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Educar para crear

Magisterio
22/03/2016 - 09:30
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Una mala educación constituye un inmenso lastre. Para una persona, las deficiencias educativas se traducen en restricciones para insertarse en el mercado laboral, para ejercer los derechos políticos y para acceder a las posibilidades de crecimiento que brinda el entorno. Para una sociedad, un sistema educativo deficiente no solo implica elevar todos esos problemas a una escala colectiva, sino que, además, representa una condena a la pobreza y al subdesarrollo.

Aunque esas ideas no son novedosas, pocas veces habían sido tan importantes para los países latinoamericanos como en la actualidad. Esta afirmación puede parecer extraña cuando la denominada “década de América Latina” ha representado altos niveles de crecimiento que han ubicado a la región como la segunda más dinámica del orbe, después de Asia, y han sacado a decenas de millones de personas de la pobreza. Sin embargo, los motores del crecimiento reciente de América Latina no son sostenibles y se han empezado a agotar.

En lo corrido de este siglo nuestras economías disfrutaron de un auge inusitado de los precios de nuestras exportaciones primarias, que se ha empezado a revertir. En el mismo lapso las economías emergentes han recibido abundantes capitales internacionales como efecto de las políticas monetarias expansivas de los países desarrollados, fenómeno que desaparecerá cuando las autoridades de esas naciones anuncien que la amenaza de una recesión está conjurada, lo que debe suceder en el transcurso de 2014 según la mayoría de los analistas económicos.

El agotamiento de ese impulso proveniente de la economía mundial hace temer por la sostenibilidad del dinamismo económico de nuestros países. Además, nos obliga a fijar la atención en los verdaderos motores de un crecimiento sostenible: la productividad y la innovación. Y es entonces cuando aparece como una variable fundamental la calidad de la educación.

Este artículo evalúa la situación de Colombia en el marco de estos planteamientos. Las preguntas de fondo son relevantes para todos los países latinoamericanos. ¿Supimos aprovechar la bonanza reciente para mejorar la calidad de nuestro capital humano? ¿Estamos preparados para reemplazar los factores de crecimiento externos por unos motores internos basados en la productividad y la innovación?

La respuesta para el caso colombiano es negativa, según se explica en los párrafos que siguen. En la siguiente sección de este capítulo se esbozan los principales rasgos del auge reciente de la economía colombiana. Posteriormente, se señalan las deficiencias de esos años de crecimiento. Finalmente, se proponen algunos derroteros de lo que se requeriría para salir de la trampa de la mala educación, a partir de los conceptos inherentes a una formación para la creatividad.

El lado bueno de la historia

En lo corrido de este siglo, la economía colombiana ha tenido un desempeño sobresaliente. En la última década el crecimiento económico alcanzó un promedio anual de 4,7%, lo que constituye una mejora significativa frente al 3,4% promedio anual en los años ochenta, y al 2,6% promedio anual de los noventa.

El buen comportamiento de la economía colombiana también sobresale desde la perspectiva internacional. Aunque otros países latinoamericanos recientemente han tenido un buen dinamismo, el crecimiento de Colombia supera el promedio regional, tanto si se tienen en cuenta las últimas tres décadas como si se toma solo la última década. Gracias a este dinamismo, el Producto Interno Bruto (PIB) colombiano medido en dólares prácticamente se duplicó entre 2002 y 2012, un hecho sobresaliente en un contexto en el que las economías desarrolladas se encuentran en estado de estancamiento.

Este auge ha sido el resultado de causas internas y externas. En el frente interno se destaca el avance de los indicadores de seguridad del país, que ha restablecido la confianza en el futuro de nuestra economía: desde 2002 se ha registrado una reducción de la tasa de homicidios y del número de secuestros, así como una caída del número de atentados terroristas en el territorio nacional. Esa mejora ha tenido un impacto significativo sobre la inversión, que pasó de rondar 16% del PIB en 2002 a representar casi el 28% en 2012, una de las cifras más altas de América Latina.

En el frente externo, la economía colombiana ha vivido en este siglo una situación similar a la que han encarado otros países latinoamericanos, caracterizada por un aumento de los precios de los productos primarios que exporta la región. Ese fenómeno fue el resultado, principalmente, del aumento de la demanda de países en franco proceso de expansión, como China y otras naciones asiáticas.

