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Coevolución, hombre y territorio: la ruta de la identidad sociobiológica

Por Sandra Patricia Ordóñez Castro
Magisterio
05/06/2019 - 09:30
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Foto de Pixabay

Los habitantes de Valdrada saben que todos sus actos son a la vez ese acto y su imagen especular que posee la especial dignidad de las imágenes, y esta conciencia les prohíbe abandonarse ni un solo instante al azar y al olvido… 
Italo Calvino
 Las ciudades invisibles

 

Entrevista con Gustavo Wilches Chaux, Consultor ambiental internacional

Sandra Patricia Ordóñez Castro: ¿En qué términos debemos plantear, hoy en día, nuestra relación con la naturaleza?

Gustavo Wilches Chaux: Te voy a contar una experiencia de la semana pasada, estaba en el Cañón del Combeima hablando con un grupo de campesinos y de campesinas que están vinculados a un proyecto de alerta temprana y les pregunté a todos en qué fase de la luna estábamos y todos, sin excepción lo sabían. Si tú haces esa misma pregunta en la ciudad, lo más probable es que nadie sepa. Creo que el contacto con la naturaleza, que fue un requisito de supervivencia para los seres humanos durante muchísimas generaciones, se va perdiendo a medida que los seres humanos nos vamos urbanizando: a partir del año 2000 la especie humana es mayoritariamente especie urbana, y eso determina que esa relación con la naturaleza, con los ciclos se vaya perdiendo, y con ella, esa comprensión de que formamos parte de unos sistemas y que no somos los que tenemos el control absoluto sobre la realidad –que es una concepción muy propia de las culturas urbanas–. Por eso, creo que uno de los retos que tenemos es volver a restablecer ese entendernos a nosotros mismos en función del territorio del cual formamos parte. 

S.P.O.C.: ¿Cómo entender el territorio para poder dimensionarnos a nosotros mismos a partir de esa concepción? 

G.W.C.: En efecto, el concepto de territorio es central: normalmente, cuando hablamos de territorio, lo entendemos como el escenario inerte sobre el cual los seres humanos representamos nuestra historia. Pero el territorio realmente es un ser vivo y creo que, hoy más que nunca, necesitamos ser conscientes de eso y asumirlo en todas sus implicaciones. La comprensión fundamental es que si queremos garantizar seguridad a los seres humanos, tenemos que garantizar, en igual medida, seguridad a los ecosistemas. Esta reflexión ya no puede ser solamente un ejercicio intelectual o académico. Ahora es un requisito de supervivencia. 

S.P.O.C.: ¿Es la Cultura occidental contemporánea un factor macro de inadaptación?

G.W.C.: Claro. La cultura fue, durante muchísimas generaciones, la principal herramienta adaptativa de los seres humanos al entorno, en el sentido de la coevolución. Los seres humanos, somos, fundamentalmente, vulnerables y eso nos obliga a inventar la vivienda, la alimentación, el vestido, y todo lo que en conjunto se denomina la cultura. Pero llega un momento en el que la cultura deja de servir al propósito de la adaptación e intenta convertirse en una herramienta de dominio, y es entonces cuando se transforma en un factor inadaptador. 

S.P.O.C.: En procura de la readaptación como factor de supervivencia, ¿Hemos de transformar radicalmente nuestros paradigmas de desarrollo y nuestra concepción de “calidad de vida” en Occidente?

