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Del amor, el autoconocimiento y la formación ética

Por Sandra Patricia Ordóñez Castro
Magisterio
12/02/2020 - 12:00
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Foto de Freepik

Entrevista con Alejandro Sanz de Santamaría 

A todos aquellos profesores que alguna vez han tocado el cielo con las manos, les asalta después la duda fundamental de cómo lograr de manera permanente y no fortuita, que los estudiantes trabajen motivados por una verdadera pasión de aprender, y no solo para “pasar los exámenes”. Tras analizar las dinámicas que configuraron su propio cielo, la respuesta que encontró el profesor Alejandro Sanz de Santamaría a esta pregunta fue en extremo demandante: debía ser capaz de establecer con cada uno un contacto tan estrecho, que le permitiera comprender de qué manera vivían todos la experiencia personal-interna de su participación en un curso de Introducción a la Ciencia Económica. Así empezó todo. Fueron varios semestres esforzados en los que, valiéndose de colaboradores cercanos, logró que cada quien encontrara ese tipo de atención en sus clases… hasta que, en algún momento, esa experiencia personal se convirtió en el objeto mismo de sus investigaciones… 

Mientras la gente sea propensa a dividir y separar, mientras la gente sea egoísta y agresiva, ocurrirán tales cosas. Si quieren paz y armonía en el mundo, deben tener la paz y la armonía en los corazones y en las mentes. Tal cambio no se les puede imponer. Tiene que venir de adentro. Tiene que ser un descubrimiento de cada quien. Aquellos que aborrecen la guerra tienen que arrojar la guerra de su propio sistema 

¿Cómo es que su apuesta por una pedagogía centrada en la vivencia del alumno derivó en una orientación sistemática de ese proceso de autorreflexión?  

A finales de los años 80 hice varias exploraciones sobre cómo enseñar mejor un curso de Introducción a la Ciencia Económica. Era un curso con cerca de noventa estudiantes, con dos sesiones semanales. Invité a unos estudiantes avanzados a que me ayudaran, y entre todos decidimos dedicar la primera de las dos sesiones semanales a la cátedra magistral que estaba a mi cargo, y dedicarle la segunda a reunirnos en grupos con no más de diez estudiantes, cada uno con un estudiante avanzado o conmigo como coordinador. El propósito central de esta segunda sesión era entrar en un contacto mucho más estrecho y profundo con cada estudiante. 

En una de las últimas sesiones de uno de esos cursos ocurrió algo inesperado: antes de comenzar una de las últimas sesiones magistrales del semestre, un grupo de estudiantes me solicitó que conversáramos un rato sobre por qué los estudiantes en la universidad acudían con tanta frecuencia a la copia. Pero el diálogo fue tan fascinante y aleccionador que terminamos dedicándole toda la sesión a este tema. La experiencia fue tan impactante para mí, que al final de la sesión les pedí un favor, a quienes voluntariamente quisieran hacérmelo: que me escribieran un texto corto en el que me contaran qué reflexiones sobre sus propios comportamientos les había suscitado ese diálogo. Aunque recibí un buen número de escritos, todos ellos muy instructivos y reveladores, uno de ellos, redactado por un estudiante de último año de ingeniería, fue el que tuvo en mí un impacto más profundo y transformador. Este fue su escrito: 

“Sinceramente, en mi vida académica nada me causa mayor intranquilidad que realizar copia, porque este acto es una mentira muy grave que uno mismo se dice y acepta. He buscado soluciones y me he propuesto metas para dejar la copia y, aunque la he reducido considerablemente, no estoy totalmente libre: durante este semestre he hecho copia en tres ocasiones, y las discusiones internas posteriores a la acción han sido muy fuertes. Me he sentido mal y me he sentido impotente para combatir las causas internas que me impulsan a copiar en los exámenes. 

