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El “Fútbol en Paz” comienza en los colegios

Magisterio
22/06/2018 - 15:00
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Foto de Revista Internacional Magisterio No. 69. Campaña "Fútbol en Paz"

Después de dieciséis años la Selección Colombia vuelve a un Mundial de Fútbol. Jugadores de perfiles que a nuestros ojos resultan menos dorados que aquellos de antaño, y un técnico profesional y aislado lograron clasificar con contundencia a nuestro equipo al que puede ser el evento deportivo más importante del planeta (después de los Juegos Olímpicos, en donde los deportistas colombianos también lograron impresionar al mundo). Pero, como es natural en un país que no sale del laberinto de sus sombras, cada alegría abre heridas mal curadas…, en cada fiesta se brinda por los muertos. 

Volvemos al Mundial con prudencia, evitando ilusionarnos en vano porque en el pasado el desencanto ha mostrado nuestro lado más oscuro como nación. En la madrugada del 2 de julio de 1994, Humberto Muñoz Castro, conductor y “escolta” de los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao, descargaba seis tiros sobre el defensa central Andrés Escobar, el “Caballero del fútbol”, autor del autogol que terminaba con la participación de la Selección Colombia en el Mundial de Estados Unidos. Además del asesinato de uno de sus jugadores más queridos y respetados, el país fue testigo, en el tratamiento de este caso, de lo torcido del sistema judicial: el asesino pagó una cuarta parte de su condena y sus “patrones” (a quienes culpabilizaron por “dar la orden”) pagaron su crimen con “prisión domiciliaria”.

Pasó el tiempo, vino otro Mundial y la selección nacional entró como favorita (incluso, como una de las mejores del mundo, dijo Pelé) y se hacían apuestas mencionando semifinales y finales. El título de una Copa América, el tiempo y el dolor dejaron enseñanzas. En esta ocasión el país parece, por fin, y a un precio muy costoso, haber conocido el valor de la prudencia. Lo que en su campaña se menciona es la esperanza, no la victoria anticipada. Aún estamos superando un duelo.

Lo anterior es la punta visible, el evento más trágico y conocido de un fenómeno social, complejo, que corre y se expande por lo más hondo de las venas de nuestro país: fanatismos regionalistas (en este caso, barras bravas que, paradójicamente, adoptan cánticos y prácticas de otros equipos del mundo); falta de control por parte de los organizadores (usualmente solo interesados en los réditos que dejan los eventos deportivos); tráfico de sustancias; dinero de las mafias y autoridades estatales que reaccionan condenando antes de prevenir educando…    

Tardíamente consciente de que el fútbol es una pasión que mueve mucho más que explosiones de euforia, el Estado por fin emprendió un plan para canalizar toda la energía que desprende este deporte. El Plan Decenal de Seguridad, Comodidad y Convivencia, lanzado por el Ministerio del Interior en el año 2013, busca: 

“[…] convertir al fútbol en un escenario de construcción social, donde la paz, la seguridad, la comodidad y la convivencia, sean los lineamientos y ejes centrales para hacer de esta práctica un instrumento integrador de armonía y no un factor de división, pérdida de vidas y generador de choques”. 

Se llevaron a cabo reuniones por todo el país, foros con expertos internacionales dedicados a los temas de convivencia, actividades deportivas y de integración y encuentros entre los diferentes actores que juegan algún rol en el universo del fútbol: intervinieron barristas, dueños de equipos, representantes de las comunidades que viven cerca de los estadios, voceros de los comerciantes y las empresa privada, entidades gubernamentales, fuerzas armadas, medios de comunicación y fundaciones y organizaciones sin ánimo de lucro. 