G.W.C.: Evidentemente. El paradigma “occidental” de desarrollo está poniendo en riesgo nuestra posibilidad de seguir en el planeta, porque nos ha convertido en una plaga, y si somos una plaga, el planeta pone en acción su sistema inmunológico, para salir de nosotros. Eso es lo que está sucediendo: la naturaleza ha mejorado su sistema de cobro y, si pensamos, por ejemplo, en el cambio climático, muchas de las cosas que se pensaba que iban a ocurrir dentro de 50 años, ya están sucediendo. El problema es que somos conscientes de cuáles son los procesos que se están dando y cuál es nuestro papel en los mismos, pero, en función de ese imaginario cultural del progreso, de la competitividad, etc., en el momento de actuar, actuamos en dirección totalmente contraria al propósito del equilibrio coevolutivo. El deshielo en los glaciares, en el polo norte, por ejemplo, es una prueba contundente de que hay cambio climático, de que existe un efecto invernadero incrementado por la acción humana, por la utilización excesiva de combustibles fósiles. Uno podría decir: “esto es una alerta de que tenemos que repensar el modelo de desarrollo”. Y sin embargo, las grandes empresas petroleras lo que ven en este fenómeno es la oportunidad de sacar más petróleo del polo norte, lo cual antes era un problema porque había hielo encima. El requisito sine qua non de nuestra supervivencia es ponernos del lado del sistema inmunológico de la Tierra, o sea, convertirnos en aliados de la salud de una biosfera a la cual pertenecemos y no en sus enemigos, porque si no, llevamos la batalla perdida. 

Los seres humanos, somos, fundamentalmente, vulnerables y eso nos obliga a inventar la vivienda, la alimentación, el vestido, y todo lo que en conjunto se denomina la cultura.

S.P.O.C.: Si la readaptación supone un cambio cultural de tal magnitud, ¿Cuáles serían los principales desafíos para la Educación en su procura?

G.W.C.: Hay una línea muy interesante de filosofía aplicada que han venido promoviendo particularmente desde Suiza: la de la acción sin daño. La acción sin daño supone considerar las implicaciones potenciales de una determinada intervención en una situación. Pero implica, además, ser conscientes de que no bastan las buenas intenciones, ni la buena voluntad para garantizar que esa acción no va a generar daño, y que si no puede ayudar a reducir el sufrimiento o el deterioro de un territorio, por lo menos debemos asegurarnos de que no lo incremente. Este debe convertirse en un criterio básico de supervivencia que debe instituirse desde lo educativo.

S.P.O.C.: Pero un emprendimiento de este corte, desde la educación, sólo puede cobrar sentido en el seno de una estructura social coherente con tales principios…

G.W.C.: Desde luego, y a propósito, te voy a contar una cosa que me sucedió en un evento sobre educación rural en Medellín hace un par de semanas: se acercaron dos maestras a conversar conmigo. Una de ellas estaba muy entusiasmada con el trabajo que venía haciendo. Traía una botella de Coca-cola plástica, que normalmente se iría a la basura, y con la cual habían hecho en su clase una cartuchera muy linda para lápices… me mostró trabajos de los niños reciclando papel… una maravilla, realmente. Cuando ella terminó de hablar, se acercó otra maestra y me dijo. “Yo hago lo mismo con mis estudiantes, pero, tengo una pregunta: es que yo soy de Titiribí, Antioquia, y la empresa minera que está alrededor del pueblo, ya notificó que van a comprar el pueblo para convertirlo en mina. Entonces, ¿usted cree que vale la pena que yo siga reciclando botellas?” Eso a mí me parece una descripción exacta del país. Por una parte, nos están diciendo que tenemos que desayunar con granola y que tenemos que imprimir por las dos caras y que tenemos que ahorrar agua y todas estas cosas que son importantísimas, por supuesto, pero, por otra parte, sin preguntarle a ningún colombiano, el país se convirtió de la noche a la mañana en un país con vocación absolutamente minera. Según el director de CORANTIOQUIA, el 90% del territorio antioqueño tiene títulos mineros. O sea, es una mina en potencia, y hay departamentos de Colombia que tenían sus apuestas en el ecoturismo, por ejemplo, como el Quindío, y que en este momento ya alguien ha asignado que su futuro es un futuro minero. Entonces, ¿a qué estamos jugando? ¿Cuál es el impacto de ese modelo de desarrollo, no solamente en el ambiente sino sobre el futuro de la gente? 

