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Cuerpo con sentido: hacia una pedagogía poética

Por Clara Inés Cuervo Mondragón
Magisterio
21/05/2018 - 10:30
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Foto de Pixabay

 

En el siguiente artículo, la autora propone la pedagogía poética frente a la enajenación y la violencia instaladas en la subjetividad y el cuerpo. Esta pedagogía promueve su afectación a través de la comprensión, el cuidado y el sentido estético del cuerpo que enfatiza a la literatura como fractal de vida. Comprender el cuerpo es darle un sentido complejo: ideas, emociones, sensaciones, se tejen con la sangre y el corazón. Cuidar el cuerpo es lograr una sensualidad ética que cure las huellas de la violencia. El sentido del cuerpo es experiencia y formación en el devenir que permite a la literatura expandir la vida con su multiplicidad de sentidos: la aleja de sí misma para lograr su expresión.

Palabras clave: pedagogía, cuerpo, comprensión, cuidado, sentido, literatura.

Y Dios me hizo 

mujer, de pelo largo,

ojos,

nariz y boca de mujer. Con curvas 

y pliegues

y suaves hondonadas y me cavó por dentro,

me hizo un taller de seres humanos. Tejió delicadamente mis nervios

y balanceó con cuidado

el número de mis hormonas. Compuso mi sangre

y me inyectó con ella para que irrigara

todo mi cuerpo;

nacieron así las ideas, los sueños,

el instinto.

Todo lo creó suavemente a martillazos de soplidos

y taladrazos de amor,

las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días 

por las que me levanto orgullosa

todas las mañanas

y bendigo mi sexo. 

(Belli, 2010)

Este poema invita a sentir el cuerpo desde las ideas, sentidos y emociones de mujer. La poeta crea el cuerpo de mujer desde una mirada tejida de senos y vientre. Los poetas hombres logran un acercamiento a este cuerpo; no obstante, tener vientre que recoge es distinto a tener órgano masculino que expande. Hacemos comprensión del mundo desde la estructura corporal que nos acompaña. De ahí que, la poeta permita, también, una lectura de la disimilitud del cuerpo del hombre con sus palabras de cuerpo de mujer: “Entre tus piernas/el mar me muestra extraños arrecifes/rocas erguidas, corales altaneros/contra mi gruta de caracolas concha nácar/tu molusco de sal persigue la corriente/el agua corta me inventa aletas” (Belli, 2010).

La poesía permite lecturas del cuerpo que trascienden a las limitadas por la racionalización. Dichas lecturas promueven la formación humana la cual asumimos no desde un concepto humanista de desarrollo sino de afectación de la subjetividad. Entiendo que afectar la subjetividad es afectar el cuerpo. Esta es nuestra apuesta de educación: formar el cuerpo para formar la subjetividad. En esta formación, como Jorge Larrosa (2003) y Fernando Bárcena (2005) señalan, no se precisa de conceptos cerrados y racionalizadores sino de palabras estéticas que abran y permitan la multiplicidad, la transformación, el sentido: experiencia, acontecimiento. Cuando estos pensadores españoles señalan “palabras estéticas” comprendemos que su posición es frente al arte.

El arte promueve formas de pensar, emocionar, sentir, asumir el cuerpo que transgreden, afectan, acontecen, nuestro pensamiento racionalizador, domesticado, dual, enajenado, excluyente, marcado por la unicidad-mismicidad y territorializado en la cultura patriarcal –de la guerra–. Las execrables acciones de supresión de lo humano: guerras, torturas, genocidios y todas las formas necrofílicas hacen señalar nuestra inhumana condición. Por ello, estos autores españoles, entre otros, han pensado acerca de cómo enseñar después de Auschwitz: “De eso se trata la educación como acontecimiento ético, de ser capaz de sufrir con el otro, en el otro, de tener escrito en el horizonte que lo más importante en cualquier acción educativa es, sin duda alguna, que Auschwitz no se repita” (Bárcena J. y Melich, 2000). 

