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El abrazo

Por Sandra Patricia Ordoñez
Magisterio
02/12/2015 - 10:30
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Sin título (detalle). Luis Caballero, 1980. Carboncillo sobre papel. Colección de Arte del Banco de la República. http://www.banrepcultural.org/prensa/boletin-de-prensa/una-exposici-n-de-luis-caballero-llega-pasto

El tráfico de la ciudad me ha traído con cierto retraso y, sin embargo, pronto en ese tiempo que no marcan los relojes... Espero. Un resquicio en el enorme ventanal permite el coqueteo del viento con la cortina blanca que no desiste en el empeño de ese utópico abrazo. Y sí: hay un gato... que igual que el viento va y viene... pero su juego es de evasión... es otro, pienso. También Beatriz va y viene. Como el gato, pienso. La tarde avanza imperturbable. Todo en derredor parece parte imprescindible de la alquimia que esa mujer ha elegido por oficio y que le permite mantener con vida a los que ya se han ido. Al frente hay un espejo que me devuelve mi propia imagen si lo incito a ello. Espero. Finalmente, Beatriz se detiene y se concede plena... para hablarnos de Luis, su hermano, el que pintó los cuadros.

S.P.OC.: ¿Qué la movió a concedernos esta entrevista?

Beatriz: Generalmente soy muy tímida y me cuesta trabajo dar entrevistas. Sin embargo, Luis, cuando murió, me dejó encargada de su obra: él puso en su testamento que todas sus obras, las que estaban por el mundo en diferentes galerías y las que estaban en su taller, todas me las dejaba a mí “para que yo hiciera con ellas lo que me diera la gana”, así, con esas palabras. Él no pidió nada, pero en ese momento yo sentí un enorme compromiso y sentí la necesidad de trabajar para que Luis siguiera vivo. Por eso, pues he tenido que ir venciendo esa timidez. Esta entrevista la acepté porque la van a leer profesores y posiblemente estudiantes... y en relación con esto, porque me gusta cómo me planteas que hagamos esta conversación. Me refiero a que yo nunca me he sentido capaz de sostener una charla con un crítico –aunque ya llevo más de 15 años, casi 20, mirando los cuadros de Luis todos los días, organizándolos, poniéndoles fecha si no la tienen, mirando cuadros falsos que me traen, que es un trabajo difícil, poniéndome en los zapatos de Luis en relación con el destino de sus obras, pensando en qué haría él...– Entonces, volviendo a los que van a leer esta entrevista, me gusta pensar que no es solo que reciban todas esas palabras difíciles de los críticos y todos esos análisis en lo que, respecto a la obra de Luis, más o menos todo el mundo coincide: (que en ella se manifiesta el erotismo, el misticismo, la violencia, etc.), pues eso... el que tiene ojos, lo ve... Me gusta pensar que, más que eso, van a poder saber algo acerca de cómo era él, cómo vivía, y, por ejemplo, las cosas que le decía a la gente con inquietudes acerca de la pintura... Cuando Luis veía a algún joven que quería dedicase a pintar, le decía: “Si tú quieres ser pintor, tienes que dibujar por lo menos ocho horas diarias...”

S.P.O.C.: Sí... se trata más acerca de quién era él y de su relación con el mundo y con el Arte... relación de la cual, la obra es apenas una consecuencia... Cuéntenos entonces cómo era él, y desde cuándo lo vio pintar.

B.: Yo vi pintar a Luis desde chiquito. Sobre todo, de chiquito, porque, de grande, él era como un gato montés: no le gustaba que uno lo mirara, ni que le hablara, ni que le esculcara, ni nada... así que, ya al famoso yo realmente no lo vi pintar, pero, pues, lo había visto hasta los 20 años, todos los días, porque él no hacía más. Desde los 6 años por ahí él dibujaba, como todos los niños, pero él era todo el día, y decía que a él lo único que le gustaba era dibujar. Luis era muy tímido y le gustaba mucho estar solo... era muy huraño... Pues iba al colegio y esas cosas, pero no tenía amigos en el colegio... un par de amigos particulares... (el uno se suicidó cuando acabó el bachillerato y el otro ahí sigue y es un gran amigo mío), pero por lo demás, Luis se la pasaba leyendo, (porque en mi casa, pues con papá escritor, pues había esa inmensa biblioteca que tú ves)... y, claro, dibujando. Detestaba los deportes. Se escondía en el baño en el colegio a la hora de la clase de gimnasia, y decía que le gustaba dibujar porque era una forma de estar solo. 