“Hacer del fútbol un espectáculo deportivo integrador, cohesionador y transformador de la comunidad, que se desarrolle de manera pacífica, segura y en convivencia y que contribuya a mejorar el desarrollo social y comunitario”; esta es la base de un borrador de política pública que busca implementarse en este momento. Curiosamente los colegios, y su indiscutible papel en la formación de una generación menos fanática y más capaz de convivir en armonía, brillan por su ausencia. Olga Zárate, coordinadora de programas transversales y de competencias ciudadanas del Ministerio de Educación Nacional, planteó como conclusión que: “la formación contribuye al fortalecimiento del efecto transformador del fútbol en la sociedad, con la introducción de valores y el manejo de las emociones de los niños y los jóvenes en las aulas de clase”. Planteamiento válido, pero amplio y general, como un brochazo inicial.    

“El mayor integrador que tiene este país es el fútbol”, anunciaban los representantes del Gobierno con el puño en alto, “a través de él podremos lograr la paz”. Y éste fue el loable principio del cual partió el Plan Decenal, pero: ¿qué sentido tiene pensar en verbos futuros sin incluir a los colegios?; ¿qué sentido tiene que nos proyectemos como instituciones forjaduras de nuevas generaciones, sin tener en cuenta un contexto cultural y deportivo que se filtra (y no sólo en forma de láminas intercambiables) hasta en los sentidos más profundos de nuestros estudiantes y familias? Un fútbol en paz empieza en los colegios. 

Más allá de los gustos personales, del desempeño de cada equipo en la cancha, de las técnicas que lo mueven y las sombras que con frecuencia enlutan este deporte, el fútbol es un punto de referencia indiscutible de la realidad de millones de personas. Es difícil ser ajeno al fútbol, y más como maestros. Desde el punto de vista formativo, es difícil no contemplarlo como un componente esencial de una gran parte de la población infantil y juvenil, de ambos sexos y de todas las clases económicas. Bien aprovechado, el fútbol puede generar sentido de pertenencia hacia un grupo, usualmente rompiendo barreras de género, nicho social, perfil cultural y generacional. Puede ser capaz de inculcar valores como la disciplina o el liderazgo, en muchos individuos sirviendo, además, como filtro contra actividades no ventajosas para el desarrollo.   

Ante la inminencia de todo lo anterior (la emoción de la Copa Mundo, la violencia vivida como atenuante de la esperanza, el poder del fútbol, la necesidad de crear una nueva cultura hacia éste), el Colegio José Max León reaccionó. Fue convocado para hacer parte de la construcción del Plan Decenal y detectó la necesidad de aterrizar todo lo expuesto en acciones concretas. La campaña “Fútbol en Paz” es el primer resultado de este esfuerzo. Se invitó a la población directamente relacionada con el fútbol colegial (profesores, estudiantes, árbitros, dueños de canchas de fútbol aficionado en donde se organizan torneos de esta modalidad, y padres de familia) a participar en la redacción de un protocolo. Muy pronto los mismos estudiantes pidieron ampliar la iniciativa a otros colegios y tejer una especie de pacto que trascendiera los límites de su círculo educativo inmediato.

Uno de los retos de las instituciones educativas es conocer los entornos de los estudiantes. El ritmo que el avance tecnológico pretende dictar sobre la vida de los más jóvenes, es a veces tan acelerado que los adultos a cargo de su cuidado y formación muchas veces se sienten intimidados y prefieren tomar distancia. Algo similar ocurre con el fútbol; muchas veces nos negamos a entender que, más allá de cánticos, uniformes, bengalas y, en ocasiones, disturbios, existen tendencias históricas y sociales que se expresan en individuos ajenos a estas realidades.

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No es muy diferente la reacción que generan los jugadores profesionales de fútbol. Usualmente su intervención se limita a la presencia en el campo de fútbol y, en el caso de una minoría ínfima, los comerciales de televisión. Por lo general su faceta individual es ignorada y, por lo tanto, su responsabilidad como actor integral de una sociedad es reducida a un período de tiempo demasiado corto para percibir sus gamas y matices, en el cual se miden solamente las capacidades físicas y los instintos primarios, condensados por ansiedades y presiones que, al sonar el pitazo final, no deberían salir del campo de juego.

