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El apego seguro en la primera infancia

Por Esther Secanilla Campo
Magisterio
14/06/2017 - 10:30
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Foto de ANSES. Tomada de Flickr

A partir de la posibilidad de establecer interacciones, el bebé busca la proximidad de la persona –o personas– que están con él y se crea la posibilidad de apego, lo cual le ofrece una gran seguridad emocional. Según Bowlby (1993), la conducta de apego se manifiesta en la mayoría de las especies animales, en las que los hijos expresan más de un tipo de comportamiento que tiende a asegurar la proximidad con la madre. Por ejemplo, el llanto del hijo atrae a la madre y los movimientos locomotores del niño la llevan a su presencia. Estos tipos de conducta tienen una misma consecuencia: la obtención de la proximidad deseada. El autor propone cinco respuestas de la madre que provocarían una conducta de apego: el llanto, la sonrisa –que tienden a acercar a la madre o persona de referencia al niño y a mantener dicha proximidad–, el seguimiento, el acto de apegarse a la madre –que aproximan al niño hacia la madre y le permiten mantener esta proximidad–, y el hecho de llamarlo. Respecto a esta última conducta, después de los cuatro meses, el bebé puede llamar a la madre en cualquier momento emitiendo pequeños gritos agudos, y más tarde la llamará por su nombre.

 

+Lea: Actividades para favorecer el diálogo en la primera infancia

 

Bowlby (1976) y Winnicott (1979) afirman que el bebé extenderá también su apego a otros objetos, personas u objetos inanimados de los que se apropia, como pueden ser el chupete, la almohada, un peluche, una sábana determinada, por ejemplo. Estos son objetos que se los denomina de transición o de sustitución pero que no indican necesariamente una carencia de la figura de apego humano.

 

Los estímulos del entorno familiar, si son ricos y adecuados a las necesidades del bebé, facilitarán el aprendizaje motor, cognitivo, lingüístico, afectivo y social del niño. Así, progresivamente se irán creando vínculos –en primer lugar en el contexto familiar y más tarde en otros entornos–, epistemológicamente el vínculo se considera un constructo interno, una realidad intrapsíquica –interna. Según expresa Bowlby (1995a, págs. 66-67), «Durante los primeros meses de vida, un lactante va aprendiendo a diferenciar una determinada figura, por lo general la de su madre, y va desarrollando una intensa tendencia a estar en su compañía. Después de la edad de seis meses, muestra su preferencia de un modo inconfundible. A través de la segunda mitad de su primer año de vida y durante la totalidad de sus años segundo y tercero, está estrechamente vinculado a su figura materna, lo cual equivale a que está contento en su compañía y disgustado en su ausencia […].Tras su tercer cumpleaños, el comportamiento de apego es provocado menos rápidamente que antes, aunque el cambio lo es solo en grado».

 

+Lea: Las primeras palabras: lecciones pedagógicas

 

De todas formas, la capacidad simbólica del ser humano hace que el apego de los padres hacia sus hijos comience a construirse desde antes de la existencia del niño como realidad.

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De hecho, para el sistema familiar, padres y otros componentes, el bebé existe en sus imaginaciones antes de su propia concepción y gestación. La no concordancia entre el niño imaginado y el niño real puede perturbar los procesos de apego y favorecer la emergencia del maltrato (Barudy, 1998b).

 

+Conozca el libro Escuela y concepciones de infancia

 

Ahora bien, se puede inferir el tipo de vínculo a partir de los comportamientos de apego establecidos. Por ejemplo, en el contexto familiar, a partir de la reacción del bebé cuando la madre se va y cuando vuelve. El mantenimiento firme de un vínculo facilitará que la criatura se sienta más segura y alegre; en cambio, hay una serie de bebés que experimentan rupturas de vínculo, por diferentes causas: la muerte o el abandono de sus madres, o el ingreso del bebé en hospitales o en otras instituciones donde irán pasando de una figura materna a otra.

 

Este tipo de experiencias se incluyen bajo la denominación de lo que se llama privación materna (Bowlby, 1995b). De hecho muchas personas que sufren trastornos psíquicos muestran habitualmente alteraciones de la capacidad de vinculación afectiva, que con frecuencia es tan grave como persistente.

 

+Conozca la Revista Primera Infancia

 

Los estímulos que recibe el bebé son básicos para un desarrollo sano posterior de la persona, tanto en cuanto a las interacciones como en cuanto a los vínculos que establece con los adultos de referencia durante los primeros años de vida, en el aspecto motriz, cognitivo, psicológico, emocional y social.

 

Por tanto, es importante que cuando el bebé va creciendo se le ofrezcan oportunidades para que vaya desarrollándose en diversos contextos, además del familiar.

 

+Conozca la colección Infancia

 

Barudy, (1998) El dolor invisible en la infancia. Barcelona: Paidos

Bowlby (1976-1993) El vínculo afectivo. Buenos Aires: Paidos

Bowlby, (1995) Vínculos afectivos, formación, desarrollo y perdida. Madrid: Morata

 Winnicott (1979) El proceso de maduración en el niño. Barcelona: Laia

 

Título tomado del libro: El cuidado de la primera infancia. Elementos psicoeducativos para su evaluación.  Autor: Esther Secanilla Campo. pp. 31-33

 

Foto de ANSES. Tomada de Flickr