S.P.O.C.: ¿Y qué dibujaba?

B.: Dibujaba muchos paisajes, cuando chiquito, sobre todo marinos... inventados y también del natural, en vacaciones cuando vivíamos en España... Luego, de adolescente, en Boyacá, donde papá tenía una casa, me acuerdo que mamá lo llevaba por la carretera y lo soltaba por allá en un potrero donde había unos eucaliptos... él tenía por ahí quince años cuando hizo esos cuadritos, que están en Tipacoque, en la finca nuestra... son unos óleos y son buenos. 

S.P.O.C.: ¿Qué pensaba la familia acerca de esta vocación irrestricta por la pintura?

B.: Mamá, que era práctica y sensata y todo eso, pues tenía sus temores. Ella le decía: “Pero qué tal que no tengas éxito, qué tal que tus cuadros no se vendan... ¿por qué no estudias algo? ¿Por qué no estudias arquitectura?..." Pero él decía no, no. Y pues papá y mamá no le insistieron para nada. Finalmente, Luis estudió Bellas Artes, que era lo que quería y mamá, aunque se murió joven, alcanzó a verlo en todo su apogeo, afortunadamente. 

S.P.O.C.: ¿Qué otras cosas recuerda de esa Infancia juntos? 

B.: Me acuerdo mucho de esos veranos en la Costa Brava. Íbamos a un pueblito que se llamaba Port de la Selva, que era de pescadores. Nosotros éramos los únicos viajeros. En esa época todavía no existía el turismo. Y en ese pueblo había dos playas: la playa principal, que era de arena, a donde iba todo el mundo, y había otra playa atrás, que era de piedras redondas, donde caminar era más difícil, pero el agua era transparente, preciosa, llena de pescaditos y de corales... había toda clase de corales... En esa época, si yo tenía siete años, pues Luis tenía once... Antonio y María del Carmen, mi hermana mayor, eran más sociables y se iban a la playa de al frente y hacían amigos, en cambio Luis no. Él me agarraba a mí, que era igual de tímida que él, y nos íbamos los dos solos para esa playa y cogíamos corales y conchitas... Todavía tengo unas conchitas de esas que cogíamos juntos, que se llamaban las conchitas del niño Jesús, que son como si fueran ostras por fuera y por dentro tornasoladas... Me acuerdo mucho de eso...

S.P.O.C.: ¿Le gustaba Bach?

B.: En esa época sí. En la casa se escuchaba a Mozart y a Beethoven, pero él buscaba otras cosas... ponía a Bach... música contemporánea... siempre otras cosas...

S.P.O.C.: ¿Y se enojaba muy a menudo? 

B.: Pues, en ese entonces había el cuarto de los niños y el cuarto de las niñas, y él con Antonio, mi hermano, no se soportaban, se peleaban (aunque jamás se pegaron... eran unas peleas de palabra tremendas)... hasta que una vez Luis se desesperó y cogió su colchón y se subió a la mansarda y dormía allá arriba como un anacoreta. En las peleas, como yo era la chiquita, y mi hermana mayor nunca estaba (ella siempre estaba en otra parte, en Inglaterra o en España, o después estaba de novia o hablando por teléfono, después se casó... y era mayor)... entonces a mí me ponían de juez: ¿cierto que fue él el que empezó?, ¿cierto que Antonio me dijo que no sé qué?, ¿cierto que Luis me dijo tal cosa? Y a mí, chiquita y boba y gorda y tímida y callada, me tocaba mediar y me tocaba tomar partido por alguno y entonces el otro me odiaba... Así que me tocaba esperar hasta la otra pelea para tomar partido por el otro y poder así reconciliarme. Luego, cuando ya superó esa adolescencia, y mucho más adelante, cuando ya aceptó su condición de homosexual, como que se tranquilizó y se volvió risueño, y bueno... también muy sarcástico en sus comentarios, pero se reía mucho y le fascinaban los chismes y conversábamos de los novios y de si este me miró y si el otro me vio... Yo fui muy amiga de él siempre y él me tenía siempre como bajo su ala protectora, y yo le conocía a todos sus amigos y a muchos novios... me enamoré de muchos novios de él... ¡competíamos!...