Yo sobrevolé hace poco la pampa argentina. Son horas y horas sobre cultivos de Soja transgénica. Ves una cantidad de formas geométricas… es algo muy lindo, estéticamente, pero no ves ni una sola casa campesina, ni un solo pueblo y yo le preguntaba a alguien ¿y gauchos quedan? Y me decían: “para las fiestas patrias hay gente que se disfraza de gaucho y en los restaurantes para turistas, hay algunos que se disfrazan de gauchos para el show de los fines de semana”… Así mismo, entonces, yo me pregunto cuántos campesinos irán a quedar en Colombia… No voy a satanizar la minería y sé que hay una minería legal y una minería ilegal… pero es que si se abusa, los documentos de legalidad no amparan la salud de los territorios. Lo que hay que hacer es definir en dónde se puede hacer y en donde definitivamente no se puede. Es necesario que se asuma, desde la ley, una irrestricta responsabilidad social. 

S.P.O.C.: En ello la Comunicación entraría a jugar un papel determinante…

G.W.C.: Desde luego, pero la Comunicación entendida no solamente como el campo laboral de ciertos profesionales, sino como un aspecto esencial de la naturaleza en general y de la especie humana en lo que nos compete de manera más específica. Porque el territorio es también símbolo y afecto… en gran medida, como parte de la coevolución, el territorio es segregado por los humanos de la misma manera en que la araña segrega su telaraña… y ello implica ciertas responsabilidades. Nuestras dinámicas sociales son agentes modeladores del entorno y mediadores de nuestra relación armónica o profundamente incomunicada con el mismo.

S.P.O.C.: ¿Cuál es el papel de la creatividad humana en la coevolución?

G.W.C.: Me quedaría difícil pensar en algo que no sea creatividad. Creo que, desde algunas de las manifestaciones prodigiosas de la cultura, como es un computador, o la posibilidad de estar conectado en tiempo real con la humanidad, de poder acceder en tiempo real a cualquier información a través de Internet, la fotografía digital, que me permite viajar en cualquier avión con la cabeza por fuera de la ventanilla, creo que todas esas son manifestaciones de la creatividad humana. Pero, creo también, que la creatividad cobra formas asombrosas y muy poderosas en la cotidianidad. Yo trabajo en el tema de gestión del riesgo con comunidades y voy mucho a tugurios, por ejemplo. Estando allí, soy consciente de que yo, en ese sitio, posiblemente no sobreviviría una semana: el primer vaso de agua que me tomara posiblemente me causaría una amibiasis o posiblemente el primer clavo oxidado que pisara me daría un tétano. Sin embargo, la gente, no solamente sobrevive resignadamente allí, sino que viven y con alegría y hay solidaridad y hay reciprocidad, una capacidad de adaptación en la que lo social sustenta lo biológico. No estoy haciendo una apología a la pobreza, pero quiero señalar que a partir de esa creatividad, que se manifiesta en todos los actos de la vida, se logran derogar las evidencias aniquiladoras que le dicen a uno que sería imposible poder vivir en esas condiciones. 

Yo creo que si volviera a vivir, dentro de la gama de muchísimas cosas que me gustaría estudiar, una sería la biología y la biología especialmente para estudiar los que se llaman los extremófilos que son seres vivos que viven en condiciones absolutamente extremas… los vemos, por ejemplo, en fuentes termales al lado de los volcanes, que son aguas absolutamente ácidas y calientes, y ahí hay seres vivos perfectamente adaptados. Los han descubierto en las grietas en el fondo del mar, en satélites que se van al espacio “contaminados” con formas vivas y cuando vuelven resulta que han logrado sobrevivir a las condiciones absolutamente adversas del espacio, pero cuando tú vas al alguna de estas regiones en donde la gente vive en condiciones de pobreza económica absoluta, pero en muchos casos una pobreza económica que se compensa con una enorme riqueza cultural, pues te encuentras con que también entre los seres humanos hay extremófilos. Y vemos, por el contrario, cómo a medida que vamos ascendiendo en estrato socio-económico, en donde va siendo menos la pobreza económica, en muchísimos casos, lamentablemente esa reducción de la pobreza económica conlleva un incremento enorme en la pobreza cultural, social, en donde la solidaridad y la reciprocidad no existen, lo cual también genera una vulnerabilidad muy grande. 

