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David Manzur: entre la obra y el espejo

Por Sandra Patricia Ordóñez Castro
Magisterio
25/07/2018 - 09:45
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Foto de Revista Internacional Magisterio No. 49

Jinetes demasiado reales, tan mortales e inconclusos que dan miedo, montan caballos perfectos en un sentido apolíneo (tan perfectos que despiertan sospecha). David Manzur se para entre la obra en proceso y un espejo, lejos y al mismo tiempo adentro, pensando en que parte de lo que está allí, tiene que salir del encuadre y, una vez más, se pregunta si acaso lo logrará. Así no empieza. Así termina esta historia. 


Sandra Patricia Ordóñez Castro: ¿Qué papel juega el Arte en la vida del ser humano?

David Manzur: El Arte es un vehículo para expresar el trasfondo que uno lleva en la vida. Y el trasfondo es la vida misma, que necesita cobrar forma afuera. Para expresar qué siento yo que es una obra de Arte, puedo hablar de un chofer de bus, que es un tipo que vive muy estresado, empieza a las cinco de la mañana y termina a las 11 de la noche, y es tal el estrés que ha acumulado para entonces, que si se tropieza con alguien, se llena de rabia y lo mata… y la gente que está ahí y que ve este acto, queda asombrada. Ese es el mecanismo exacto de producción de una obra de Arte. El susto de la gente ante el balazo es asombro. El estrés es el trasfondo y el balazo es la obra.
 
S.P.O.C.: En la medida en que potencia una sublimación de ese trasfondo, ¿la sensibilidad artística podría contribuir a una ecología social?

D.M.: El que hoy en día no tiene la sensibilidad para recibir algo que se le propone desde el Arte, de pronto mañana sí la va a tener. Eso es lo que se logra un poco a través de los medios de comunicación: sensibilizar y concientizar a la gente para que pueda entender dimensiones de algo que no es cotidiano. El pueblo nuestro es un pueblo muy necesitado en muchos aspectos y la gente tiene preocupaciones muy apremiantes que no le dejan tiempo para pensar en quién está haciendo Arte ni cómo, ni por qué. Pero, poco a poco, el Arte va supliendo ciertos sentidos y si esto se logra progresivamente, entonces, efectivamente, en vez de un balazo, se produce una obra.

S.P.O.C.: Entonces, además de esa vía expresiva, el Arte entraña también una dimensión dialógica…

D.M.: Desde luego. Yo siempre he creído que para que se produzca una obra de Arte, tiene que existir el artista, la obra y el que la ve. Y el que la ve, la termina. Toda obra, entonces, es aleatoria. Inclusive, uno de mis defectos personales es querer terminar tanto, que no le dejo al espectador la parte para que la termine. Eso es algo que ahora estoy entendiendo. Y necesito cien años más, para seguir entendiéndolo.

S.P.O.C.: Se le reconoce como un artista de técnica muy depurada. Pero, ¿cómo se da la relación entre esa física y la metafísica en su obra?

D.M.: Tiene que haber algo en la vida que lo motive a uno a traducirlo en Arte. Por ejemplo, a mí me interesa mucho la ciencia. Yo estudié Astronomía, aunque no terminé, porque siempre me interesó mucho esa dimensión fuera del planeta en que vivimos, que es uno apenas –acaso mediocre–, en medio del universo. Y me fue muy mal en la Astronomía, una ciencia muy exacta, muy precisa y al mismo tiempo muy especulativa (en el sentido de lo gigantesco e inabarcable de su objeto de estudio), pero me quedó la duda… ese elucubrar sobre mundos que son casi oníricos, mundos de sueño, de pesadilla… Entonces pienso en el deterioro…

S.P.O.C.: ¿Y cómo se conjuga allí ese trasfondo del que su obra es traducción? ¿Cuál es la raíz –hace un instante hablaba en términos de necesidad– que se abre paso en ese territorio de lo inasible?

D.M.: Esa necesidad la tiene todo ser humano, si bien, cuando uno está en el mundo del Arte, lo expresa en sus términos (el músico en música, el artista de las Artes visuales, en términos visuales y el escritor en palabras). Pero es muy difícil poner en palabras lo que termina siendo visual porque llega a serlo precisamente eliminando la palabra.