Probablemente algo que me motiva a hacer copia es mi inseguridad: en muchas ocasiones sé que cuento con los conocimientos necesarios para aprobar los exámenes, y sin embargo pienso en hacer copia por miedo a perderlos. También he pensado que los factores internos que me impulsan a hacer copia en las pruebas son producto de la cultura que me han inculcado en mi hogar. El sentido de competitividad creo que lo heredé de mi madre: tengo muy arraigado este sentido, y también el gusto por el riesgo. Es por eso que, aunque tenga los conocimientos necesarios para aprobar un examen, prefiero arriesgarme para aprobarlos con la nota máxima.  

Además de la copia, yo sé que dentro de la universidad he cometido otro tipo de actos que no son éticos. Por ejemplo: en algunas materias de mi carrera se ofrecen bonos para el proyecto final del curso, y en algunas ocasiones he dejado de compartir información (por ejemplo: errores comunes en los que otros grupos pueden incurrir y que yo detecto con anterioridad) para que los resultados de los demás sean más bajos que los míos. Considero que los bonos e incentivos que ofrecen algunos profesores para mejorar la calidad del trabajo terminan provocando en los alumnos comportamientos totalmente salvajes y poco éticos. 

Los profesores motivan voluntaria o involuntariamente al alumno para que cometa actos que no son éticos. Personalmente he sentido mucha presión por parte del profesor en algunas materias. También he tomado clases con profesores que piensan que el alumno es un enemigo, y que crean en mí resentimiento y desmotivación. Consecuentemente pierdo el interés en la clase y surgen actitudes poco éticas como respuesta a estas agresiones.” 

La lectura de este y otros textos me hizo tomar consciencia de los aprendizajes tan importantes que había sacrificado durante todos los años que llevaba como profesor por no haber hecho nunca antes el esfuerzo de conocer de manera mucho más honda y completa lo que cada uno de los estudiantes estaba viviendo en mis cursos, en la educación que se les estaba ofreciendo, y en su vida en general. Comencé a darme cuenta de la ‘violencia invisible’ que los procesos educativos que ofrecemos hoy podían llegar a ejercer sobre los estudiantes, y de la forma como esto puede contribuir a su malformación ética. Y también pude comprobar que tener una relación mucho más estrecha con los estudiantes era una condición absolutamente necesaria para mejorar la calidad de mis propias prácticas docentes.  

¿Qué fue lo que más le impresionó de este ejercicio y por qué derivó esta experiencia en el proyecto de los talleres de autoconocimiento? 

Quizá lo que más me impresionó fue constatar la capacidad que los estudiantes pueden desarrollar para investigar dentro de sí mismos, y en particular para descubrir por sí mismos tanto las causas internas como las externas que motivaban sus propias conductas. Así fue como comencé a vislumbrar cuál es la naturaleza del trabajo que una persona tiene que hacer para avanzar en su autoconocimiento, y la relación tan estrecha que existe entre el autoconocimiento y la formación ética de una persona. Y con el tiempo, a través de las investigaciones que desde entonces he continuado haciendo, he podido comprobar por experiencia dos cosas principales: que solo cada persona puede hacer el trabajo que necesita para poder avanzar en su propia formación ética, y que la condición necesaria y suficiente para que esto suceda, es el progreso en su autoconocimiento. Estos fueron los principales aprendizajes que me condujeron a proponer que se creara en la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes un nuevo curso obligatorio que se llamara Taller de Autoconocimiento.  

¿Cómo se puede caracterizar el conocimiento de sí mismo? ¿Es algo que pueda enseñarse? 

Lo primero que hay que entender es que es un conocimiento de naturaleza radicalmente distinta a la de los que convencionalmente se ‘enseñan’. Se trata de un conocimiento que nadie le puede ‘enseñar’ a nadie, por una razón elemental y obvia: no puede existir antes de que la persona misma haga el trabajo que necesita para comenzar a producirlo, y solo cada persona puede desarrollarlo a través de una observación muy atenta, profunda y honesta de lo que ocurre en su mundo interno. Lo que sí es posible es crear ciertas condiciones favorables para que ese proceso se dé, pero evidentemente, ¡se trata de un trabajo que nadie puede hacer por otra persona!  

