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El buen profesor es provocador

Por Lorenzo Tébar Belmonte
Magisterio
31/10/2017 - 10:45
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Foto de asier_relampagoestudio. Tomada de Freepik

La educación eficaz siempre es un equilibrio entre rigor y libertad, tradición e innovación,

el individuo y el grupo, la teoría y la práctica, el mundo interior y el que nos rodea”.

(Ken Robinson: Escuelas creativas, p. 326).

 

 

La provocación pedagógica tiene su lógica

Tal vez el título de este artículo te suene irreverente, la provocación aquí es una estrategia pedagógica estimulante, despertadora, incitante, sugerente…, pero sigue leyendo y le encontrarás sentido. El entrenamiento para cualquier deporte o profesión es duro y exigente, haga viento, llueva o caigan chuzos de hielo..., si es que queremos que aparezca el atleta. La formación conlleva momentos de exigencia, autodominio y superación.

 

No poder comprar, no poder poseer, llega a ser una causa de gran frustración para un niño o adolescentes. Disponer del último modelo de móvil, de tablette, de calzado, de camiseta deportiva…, que sea la envidia de amigos y colegas, se convierte en la batalla adquisitiva de cada día, aspirando siempre al último grito, a lo más moderno.

 

+Lea: Estrategias didácticas y actividades para la educación emocional en el aula

 

La provocación tiene su alcance pedagógico motivador, que hace despertar la atención por su novedad y capacidad sugerente. El buen educador debe ser creativo y saber presentar de la forma más novedosa, artística e inesperada su tema, de modo de despierte interés, sed de conocer más y con más detalle la propuesta de aprendizaje. Despertar la curiosidad y el anhelo de conocer se convierte para el alumno en un móvil de búsqueda y de gratificante encuentro.

 

Enredados, pero contentos

Asistimos cada día al descubrimiento de nuevas patologías psíquicas, provocadas por la sobreestimulación de la mercadotecnia. Uno de los comportamientos patológicos más visibles es el uso obsesivo y compulsivo del smartfón y del ordenador. La atención de los adolescentes se desparrama, boicoteada por encontrar mensajes o responder con un selfie a los whatsapp, sin tener nada que decir, sino tan sólo por seguir la inercia de sentirse activo en las redes. Esta hiperconectividad parece querer paliar y conjurar los miedos y angustias de sentirse sólo. No se perciben los riesgos peligrosos y amenazantes de una sociedad vacía y manipuladora. De este modo las redes sociales se han convertido para el joven moderno en su medio de existencia y de autovaloración a los ojos de los demás, ya que esta carencia le induce a sentirse despreciado u olvidado. Esta angustia le hace agarrarse y convertirse en un “adicto” a las nuevas tecnologías para no perder el asidero al mundo virtual de amigos invisibles. Los adolescentes raramente apagan su móvil, sino que lo tienen pegado a su cuerpo noche y día, para sentir la urgencia de su vibración y consultar de forma refleja la llamada.

 

La ambivalencia de móvil – sirve de instrumento de control para los padres y medio de conexión con los amigos- se convierte en la ventana abierta a todo tipo de mensajes, que les libera del aburrimiento: los mensajes necesarios y los hostiles y amenazantes que se filtran sin control en el incesante bombardeo, creando el estado de dependencia que impide madurar y llegar a ser adultos. El joven conectado cae así en la tela de araña, que le ata y enreda, haciéndole su esclavo, como un tirano más.

 

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+Lea: Emprendimiento, creatividad y TIC

 

Esta reflexión nos lleva a entender que el vacío que experimenta el hombre moderno, con una pobre vida interior, pues la vida relacional se empobrece por la falta de relaciones familiares, sociales, amicales, sin compromiso y sin una relación cálida y humanizadora, creando, como consecuencia una visión deformada del mundo, máquina de fantasías, y la despersonalización del otro. La raíz de los males tal vez sea el aburrimiento, la falta de organización del tiempo de ocio de los jóvenes, que se convierte en el peor enemigo de la paz social, al alimentar una energía acumulada de rencores, desesperanza que no se liberan sino con la violencia, donde los medios son simples amortiguadores.