S.P.O.C.: Quizá la memoria juega un papel importante…

D.M.: Claro. Todo se remonta a mi niñez… yo nací en Colombia, pero desde los cuatro años mis padres me llevaron al África y allí no tenía nada. Era la guerra. Vivíamos a orillas del mar y había un barco hundido… una chatarra de hierro oxidada. A mí me daba miedo ver a mi papá y a mi mamá pelear. Entonces, bajaba la marea y me iba al barco y trataba de esperar a que subiera la marea para que mi mamá no me cogiera. Y eso marcó mi vida. Después me internan en un colegio en España, y los curas, a la hora de la comida, –una comida horrible, porque la buena la mandaban para Alemania–, nos leían la vida de los santos y eso también me marcó la vida. Si tú te das cuenta, eso va creando un trasfondo de cosas inexistentes. De cosas que trascienden la realidad. Se mezcla el barco, se mezcla la edad, se mezcla que uno, cuando tiene cuatro años, cree en todo, y luego se mezcla todo ese mundo de los curas y de los santos, que yo creía que era real (nosotros sufríamos terriblemente con todos esos cuentos de San Sebastián…) Ahora que estuve en Roma, me fui a ver la Teresa de Bernini, que es una obra que me ha impactado toda la vida, y la fui a ver otra vez a ver si cambiaba y no cambié: encontré el mismo misterio en esa obra. Esa historia me la leían los curas allá… lo mismo que la de San Sebastián asaeteado, desnudo… y había una mezcla de erotismo y misticismo en esos relatos. Eso va creando todo ese trasfondo al que me refiero. Y esa es la vida de uno. Luego el tiempo desdibuja eso y ahí es todavía mejor porque ya no se puede poner en palabras… Yo no sé por qué a veces me da por hablar, pero yo no debería estar hablando de esto mucho… es mejor mostrar la obra. De todas maneras, lo que te estoy diciendo se justifica en razón de lo que me estás preguntando. Pero hay un momento en el que yo digo… bueno… si me sigues preguntando, me va a tocar ir al psiquiatra para que me ayude un poco.

S.P.O.C.: ¿Cómo es que llega, entonces, al deterioro?

D.M.: Por ahí va la cosa… y me ha motivado mucho esto de las Ciudades Oxidadas, que es en lo que estoy trabajando ahora mismo. No es tanto el tema en sí… el tema es la parte fácil de una obra de Arte. Es ese trasfondo al que me refiero… que es, para el caso, la consciencia clara de que el mundo se está deteriorando a pasos agigantados. Vamos en un barco que se está hundiendo. Que queden, entonces, por lo menos unos testigos, que no los va a ver nadie, además, porque cuando no haya planeta no sé quién irá a verlos… pero tal vez el hecho de que uno mismo lo sienta, hace que uno sea el espectador de sí mismo y ahí termina todo.

A mí me daba miedo ver a mi papá y a mi mamá pelear. Entonces, bajaba la marea y me iba al barco y trataba de esperar a que subiera la marea para que mi mamá no me cogiera

S.P.O.C.: Hay una gran preocupación de por medio en la que los tiempos parece que se yuxtaponen…

D.M.: Mira: yo hago, a veces, unos viajes a lugares, no de cultura, ni de nada de eso… me voy a bosques, a islas, cosas así, donde no hay nadie, como buscando una respuesta que nunca recibo. No hace mucho me fui a la Antártida… eso lo resumo en imágenes para un réquiem de inusitada belleza y desolación. Enormes pedazos de hielo que pasan y pasan y pasan… es un espectáculo hermoso, pero es el espectáculo de una destrucción irreversible…

S.P.O.C.: ¿Y cómo llega todo esto a la pintura?

D.M.: La cosa, en la pintura mía, se fundamentó mucho cuando llegué a South Giorgia, que son unas islas inglesas que están al frente de las Malvinas y ahí encontré una ciudad oxidada de verdad que me impactó muchísimo y me encontré como si me hubiera encontrado a mí mismo y me reforzó la idea de seguir. Pero eso se mezcla otra vez con la cosa de los curas. En ese convento donde yo estaba interno, en España, había en el comedor cuadros de Velásquez y de Zurbarán y de toda esa escuela del siglo XVII y eso marca mucho. Entonces, hoy en día, en Ciudades oxidadas, aparece Velásquez, aparecen todas estas figuras, pero en otra dimensión… claro… no estoy repitiendo esos cuadros, ni mucho menos… Y hasta ahí te lo puedo decir porque se me acaban las palabras…

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S.P.O.C.: Así como dice que se puede formar sensibilidad desde los medios, ¿Es posible formar creadores desde la escuela?

