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El fútbol colombiano lleva una sotana por dentro

Por Carlos Fernando Álvarez C.
Magisterio
23/05/2017 - 10:45
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Foto de Juan Diego Ugaz Ureta. Tomada de Flickr

El origen del fútbol colombiano carece de una fecha fundacional comprobada y afloran las diferentes paternidades regionales: que fue en Barranquilla. No, que en Pasto. Al contrario, nació en Bogotá. Cada una de las regiones debate, muestra fotografías, artículos de periódicos o narra mitos cercanos a Macondo acerca de quién o quiénes fueron los verdaderos promotores de este deporte en el país, y todas son ciertas, aunque nunca unificadas. Hasta ahora.

 

La historia siempre deja vestigios y hay que estar atentos para poder reconstruirlos. Los testimonios, cartas y documentos van configurando una verdadera telaraña en la que se juntan pedazos, a veces desfigurados o velados por diferentes intereses. No obstante, los rastros permanecen y gritan con su voz propia que están allí para indicar lo sucedido.

 

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Una primera tesis en la que hay consenso en Occidente, es que el origen del fútbol es de cuna innoble: que procede del mundo obrero de Inglaterra, y que se extendió junto a la ola de migrantes europeos de finales del siglo XIX a otras partes del mundo, como América (norte, centro y sur) y África. En esa franja de tiempo es donde se mezclan su llegada y expansión en el país. Por eso, lanzamos al arco esta primera pregunta: ¿Qué relación existe entre el tango, los trenes y el fútbol en nuestra América Latina? Aparentemente ninguna, pero estos fueron los gérmenes originales de las actividades de esparcimiento, así como de desarrollo, con los cuales se refundaron nuestras ciudades a finales del XIX y comienzos del XX.

 

Cuenta la leyenda que un marinero italiano desembarcó en el viejo puerto de La Boca, en Buenos Aires, a finales del siglo XIX, con un instrumento parecido al acordeón, pero más pequeño y con más de cien teclas o botones. Entonaba notas nostálgicas, inexplicables, mágicas. Ese marinero y sus compañeros, hombres, comenzaron a dar un espectáculo de música y baile que dominó el margen, la orilla, las casas de cartón, los prostíbulos y las pulperías de tierra, allí se tejió una historia indisoluble entre lo sórdido y el aire “guarango”, como lo llamara Borges, que alguien bautizó como tango.

 

A ese puerto arribaron los ingleses y trajeron el invento de moda y desarrollo: el tren a vapor, que ya dominaba buena parte de Europa y Asia, y que se construía a brazo partido en América (Estados Unidos, Centroamérica, Colombia y Perú). Esos ingleses llegaron para construir las líneas del ferrocarril y la espina dorsal de las ciudades del ayer, del hoy y del mañana. También trajeron un deporte de reciente creación en su suelo natal: el “Foot Ball”.

 

Cuando tenían descanso en las labores de construcción se ponían los botines, sacaban la pelota de tiento y, en su idioma nativo, armaban los equipos e intentaban aplicar el reglamento escrito en un librito inentendible. Si hacía falta algún jugador para completar los 22, echaban mano de los obreros criollos, que fueron involucrados para siempre en la afición y en la práctica de este “sport”.

 

El círculo nunca se cerró: los ingleses enseñaban a jugar, los criollos lo impartían a su vez a sus hijos, sobrinos y amigos, y comenzó a extenderse ese amor, esa fiebre… Fue en ese puerto de La Boca donde un grupo de cinco camaradas de colegio e inmigrantes, que conformaban el equipo amateur llamado Alumni, establecieron su norte: que se llamarían Boca Juniors y su uniforme sería como la bandera del primer barco que llegara al puerto una fría mañana de neblina, hace 109 años. El vapor fue sueco, con sus colores azul y amarillo oro.