¿Qué condiciones son las que se pueden crear para facilitar ese trabajo personal? 

Hay que generar un entorno, un ambiente, de comunicación humana en la que todos los participantes sientan la confianza necesaria para poder expresarse con libertad, sin el menor temor de ser juzgados por los demás. Cada persona tiene que tener la certeza de que va a ser profundamente comprendida y apoyada por todas las demás. Así como el miedo a ser juzgado conduce a las personas a aislarse y bloquearse, la comprensión afectuosa y compasiva las impulsa a compartir con plena libertad la verdad sobre todo lo que sienten y viven en su intimidad. Estas condiciones son esenciales para que en una persona nazca espontáneamente el interés y la motivación, tanto para hacer el trabajo interno que necesita para progresar en su autoconocimiento, como para compartirlo con otras personas.  

¿Qué es lo que se pretende en última instancia? 

Un despertar de la persona que le permita descubrir que cuenta en su interior con todos los recursos que necesita para transformarse a sí misma. Esto es lo esencial. 

¿Se logra realmente impactar de manera tan profunda a las personas a través de estos talleres? 

Permíteme responderte esta pregunta tan crucial compartiendo contigo el testimonio que una estudiante presentó como trabajo final para un Taller de Autoconocimiento que se hizo en el primer semestre del año 2016. Y yo no era el profesor: era una profesora extraordinaria. 

“Hoy es la última clase de Taller de Autoconocimiento. Confieso que al principio no esperaba mucho de la clase y contaba con que fuera de poco esfuerzo y, así mismo, de poco aprendizaje. Veía a mis compañeros como individuos con personalidades y gustos totalmente opuestos a los míos, por lo que no contaba con que iba a hacer amigos. Me daba pereza y, sobre todo desconfianza, tener que contar semanalmente mi vida en un diario, para que lo leyera una persona que yo apenas conocía y que podría o no estar en su casa burlándose de mis anécdotas y situaciones, cosas que para mí eran serias e importantes.  

Poco a poco, fueron pasando las clases y nos fuimos conociendo todos cada vez más. Descubrí las habilidades y defectos de los otros y expuse los míos. Me vendé los ojos y confié en las indicaciones de una total desconocida, que al final demostró preocuparse por mi bienestar tanto como lo hacía por el suyo. Aprendí a persuadir a los demás y defender mis posiciones con la actividad que hicimos sobre “trabajo en equipo”. Aprendí mucho sobre mi personalidad, cualidades y defectos, algo que considero me ha hecho más segura de mí misma a lo largo del semestre. Me abrí y compartí con otros, mostrándome tal cual soy.  

Al inicio del semestre era una persona muy tímida que no quería relacionarse con nadie. Me sentaba atrás cerca a la toma eléctrica para tener el celular cargado y estar desconectada de lo que ocurría a mí alrededor por las 3 horas que duraba la clase. Poco a poco, fui hablando con una y otra persona, y así fui conociéndolos a todos. Ciertamente todos son muy distintos a mí, pero creo que esas relaciones son las que más aportan al crecimiento personal porque nunca se vuelve a ser el mismo después de hablar con alguien nuevo.  

Hoy que se acaba el semestre, y solo desearía que hubiera una clase llamada “Taller de Autoconocimiento 2”. Lo que aprendí en esta materia es invaluable. Apenas apruebo una clase generalmente reseteo mi cabeza y gran parte del conocimiento se borra para siempre. Sin embargo, los conocimientos que hacen ver nuevos trazos sobre uno mismo y que llevan al crecimiento individual actúan como un sello que se hace indeleble con el tiempo. Los aprendizajes de esta clase no quedaron nunca en la mera teoría, sino que expusieron un nuevo yo, que cada vez es más fuerte en cada dimensión de mi vida cotidiana.  

Lo único que espero es no perder nunca lo ganado. Me siento feliz confiando en mis capacidades y creyendo que soy capaz de muchas cosas si me lo propongo. Me gusta que la nueva yo confía un poco más en los otros, y aunque no fui capaz de tirarme de una banca a los brazos de mis compañeros en el taller de confianza, sí creo que veo un lado amable en los otros, y ya no espero que me hagan daño en todas las situaciones.  