La trampa de los ingresos medios

No es razonable esperar que la economía colombiana se siga nutriendo de estos factores, como lo ha hecho en los últimos años. Por un lado, el impacto de la mayor seguridad sobre la inversión tendrá efectos marginales cada vez menores. Por otro lado, el auge de los precios internacionales de las materias primas ha empezado a ceder, producto de la relativa desaceleración de China y otras economías asiáticas, así como del estancamiento del crecimiento de los países desarrollados.

A ello se suma la reversión de la abundancia de capitales que ha caracterizado a la economía internacional en los últimos años. Durante buena parte del año 2013 la discusión económica en Estados Unidos giró alrededor de la inminente decisión de la Reserva Federal de empezar a apretar su política monetaria, lo que sucederá en 2014 y significará un menor impulso externo para las economías latinoamericanas.

Esta reversión de las condiciones externas encuentra a Colombia en condiciones adversas. El crecimiento económico reciente y sus fuerzas subyacentes han puesto al país en riesgo de caer en lo que los expertos en crecimiento económico han denominado la “trampa de los ingreso medios”.

La naturaleza de este concepto es simple: muchos países pobres pueden dar un salto de crecimiento gracias a sus abundantes recursos naturales y a su mano de obra barata, pero es mucho más difícil que sigan creciendo cuando su trabajo se vuelve costoso y sus materias primas se empiezan a agotar. De hecho, el apelativo “trampa de los ingresos medios” surge de estudios empíricos que muestran que muchos países del mundo han entrado en una etapa de estancamiento cuando su ingreso por habitante ha llegado al rango de 10.000 a 15.000 dólares anuales.

El caso de Colombia es preocupante por tres motivos. En primer lugar, el ingreso per cápita colombiano superó hace un par de años la barrera de los 10.000 dólares anuales, límite inferior del rango en el que se presenta la trampa de los ingresos medios según los estudios empíricos.

En segundo término, la mano de obra colombiana se ha encarecido dramáticamente en términos internacionales, fruto de ese aumento en el ingreso por habitante y de la revaluación del peso. En la última década el salario mínimo colombiano medido en dólares se ha triplicado, sin que se haya dado un aumento en la productividad del trabajo que compense esos costos.

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En tercer término, la muy promocionada bonanza minero-energética del país está empezando a debilitarse. La caída de los precios internacionales ha puesto en tela de juicio el desarrollo de varios proyectos mineros, y las reservas actuales de petróleo solo alcanzan para unos ocho años más, a la tasa actual de producción y si no hay nuevos hallazgos de gran magnitud.

De esta manera, el deterioro del entorno internacional y la probabilidad de que la economía caiga en una trampa de bajo crecimiento ponen de presente la urgencia de analizar qué han hecho otros países como el nuestro para alcanzar procesos de crecimiento dinámicos y sostenibles.

Educación para la innovación

Los estudios sobre crecimiento económico suelen clasificar las economías emergentes en dos grupos: las que han tenido un dinamismo irregular, especialmente marcado por circunstancias externas, y aquellas que han logrado consolidar un crecimiento estable, determinado por la solidez de su productividad. Las economías latinoamericanas están en el primer grupo, mientras que el ejemplo paradigmático del segundo son las economías asiáticas.

Un ejemplo sirve para ilustrar el curso divergente que han tenido ambas regiones. Mientras en 1980 Corea del Sur y Colombia tenían el mismo nivel de ingreso por habitante, en la actualidad el surcoreano triplica el colombiano.

Varios factores explican el éxito de Corea del Sur, pero, sin duda, uno de los más importantes es la formación de su capital humano y su efecto sobre la productividad. Desde 1980 el desarrollo coreano ha pasado por tres etapas: en los años ochenta sus esfuerzos se concentraron en hacer un uso eficiente de sus recursos; a fines de siglo se profundizó una etapa de imitación y aprendizaje de los procesos productivos de economías avanzadas; y en los últimos años se ha dinamizado una nueva era caracterizada por la innovación, con grandes inversiones para fortalecer la calidad de la educación y la competitividad en general.