 

¿Qué relación tiene esta historia del surgimiento del fútbol en Buenos Aires con su aparición en Colombia? Fácil: en Colombia el fútbol también nació en la calle, al lado de los trenes, en las mangas o potreros aledaños a los puertos y en las plazas. Si se me permite la expresión tanguera, el fútbol tuvo nacimiento “orillero”.

 

Cuenta la historia –documentada por expertos como el estadígrafo del fútbol Guillermo Ruiz, haciendo también referencia a una crónica escrita por Enrique Santos Molano en la Revista Credencial–, que:

 

“[…] el fútbol llegó a Colombia en 1892, por iniciativa del coronel Henry Rown Lemly, director de la Escuela Militar, en Bogotá. El oficial dio a conocer el reglamento a los alumnos y a la opinión pública en el diario El Telegrama. El primer partido se jugó el 22 de junio de ese año, con la presencia del Presidente Miguel Antonio Caro, en una improvisada cancha en la escuela y con poco público […] El 20 de junio de 1902, el diario El Nuevo Tiempo publicó un reglamento de fútbol elaborado por José María Obregón, más completo que el del viejo coronel Lemly. Los hermanos Obregón fundaron el Foot Ball Club de Bogotá y adecuaron una cancha en Teusaquillo, donde, el 7 de septiembre, se jugó el primer partido entre un equipo rojo y otro blanco. Al final, luego de un cruce para desempates, ganó el rojo. El partido fue narrado por Téller, considerado el primer cronista deportivo de Colombia, y en el diario El Nuevo Tiempo” (Ruiz, G., 2008, p. 11).

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El fútbol siguió su crecimiento en los márgenes, con la construcción de las primeras líneas férreas del país, como la de Puerto Colombia, Atlántico, la “Puerta de oro” colombiana, a partir de 1903. Los ingenieros ingleses de The Colombia Railways Company, junto con ejecutivos y empleados, con sus balones y botines, armaron partidos memorables. El primero registrado data del 6 de agosto de 1904.

 

Luego, la práctica del fútbol en Colombia ganó en exclusividad por un tema lógico: los botines o “guayos”, balones, uniformes y reglamentos se debían importar. Eran carísimos y solo los tenían las personas pudientes que enviaban a sus hijos a estudiar al extranjero, como Arturo de Castro, en Barranquilla, o el pastuso Frigerio Payán, que vivía buena parte del año en Londres. De Castro también adelantaba sus estudios universitarios en Gran Bretaña. Era un gran aficionado del fútbol y en 1908 trajo reglamentos, balones, guayos, uniformes y se dedicó a promover su práctica. Además, adecuó y construyó la primera cancha con medidas reglamentarias, con lo que se fundó el Barranquilla Football Club.

 

Por su parte, otro inglés llegó a Colombia buscando sombreros y se quedó enseñando “foot ball”. Leslie O. Spain arribó a Pasto en 1909 y montó una fábrica de sombreros Panamá al frente de la Plaza Rumipamba (hoy San Andrés). Fue Spain quien organizó los dos primeros equipos del balompié en Nariño, lo que permitió la fundación del Deportivo Pasto, uno de los conjuntos más antiguos de Colombia.

 

El registro también habla de los marineros ingleses que cargaban banano en los barcos atracados en el puerto de Santa Marta, en 1909. En Cali, ratifican que su equipo centenario, el Deportivo Cali, fundado en 1912, disputaba desafíos regionales contra el Pasto. En 1911, Alfonso Giraldo, hijo de un comerciante antioqueño radicado en Cali, descubrió el deporte en Canadá e Inglaterra y luego fundó el equipo azucarero.

 

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Medellín tiene su propia historia. Hay registros del arribo del primer balón dentro de las mercancías, telas, paños e insumos importados desde Europa por el comerciante Guillermo Moreno Olano, en 1910. Los primeros equipos y la enseñanza del fútbol se les debe a dos relojeros foráneos: los suizos Juan Heiniger, quien llegó primero a Medellín, en 1880, y Jorge Hirsig, quien lo haría despuntando 1911.