En el caso de la campaña de Fútbol en Paz, el Colegio José Max León quiso involucrar a los propios actores del deporte. De la mano de la marca deportiva Umbro, otra convencida del potencial del fútbol como motor de una sociedad más pacífica, se acercó a dos rivales clásicos: el arquero de Millonarios Luis Delgado y el delantero de Santa Fe Wilder Medina; ambos estuvieron de acuerdo en hacer parte de este esfuerzo. 

El campus del Colegio fue el escenario para el primer encuentro de la campaña. Se reunieron estudiantes, maestros y reporteros. Los jugadores debieron abrirse paso entre los ansiosos seguidores de todas las edades que pedían autógrafos, sin importar el equipo de sus afectos. Frente a los mencionados jugadores se leyeron los puntos del protocolo. Todos coincidieron en que el fútbol debe ser un escenario de encuentro entre rivales deportivos, no un campo de batalla entre enemigos. “Mírennos”, dijo en su momento Medina: “en el pasado partido él hizo un golazo en contra nuestra y henos aquí ahora, llamándolos a todos ustedes a que vivan el fútbol en paz”. Medina se refería al golazo de tiro libre que Delgado le había anotado a Santa Fe en la fecha nueve de la liga Postobón.

El portero de Millonarios ya había brillado en ocasiones anteriores: otro gol contra el Once Caldas lo había posicionado como cobrador temible, y en años pasados su habilidad en el arco llevó a Millonarios a un título nacional. Pero quizás su faceta más recordada es la de esposo solidario: el 14 de octubre del año 2012 apareció con la cabeza rapada en el Atanasio Girardot. Después del empate 1-1 contra el Once Caldas declaró que lo había hecho como manifestación de apoyo a su esposa, quien pasaba por una quimioterapia que le ayudaba a curar un cáncer. 

“Lo más importante es la familia”, dijo en el evento de lanzamiento de Fútbol en Paz. “Después de jugar sólo quiero llegar a mi casa y abrazar a mi familia. El resto “se queda en la cancha”. Animó después a que todos los asistentes se abrazaran en señal de apoyo: “Todos ustedes son una gran familia. El Colegio está para competir, pero también para encontrar apoyo y afecto”. 

También en ese sentido se expresó Wilder Medina. Habló de su condición como consumidor de droga; del papel que ha jugado el deporte en su esfuerzo por dejar de serlo y de lo importante que fue para él encontrar en el fútbol una vocación profesional: “Muchos jóvenes de este país solo tienen el fútbol como opción para salir adelante. Ustedes que lo tienen como parte de su formación: aprovéchenlo y disfrútenlo con responsabilidad y altura”.

La Campaña Fútbol en Paz avanza. En el Colegio José Max León reposan camisetas enmarcadas de los dos jugadores pioneros en esta iniciativa, como muestra de que esta idea trasciende las barreras escolares. El esfuerzo de construir una cultura “futbolera” mejor pensada tiene que recorrer todas las versiones del deporte.      

Los próximos pasos están claros: a partir de agosto de 2014 el protocolo empezará a ser compartido con los colegios que quieran participar de la iniciativa. Antes de esto se lanzará un torneo de fútbol escolar en Bogotá, en donde se aplicará un reglamento con medidas disciplinarias adaptadas desde el Ultimate y otros deportes. La cuota de inscripción, además de un dinero básico para cubrir el costo de los arbitrajes y demás gastos necesarios, incluirá una donación en especie encaminada a la colaboración con escuelas de sectores menos favorecidos. Se comenzará con la escuela de formación de la Fundación Wilder Medina en Puerto Nare, Antioquia. Otros municipios beneficiados por este torneo serán Bojayá y Bagadó, en el Chocó. A estos municipios debe extenderse el protocolo y nutrirse con las opiniones de los estudiantes de las regiones. El torneo se celebrará inicialmente en Bogotá pero, si lo que se busca es construir de una vez por todas un Fútbol que aporte a la paz, debemos pensar en grande.

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 69