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De rectorías y rectores

Por Juan Carlos Bayona Vargas
Magisterio
12/10/2017 - 15:30
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Foto de Revista Internacional Magisterio No. 73

Nota preliminar

Tuve la ocasión de ser privilegiado amanuense de varias reuniones de un grupo de rectores (en su mayoría del sector oficial), que a instancias de La Fundación Universitaria Cafam, se convocaran hace casi dos años. Al mismo tiempo, fueron encuentros arduos y amistosos fruto quizás de la sinceridad y la hondura que tuvieron el compromiso de todos sus integrantes. El grupo variaba su número y su composición cada encuentro. Sin embargo, unos doce de nosotros nos mantuvimos estables el semestre que duraron los encuentros. Mitad catarsis y mitad investigación, las reuniones se propusieron indagar desde múltiples ángulos el oficio de rector. Sin autocomplacencias. Sin reflejos condicionados. Sin letanías. De frente. Sin darle lecciones a nadie ni recibirlas de nadie. Simplemente, se trataba de conversar a fondo sobre la figura de la rectoría y sus conjuntos. Desde la experiencia acumulada y por acumular de todos los que nos sentamos a la mesa abierta de la investigación y la palabra. El siguiente artículo es una muestra y una primera entrega (incompleta), de todo cuanto se dijo y se discutió en ellas. Yo tomaba nota y editaba las discusiones. Este es entonces el primer relato de aquellas tardes apasionantes que nos parece que vale la pena contar y compartir.

 

Las primeras preguntas que orientaron las reuniones tuvieron desde el principio un alto contenido autobiográfico. No podía ser de otra manera. Además el espíritu de la convocatoria así lo permitía y estimulaba. Varios de quienes intervinieron refirieron historias de su juventud e incluso de su infancia que los condujeron inexorablemente a la docencia, a la educación. El común denominador de todas las historias, algunas de ellas con acentos muy dramáticos, es el siguiente: el cargo de rector es para tomar decisiones con independencia de la popularidad de las mismas. La popularidad de las decisiones no es un criterio fiable. Ahora bien, el rector está obligado a conocer la cultura institucional (privada u oficial) en la que ejerce su liderazgo. Es casi inevitable generar choques por desconocer esa cultura o peor aún, por ignorarla. Las decisiones que toma un rector no pueden tomarse al margen de los contextos institucionales. Se entiende, en todo caso, que el conocimiento e interiorización de esas culturas por parte del rector se hace con independencia de la popularidad o acogida de sus decisiones. En otras palabras, una cosa no conduce necesariamente a la otra.

 

+Lea: El liderazgo pedagógico y el oficio del rector

 

En segundo lugar, todas las historias refieren al rector como un gran seductor, como un coordinador de esfuerzos, que lo mismo descubre talentos académicos, como encuentra aprendizajes únicos en las colisiones frontales que inevitablemente sufrirá a la hora de la toma de decisiones. Es necesario recalcar, sin embargo, que al contrastar las experiencias de cada rector, de cada relato, hay que tener cuidado con las generalizaciones, pues las instituciones educativas por su propia naturaleza las conforman una infinidad de personas diversas que en el fondo lo único que quieren y con razón, es ser escuchadas. Escuchadas por su rector. Un rector sabe como ninguno que la educación es la palanca del cambio y que él es su instrumento, su punto de apoyo. Pero antes de moverla en una u otra dirección debe afinar muchísimo su oído, aprender a escuchar incluso hasta lo que no se dice, guardar silencio mientras su interlocutor habla y pensar en lo que está diciendo pero no con las palabras que oye sino con el corazón y la intuición que escuchan. Escuchar más allá del aparato auditivo es una ciencia que aprenden los rectores con el tiempo. Que aprendemos. Un rector que escucha significa que no solamente oye. Y sólo es posible aprender a escuchar si se tiene la disposición previa para hacerlo. La disposición del espíritu se entiende.