Pensar el arte es pensar al otro, como asumía Martí, “con el hombre y para el hombre. El arte no ha de dar la apariencia de las cosas sino su sentido”  (Alzaga, 1983). Así, apuesto por la pedagogía poética para inaugurar, con cada ser humano, un sentido y desarraigar las verdades institucionalizadas que nos han llevado a las atrocidades –antes mencionadas– de las sociedades totalitarias. Esta inauguración, entre otras, se da gracias a la creación estética que emerge del cuerpo. Por ello, la pedagogía poética pretende comprender, cuidar y dar sentido a nuestra única constancia de vida que tenemos: el cuerpo. Pero, antes, es necesario comprender cómo la educación y las sociedades lo han negado. 

Enajenaciones del cuerpo

Voces-cuerpos de mujer y voces-cuerpos de hombre, se encuentran, nombran y logran esa imagen mágica descrita por Jairo Aníbal Niño de que uno más uno es uno. En este aquí y ahora, con el cuerpo, podemos enlazarnos, tejernos, formarnos, respetarnos, construir humanidad. Estas podrían ser algunas de las razones por la cuales las sociedades patriarcales han silenciado, encarcelado, reglamentado, exhibido, seducido el cuerpo.

La sociedad de la religión cristiana otorgó la connotación de pecado y demonio al cuerpo y a la mujer por su miedo-deseo frente a ellos. Las sociedades de la vigilancia y el control, también han temido al cuerpo, lo han avasallado a través de coser sus orificios, no permitiendo la unión con lo otro o los otros. Estas dos últimas sociedades, en nuestro mundo contemporáneo, se superponen (Gil, 2005). Pero no voy a entrar en la configuración de éstas. Solo quiero referir dos ejemplos desde la literatura y el cine.

La novela Ensayo sobre la ceguera de José Saramago (1996) visibiliza que la subjetividad en una sociedad de vigilancia se habitúa a obedecer. Aquella contiene, en palabras de Paulo Freire, al oprimido y al opresor. Así, cuando la subjetividad no siente los ojos de otros mirando las propias acciones se desequilibra y por ello, no sabe cómo cuidar y proteger. Al contrario, su inhumana condición se exacerba: yo soy porque otros me miran, sin ello no tengo sentido humano. 

Frente a la sociedad del control, podemos observar la película El show de Truman (Weir, 1998). Truman, el protagonista, es un producto de consumo. Muchos ojos están mirando a ese ideal de la vida de Truman. Esto se constituye en un sinóptico: muchos mirando a unos pocos estereotipos (Gil, 2005). El simulacro en esta película está en doble sentido: todos los que miran consumen vida de Truman, viven con él, la vida que les ha sido producida. Ellos son Truman. Pero a su vez Truman, que es mirado, evidencia que vive una vida inventada, él no es ese, todo está construido y manejado por otro. Su vida no existe. En esta sociedad los estereotipos de belleza, género, inteligencia, sensibilidad, roles sociales, vida, entre otros, nos seducen y controlan. 

Comprender el cuerpo: Espíritu y sangre, uno solo

En estas sociedades soy náufraga, exiliada y expulsada de mi cuerpo. Hay tantos fragmentos de él que no alcanzo a mirarme en un espejo, sólo percibo un ojo, un labio, el corazón, la mano, casi siempre imágenes que disimulan mi cuerpo. Así, tal vez, termine borrándome. Pero no. Porque sé que tengo ombligo y él me acuerda que nací de un cuerpo. Abro los ojos, salgo de la caverna y me arriesgo a la aventura de sentir la tozudez del sol y las alegrías del viento. No soy fragmentos sino complejidad. Soy poesía. 

Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz y sombra…

Si me quieres, quiéreme negra

y blanca. Y gris, y verde y rubia,

y morena…

Quiéreme día,

quiéreme noche…

¡Y madrugada en la ventana abierta!…

Si me quieres, no me recortes:

¡Quiéreme toda… ¡O no me quieras!

