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El juego y la educación

Por Domingo Araya
Magisterio
18/01/2017 - 10:45
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Foto tomada de Revista Magisterio No. 83

Uno de los rasgos distintivos de la especie humana (sapiens-demens) es el juego. Por eso, al tiempo que se le llama homo faber, que trabaja y manipula herramientas, se le etiqueta como ludens, que juega. Hegel decía que el trabajo es deseo inhibido. El juego está más cerca del deseo y del principio del placer que del trabajo dominado por el principio de realidad.

 

+ Lea: El juego y su importancia en una propuesta de educación preventiva y El juego en el desarrollo de procesos del pensamiento creativo

 

Como lo muestra Edgar Morin en su libro El paradigma perdido: la naturaleza humana, el cerebro es un sistema hipercomplejo que supera de manera cualitativa al de los mamíferos superiores como el chimpancé. Esta gran complejidad del cerebro humano solo es superada en nuestro contexto planetario por los sistemas sociales. A mayor complejidad, mayor "ruido", en términos cibernéticos, mayor flexibilidad y posibilidad de errores. La contrapartida de la conciencia es la inconsciencia, la de la cordura es la locura. Somos sapiens porque demens.

 

+Conozca los libros El juego. Procesos de desarrollo y socialización - El juego nuevas miradas desde la neuropedagogía - Recreación, lúdica y juego - 

 

El ser humano y la cultura que lo engendra y sostiene, por su gran complejidad, se abre a lo posible, a lo imprevisible, a lo imaginario y a lo nuevo. Solo un ser tan complejo es capaz de fabular, de inventar todo tipo de seres imaginarios presentes en los mitos y en el arte. También gracias a esa complejidad cerebral surge la posibilidad de la libertad, que supera la rigidez del instinto. El juego es el resultado de esa libertad, de poder escapar a los mecanismos rígidos y estereotipados. Entre los signos distintivos del ser humano arcaico están el arte, la pintura y la sepultura. Ambos fenómenos señalan que hay una fantasía capaz de pintar animales imaginarios, como el unicornio en el pozo de Lascaux, y de creer que más allá de la vida se abren mundos de ultratumba. La capacidad de soñar y de construir mitos y religiones es exclusiva del ser humano.

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+Conozca las revistas El juego y Juego y educación

 

El juego, la libertad, la capacidad fabuladora, junto con el trabajo que transforma el mundo y de paso al propio ser humano, son actividades que no es posible encontrar entre los animales, aunque pueda haber atisbos de los mismos en los mamíferos superiores. Es hora de romper con las fronteras que separan lo vegetal, lo mineral, lo animal y lo humano, para apreciar la unidad de todo el rico y variado proceso evolutivo de la vida. Tanto Teilhard de Chardin, como Caillois y Morin, entre otros, descubren en niveles de la materia considerada inerte características que antes se creían exclusivas del ámbito espiritual, como la capacidad de crear y de una cierta indeterminación.

 

Nietzsche consideraba a la vida como una gran artista creadora de formas y propuso imitarla en su ser artista, guiados por el principio estético de lo bello más que por la utilidad. Para este pensador, la vida, que él llama voluntad de poder, no persigue un fin moral o religioso, sino, más bien, es un puro juego de fuerzas antagónicas que él reúne bajo el nombre de dos divinidades del mundo griego: Apolo y Dionisos. Su visión metafísica más profunda, aunque él quería superar la metafísica idealista, es una visión trágica y estética del mundo que tiene como clave de bóveda el juego. Nietzsche sigue en esta cosmovisión a Heráclito, para quien el mundo es un niño que juega.

 

Freud, ese otro gran descubridor del alma profunda del ser humano, habla de dos principios que regirían el comportamiento humano: el de placer y el de realidad. También sostuvo que las pulsiones básicas del inconsciente se agrupan en de vida y de muerte y las denominó con nombres de divinidades griegas: Eros y Tánatos. El juego de Eros, Tánatos y Ananké, bajo los principios de realidad y de placer, deciden la vida de los humanos y de las culturas. Cuando Freud aplicó estos conceptos a la realidad en la que le tocó vivir, dijo que era una sociedad enferma que, a fuerza de reprimir lo vital, fomentaba los impulsos de muerte.