 

Las enfermedades mentales llegan a hacer su aparición con los delirios o representaciones deformadas de la realidad y por una interpretación imaginaria del mundo, todavía más deteriorada por la banalización y la degradación humana en los videos y el vértigo y la violencia de las películas. El vacío interior y el sinsentido se imponen, recordándonos el pensamiento de Pascal: “Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, el no saber quedarse en silencio, en su habitación”. Impera el horror al silencio, al encuentro consigo mismo. El hombre de hoy quiere estar “conectado” al ruido y a la imagen, incapaz de asumir tiempos muertos de silencio e inactividad, para dedicarse a la reflexión, a la relajación o a la oración. Pensar en el vacío es difícil, por lo que la necesidad de colmar esos vacíos se convierte en una obsesión que oculta la necesidad de conectividad para generar el vacío existencial.

 

Los análisis actuales ya han detectado que la invasión de los media ha aumentado las emociones en sus utilizadores, pero contrariamente han disminuido los afectos, en especial su capacidad de empatía y compasión. Las alarmas están encendidas.

 

Tolerancia a la frustración

Pero en esta carrera de construcción y de prevención de los peores resultados, tenemos que tener en cuenta los límites de los alumnos, es decir, su capacidad de tolerancia a la frustración. Provocar la frustración porque sí, no tiene sentido. Pero afrontar el fracaso, el error, la frustración, es la tarea educativa de cada día en las aulas, máxime si la interacción dialógica y socrática, es la herramienta con la que se mueve nuestra didáctica. Involucrar al alumno en todos los procesos, exige del profesor conocerle y saber cuál es el nivel de complejidad y de abstracción que es capaz de tolerar.

 

El gran maestro del conflicto cognitivo, del desequilibrio, el ginebrino Piaget, nos explica que no hay aprendizaje si no se produce en nosotros un desequilibrio, que nos roba la seguridad y nos lanza a la búsqueda que restablezca el equilibrio perdido. Se produce una serie de procesos que nos encaminan a esa solución cognitiva que nos lleva al aprendizaje y a la reestructuración de los conocimientos.

 

+Conozca el libro La creatividad en la ciencia y en la educación

 

A través de las situaciones frustrantes, tanto en las aspiraciones como en los resultados, resulta alentadoramente una tarea formativa. Afrontar la frustración es preparar al individuo para competir, para estar preparado para cuando llegue la inesperada derrota o el fracaso en la vida.

 

Es profundamente vergonzoso para nuestra sociedad saber que la primera causa de muertes de adolescentes es el suicidio. Haber pasado por las aulas sin haber aprendido a superar las frustraciones diarias es indicio de no haber tenido al lado educadores o tutores responsables de la madurez de los discípulos. El valor de estas competencias sociales para la vida, sólo se comprende cuando salimos bien armados de la educación escolar con esta coraza protectora.

 

Los sucesos en los momentos críticos nos remiten a la necesidad y urgencia de la formación para una sociedad incierta e imprevisible. Los cambios vertiginosos y profundos sobrevendrán sin preverlos. Así sucedió a los 30 trabajadores de la France Télécom, que se suicidaron cuando sobrevino la gran crisis en las empresas y tuvieron que despedir a centenares de trabajadores. La prueba superó sus fuerzas. La frustración les encontró desarmados, frente a una sociedad mercantilista sin entrañas.

 

La técnica de la sociedad de consumo

Todas estas ideas pueden sonar lógicas, cuando miramos las técnicas de la sociedad consumista. La propaganda y el mercadeo nos hace ver lo que no es, nos despiertan el apetito, nos provocan el deseo de comprar y consumir. Por definición, el mercadeo es provocador. Hay que vender, sea como sea. Estamos saturados de anuncios fascinante, rostros elegidos, frases cuidadas y con gancho. Lo importante es vender, hacernos rehenes de cada producto, que nos llame la atención por el envoltorio en el que se nos presenta.

 

Nos sorprenden las artimañas de los adolescentes que se lanzan a los grandes almacenes para robar, sin prever las lamentables consecuencias que pueden seguirse para el resto de su vida. Los escaparates y los anuncios no escatiman motivos para atraer a los más jóvenes y hacerlos presa de su propaganda. ¿Es posible creer que un joven chino venda un riñón para poder comprarse el último modelo de celular? La envidia, la rivalidad, el mimetismo adolescente, el figurar y la falta de control y de sentido real de las cosas, acecha en la mente de los más inmaduros.