La situación de Colombia en esas dimensiones es preocupante. Aunque el crecimiento reciente le ha permitido al país ubicarse en el lugar 31 en el mundo de acuerdo con su tamaño, el rezago en otras variables relevantes para esta discusión es evidente. Colombia ocupa el lugar 61 en el índice Global de Innovación 4 y el 69 en el escalafón de competitividad del Foro Económico Mundial.

Lo más preocupante es que el país está inmensamente rezagado en lo referente a la formación del capital humano, elemento clave para el impulso de la innovación y la productividad. El desempeño en las pruebas PISA de educación de 2009 (últimas para las que hay resultados en el momento de escribir este artículo) fue alarmante: el país ocupó el lugar 54 en ciencia, el 58 en matemática y el 52 en lectura, con el agravante en este último caso de que, según las pruebas, la mitad de los muchachos colombianos de 15 años no entienden lo que leen.

La precariedad de estos resultados, por sí sola, pone de presente la apremiante necesidad de que Colombia haga una reforma profunda de su proyecto educativo. Sin embargo, los cambios no se deben dar de cualquier manera, sino que deben estar en función de las necesidades de una economía que enfrenta el grave riesgo de caer en una trampa de crecimiento mediocre.

Colombia debe replantear su proyecto educativo para preparar su capital humano para una economía que base su crecimiento en la innovación. Aunque la discusión de las características de esa clase de proyecto educativo desborda los alcances de este artículo, vale la pena mencionar algunos de los  elementos que debería tener en cuenta una formación orientada a fortalecer las aptitudes creativas de las personas.

La capacidad creativa e innovadora de un individuo tiene que ver con distintos factores como su capacidad cognitiva, su ámbito familiar, su entorno educativo y su potencial intelectual. La mayoría de esos elementos se pueden cultivar y modificar, lo que significa que la creatividad es una capacidad que se puede fomentar. Aunque hay diversas perspectivas sobre el desarrollo de la creatividad, algunos factores emergen como un denominador común.

Para que una persona pueda sobresalir en el campo creativo debe tener una educación adecuada, que privilegie el aprendizaje de conceptos sobre la memorización de información, que enseñe las cosas en contexto y que sea pertinente para la vida práctica.

Además de contar con una educación adecuada, una persona creativa debe sentir pasión por lo que hace, desarrollar una gran destreza en su oficio y tener el propósito de trascender fronteras en su trabajo. Cada una de estas facetas se desarrolla en un momento distinto de la vida de un creador y requiere diferentes circunstancias.

Para un creador es fundamental sentir pasión por lo que hace y derivar gran placer de ello8. Por eso, un niño debe tener la libertad necesaria para identificar qué le gusta, antes de perfeccionar su destreza en esa actividad, proceso en el cual el juego y la exploración tienen un papel fundamental. Una vez identificados los intereses del niño, se debe iniciar el desarrollo y el perfeccionamiento de sus capacidades en esa área. De esta manera, tras una etapa de gran libertad para identificar qué le gusta, el niño debe empezar un periodo de gran disciplina para desarrollar sus destrezas en esa área.

Muchos individuos pueden sentir pasión por lo que hacen y tener destreza para ejecutar su oficio, pero los creadores deben tener, además, el ímpetu necesario para desafiar límites y superar obstáculos. De hecho, las personas creativas suelen tener algunas características que los convierten en seres extraños para el resto de la gente, como la testarudez, el ímpetu competitivo y una actitud temeraria frente a los desafíos.

En el marco de los lamentables resultados de Colombia en las pruebas de educación, vale la pena preguntarse con qué frecuencia vemos en nuestras aulas estos elementos: aprendizaje de conceptos (y no de información), enseñanza en contexto de cosas relevantes para la vida práctica, estímulo de la curiosidad, juego, pasión, sentido de propósito… No hay que pensarlo mucho para concluir que el país requiere urgentemente un replanteamiento de su proyecto pedagógico y que esos elemento no pueden seguir estando ausentes de él.

Tomado de: Revista Internacional Magisterio No. 66. Habilidades del pensamiento