 

+Lea: El juego como reservorio y garante de la diversidad

 

Marcuse, siguiendo a Marx y a Freud, y también a Nietzsche, en su libro Eros y civilización, sostuvo que las culturas conocidas hasta el presente se basan en un exceso de represión de lo placentero y lúdico en favor del trabajo, la moral y lo utilitario. Lo lúdico queda excluido de la vida organizada en torno a la producción. La propuesta marcusiana es la de una sociedad menos represiva, más lúdica, que él llama órfico-narcisista y que posee un profundo sentido estético. Sigue en esta línea las ideas del poeta alemán Schiller, quien en sus Cartas sobre la educación estética del hombre insiste en la necesidad de integrar lo que ha estado separado y formar un ser humano completa y armónicamente desarrollado. Para este poeta, una educación estética es la que desarrolla la sensibilidad, el intelecto y la imaginación, ésta como facultad intermedia entre las otras dos. Sigue a Kant en aquello de que el arte es un libre juego de las facultades y que, por lo tanto, integra y supera a las facultades separadas.

 

En nuestros días es Gadamer, el filósofo de la hermenéutica simbólica, quien de modo especial habla de la importancia del juego, no sólo en el arte sino también en la filosofía. Solo aquel que puede jugar se ha liberado de la rigidez que todo aprendizaje conlleva. Ortega hablaba de pensar y vivir de forma deportiva como la máxima expresión de maestría en algo. También Platón pensaba que solo es posible aprender jugando, que es lo contrario de una esclavitud. El juego, eso sí, no significa ausencia de disciplina y esfuerzo. Para ser capaz de bailar ballet es indispensable haber hecho horas y horas de barra. En este sentido, el juego es algo muy difícil de conseguir, es el final de un aprendizaje, no el comienzo. El juego, en otras palabras, es algo muy serio.

 

Apliquemos todo lo dicho a la educación de los niños y jóvenes en la escuela. El juego no es ausencia de reglas, sino más bien su uso libre y autónomo. No significa que se educará a los niños sin una concepción de trabajo sino que se tendrá como objetivo la libertad y la creatividad, para lo cual es indispensable primero adquirir conocimientos y saber aplicarlos.

 

Una educación para y por el juego sería una educación estética, por el arte, no soo porque utiliza las diferentes artes en la formación del niño sino porque concibe la existencia humana como una obra de arte que hay que ejecutar. Foucault habla en este sentido de una estética de la existencia. Más allá del intelectualismo que predomina en la instrucción actual, de la acumulación de datos irrelevantes en la memoria, una educación para y por el juego apunta a la capacidad de usar de manera creativa esa información y de ser capaz de jugar con esos datos de modo personal.

 

La ciencia entendida como formulación de problemas, como preguntar desde la perplejidad, como búsqueda de soluciones transitorias, siempre superables, es en esencia un juego, aunque no es así como se la enseña. Al contrario, las ciencias suelen enseñarse como saberes cerrados e inmutables, dogmáticos. Aprender a aprender, a investigar, más allá de los resultados alcanzados, estar abierto a los enigmas y a las aporías, abrirse a nuevas lógicas, multivalentes y paradójicas, es entender las ciencias, y en especial las matemáticas, como un juego apasionante.

 

En El juego de abalorios, de Herman Hesse, en la ciudad pedagógica de Castalia, el máximo puesto alcanzable era el de magister ludi, la cumbre de la sabiduría. Para llegar a esa cúspide había que cursar largos estudios, la música era uno de los más importantes. En esa civilización lúdica se concibe el estudio como un juego de las diferentes disciplinas. ¿No podríamos hacer de nuestros centros de enseñanza, en lugar de prisiones donde se vigila y castiga, lugares de encuentro y de juego en torno al saber?