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S.P.O.C.: ¿Cómo pueden los saberes locales entrar en diálogo con la ciencia en el propósito de reconfigurar nuestro vínculo con la naturaleza?

G.W.C.: Hay una obra de misericordia que por lo general no se menciona: se habla de vestir al desnudo, de consolar al triste, etc., pero yo invoco muchísimo una que es enseñarle al que ya sabe, pero que no sabe que sabe. Volvemos a lo primero que te contaba: cuando yo me reúno con este grupo de campesinos y les pregunto algo tan obvio para ellos como las fases de la luna y ellos saben en qué fase de la luna estamos, es porque ellos tienen que saber la fase de la luna para sembrar, para cortar la guadua, una señora decía, para cortarse el pelo, y para mil labores del campo que se rigen por la luna. Y resulta que ahí hay una sabiduría enorme que aún los más estudiados de las universidades no poseemos normalmente y una de las claves de ese reconocimiento del territorio, que está íntimamente ligado a la construcción de identidad, es reconocer y valorar lo que sabemos y lo que sabemos individualmente, pero, también, lo que sabemos colectivamente: valorar la memoria colectiva. Quizá de las satisfacciones más grandes que he tenido yo, después de hacer una conferencia, es salir y que alguien me diga “pero eso que usted dijo, lo decía mi abuelita. ¿Eso qué tiene de nuevo? ”. A mí me encanta eso porque a lo mejor se necesita que venga una persona de afuera para que digan: “Ah… mi abuelita como que tenía razón, hagámosle caso en esto…” Entonces, hay una ciencia que viene de la academia, que viene del laboratorio, que viene de la “cultura occidental” y hay una ciencia que se construye desde lo empírico, desde lo tradicional, desde lo comunitario, y creo que las dos son generadoras de conocimiento. Cada una es un conocimiento científico a su manera. Hay saberes en esas culturas tradicionales, populares, que son incomprensibles para la razón “occidental”. Yo he sido testigo, por ejemplo, de cómo en Tierradentro, aquí en Colombia, los Tehualas, que son los médicos tradicionales, logran mover nubes y logran hacer abrir el cielo para que entren helicópteros, por ejemplo, después del terremoto de 1994. Y hacen unos rituales y tienen unas plantas específicas para determinados rituales, y logran que se abran las nubes. O he sido testigo en el altiplano andino de cómo mandan a alguien con un atuendo especial a que traiga las nubes para que llueva. ¡Y las trae!… Eso no cabe dentro de nuestra razón “occidental”, dentro de nuestra lógica formal y, sin embargo, allí está. El cerebro es un universo complejísimo y en gran medida inexplorado… quién sabe cuántos de esos recovecos y esas conexiones que se forman en esos cien mil millones de células que cada ser humano tiene en el cerebro, nos pueden permitir entrar en esas dimensiones que la lógica formal, “occidental”, ha vetado. Entonces, pienso que no nos podemos dar el lujo de desperdiciar ninguna forma de conocimiento y tenemos que dejar la arrogancia de pensar que solamente hay una forma de conocimiento válida y que las otras son de segunda clase. Una forma de conocimiento fundamental es la intuición. A veces uno encuentra niños de seis o siete u ocho años, con un ojo tapado. Y cuando pregunta ¿qué le pasó en ese ojo? Entonces le dicen, “no, es que tiene ambliopía” y ¿qué es la ambliopía? La ambliopía es que el niño tiene un ojo perezoso, que nunca aprende a ver porque el otro ojo es muy aplicado. Entonces el perezoso dice: “dejemos que el otro vea por los dos”. Cuando descubren la ambliopía, entonces, tapan el ojo bueno (no lo sacan, por supuesto), para obligar al otro a que aprenda a ver y yo creo que lo mismo hay que hacer con la razón. No se trata de eliminar la razón, de extirparla, porque es una gran conquista en la evolución humana, pero sí de taparla temporalmente y permitir que otras formas de conocimiento que están allí, puedan aflorar y nos puedan ayudar a entender esta complejidad del mundo, frente a la cual la razón se queda corta. 