 

Hirsig es considerado uno de los pioneros del fomento de la actividad deportiva en Medellín. Fue profesor graduado de la Escuela de Cultura Física de París, y en sus clases del Liceo Antioqueño y la Universidad de Antioquia se le escuchaba decir que: “la cultura física debía involucrar a mujeres y niños y no solo ser actividad exclusiva de los hombres. Solo de esta forma tendremos familias activas, saludables y productivas” (López, L., 2004, pp. 22-23). Ambos crearon al Sporting FC, en 1912.

 

La enseñanza en los colegios

A esta altura ya es inevitable preguntarse: ¿de dónde salían los jugadores para conformar esas selecciones que disputaban el honor deportivo contra sus enconados rivales de las montañas, sabanas, playas y pajonales?; ¿quiénes comenzaron a fomentar la práctica correcta del deporte, respetando reglamentos, haciendo las primeras convocatorias, desarrollando los primeros entrenamientos, enseñando a patear, a marcar, a defender, a atacar, a hacer goles?; ¿quiénes dispusieron de los primeros terrenos y demarcaron las primeras canchas que tenían sus arcos con troncos pulidos y cuadrados, y mandaban a comprar o tejían las redes?

 

Muy pocos reconocen la importancia de los colegios católicos en la diseminación y explosión inicial de la práctica del fútbol en Colombia. Para el estadígrafo Juan Manuel González, el papel de los curas en esta tarea fue imponderable:

 

“En los colegios católicos se expandió su práctica y trabajaban pedagógicamente con el balón. Los curas tenían los campos, como el de La Merced (calles 34 a 36), entre carreras Séptima y Trece, el de La Salle y el del 7 de agosto (El Rosario), donde en la esquina de la calle 68 con carrera 24 había un estadio con tribunas de madera. Esas eran las canchas de La América […] Existía además El Hospicio, calle 72 con carrera 24, regentado por la curia, que albergaba a los huérfanos de la ciudad. En sus canchas se escribió parte de la historia del fútbol bogotano” (González, J. En Álvarez, C., p. 327).

 

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Los colegios de Bogotá fueron pioneros en aceptar un duelo regional: el San Bartolomé armó el equipo que se conoció como “Los Bartolinos”, integrado por miembros de la sociedad y familiares de políticos, ministros y luego presidentes, como Santiago Abadía (hijo de Miguel Abadía Méndez), José María González Concha (sobrino de José Vicente Concha) y Jorge Isaacs, nieto del escritor de La María. Después de un viaje de tres días y doce horas por barco y tren, los Bartolinos jugaron tres partidos contra el Sporting Foot Ball Club, en Medellín, por la Copa de la Sociedad de Mejoras Públicas, y cuyos detalles fueron registrados por el diario El Progreso, en noviembre de 1914.

 

El historiador de la Universidad de Antioquia, Luciano López Vélez, reconfirma y analiza el pensamiento de la sociedad antioqueña frente a la educación y su relación con la práctica del balompié, a raíz de este primer desafío regional:

 

“Roberto García, en su libro Breve Historia del Fútbol en Medellín 1914-1918, recuerda que el entusiasmo por la práctica del balompié había contagiado a los sacerdotes jesuitas, directores de los colegios donde se educaban los hijos de la élite de nuestro país. Por esta razón, es apenas lógico que el padre Zumalave, rector del Colegio San Ignacio de Medellín, promoviera las prácticas deportivas dentro de la institución” (López, L., 2004, p. 30).

 

El mismo modelo de enseñanza y de pedagogía con un balón se replicó en Cali, Barranquilla, Pasto y, más acá en el siglo XX, en otras ciudades como Manizales, Bucaramanga, Pereira, etc. Recuerden su infancia o juventud: ¿quién no jugó contra equipos de colegios de curas en los deportivos intercolegiados o interdepartamentales? Exhibían un buen nivel en la práctica deportiva del fútbol y en una que otra patada, ofrecida con amor y espiritualidad.