Voy a extrañar los viernes en la tarde en los que en este semestre me dediqué a mí misma. Sin embargo, no voy a extrañar en absoluto esa persona que era antes del Taller: sin metas claras, un poco más insegura de sus cualidades y capacidades, sin un plan de vida claro y sin muchas ambiciones a futuro.”  

¿Cómo se enseña a interactuar desde la confianza y el principio del cuidado del otro, cuando las personas perciben sus entornos como violentos y a los demás como una amenaza?  

Creo que la ‘violencia invisible’ que resienten los estudiantes en la mayoría de los procesos educativos que ofrecemos es el resultado de dos factores principales: la competencia que los procesos educativos actuales promueven y alimentan en todas las formas, y la ausencia de un conocimiento mucho más profundo de cada estudiante por parte de nosotros los profesores. Mi sentir es que mientras estas dos condiciones no cambien radicalmente, no será posible que los procesos educativos que predominan hoy en los hogares, los colegios y las universidades incorporen el autoconocimiento como su eje central. Y creo firmemente que mientras esta incorporación no ocurra, seguiremos alimentando directa e indirectamente la violencia y la corrupción que ha ido invadiendo cada vez más ámbitos de la vida social. Déjame que te cuente una historia:  

En los años 70 del siglo pasado, mientras se estaba librando una cruenta guerra en la frontera entre La India y Pakistán, Nisargadatta Maharaj dedicaba toda su energía a atender a la gente que llegaba a su casa a hacerle preguntas y escuchar sus enseñanzas. Un día uno de los visitantes le hizo la siguiente pregunta: ─ ¿No se siente preocupado por el estado del mundo? ¡Mire los horrores en Pakistán del este! ¿No le afectan en nada?  

Personalmente creo que esta pregunta conllevaba una crítica y un reclamo muy fuertes bajo el disfraz de una pregunta ‘inocente’. Esta fue la respuesta del maestro: ─Leo los periódicos, sé lo que está pasando. Pero mi reacción no es como la suya. Usted anda buscando una cura mientras que yo me intereso en la prevención. Mientras haya causas, tiene que haber resultados. Mientras la gente sea propensa a dividir y separar, mientras la gente sea egoísta y agresiva, ocurrirán tales cosas. Si quieren paz y armonía en el mundo, deben tener la paz y la armonía en los corazones y en las mentes. Tal cambio no se les puede imponer. Tiene que venir de adentro. Tiene que ser un descubrimiento de cada quien. Aquellos que aborrecen la guerra tienen que arrojar la guerra de su propio sistema ¿Cómo puede haber paz en el mundo sin gente pacífica? Mientras la gente sea como es, el mundo tiene que ser como es. Yo estoy haciendo mi parte ayudando a la gente a conocerse a sí misma como la causa única de su propia miseria. En este sentido soy útil. 

En esta respuesta el Maestro hace una pregunta que quisiera destacarte: “¿Cómo puede haber paz en el mundo sin gente pacífica?”. Te la quiero destacar porque, si es cierto lo que los resultados de mis investigaciones muestran sobre la ‘violencia invisible’ que ejercen los procesos educativos actuales sobre los estudiantes, es imposible afirmar que la educación esté contribuyendo a que los estudiantes sean personas pacíficas. 

Entiendo. Suelen ser muy iluminadoras las palabras de los grandes maestros de Oriente… 

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Para mí han sido una fuente inacabable de inspiración. El primer libro que leí de un gran maestro espiritual -El vuelo del águila, de Jiddu Krishnamurti- me lo regaló una amiga. Cuando comencé a leerlo me ocurrió algo que nunca me había sucedido: me produjo tal rabia que hubiera querido botarlo contra la pared y pisotearlo. Yo llevaba bastante tiempo estudiando algunos filósofos con un esfuerzo inmenso por comprender lo que ellos querían transmitir, porque yo no estaba familiarizado con los conceptos tan abstractos y complejos que ellos utilizaban. Y ahora me encontraba con unos textos en los cuales el lenguaje era el más sencillo y claro, y ¡yo no lograba comprender nada! Esto fue lo que me produjo tanta rabia aquella noche. Fue mi orgullo el que se resintió. 