D.M.: Las escuelas de Arte son una fábrica de ilusiones. Y la palabra escuela además es anacrónica: en la antigüedad, cuando alguien tenía un pensamiento a nivel conceptual y una manera mecánica de resolverlo, se formaba un grupo en torno a ello, y eso era una escuela. Pero esas escuelas, en la modernidad, no existen porque la informática no permite ya la unidad de pensamiento. Eso lo entendí yo siempre y nunca pretendí hacer tal cosa. Hoy en día, ante la diversidad, lo que importa es la propuesta individual y lo que debería haber es talleres en los que se ventile en qué medio se puede expresar mejor lo que cada uno piensa, pero es un error pretender unificar el pensamiento. Por eso, yo tengo una pelea casada con las universidades en general porque creo que ponen una especie de decanos medio curadores que, con base en la modernidad o en la “contemporaneidad”, van marcando una pauta y limitan todo lo demás y, entonces, vuelven el Arte un asunto de cliché. Por ejemplo, Andy Warhol es alguien que propone una cosa de interés, pero imitar a Andy Warhol es una cosa que no tiene sentido. Ese es el ejemplo más fácil, pero hay muchos que están haciendo eso. Pensemos en el caso de Doris Salcedo con la Grieta de Londres que me parece a mí la obra cumbre. No dejo de admirar esa propuesta… esa es altísima filosofía con una consecuencia metafórica enorme, con un gran sentido de contenido. Pero ahí. Que no haya seguidores porque cualquier seguidor caería en el Cliché. Esa mujer es un genio, pero no puede crear escuela porque son ideas tan personales tan radicales y tan decisivas y tan impactantes, que es inútil. Entonces, o se tiene un talento igual, o mejor no se estudia Arte. Y las escuelas se manejan así… no faltará quien esté tratando de que hagan cosas a lo Doris Salcedo… y eso es una falsación.

Con las escuelas, guardadas las proporciones, puede suceder lo que sucedió con Verrocchio y Leonardo Davinci. Estuve viendo hace poco el Bautismo de Cristo de Verrocchio. Al lado derecho del cuadro, en la parte de abajo, hay un ángel. Verocchio estaba pintando ese cuadro y de noche se despertó Leonardo, que tenía, creo que 20 años, y decidió agregarle ese ángel. Y eso le costó que Verrocchio le dijera: “Usted ya no tiene nada que hacer aquí”. Y es lo más emocionante ver la belleza de ese ángel, puesto al lado de esa otra belleza del cuadro. Entonces para qué hablar de escuela… es el mismo caso de Perrugino y Rafael…

Por eso, yo tengo una pelea casada con las universidades en general porque creo que ponen una especie de decanos medio curadores que, con base en la modernidad o en la “contemporaneidad”, van marcando una pauta y limitan todo lo demás y, entonces, vuelven el Arte un asunto de cliché

S.P.O.C.: ¿Cuál es, entonces, el derrotero del Artista?

D.M.: El artista, cuando es grande, no se somete a nada. Y es rebelde y se equivoca y se resuelve y se arregla o se pierde y va y viene, pero no se somete… y lo digo así, con esta frescura, por el hecho de que la experiencia mía, entre errores y aciertos, me permite hacerlo. Yo me equivoqué y yo también acerté y hoy en día soy muy escéptico ante eso de que lo consideren a uno una autoridad y lo llamen maestro… esa palabra que tanto odio, y que es más bien un culto al ego... o a los egos que entran en competencia por un supuesto reconocimiento.

S.P.O.C.: Visto así, ¿el itinerario es sin guía?

D.M.: Hay que mirar alrededor con interés, siempre… uno se mueve en un universo y tiene que mirar en qué se mueve. Yo me miro en mis colegas artistas, amigos y no amigos, y me mido mucho y me cuestiono mucho. Ahora bien, el Arte tiene mucho de cocina, en ciertos aspectos. Si yo tuviera un grupo de gente yo no les podría decir: “usted va a ser surrealista, usted va a ser conceptual…” nada. Pero si la persona es realista, pues requiere elementos de dibujo y se le pueden transmitir, como quien trasmite cómo se frita un pollo, cómo se mezclan colores, cómo se pone el aceite, la trementina, una cosa con otra, pinceles… ese tipo de cosas se puede transmitir al que está por ese lado. Pero no me interesa, como artista, ponerme a emitir juicios… decir “esto es bueno, esto es malo”… no. Inclusive, cuando yo tuve taller aprendí a no rechazar jamás a alguien porque nunca se sabe si eso que uno rechaza después es bueno. En el Arte hay una gran cantidad de contradicciones y no acepto nunca el papel de juez. Me encanta admirar lo que me gusta y soy el primero en gritar cuando alguien es bueno. Y hay mucha gente buena.