 

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Los relatos personales fueron cambiando de rumbo. Hubo momentos en que se tornaron aún más íntimos cuando, por ejemplo, dieron paso a la siempre difícil distinción entre poder y autoridad. La autoridad que no el poder, es la que detenta un rector. Y no siempre es así. Un rector en su definición, debe empoderarse para tener autoridad no para quedarse con el poder que en principio le da un mal entendido organigrama. En efecto, un rector debe tener la autoridad que da el conocimiento sin duda, la autoridad que da la cultura sin duda, la que da el haber estudiado sin duda, pero ninguna de ellas se le debe notar mucho porque finalmente es también uno más de aquellos que dirige. Un rector tiene, así se deduce de todos los relatos, otro tipo de autoridad, más preciada que las todas las anteriores. Se trata de la autoridad moral. Moral en un sentido muy amplio. Moral sin moralismos, moral que comparte los miedos y las experiencias y los temores y los errores de sus maestros y de su comunidad; moral que es coherente porque no pide nada que no se haya dado primero a cambio. Un rector puede creer que en teoría hay un relativismo moral, pero no se contradice en lo más mínimo si en la práctica defiende con pasión y convicción principios morales. Lo cierto es que la labor de un rector es compleja. Y la complejidad de su rol de rector se hace evidente en los imaginarios que de él tienen los maestros, muchas veces convertido por amarga paradoja, en obstáculo para el avance de las instituciones. A veces, no le queda más remedio a un rector (o a una rectora se sobreentiende), que convivir con eso, para intentar, a través de sus hechos, modificar el gratuito imaginario.

 

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Así las cosas llegamos todos a afirmar que un rector es dueño, con el paso del tiempo, de un saber práctico que no siempre sabe descifrar. No hay escuelas para ser rector. Como las hay para ser piloto o capitán. Es consciente, un rector, que su saber práctico necesita explicaciones por supuesto. A su modo, como si se tratase de un artesano, muchas veces un rector sabe hacer bien las cosas pero no sabe tanto por qué las hace bien. Y debe averiguarlo. Y en lo posible, sistematizar ese saber. Ahí tiene un reto inaplazable. Y para eso necesita la autonomía de vuelo suficiente para que su colegio vuele sin los sobresaltos permanentes del nivel central, vale decir, de la torre de control, que aun cuando esencial, es sólo indispensable a la hora de despegar y aterrizar. No mucho más.

 

Los rectores vienen en su mayoría de la cantera esencial del magisterio, y es una pena que la ardua labor administrativa les haga perder su original oficio de marino. Decíamos en el párrafo anterior algo de eso. El perfil del rector es el de un capitán que nunca olvida que es también un marino. No parece solamente que el socorrido símil sirva para explicar que un rector es también un decreto que te ponen y te quitan, y que nunca debe olvidar de dónde se viene, de qué galeras, de qué navíos.

 

¿Qué hace sin embargo de lo anterior, que un rector sea rector?

Las respuestas, por supuesto, son muchas. Surge entre todas una con fuerza incuestionable: un rector se impone a todos los demás porque es capaz de separar lo profesional de lo personal. Pero al hacerlo, aprende a la vez, en una especie de equilibrio en movimiento, que nunca está tan lejos lo uno de lo otro, porque aunque dos roles o dimensiones de lo humano, hacen parte esencial de la unidad de formación a la que aspira un educador. El diálogo, por tanto, entre esas dos facetas de una misma persona no es una metodología que aplique un rector, sino una obligación, un destino. Un colegio es gente, son personas. Ese es su centro. Antes, mucho antes que cualquier otro.

 

Terminan estas primeras reuniones con una idea tan simple como contundente. Comprenderá el amable lector que haber llegado a ella supuso horas de fragor dialéctico y tal cual amable acaloramiento. Lo digo porque de otra manera quedarían tan desnudos los cuatro renglones que la contienen que no le harían justicia a su hontanar.

 

+Lea: El deber de cuidado y la responsabilidad civil de la institución educativa

 

Un rector hace cosas que nadie le ha enseñado. Un rector dialoga pero actúa. Y lo hace tanto como cuando un salón de clases se inunda, como cuando la asimetría sindical empaña, en ocasiones, también hay que decirlo, el derecho sagrado a la educación.

 

Juan Carlos Bayona. Rector Gimnasio de los Pinos

 

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 73