S.P.O.C.: ¿Podría cifrarse la responsabilidad contemporánea de las ciencias sociales en rescatar y validar esos saberes locales y ponerlos en diálogo con las llamadas ciencias duras?

G.W.C.: Sí. En fundar el paradigma de la humildad, porque solamente en la medida en la que yo soy consciente de que ignoro mucho, soy capaz de valorar y de recibir el conocimiento que me puedan aportar desde otras miradas. El primer reto es despojarnos de esa toga del científico y simplemente convertirnos en seres humanos. En las últimas charlas que yo he hecho sobre gestión de riesgo, presento una diapositiva que estrené en un evento de universidades en Lima y que dice: ¿Cuándo veremos en nuestras revistas y periódicos una noticia que diga “La universidad latinoamericana ofrece cursos indisciplinarios de desespecialización en gestión del riesgo. Requisito único, ser humano”? Yo creo, por supuesto, en la multidisciplinariedad, en la transdisciplinariedad, etc., etc., pero creo, fundamentalmente, que la vida es indisciplinaria. No podemos confundir la herramienta con la que vamos a actuar con el organismo con el cual vamos a establecer interlocución. 

S.P.O.C.: ¿Cuál es el papel de la educación en aras de fortalecer las capacidades de las nuevas generaciones en cuanto a la gestión de riesgos (locales y globales)?

G.W.C.: Me voy al viejo esquema de los tres aprenderes, a los cuales yo me he atrevido a agregar un cuarto: está el famoso aprender a ser, que está relacionado con todo el tema de los valores; el aprender a aprender, que es desarrollar la capacidad de generar conocimiento a partir de nuestro contacto con la realidad (en el aula de clase, o a través de Internet, o a través del libro, pero también en la cotidianidad); está el aprender a hacer que es convertir la teoría y la ética en capacidad real de transformar el mundo; y el otro es aprender a comunicar, es decir, a socializar toda esa experiencia íntima del aprendizaje.

Hoy se habla más de saber ser, saber aprender, saber hacer, o se habla de la educación por competencias… Yo, tercamente, me he aferrado al aprender porque me parece que el aprender es mucho más amplio, mucho más abierto que el saber. El saber remite a algo terminado, mientras que el aprender es estar abiertos a una nueva experiencia. 

S.P.O.C.: Si pensamos en el cambio climático quizá habría que remitirnos de manera enfática al aprender a aprender…

G.W.C.: Sin duda. Los cambios se están dando de manera tan rápida y tan contundente, que creo que una de las palabras clave del presente y que será clave del futuro es incertidumbre. Los climatólogos trabajan con base en escenarios de cambio climático, (dadas determinadas variables, cómo es posible que sea el clima), pero aún los escenarios más precisos, más exactos, que son desarrollados con los computadores más complejos a los que tiene acceso la humanidad, tienen unos rangos sumamente grandes de incertidumbre. Entonces, no podemos darnos el lujo de esperar que nos digan exactamente qué va a pasar, sino que tenemos que aprender a navegar en las aguas de la incertidumbre, a ir aprendiendo de cada señal de la naturaleza, de cada señal de la sociedad misma, de cada transformación, es decir, volver a eso de que la realidad es la principal maestra y que tenemos que ir derivando conocimiento, sistematizándolo y aplicándolo muy rápidamente. Creo que ese va a ser uno de los retos grandes. 