(Dulce María Loinaz)

Por tanto, el cuerpo es un duro hueso de roer, sus desplazamientos, necesidades, encuentros, deseos entran en contradicción con los señalados por estas sociedades. Hay que comprender el cuerpo en el sentido que da Morin (2000) a la palabra comprensión: asir en conjunto y proyectarse en relación al otro. Entender que somos cuerpo de la cabeza a los pies; músculos, piel, sangre, tejidos con sensaciones, emociones, ideas, sexo. Mi espíritu y mi sangre son uno mismo. Álvaro Restrepo, filósofo y creador del colegio del cuerpo en Cartagena, señala:

El cuerpo es nuestra única pertenencia real en este mundo; lo demás son arandelas incidentes. Así, pertenecemos a él y él nos pertenece, y por tanto existe diferencia entre tener un cuerpo y ser un cuerpo. Cuando digo “tengo un cuerpo”, establezco una distancia entre el yo mental y espiritual, y el físico o material. Cuando digo “soy cuerpo”, acepto que las ideas, emociones, sensaciones comparten la misma naturaleza de mis huesos, órganos y músculos. Tan espiritual es mi sangre, como física mi tristeza (Restrepo, 2005, p. 39).

Este cuerpo de órganos, ideas, sensaciones, emociones tiende puentes hacia el otro, porque el cuerpo es, esencialmente, social. En palabras de Maturana (1998), lo social está constituido por el amor: aceptación del otro junto a uno en la convivencia. 

Cuidar el cuerpo: sensualidad ética

Un cuerpo cuidado es consentido, habla; está curado de las huellas de la violencia, la disciplina y el placer vendido. Por ello, establecemos la necesidad de una ética del cuidado que es emergente de la cultura matrística y opuesta, en esencia, a la cultura patriarcal (Maturana, 1993). En esta última hay negación de la sensualidad que llega a su paroxismo con las formas de exterminio humano. Pero los seres humanos, en nuestro origen, vivimos la sensualidad y la aceptación del otro con la cultura matrística. 

El sexo y el cuerpo eran aspectos naturales de la vida, no fuentes de vergüenza u obscenidad, y la sexualidad tiene que haberse vivido en la interconectividad de la existencia no primariamente como una fuente de procreación sino como una fuente de placer, sensualidad y ternura en la estética de la armonía de un vivir en el que la presencia de todo tenía su legitimidad a través de su participación en la totalidad. Las relaciones humanas no eran las relaciones de control o dominación, sino de congruencia y cooperación, no en la realización de un gran plan cósmico, pero si en un vivir interconectado en el cual la estética y la sensualidad eran su expresión normal (Maturana, 1993, p. 48).

Recuperar nuestro cuerpo es recuperar nuestro origen de aceptación del otro que sólo es posible a través del tejido de la sensualidad con las emociones y el pensamiento. Es decir, de crearnos estéticamente, mirarnos, acariciarnos, cuidarnos, contenernos, alimentarnos, responder el uno por el otro. Esta responsabilidad se entiende cuando me descentro de mí mismo para cuidar y responder en pleno por el otro. Hay que entender que nuestro yo es el resultado de que alguien nos haya cuidado (Gil, 2009). 

La sensualidad se agudiza a través del arte. Solo veo con otras formas, colores, combinaciones; solo oigo con otros sonidos. Esta sensualidad es biofílica, promueve la vida a través de sentirnos plenos, alegres, bellos, expandidos en la flor, el árbol, la luna, la mariposa. Es la condición humana unida a la vida. Negando así esa fuerza de abstracción presente en las religiones dogmáticas, las ciencias positivistas y las sociedades de vigilancia y control que han perdido el profundo sentido terrenal, por tanto mágico, de nuestro cuerpo. Fernando Pessoa hace este milagro de comprender el cuerpo con la poesía. 

Pues queréis que tenga un misticismo

Bien lo tengo.

Soy místico, mas sólo con el cuerpo. 

Mi alma es sencilla y no piensa.

Mi misticismo, es no querer saber

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Es vivir y no pensar que vivo.