 

La historia de los colegios y el fútbol es indisoluble, como las décadas de práctica en el Colegio de La Salle y el nacimiento de Millonarios en la reunión del San Bartolomé, el 18 de junio de 1946, a la cual asistieron cerca de 200 hinchas del Deportivo Municipal, su antecedente, dirigentes, jugadores y personalidades, quienes a través de la escritura pública número 2.047 de la Notaría Tercera del Circuito de Bogotá, bautizaron al equipo. Y ni hablar de todo el semillero que nutrió a Independiente Santa Fe, con los estudiantes del Instituto Técnico Central, en el centro bogotano, primero para Monaguillos (el equipo de base) y luego para la plantilla profesional.

 

Con sotana

La historia de “no te lo puedo creer”, documentada y testimoniada, es la de los padres Mosser (alemán) y Collman (inglés). Jugadores de la época, como Guillermo Villamil (ex Millonarios) y Efraín Cerón (ex Santa Fe), hablan del curita germano que jugaba con la sotana puesta y al que nadie le podía sacar la pelota. Ricardo Álvarez Chaves, jugador amateur del Olaya Herrera y de Monaguillos con Santa Fe, cuenta la historia del convento de San Antonio y del flemático padre Collman.

 

“Tenía cara de paisa y no de inglés. Nos enseñó el truco de esconder la pelota en medio de los pies y no despegarse de ella nunca. Con su flema inglesa nos advertía que el fútbol podía ser un deleite o convertirse en una guerra, pero que, de cualquier manera, había que combatirla con estilo. Y él sí que lo tenía. Era el mismo que, cada vez que llegaba al otro extremo del campo sin que le pudiéramos quitar la pelota, se permitía decir, y sin empacho, luego de hacernos pasar de largo: « ¡IEEEVAAA!». Su cancha (la de San Antonio) se acabó porque derruyeron el convento y construyeron el Colegio de La Presentación, en la calle 4 sur con Avenida Caracas. Del padre Collman no supimos más, solo que fue trasladado y le perdimos el rastro para siempre” (Álvarez, C., pp. 202-203).

 

Sacerdotes, laicos, ortodoxos, cristianos, ateos. Todos de alguna u otra manera viven el fútbol, lo practican, lo odian, lo aman, lo enseñan, lo critican. Desde su invención “moderna” hasta su conversión en la mayor industria cultural del mundo –donde la tecnología y los millones de dólares son el pan de cada día, de cada mundial– el balompié aún no ha perdido su esencia, que no es otra que la de divertirse, la de jugar.

 

Pero para jugar y divertirse hay que aprenderlo, y para aprenderlo debe existir alguien que lo enseñe, no solo su técnica -–que se consigue con trabajo–, sino también que logre inocular su espíritu: de solidaridad, trabajo en equipo, compañerismo, camaradería, unión, el esfuerzo conjunto y asociado para conseguir una meta establecida, la mentalidad positiva, la programación neuronal, el aprender a perder y a ganar.

 

Es el espíritu de los valores que se enseñaron en los campos de fútbol de los colegios religiosos y, décadas después, en las instituciones laicas y universitarias que fomentan y estimulan el deporte como elemento paralelo al estudio. No hay que dejar de lado que en el potrero también se materializa el adagio futbolero y de la vida, “se vive como se juega”, o parafraseando a Albert Camus, en El Primer Hombre: “toda ética y moral la aprendí en un campo de fútbol”.

 

Referencias

Ruiz, Guillermo. (2008). La Gran Historia del Fútbol Profesional Colombiano. Bogotá: Ediciones Dayscript.

López, Luciano. (2004). Detrás del balón. Medellín: La Carreta Editores.

Álvarez. C. (s.f.). Yo Construí Eldorado. Quito: El Ángel Editor.

 

El autor: *Comunicador Social, Periodista, autor del libro Yo Construí El Dorado.

 

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 69

 

Foto de Juan Diego Ugaz Ureta. Tomada de Flickr