S.P.O.C.: ¿Y cómo era la competencia... tensa o amistosa?

B.: No... era jugando. Él era muy juguetón en ese sentido amoroso. Entonces, por ejemplo, él vivía en París y venía en los veranos y entonces yo lo veía y venían los amigos y yo los conocía... Y un día, desde París, suena el teléfono y contesto: ¿Tú te cuadraste con no sé quiencito? Y le digo: yo no, Luis, no he podido. Y me dice: ¡Ay, yo tampoco! Y la verdad fue que ninguno de los dos pudimos... ja, ja, ja...

S.P.O.C.: Bueno... me está hablando de una transformación impresionante en su carácter... ¿Usted cree que, de alguna manera, eso se ve reflejado en su obra también?

B.: Pues no lo había pensado... Pero, pues, ahora que me lo pones así, pues... cuando jovencito, como te digo, pintaba paisajes, hizo unos retratos míos... después en su primera época, ya más serio, cuando entró a la universidad, es esa pintura pop de figuras planas, de colores planos también, figuras sin rosto, rostros sin facciones, en los que había hombres y había mujeres y luego, poco a poco, esas figuras como que dejan de ser tan rígidas –porque eran como maniquíes–... empiezan como a aflojarse y empiezan a abrazarse y a rechazarse... que no se sabe muy bien qué es lo que está pasando y empiezan como a volar... Luego viene esa obra gigantesca, de la Bienal de Coltejer, en el 68 y después se va para París con su mujer, donde yo creo que dura por ahí un año como acabando esa etapa, hasta que de repente cambia radicalmente y empieza lo figurativo, ya totalmente, y lo realista, no ya con esa abstracción que tenía antes, y empieza a dibujar sólo hombres... Sólo hay por ahí un retrato de Terry, su mujer y, por ahí otros dos retratos de alguna amiga y ya son sólo cuerpos de hombres y hay como dos vertientes: muchos no tienen cara, tampoco: pinta sólo los cuerpos, pero la cara no le importa. Cuando se dedica más a la violencia, ahí sí hay más caras... aunque muchas caras son él, que es algo que me impresiona todavía mucho... porque es verlo a él ensangrentado, tirado en el piso o agonizando.

S.P.O.C.: ¿Y cómo asocia estas etapas pictóricas con esa transformación personal de Luis?

B.: ...Pues, cuando empieza a quitar lo pop, él ya cambia, porque al enamorarse de Terry, a los 20 años, en París, que se conocieron en la academia de pintura donde ambos estudiaban, se enamoró locamente... Ella era gringa, entonces él le decía a mamá que le enseñara inglés... Terry también aprendió a hablar algo de español, pero ellos hablaban en francés y se quedaron hablando toda la vida en francés, que fue el idioma en el que se conocieron. Pero ya cuando ellos se casaron y vivían acá, fue su época hippie y él empezó como a escandalizar. Andaba con el pelo largo... y, por ejemplo, Mónica Meira, la pintora, que fue alumna de él en los Andes, cuenta que un día ella estaba pintando arriba en el Campito que es como se llama la parte de los Andes donde está Bellas Artes, y que se le apareció Luis por detrás con una capa, como un vampiro, justo cuando ella iba a poner una pincelada, y que él le dijo: “¡Si echa esa pincelada se tira el cuadro!” y se fue. Entonces, pues sí... era como a escandalizar tanto con su apariencia como con las cosas que decía y, claro, con su obra.

S.P.O.C.: Había, entonces, un ánimo contestatario...