No sé lo que la naturaleza es: la canto. 

Vivo en la cima de un otero,

En una casa encalada y solitaria

Y esto me define. 

(Pessoa)

Experiencia del cuerpo: experiencia y formación en el devenir

No podemos seguir viviendo en este artificio que ha hecho del mundo un reino de la supresión del otro al separar realidad-imaginación, sujeto-objeto, cuerpo-mente. Tampoco, continuar en estas sociedades que nos instauran un sentido de vida enlazado a sus requerimientos: el trabajo bajo la prescripción de la producción y el placer bajo la prescripción del consumo. Hay que recuperar el sentido humano. 

¿Qué entendemos por sentido? Crear. Estar abierto al devenir, romper con el lenguaje que prescribe, instituye, determina, codifica, enmudece. Ser expresivo: voy construyendo lo que soy con lo que no ha sido. Renovación, apertura, posibilidad. Este sentido es experiencia que ha sido determinada, asustada, momificada por los detentores del poder. Colocada en el mismo sitio, domesticada en experimento y concepto. Larrosa (2003) explora su sentido, desnudándola en palabra poética que se deja tocar, subvertir, explotar, implosionar, ser desde otro momento y otro espacio en este espacio y este momento. Este filósofo (1998) dice, experiencia es que nos pase algo, que nos afecte este cúmulo de tiempo y espacio, de presencias, creando otras huellas, otras presencias del cuerpo. En la experiencia no existe distancia ni ausencia, somos en lo que no somos, en los sabores nunca probados, en los sonidos insonoros, en los colores que no son prismas del blanco y del negro. Así, la palabra experiencia nos hace alumbrar lo que somos, formación humana que se logra a través de la afectación y conmoción de mi cuerpo. Dicha formación, afirma Larrosa, se da en el devenir plural y creativo que hace llegar hacer lo que se es. Exponiendo mi cuerpo –subjetividad mía– puedo formarme, transformarme, deformarme. Para ello, requiero aventurar, arriesgar, salir de la caverna, reconciliar mi comienzo niño el cual me avizora que yo he sido creador y cuidador de mí y del otro, desde ese sentido del comienzo expresado por el filósofo Bárcena (2005). 

Ese comienzo que nos desinstala de la realidad homogénea y neutral y nos lanza a la aventura del devenir en un tiempo que es uno y muchos, un momento que está aquí y allá convertido en múltiples lugares y no lugares. Soy desde la flor que ha sido astro luminoso. Mi cuerpo ya no es encierro de dolores y alegrías sino que hay remolinos de vidas y muertes, energías que chocan, se abren, se multiplican.

La literatura fractal de la vida

El arte es experiencia y por ello, su magia despierta cuando un lector-creador mago hace explotar en múltiples sentidos la realidad e imprime un efecto dialógico: polifonía de voces.

Cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. Y así mismo es un instrumento mágico, esto es, algo susceptible de cambiarse en otra cosa y de transmutar aquello que toca: la palabra pan, tocada por la palabra sol, a su vez se vuelve en alimento luminoso (Paz, 1998, p. 34).

Así mismo, la literatura deviene a la expansión de la vida y avizora almas tejidas de quienes se atreven a decir lo no dicho. Las palabras poéticas son la extensión de mi cuerpo. Sentidos, emociones e ideas se estiran en la palabra para revertirse en mi propia sangre. 

La literatura y la vida muestran su intimidad cuando la vida ha desplegado su sentido y por tanto, se ha convertido ya en literatura. Solo allí en el espacio imaginario de la literatura la vida alcanza su verdad pero en tanto que esté apartada y como alejada de sí misma (Larrosa, 1998, p. 97).