 

Son reiteradas las llamadas a los educadores para formar en la ética del ahorro que evite el despilfarro de agua, de comida, de objetos superfluos. Las virtudes tradicionales hoy pueden llamarse austeridad, compartir, ecologismo, cuidado de nuestra casa común, evitando la contaminación, ahorrando energía, economizando servicios… El aprendizaje debe hacerse en el hogar, en las aulas, en las ciudades, a pesar de la poca ayuda que ofrecen los medios de comunicación.

 

+Lea: El maestro investigador y sus retos para el siglo XXI

 

La frustración un arma insustituible para madurar en la familia y en las aulas

No hay que tener miedo a decir no, a exigir, a poner pruebas a los alumnos en las que deban demostrar su potencial y avanzar en el camino de la autosuperación. Los educandos, además de sus tareas cooperativas y en equipo, deben tener en las aulas momentos de personalización, donde se confronten a los problemas y pongan a prueba su autonomía y las habilidades personales que van adquiriendo, sean cognitivas, volitivas, técnicas, creativas… La prueba de soledad y silencio es exigente y formativa, por eso debe estar muy presente en las aulas.

 

La propensión a formar a una “generación blandita” es un engaño. La hiperprotección o la concesión sin límites crea adolescentes débiles e incapaces de superar las pruebas que la vida misma le irá deparando. La preparación para afrontar y saber resolver los problemas, es una de las facetes más humanizadoras y preparan para una vida insegura y poco tolerante con la frustración.

 

Los alumnos se encuentran con una variedad de profesores: Unos exigentes, otros condescendientes, unos sistemáticos, otros liberales. De igual manera los padres adoptan posiciones diversas: Hay padres hiperprotectores -helicópteros- que no saben dejar solos a sus hijos, que no saben cargarles su propia mochila, les llevan a una total indefensión. Podemos distinguir cuatro estilos parentales: democrático, autoritario, negligente y sobreprotector. En los primeros años este último es el que más se prodiga. Muchos padres quieren desquitarse de sus fracasos, carencias en su vida pasada, y quieren que sus hijos no sufran ni les falte nada de cuanto ellos carecieron, incluso se quitarán el pan para dárselo a ellos.

 

En muchas ocasiones podemos sucumbir al deseo de ver siempre a los educandos felices, alegres, evitándoles todo sufrimiento y esfuerzo. Esta actitud por parte de padres y profesores sería totalmente denunciable. Aquí podemos traer la contrapartida del padre duro y exigente a ultranza, que cree que ”la letra con sangre entra” y “quien mucho te quiere te hará llorar”.

 

El papel de los adultos se hace imprescindible en la educación y en la transformación de la sociedad. Los valores y las buenas prácticas se enseñan con el ejemplo, pues hablan más alto nuestras otras que nuestras palabras. En la sociedad los adultos deben ser los referentes de aquellos valores que queremos inculcar a los más jóvenes. Este es el verdadero desafío de la educación: “Si los jóvenes escuchan a sus maestros, no es porque sean maestros, sino porque son testigos” (Pablo VI). Necesitamos compartir la reflexión sobre el impacto imparable e imprevisible que la revolución de las nuevas tecnologías está ejerciendo en todos los ámbitos de la vida, para acompañar a los niños y jóvenes en el manejo y en el control de las nuevas herramientas que deben servir para nuestra utilidad y conseguir una vida más humana y feliz.

 

 

La provocación de Erasmo, casi una moraleja

Agárrate al pincel, que me llevo la escalera!” Parece una locura, una broma absurda… Pero el insensato tiene poder para crear sentido: es la gran idea del Elogio de la locura, de Erasmo de Roterdam. “Agárrate al pincel” quiere decir “cuenta solo con tu arte, deja de aferrarte a las convenciones sociales”. “Me llevo la escalera” significa “te voy a privar de todas tus muletas, de todos los soportes supuestamente necesarios para obligarte a que te lances a tu arte de forma total”. (La liga de los filósofos fantásticos, p. 39).

 

Foto de asier_relampagoestudio. Tomada de Freepik

 

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