Pero varias semanas después resolví llevarme el libro a unas vacaciones. Y, por razones que nunca he logrado entender, ¡comencé a comprender el propósito que ese gran Maestro tenía con sus pláticas y sus libros! Desde entonces no dejo de leerlo a él y a muchos otros grandes maestros espirituales que he ido conociendo y que han sido una fuente extraordinaria e inagotable de inspiración y aprendizajes; han sido quienes me han ayudado a comprender y comprobar algo fundamental: que el avance en el autoconocimiento lleva siempre, necesariamente, al desarrollo espiritual de una persona.  

¿Qué cambió para que su percepción fuera tan diferente con respecto a la de la primera lectura? 

Creo que lo fundamental fue comprender que estos sabios orientales no hablan ni escriben para que uno ‘se aprenda’ lo que ellos dicen. Eso para ellos no tiene absolutamente ningún sentido, porque su propósito es promover que, quienes los lean y los escuchen, descubran por sí mismos (realizando las prácticas que ellos sugieren), que el avance en su autoconocimiento es lo que los habilita para transformarse en unas personas cada día mejores. Por eso lo que ellos plantean en sus charlas y sus textos son afirmaciones e interrogantes que motiven a cada persona a iniciar una investigación interna como la que hace el estudiante que tenía la adicción a copiar. La idea es que al hacerlo, cada quien descubra, por su propia cuenta, si esas afirmaciones son correctas, y encuentre por sí mismo las respuestas a los interrogantes. Esto fue lo que no pude entender en la primera lectura que hice de Krishnamurti. Pero a partir del momento en que comencé a comprender todo esto, he podido obtener innumerables e invaluables aprendizajes. 

¿Como cuáles? 

Uno de los más importantes ha sido la diferencia entre la naturaleza del conocimiento de sí mismo, y la naturaleza de los conocimientos que se enseñan en las instituciones educativas, a la que ya antes hicimos referencia. Esto significa, necesariamente, que la naturaleza de estos aprendizajes tiene que ser también radicalmente diferente a la de los que hacemos en colegios y universidades. Pero explicar esto en forma abstracta para que otras personas lo comprendan es imposible. Por eso voy a relatarte una experiencia concreta de la que obtuve un aprendizaje que me transformó muy profundamente. Creo que con la experiencia que te voy a relatar, podrás ver cómo esta transformación no solo ha traído para mí inmensos beneficios personales, sino también para las personas con quienes me relaciono en la vida cotidiana: 

En una reunión que tuvo lugar a comienzos de la década de los años 90, un grupo grande de académicos estábamos compartiendo algunas de las inquietudes y preocupaciones que nos planteaban nuestros estudiantes sobre la educación que estaban recibiendo. En ese momento yo ya había avanzado en las investigaciones que vengo haciendo desde hace más de treinta años sobre las principales deficiencias de los proceso educativos que estábamos ofreciendo. Mi principal preocupación era que, a la luz de todo lo que había investigado, la dimensión formativa que todo proceso educativo debería considerar prioritaria, no se estaba atendiendo debido a la desproporcionada importancia que le estamos dando a la dimensión cognoscitiva. Mi temor era que, dada esta circunstancia, la educación pudiera estar contribuyendo más a la malformación que a la formación ética de los estudiantes. 

Cuando intervine para plantear esta hipótesis, quien estaba exponiendo se sintió profundamente molesto. Me ‘regañó’ muy fuertemente y me dijo que él no estaba contribuyendo con sus cursos a malformar a sus estudiantes. Y también me dijo que desde hacía ya algún tiempo se había comenzado a sentir muy aburrido y molesto de estar escuchando las críticas que yo le hacía a la educación que estábamos ofreciendo. 