S.P.O.C.: ¿En qué radica esa cualidad de lo bueno?

D.M.: Eso es algo difícil de precisar. A mí el Guernica de Picasso me produce lo mismo que las Meninas de Velázquez. El Arte, cuando es bueno, ya no tiene tiempo. Uno ve esas grandes cosas y, a veces, se eriza, pero lo mismo pasa con las grandes cosas que están viviendo con uno y nacen en la época de uno… Cito el caso de Armand, un gran artista conceptual francés, que admiro profundamente y que presenta hace unos años en el Museo Guggenheim de Nueva York, “8 metros cúbicos de aire”. En este caso, Thomas Messer me decía: esto puede reducirse a un chiste. Pero, en el fondo, es aleatorio, porque la imaginación de la persona que conoce la trayectoria de Armand va a crear algo en ese cubo imaginario. Ese tipo de cosas son elementos aislados de mucho valor. Por otra parte, hay artistas, en este momento, que están pintando como Rafael, no volviendo a la filosofía religiosa o cortesana, sino con una mira distinta. Por ejemplo, un artista que pinta un avión, pero en una perfección que no tiene nada que envidiarle a Rafael. Eso lo vi hace poco en Italia y me emociona profundamente. Lo bueno va en cada quien y las opciones son infinitas, pero no todo es bueno.

S.P.O.C.: Quizá el asunto se relaciona con esa capacidad de asombro enlazada a un trasfondo… La mediación original de una necesidad personal…

D.M.: Sí, posiblemente. Balzac decía: El Arte que no asombre, no es Arte. Una obra de Arte que no produzca asombro o que no obedezca a un trasfondo, difícilmente puede catalogarse como tal. La obra de Arte es el fruto de estas cosas.

S.P.O.C.: ¿Qué papel jugaría la educación básica y media en la aproximación del niño al Arte?

D.M.: Todo niño se manifiesta en el dibujo, primero que todo… ese es el lenguaje natural… pero cuando el niño se mete a hacer cosas más elaboradas, aunque mal hechas, quizá da la pauta de que va a ser artista. Ese niño va a estar enredado con unos clichés básicos que le van a ayudar a ser formalista hasta que, de pronto, por mirar, por conocer, por sentido comparativo, empieza a desarrollar una propuesta personal. Y ciertas cosas de la vida le irán dando ese trasfondo… ese motor que lo empujará a expresarse.

La labor del maestro de colegio es abrir las ventanas de la gran curiosidad a partir de la aproximación a lo que existe. Ese mirar, ese comparar, ese conocer, implican que hay alguien que aporta información. Y la más humilde estampita de la Virgen, que el maestro le muestra al niño como forma de Arte, puede ser la llave de esa ventana. Lo malo es cuando llega el muchacho de unos 20 años, con una imagen más o menos sensible y le dicen, por ejemplo, algo como que “tiene que ser moderno”. Ahí ya lo mataron. 

Todo niño se manifiesta en el dibujo, primero que todo… ese es el lenguaje natural… pero cuando el niño se mete a hacer cosas más elaboradas, aunque mal hechas, quizá da la pauta de que va a ser artista.

Manzur conversa, evoca, comparte, sonríe al recordar la noche en que Emilia Ayarza desgarró las cortinas de su casa y se las ofreció en procura de un buen dormir, habla del poder curativo de la zanahoria y de amigos suyos que si no hablan se duermen... (Siguiendo su propio hilo, escapan del laberinto onírico –pienso–. Él, en cambio, evade el hilo. Su laberinto es como un caracol que reverbera por dentro, sin escapatoria posible). –Me canso de oír mi propia voz. Tengo que ir a dibujar (memoria, tensión, trasfondo, tiempo-fractal, ausencia, mutación, herrumbre, grito). Zanahoria. –Conmigo todo es, en cierto modo, incierto (Guiño).

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 49