B.: Claro, él escandalizaba de manera muy deliberada... pero era una cosa más personal que política. Yo no veo una postura política de Luis... Incluso, aunque tenga toda esa época de cuadros de la violencia y se diga que tiene mucho qué ver con la violencia del país y que él se inspiraba en los horrores de la guerra, e incluso, aunque nos pidiera desde París que le mandáramos los recortes de El Espacio, de esas fotos morbosas de crímenes tanto sexuales como de guerra... sin embargo, yo sí creo que lo de Luis era más personal... Yo me acuerdo que él le decía a mamá cuando el concierto de Woodstock: Mira, mira, mamá... es que son como unos ángeles... Y es que sí, eran como unos ángeles esos niños de Woodstock... la cosa era más por ese lado... Después, Luis duró varios años por fuera, sin venir y cuando volvió ya estaba apaciguado y ya estaba pintando y haciendo exposiciones por todas partes y teniendo éxito y seguíamos muy cerca. 

S.P.O.C.: Siempre tuvieron una relación muy cercana, muy íntima que, incluso, por lo que me cuenta, se ha profundizado con los años, aún después de su muerte...

B.: Claro. Porque mirando fotos, mirando las obras, a veces para recopilaciones o lo que sea, hay cosas que yo no sé... y de repente aparece alguien y, entonces, yo digo: ¡Ahhh... usted era fulano...! Y voy entendiendo... y sigo... como armando el rompecabezas...

S.P.O.C.: Y gran parte de su vida, la ha puesto en función de ese rompecabezas... ha tenido que aprender muchas cosas... de Luis, y de Arte, y de gestión... no debe haber sido fácil...

B.: No. Ha sido difícil. Son muchas cosas... la gente es extraña y hay que trabajar duro... tomar decisiones... ir cogiendo experiencia... pero cada vez estoy más contenta y más orgullosa de haberlo hecho.

S.P.O.C.: ¿Por qué?

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B.: Pues porque...porque es como poner un granito de arena para que Luis sea inmortal... y creo que lo es. 

S.P.O.C.: ¿Qué cree que él buscaba a través de su obra?

B.: Yo creo que él buscaba conmover. Que la gente al ver sus cuadros sintiera algo. Y me acuerdo de lo que él decía cuando ese gran políptico de Coltejer... que él lo que quería era que el que se parara ahí se sintiera como abrazado por la obra.

S.P.O.C.: ¿Había algún objeto que fuera para él imprescindible?

B.: Él siempre tenía un espejo. Apenas llegó acá a la casa vacía, lo primero que dijo fue: “Necesito un espejo”. 

S.P.O.C.: ¿Era vanidoso?

B.: Él era muy vanidoso... pues hay que ver que hay cincuenta cajas llenas de retratos de él... 

S.P.O.C.: ¿Y cómo lo tocaba el asunto de la fama?

B.: Siendo tan vanidoso, la fama lo tenía que halagar... así como lo ponía nerviosísimo ser reconocido y que le hicieran reportajes, también le gustaba. 

S.P.O.C.: Pero, además, volviendo al espejo, me imagino que lo usaba para trabajar...

B.: Claro. Por eso uno ve su rostro en los cuadros y de repente uno también reconoce sus manos, sus pies...

S.P.O.C.: ¿Cree que es posible que, incluso, al dibujar a otros, se dibujara en realidad a sí mismo?

B.: Tal vez la añoranza del sí mismo que habría querido ser. 

S.P.O.C.: ¿Cree que su oficio como Artista está mediado por una necesidad de comunicación más allá de la expresión?

B.: Sí. Por eso él exhibía sus cuadros. Hay algunos pintores que pintan para sí mismos y nunca exponen y guardan los cuadros en su casa... pero ese no es el caso de Luis. Él mismo decía: “Pintar es hacer ver quién soy yo” y hablaba de que lo importante era ir creando una obra que se hiciera necesaria, tanto para él, como para los demás. 

S.P.O.C.: ¿Cree que se sentía solo?, ¿que a lo mejor era él quien quería ser abrazado por su obra?

