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Del viento… y de las voces que lo pueblan

Magisterio
27/03/2020 - 09:45
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Foto de Pixabay
Tal vez si uno fuera una tirilla de papel enredada en el alfeizar de una ventana, pensaría más en el viento… o si fuera un pájaro, menos a merced de las corrientes encontradas, pero presto a leer sus coordenadas invisibles para trazar nuevas maniobras.  Quizá también, si fuera el lienzo blanco e inmenso de un velero, gozosa superficie transfigurada  en ala monumental del ángel del destino, tendría por vocación el encuentro con la voluntad tempestuosa del Levante.  Y si fuera lago, conocería el misterio de la sutil caricia que pone el universo de su reflejo perpetuo en movimiento.  Si fuera espiga, hombro desnudo,  llama danzante con corazón de leña (flor de fuego), copa de árbol, caverna de doble entrada en las alturas: flauta mística de canto sincopado… sabría que el viento existe y amaría, sin jamás haberlo visto, al viento.
Pero ¿qué clase de amor o de añoranza, qué clase de furtiva alianza indescifrable sería esa en cualquier caso?
El viento… el viento… el viento… es presencia inasible… don sin cuerpo.
¿Quién pudo jamás regalar a su maestro una bolsa de viento? 
Y sin embargo, de habérsela podrido regalar a alguien, debería haber sido a él sin duda, porque precisamente él, el maestro, es un prestidigitador de vientos… ¡Y es que sí somos todos esos acasos que el viento esculpe y transfigura!  Y todos alguna vez sentimos a nuestra espalda una corriente poderosa, o sentimos el soplo bienhechor capaz de encender una chispa de deseo en el corazón.  Allí estaba el prestidigitador identificando y conduciendo los vientos con hilos invisibles y elevando cometas que, una vez suspendidas, eran liberadas y se convertía en palomas… 
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(Las siguientes son frases que deben ser dispuestas como trazos de una propuesta discursiva gráfica:)
Una vez me dijo que la vida no es para los que dicen “yo quisiera” sino para los que dicen “ya lo hice”.  No lo olvidé nunca.
Me enseñó que en  cada persona habita un Maestro y que hay que abrir la mente y el corazón para poder verlo. Me tomaré toda mi vida para entender y ser fiel a esa enseñanza.
Se tomaba el tiempo para escuchar a cada quien, como si no existiera nada más en el mundo en ese instante.
Me enseñó a hacer una torta de queso sin queso.  Aprendí que cualquier cosa es posible. 
Me enseñó el valor de las palabras y me hizo notar que si prestaba la suficiente atención, detrás de cada una podía descubrir una revelación (¡…!).
La profesora que recuerdo es una que reconoció en mí de manera directa mis cualidades, y a quien sentí cerca y con la que, como con ninguna otra, me sentí en confianza...
Todo nos lo enseñaba a través de experiencias vivenciales propias y siempre nos animaba a dar ejemplo como profesionales y como personas.
Con él uno nunca se sentía como “un alumno más”.
Me ayudó mucho en mi proceso, tanto profesional como personal.  La llevare muy presente en mi corazón y el camino de mi vida por ser una gran mujer que me enseño a ser fuerte y perseverante... Ahora le agradezco por ser presencia en la ausencia.
Una vez me dijo “Defiende tus sueños como defenderías tu vida, porque eso son”.  Creo que es una de las cosas más importantes que alguna vez me hayan dicho.
Jajajaja… después de llenar el tablero completo dos veces resolviendo un problema de Física, obtuvo una respuesta diferente a la del libro y dijo “Es que el libro está mal”…  Así aprendí que a veces uno debe creer en lo que hace, aun en contra de la evidencia…
Él fue muy importante para mí porque fue de los profesores más exigentes que tuve en el colegio: Recuerdo que una vez me dijo que yo era como un semáforo (a veces estaba en luz verde, lo que quería decir que trabajaba muy bien y por lo tanto avanzaba con facilidad, pero que a veces estaba en luz amarilla y entonces, aunque avanzaba, lo hacía muy lento con tendencia a frenar y, finalmente, que había momentos en que estaba en luz roja y definitivamente no avanzaba en nada en cuanto mis posibilidades.  Él creía en ellas y siempre estuvo un paso detrás de mí, animándome a hacer mejor las cosas, a exigirme más.  
De ella aprendí que el Arte es una cuestión de entrega y de fe… Me dijo: “Sólo entrégate y confía.  Si lo logras desde el fondo de tu corazón sólo hay que esperar: La magia Siempre llega”.
Dijo: “En triunfo está en ustedes.  Piensen en eso y vencerán”. 
Era un profesor "temido" en el colegio por ser muy estricto.  Sin embargo, aunque pocas personas tuvieron la oportunidad de notarlo, fue un apoyo inmenso en la solución de problemas y, en momentos difíciles, siempre demostró ser una persona de gran corazón.
Una clase con él era mucho más que una clase. Hablaba con pasión.  Le brillaban los ojos.  Era capaz de tocarte el corazón.  De hacerte sentir ganas de lanzarte hacia el futuro.
La verdad es que desde el principio, no sé por qué, ella me transmitió mucho miedo. Sin embargo su clase me encantaba: se me hacia la mejor, muy productiva. En los parciales yo entraba en shock…sudaba… ¡en uno hasta llore! Y ella se me acercaba y me hablaba y al final, me iba muy bien.  Ella me hablaba mucho, y se relacionó muchísimo conmigo… ¡Al final hasta me tomaba el pelo y teníamos muy buenas relaciones! Todos los días me preguntaba cómo estaba y me preguntaba cosas de la clase, y  yo le respondía muy bien y con seguridad...  Ella fortaleció mi seguridad en mí misma.
Nos daba clase debajo de un árbol.  Siempre debajo de un árbol, y decía que el árbol era el verdadero Maestro…
Solía decir que uno no debía arrepentirse de lo que hace sino de lo que deja de hacer. Por eso siempre que dudo, me acuerdo de ella y me arriesgo, para luego no tener que arrepentirme por dejar pasar una oportunidad. 
Una vez me dijo “Estás loca.  Felicitaciones.  El mundo necesita locos como tú”.
Me dijo que él me había enseñado algunas cosas, pero que yo le había enseñado a ser libre…  
Yo la despreciaba.  Y a su clase.  Por eso, no iba nunca.  Una vez fui con el temor de que me recibiera con hostilidad o que me pusiera en ridículo delante de los compañeros.  En lugar de eso,  me puso una mano en la cabeza, se inclinó y me dijo al oído “¡qué bueno verte!”
Tenía la extraordinaria capacidad para establecer un diálogo íntimo con cada uno, en un auditorio lleno de personas diferentes. 
Me enseñó que pensar era abrir los conceptos como quien abre una jugosa sandía con las propias manos. 
Estaba dictando una clase sobre la intrincada lógica de los números imaginarios (i).  Yo la interpelé con una pregunta simple: “¿Para qué sirven los números imaginarios?”  Después de argumentar un rato, admitió que en realidad los números imaginarios no “servían” para nada, lo cual no hacía menos importante su estudio.  Aprendí que a veces uno debe esmerarse por entender el sin-sentido.  Ella aprendió que es importante percatarse de él. 
Foto de Pixabay

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