S.P.O.C.: ¿Y cuál sería el aprender que nos potenciaría como gestores de soluciones frente a la problemática de ese territorio que es al tiempo una entidad social y biológica?

G.W.C.: Aquí viene el tema de los valores. Yo me he venido preguntando hace muchos años, cómo podemos intervenir en un territorio en crisis… en crisis por violencia, por poder ser afectado por un fenómeno de origen natural, por un terremoto, una inundación, o por todo a la vez, o por una crisis económica, o por cualquier otra razón, y me he guiado mucho por una frase del Tao Te King que dice: “gobierna un gran imperio, como asarías un pez pequeño: con delicadeza”. Creo que la clave es la delicadeza. No es fácil ser delicado. No es fácil intervenir en un mecanismo tan complejo como es un ser vivo, desde una célula hasta un territorio, pero creo que ahí es donde valores como la responsabilidad, como la sensibilidad, como la identidad, vuelven a ser fundamentales, como el amor propio, también, porque para poder establecer un diálogo de saberes y poder reconocer que de pronto el otro saber es más válido que el mío, yo tengo que tener un amor propio muy fuerte, un ego que no se sienta afectado por las limitaciones de mi saber. Entonces creo que todo este tema de los valores, pero de los valores no solamente formulados sino interiorizados y aplicados en cada momento de la vida, empieza a ser fundamental y creo que ese es uno de los retos que tiene la educación: no solamente llenar de contenidos, sino generar procesos que nos permitan interiorizar esos valores.

S.P.O.C.: ¿Qué jerarquía establecería usted en términos de metas y objetivos para la readaptación?

G.W.C.: Un paso importante sería empezar a reconocer el territorio como ser vivo y como actor social y el comenzar a entendernos nosotros como parte de ese actor social haciéndonos algunas preguntas básicas como, por ejemplo: ¿qué somos?, eso que somos ¿qué tiene que ver con el territorio del cual formamos parte?, ¿qué nos gusta de lo que somos? Sería demasiado orgulloso pensar que yo tengo una respuesta, pero una de las formas de entrar a contestar esta pregunta tuya, es desde la identidad. ¿Cómo se vuelve el territorio un factor de identidad? Creo que a partir de ahí, podemos salir adelante, al ubicarnos en el flujo mismo de la vida, en vez de ponerle obstáculos. 

S.P.O.C.: ¿Cuáles son las implicaciones éticas y políticas del cambio climático y su impacto en la disponibilidad de recursos?

G.W.C.: Todas las transformaciones culturales que tenemos que llevar a cabo –y dentro de esas transformaciones está el modelo de desarrollo, fundamentalmente–, hay que hacerlas con o sin cambio climático. El problema no es que estamos inadaptados al cambio climático, sino que estamos inadaptados a la vida cotidiana. Uno de los traumas más grandes que va a generar el cambio climático son las migraciones y los desplazamientos. Pero en Colombia, sin contar con el cambio climático, tenemos 4 millones de desplazados. Entonces, imagínate cuando el agua comience a convertirse en un factor que obligue a unas comunidades a salir hacia otros sitios, y cuando los habitantes de los sitios donde está el agua comiencen a proteger su territorio con minas, por ejemplo. Pero sin necesidad de que intervenga en ello el cambio climático, el 62% de los municipios colombianos están contaminados con minas antipersonales. Entonces, aunque no hubiera cambios climáticos, tenemos que hacer profundas transformaciones. 

S.P.O.C.: ¿Cómo orientar esas transformaciones?

G.W.C.: Una vez un muchacho le preguntaba a Gandhi: ¿Cómo puedo saber si lo que hago está bien hecho? Y él le respondía: “Piense en la persona más desvalida que conozca. Y si lo que usted está haciendo va a contribuir en algo a que esa persona sea un poco más autónoma, entonces está bien. Si la va a hacer más dependiente, está mal”. Y creo que esa es una regla de oro y que uno siempre debería estar pensando en función de ella desde cualquiera que sea su área de desempeño. 

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