Durante los primeros minutos de su intervención lo escuché muy atentamente, y comencé a tomar nota de todo lo que él estaba diciendo para ‘defenderme’, y quizás también para ‘contra-atacarlo’ con base en los resultados de mis investigaciones. Pero en un momento determinado, inspirado por un texto de uno de esos grandes maestros que había leído recientemente, caí en cuenta de que él, desde su perspectiva, tenía toda la razón en haberse sentido ofendido por el espíritu tan vehemente, arrogante y enjuiciador con el que yo había intervenido. En ese instante dejé de tomar notas para ‘defenderme’ y comencé a escucharlo con mucha atención. Mientras lo escuchaba me fui sintiendo cada vez más avergonzado conmigo mismo por haber intervenido con el ‘mal espíritu’ que lo había hecho. Cuando él terminó, en lugar de contra-argumentarle, le pedí que aceptara mis excusas por la forma tan irrespetuosa como lo había ofendido con mi intervención. También le agradecí por haberme hecho caer en cuenta de la actitud tan prepotente con la que había intervenido. Él, muy noblemente, me agradeció y aceptó mis excusas. Desde entonces hemos mantenido una excelente relación: nunca las diferencias que seguimos teniendo en nuestra visión de la educación y sus deficiencias, ha generado conflicto alguno entre nosotros. 

Creo poder afirmar que desde entonces no he cometido nunca un error de esta magnitud. Años más tarde leí en un libro llamado “You are here” una reflexión del gran maestro espiritual contemporáneo Thich Nhat Hanh que decía: “El amor y la compasión están hechos de una sola substancia que se llama comprensión. Si usted comprende, puede amar. Pero si la comprensión no está ahí, es imposible que usted pueda aceptar y amar a alguien. (…) Su compasión nace de su comprensión de la situación.” Volví a recordar aquella situación y por qué mi intervención había ofendido tanto a mi compañero: mi mala actitud había producido su respuesta. 

Como puedes ver, esta pequeña-gran experiencia me dejó un aprendizaje de naturaleza completamente diferente a los que se obtienen en la educación tradicional: son aprendizajes que transforman nuestro comportamiento, siempre para nuestro beneficio y el de las personas con quienes nos relacionamos.  

Sí, pero en ese caso, ¿cómo hace uno valer su punto de vista? Lo que usted estaba diciendo era algo pleno de verdad y de importancia en su fuero interno, algo a lo que usted había llegado como conclusión después de años de trabajo con evidencia probatoria, y que podía contribuir, desde su perspectiva, a producir mejoras significativas en el ámbito educativo, lo cual era del interés de todo el colectivo que estaba discutiendo…  

Tu pregunta me permite hacer referencia a algo que, en mi sentir, es esencial comprender: que esa ‘verdad’ de la que yo estaba convencido es solo una verdad tan relativa y transitoria como la que profesaba mi compañero. Cada día surgen más evidencias en el mundo actual que nos demuestran que todas las ‘verdades’ que presumimos tener sobre cualquier aspecto mundano son siempre relativas y transitorias.  

Lo fundamental hoy, en mi sentir, es que tomemos consciencia de las consecuencias sociales tan trágicas que esta pretensión de ‘poseer la verdad’ en asuntos mundanos ha tenido en la historia de la humanidad. Quienes tenemos esa pretensión lo hacemos casi siempre motivados por unos intereses ocultos que queremos defender y proteger. Personalmente creo que este ha sido siempre el origen de todas las guerras y todas las formas de violencia que han acompañado a la humanidad durante miles de años como lo muestran tantísimas investigaciones históricas.  

Pero al disculparse, usted renunció a promover esa transformación…  

No. En absoluto. Yo he continuado trabajando cada día más intensamente en todas mis investigaciones para mostrar, siempre con base en experiencias concretas que he vivido, que es posible desarrollar formas alternativas de enseñar que pueden contribuir muchísimo a la formación ética no solo de los estudiantes sino también de nosotros los profesores. Por eso cuando soy invitado a hacer presentaciones, conferencias, talleres o seminarios sobre por qué tengo la convicción de que la educación actual no contribuye al progreso de esta formación ética, jamás acudo a reflexiones abstractas y generales que inevitablemente generan polarizaciones como la que yo generé en esa reunión. Siempre me remito a las experiencias concretas que los estudiantes relatan en los centenares de testimonios que he venido recogiendo en los últimos treinta años. Estos testimonios muestran, en mi sentir, la malformación ética que la educación actual ha producido en muchísimos estudiantes. 