B.: Sí. Creo que alguna forma de soledad estuvo siempre presente en su vida. Primero, como te contaba era muy tímido... Luego, tenía muchos amigos... los homosexuales acaban formando una especie de cofradías... (ahora no tanto, porque ya todo se está abriendo, pero a él le tocó más difícil)... entonces, tenía sus amigos homosexuales, tenía a sus novios rústicos (como le decía un amigo, que a él le gustaban era los rústicos)... pero estaban también las señoras de la sociedad, que lo invitaban a comidas y cuando estaba enfermo le llevaban pastelitos, y que le compraban cuadros... y estaban los galeristas y, claro, sus admiradores... él estaba siempre rodeado de gente. Su casa parecía una dentistería: uno llegaba a las tres, otro a las tres y media, otro a las cuatro, a las cuatro y media y él no los juntaba... cada uno por aparte y con una rigurosidad y una puntualidad impresionantes. Y todo el mundo lo adoraba. Pero yo sí creo que... bueno, como todos... estaba muy solo a la hora de la verdad. 

S.P.O.C.: ¿Qué cosas lo hacían feliz?

B.: Gozaba mucho con la comida, y cocinaba muy bien. Él me enseñó mucho a cocinar. Y gozaba con los chismes... él llegaba aquí y decía: ... A ver cuenten, cuenten qué ha pasado, quién se casó, quién se separó... ja, ja,ja... 

S.P.O.C.: ¿Cómo era su relación con la belleza?

B.: Era de veneración, en particular por la belleza del cuerpo del hombre que, para él, creo que era lo más bello que podía existir. 

S.P.O.C.: ¿Cómo elegía a sus modelos?

B.: Generalmente porque los veía. La mayoría de sus modelos eran sus amigos, o los amigos de los amigos, o de pronto era un muchacho que veía... Él era incapaz de relacionarse directamente, y ya cuando más grande, siempre andaba con un par de amigos, uno mexicano y otro chileno, con los que se iban de bares, y de conquista, pero él era incapaz de acercarse directamente... entonces mandaba a uno de los otros dos y así lograba conocerlos y les proponía dibujarlos. Y muchas veces, a muchos que dibujó –de esos rústicos que le gustaban– les regaló sus retratos, porque les decía: Esto a usted le va a servir, esto usted lo va a poder vender cuando lo necesite, y muchos se volvían sus amigos y muchos se volvían sus amantes... aunque tampoco es que tuviera millones de amantes... porque de todas maneras persistía en él esa timidez y esa inseguridad... porque él se sentía feo. Él le reclamaba a mamá que nos había dejado a todos mal hechos, con el talle muy arriba... él decía: “Ay, si yo fuera como Mick Jagger, con la cintura abajo, cintura aquí arriba como en el siglo pasado... entonces, él nunca estuvo satisfecho con su cuerpo y era muy inseguro con eso y también, por eso, él buscaba esa belleza... Creo que pintarla era una forma de tenerla. 

S.P.O.C.: ¿Cómo le gusta recordarlo?

B.: Cuando niños, él se trepaba a los árboles a coger cerezas y mis primas y yo lo esperábamos abajo con los uniformes de cuadros así abiertos para que cayeran las cerezas, y luego nos las repartíamos, pero él era el que distribuía: diez de las gordas para cada una y luego veinte, y luego, cuando ya no quedaban sino las chiquitas y por ahí verdecitas, entonces nos decía: “Ustedes repartan” y se iba con la lora de mi abuela al hombro.... Me gusta recordarlo así. Plena, sí, generosa en el afecto. Igual que el gato, que era gata y se llamaba Alicia y que de repente, mientras hablábamos, vino directamente, ya sin dudas, y no requirió de invitación para venir a retozar en mi regazo. Poco a poco, a través del ventanal se fue instalando la penumbra y, allá afuera, de donde yo venía, la tarde parecía trazar pinceladas de luz en las postrimerías de esta semblanza.

Ese atardecer lo vi a través de los ojos de Beatriz estremecida.
No me atreví ya a mirarme en el espejo.
En la habitación de al lado, una mano de impecable trazo parecía proyectarse hacia el tiempo desde el lienzo...

Tomado de: Revista Internacional Magisterio No. 52. Inclusión e innovacion educativa con uso de TIC

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