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Con los pies descalzos

Por Alfredo Hernando Calvo
Magisterio
29/08/2018 - 16:00
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Foto de Pixabay

Si una manada de tigres se hartara de tanta inundación como para marcharse, podría emigrar en dirección noroeste hacia la India. Más o menos este fue el viaje que, 40 años atrás, hizo el joven hindú Bunker Roy. 

Tras terminar los estudios universitarios, Roy salió de su casa para saber qué ocurría en el interior de su país. Los padres dejaron todo preparado para que, al regresar, su hijo pudiera continuar la carrera diplomática, la cual, sin embargo, nunca llegó a buen puerto. Roy tenía otros planes: fundar una escuela. Pero no cualquier escuela. Una escuela sin titulados, sin certificados, sin currículos oficiales, sin paredes y con los más necesitados y analfabetos que había encontrado en su país. 

Cuarenta años más tarde, el viaje hacia el interior de la India de Bunker Roy se transformó en el viaje interior de miles de personas. Alumnos de todas las edades que han aprendido a leer y a escribir, a cocinar o a construir un panel solar gracias al movimiento de los pies descalzos. The Barefoot College es una organización no gubernamental que se construyó empezando, literalmente, por sus cimientos. 

Bunker Roy creó una escuela de la nada desoyendo toda lógica. Su único objetivo era alfabetizar a aquellos que habían desaparecido del mapa escolar de la India. Así que su instinto y su energía tuvieron que ser tan intensos como los de una manada de tigres de Bengala. Aunque la India es una de las principales economías del mundo, los desniveles sociales son todavía abrumadores. Eso sin contar con que se trata del segundo país más poblado del mundo, solo por debajo de China. Puede que no te cruces con ellos con asiduidad, pero en el globo terráqueo hay más de mil millones de hindúes.

Roy tenía otros planes: fundar una escuela. Pero no cualquier escuela. Una escuela sin titulados, sin certificados, sin currículos oficiales, sin paredes y con los más necesitados y analfabetos que había encontrado en su país. 

Sin embargo, Bunker Roy no se amilanó y decidió olvidarse del modelo de escuela que ya conocía y en el que él mismo se había educado. Ese modelo no le serviría, así que decidió generar el movimiento desde la base. Empezó por las necesidades de sus alumnos y, con la ayuda de los recursos que tenían a su disposición, reflexionaron juntos sobre lo que de verdad les resultaba útil aprender para el entorno en el que se encontraban.

La escuela que menos se parece a una escuela 

Bunker Roy hizo todo lo contrario a lo que llevamos a cabo con regularidad en los colegios de todo el mundo. En lugar de seguir al pie de la letra las instrucciones de los planes de estudios, se puso a redactarlas en comunidad. Juntos se hicieron las dos grandes preguntas que dan sentido a toda institución escolar: «¿Qué necesitamos aprender?» y «¿Cómo queremos aprenderlo?». Ayudado por los futuros estudiantes de la región, crearon su proyecto educativo. Elaboraron juntos el plan de contenidos, las áreas y los proyectos que podían desarrollar. Reconstruyeron e incluso edificaron las instalaciones, y organizaron los horarios y los grupos para que todos tuvieran la oportunidad de asistir en un momento u otro del día. No hay excusas para faltar a una escuela que siempre está abierta. Así que, para los niños trabajadores de sol a sol, como el día se les quedaba corto, inventaron las escuelas nocturnas. De este detalle no se informó a los tigres antes de emigrar. 

Buscaron a los mejores profesionales en la comunidad, para lo cual decidieron cumplir a rajatabla la norma de que cualquiera con titulación universitaria tenía prohibido impartir clases. Pensaron que era más idóneo contar con los verdaderos especialistas de campo: abuelas que podían leer, escribir o cocinar, agricultores, mujeres con fórmulas legendarias para impermeabilizar las aulas y, en definitiva, todo aquel que tuviera algo para enseñar y que el resto necesitara aprender. La escuela no precisaba de ningún «Don Certificado» que viniera a decirles lo que estaban haciendo mal. Estaba claro que no eran una escuela normal, eran una escuela. 

Igual que las escuelas-barco de Shidhulai, las escuelas de The Barefoot College nacieron y crecieron movidas por los cincos valores que dan sentido a su propuesta: igualdad, decisiones colectivas, autosuficiencia y autoestima, descentralización y austeridad. Pero no nos engañemos. La austeridad de su propuesta está basada en un modelo de enriquecimiento humano que les ha llevado a crear placas solares, un college para adultos con su propio currículo de alfabetización y competencias agrícolas, escuelas nocturnas para niños, una tienda online de venta de sus productos textiles y otras tantas iniciativas de dignidad social para miles de personas. A estas alturas de la historia, incluso han exportado la estructura de su modelo a miles de kilómetros de distancia, a Sierra Leona. 

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Como ellos mismos describen, las escuelas Barefoot son centros para aprender y desaprender, donde el aprendiz es el profesor y el profesor es el aprendiz. Son escuelas para poner en práctica ideas alocadas, probar, equivocarse y volver a intentarlo, porque en ellas cabe todo el mundo, sobre todo aquel que no ha sido aceptado en ninguna institución. Han desarrollado varios modelos de aprendizaje con títeres y sistemas de toma de decisiones que incluyen elecciones incluso entre los alumnos de menor edad, que participan con gran gusto.

 En The Barefoot College no se dan certificados ni diplomas. El valor de su propuesta radica en la flexibilidad institucional con la que han sabido crecer y desarrollarse desde sus inicios. Lejos de sentirse acordonados por la legislación, han sabido adaptarse a su entorno. Los Barefoot aprendieron de otros casos de éxito similares en todo el mundo para responder, por sí mismos, a las preguntas de qué, quién, cómo y cuándo educar en su realidad. Los inconvenientes no pudieron detener a uno de los modelos de escuela más innovadores del siglo xxi. De hecho, esos inconvenientes se convirtieron en su principal fuente de riqueza.

Son escuelas para poner en práctica ideas alocadas, probar, equivocarse y volver a intentarlo, porque en ellas cabe todo el mundo, sobre todo aquel que no ha sido aceptado en ninguna institución.

Para leer más relatos inspiradores consulte la versión completa del libro Viaje a la escuela del siglo XXI.  Así trabajan los colegios más innovadores del mundo. 

Tomado de: Viaje a la escuela del siglo XXI.  Así trabajan los colegios más innovadores del mundo. Alfredo Hernan Calvo. 2015 Madrid. España. pp 17-18 

Alfredo Hernando Calvo - Fundación Telefónica 

Foto de Pixabay