pero ha sido una formación del ciudadano con dos énfasis: para controlar sus emociones y para disciplinar sus conductas. Es una ciudadanía de la subordinación y el disciplinamiento. Por un lado se habla de la autonomía, pero toda la estructura de la ciudadanía está dada en la docilidad, en el buen comportamiento, y eso significa esconder las emociones. Así que la formación para el pacto y para convivir en el disenso la hemos confundido con los símbolos patrios o con un cuidado del cuerpo desde una idea de que los sucios, los enfermos, eran nuestros antepasados.

 

Esta es la historia de nuestra ciudadanía. ¿Cuándo se transforma esta idea de ciudadanía? En 1998 aparecen los lineamientos de educación ciudadana, en el 2004 aparecen los estándares de competencias ciudadanas, pero ha pasado muy poco tiempo desde entonces. En las competencias ciudadanas hay tres ejes fundamentales: convivencia y paz, participación y responsabilidad democrática, así como identidad, pluralidad y valoración de las diferencias. Todos son temas potentes, pero se confunden en la institución educativa con una hora de clase de relleno, con una izada de bandera. Estos asuntos no se han tomado en serio.

 

Yo soy evaluadora del premio Compartir y profesora del tema. Cuando les preguntamos a los maestros sobre lo que han hecho, nos damos cuenta de que sí creen en la formación en valores y en ciudadanía, pero no saben decir qué enseñan. En otras palabras, valoran como importante la formación en virtudes, ciudadanía y paz, pero desconocen sus contenidos. Por ello, los libros de superación personal hacen parte de los currículos escolares, en lugar del acervo académico y didáctico en estos temas. Por eso creo que las asignaturas pendientes son la paz, los derechos humanos y la ciudadanía.

 

Usted acaba de mencionar que mucho de la educación ciudadana ha estado enfocada en controlar las emociones. ¿Qué hay que hacer entonces con las emociones en la escuela?

Históricamente se nos ha dicho que lo que hay que hacer es volver dócil el cuerpo y que esto se logra controlando las emociones. Hemos venido trabajando con el IDEP desde hace tres años, en el programa Uaque, que busca reivindicar el lugar de la sensibilidad moral en la vida con los otros, en particular desde procesos formativos. Nosotros consideramos que las emociones son las que activan la cultura política y que hay que cultivar el amor cívico. ¿Por qué nos emocionamos cuando gana la selección Colombia? Nosotros creemos que allí se activa el amor cívico. Uno no ama a James, sino a la representación de Colombia que está expresada en este jugador.

 

Debemos ir más allá de la selección y poder sentir orgullo por nuestras identidades. Cuando viajamos fuera del país, los colombianos nos sentimos orgullosos del sombrero vueltiao, las mochilas… y tendemos a verlos desde el folclor, despojándolos de su aporte en nuestra vida cotidiana. Las emociones aportan a la construcción de una cultura pública para la paz, pero también pueden usarse para erosionar el tejido democrático. Ejemplo de ello es el odio o el asco hacia prácticas que reconozcan la diferencia, como es el caso de asuntos relacionados con la diversidad sexual o la incorporación de desmovilizados a la sociedad civil.

 

También es importante aprender a indignarse cuando, por ejemplo, vemos que una mujer desplazada es maltratada por su condición de vulnerabilidad. Esto se relaciona con reconocer que somos vulnerables y necesitamos la solidaridad de los demás. La guerra también se hace con palabras, con palabras de odio. Hemos aceptado un lenguaje que utiliza toda clase de improperios para descalificar al otro y para legitimar prácticas de maltrato que desvirtúan a nuestros congéneres. Incorporamos a nuestro vocabulario expresiones que cultivan el miedo, la culpa, el asco y la repugnancia dentro de nuestras relaciones. Necesitamos, hoy, prácticas que hagan posible convivir de otra manera. Si en La Habana se despidieron de las armas, aquí tenemos que despedirnos también de los odios, desprecios y humillaciones que afectan nuestra sensibilidad y deterioran nuestras identidades personales y colectivas.

 

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 81

 

 

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