Entiendo. Cuando hablas de las polarizaciones que se pueden generar al alimentar las controversias, te refieres a esa tendencia a dividir y a separar de la que hablaba el maestro de la India… ¡Es verdad que está enraizada en nuestra cultura hasta parecer parte de nuestra voluntad individual! ¡Su principal peligro radica en que apelamos a ella instintivamente como medio para alcanzar los fines que consideramos más nobles! ¡Estamos acostumbrados a pensar que está bien “sacrificar” algunas personas, con tal de hacer prevalecer las ideas que creemos justas…! 

Exactamente. 

Pero entonces, ¿cómo se lucha por las propias convicciones o cómo se promueve el cambio desde lo que uno ha llegado a comprender, sin pasar por la confrontación? 

Mi sensación es que en nuestra cultura, y especialmente en el ámbito académico, hay una tendencia muy fuerte a discutir muchos de nuestros grandes problemas sociales –la violencia, la corrupción, etc.- en abstracto. En la política, por ejemplo, nos aferramos a unas ‘verdades’ que se sustentan con unos argumentos tan generales y abstractos que nadie puede comprobar si en la práctica se pueden comprobar. Mientras sigamos debatiendo en torno a ideas tan abstractas y generales, seguiremos produciendo y reproduciendo las polarizaciones con todos los efectos sociales tan desastrosos que ellas conllevan. 

Debemos entonces, con todo lo que somos, abocarnos hacia el presente y asumir la acción con coherencia y consecuencia… sin “categorías generales”… 

Exactamente. Pero la educación que tenemos establecida, en mi opinión, no nos está llevando en esta dirección.  

Y, por lo visto, la educación que necesitamos es simplemente una educación más amorosa… 

Así es, y, como lo dice el Maestro Thich Nhat Hanh, la comprensión es la substancia del amor y de la compasión. Recientemente, debido a un proyecto en el que ambos participábamos, me encontré con una estudiante a la que le dirigí su tesis de grado hace veinte años en la universidad. Me escribió una carta lindísima y mira lo que me dice en ella sobre la importancia que puede tener el amor en los procesos educativos:  

“Un día amaneció y yo ya no tenía ni la menor idea de quien era. La inteligencia se quedó corta para definirme y entonces el vacío aprovechó para reclamar el trono. ¡Qué desespero tan espantoso! Estaba a nada del diploma de economista y estaba perdida. Literalmente mi ‘yo’ no se encontraba, y encima de todo con una tesis por inventar. Estaba en impasse. Supe que más que un director de tesis necesitaba un guía. Entonces te recordé. Solo había estado en una clase contigo, un seminario de investigación tal vez, pero recordaba perfectamente la sensación de estar en un espacio amoroso donde, por primera vez en mi historia como estudiante, sentí que se reconocía algo valioso dentro de mí, que estaba más allá de mi capacidad para absorber conocimientos…” 

Eso es lo esencial: que en todas las relaciones educativas que se establezcan en los hogares, los colegios y las universidades se respire un amor verdadero. Porque cuando el estudiante siente que el profesor está interesado en todas las dimensiones de su persona, y no solamente en lo que sabe, desarrolla una gran confianza, tanto en el profesor, como en él mismo. Y en la medida en que es escuchado y comprendido, esa confianza que se va consolidando, le permite descubrir que en lo mundano no hay respuestas absolutas, y que él es el único responsable de avanzar en el camino de su propia formación como ser humano. 

Esta entrevista pertenece a la Revista Internacional Magisterio No.100 Educación para la felicidad 

Foto de Freepik

 

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