La palabra literaria es un saber que dice del cuerpo, al escucharla pueden haber más curaciones que enfermedades. Más allá de las prescripciones médicas se puede entender a los ojos, rostro, contornos, huesos, piel, sangre con la poesía. Los pies son más que huesos, piel, sangre, músculos cuando el poeta expresa: “La mujer que tiene los pies hermosos nunca podrá ser fea/ mansa suele subirle la belleza/ por tobillos, pantorrillas y muslos”(Benedetti). La palabra literaria me hace comprender racionalizaciones que se han hecho de mi cuerpo, pienso en la belleza y en esa cortadura que hace de ella Manuel Bandeira cuando escribe: “Lo que yo adoro en ti/ no es tu belleza/La belleza es en nosotros donde existe/ La belleza es un concepto/Y la belleza es triste/ No es triste en sí/ Sino porque lo que hay en ella de fragilidad e incertidumbre”. 

La palabra literaria es fractal de mis sentidos y emociones. Los cinco sentidos no configurados sólo desde su aspecto biológico sino tejidos en la forma del ser. Hay que abrirnos al mundo, explorarlo como si estuviera naciendo, dejar nuestras precauciones, presunciones y prejuicios, iniciar el mundo con la desnudez de los sentidos. Los seres humanos estamos en el mundo por la piel, los ojos, los oídos, la nariz, la lengua. Por la apertura que ellos nos dan. Estos son los orificios, las ausencias que necesitan un otro que los complete. Ellos buscan contacto, olor, sabor, imagen, color, sonido.

Los sentidos están tejidos con mis emociones que son disposiciones corporales en un dominio de acción, según lo configura Maturana. La vergüenza, el odio, la alegría, el amor, la pasión disponen nuestro actuar. “Las emociones corresponden o se constituyen en modos distintos de ver, oír, oler, tocar y moverse” (Maturana, 1998, p. 207). Así, pues, cuando yo estoy apasionada mi cuerpo deja de restringirse para la acción, inventa tiempo de más y siempre hay lugar. Cuando amo soy apertura de sensaciones. Amor y caricia: Ayer te besé en los labios… densos, rojos (Salinas, 1998). Amor y olor: Me persigue tu olor, me persigue y me posee (Jaramillo). Amor y gusto: Tu cuerpo son todas las frutas./Te abrazo y corren las mandarinas… (Belli, 2010). Amor y oír: Para que tú me oigas mis palabras/se adelgazan  (Neruda, 1985).

Palabras finales

Nuestra apuesta por la pedagogía poética invoca a la poesía para que detenga la esquizofrenia, el cinismo y la perversidad instalados en mi cuerpo: microcosmos de la sociedad. Esto es posible a partir de la memoria de nuestras arrugas, líneas, contornos, semblantes; escritura que han tejido los otros en mi cuerpo para que nuevas caricias se acomoden desde manos no pensadas. “La caricia es un no saber: es una ausencia de programación, es un lanzarse a la aventura sin saber lo que se busca” (Levinas citado por Bárcena, 2000, p. 196).

Todo ello, emergido y religado con las palabras de Bárcena:

Referido a Auschwitz, la palabra "dolor" es una "voz" distinta a las voces que dominan el discurso pedagógico contemporáneo. Se trata de esa "otra voz" de la que hablaba Octavio Paz: la palabra poética y esa dimensión del lenguaje capaz de decirnos más cosas y más en profundidad sobre la complejidad de la condición humana, una condición que incluye, por supuesto, también la inhumana conditio. El poema es la casa de la presencia. Es la morada donde habita el testimonio, aquello que no se puede "decir" pero sí "mostrar". La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Como actividad capaz de cambiar el mundo, la palabra poética es revolucionaria por naturaleza y, como ejercicio del espíritu, actividad intrínsecamente liberadora: más que una forma literaria, el poema es el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre (Bárcena).

Bibliografía

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Clara Inés Cuervo Mondragón 

Licenciada en Español principal de la Universidad Pedagógica Nacional. Especialista en Pedagogía de la lengua de la Universidad El Bosque. Estudios literarios en la Universidad Nacional de Colombia. Magistra en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana. Docente en las facultades de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana y la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Escritora de cuentos y ensayos. 

ccuervo@javeriana.edu.co

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 49

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