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El país donde los tigres aprenden a pescar

Por Alfredo Hernando Calvo
Magisterio
29/08/2018 - 15:15
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Foto de Pixabay - Bangladés

En el golfo de Bengala, al sur del país, la vida de los tigres y de los niños se ha convertido en un acto heroico. Las frecuentes e intensas lluvias han convertido las inundaciones en una rutina. Para un tigre de Bengala, la rapidez, la fuerza y la elegancia son cualidades inservibles cuando el agua le alcanza los bigotes. Lo que un día fue un problema puntual se ha acentuado con los caprichos globales del cambio climático. Hoy el manglar se ha convertido en una singular Atlántida.

La Atlántida de Bengala se eleva sobre el laberinto creado en las raíces de miles de mangles y, año tras año, vuelve a emerger sin excitación ni sorpresa alguna después de cada inundación. Es parte de la rutina de niños y tigres.

El llamativo color naranja de su piel y la belleza de la especie tampoco juegan a su favor. La cacería furtiva de tigres no ha hecho más que acentuarse en los últimos años, así que los niños no tienen por qué preocuparse; los felinos bastante tienen con sobrevivir aquí. Incluso hay bengalíes que aseguran haberlos visto nadar y pescar a golpe de mandíbula. Para Abul Hasanat Mohammed, ver a un tigre zambullirse en el manglar se ha convertido en una rutina. Después de todo, los tigres se las ingenian tan bien como él.

Abul Hasanat sabe de tigres, de niños y de ingenio. Con los primeros suele cruzarse de lejos cada mañana; a los segundos los lleva a bordo de su barcaza, y sobre su ingenio, no hay mejor prueba que la barca. El trópico de Cáncer divide Bangladés en dos mitades, y Abul cruza de un lado a otro con frecuencia.

Abul Hasanat sabe lo que es crecer en un país donde desembocan más de 58 ríos diferentes. La mayoría ha perdido la definición de su cauce a causa de las lluvias constantes. Caudales que crean inundaciones. Inundaciones que originan desastres. Desastres que han dejado sin casas y sin recursos a millones de personas. Por si fuera poco, Bangladés es el noveno país más poblado del mundo. Tiene la friolera de más de 154 millones de personas y una superficie que no llega a los 150.000 kilómetros cuadrados. Para hacerse una idea de las dimensiones de estas cifras, basta imaginar el cuádruplo de la población de toda España metida en la cuarta parte de su superficie; algo así como dar casa a todos los rusos del planeta en la suma de Aragón y Castilla y León. Así que lo de la Atlántida bengalí no es una exageración. Al fin y al cabo, año tras año toda una civilización se inunda bajo las lluvias. 

La barcaza de Abul es muy larga y estrecha, y la impulsa un motor que tricota al son de una rítmica melodía de combustión. Al igual que las casas de los niños, el camarote principal está construido con juncos. En su tejado, en lugar de velas, se ha plantado un huerto de paneles solares. Los paneles adornan el bote de modernidad, pero, sobre todo, abastecen la maquinaria del interior. Un ordenador y algunas bombillas se llevan la mayor carga. Mesas y sillas se organizan en filas y aportan orden al ambiente. Sin embargo, no existe revisor alguno, no se cobra entrada a la barcaza y, presidiendo el camarote, una pizarra cargada de números y letras impone su vasta presencia.

Un proyecto ingenioso que ha convertido las debilidades y los contratiempos del ecosistema en una oportunidad. Ha creado escuelas en forma de barco y en Numa ha utilizado los ríos como principales canales de comunicación.

Una escuela-barco 

Las inundaciones no solo incomodan a los tigres en los manglares. Miles de familias, diseminadas por el delta, carecen de los recursos básicos para vivir dignamente. En esta región, las niñas no están autorizadas a andar solas, así que, en el caso de que existiera una única escuela y el edificio durara más de un año sin inundarse en el fondo de esta peculiar Atlántida, tampoco podrían acudir a ella. Para Abul Hasanat, estaba claro: «Si los niños no pueden ir a la escuela a causa del deterioro en las infraestructuras de transporte y por las inundaciones constantes, la escuela debería ir a los niños». 

Esta es la filosofía de la organización Shidhulai, la cual ha generado un modelo de escolarización que da sentido a las vidas de más de 88.000 alumnos en Bangladés. Un proyecto ingenioso que ha convertido las debilidades y los contratiempos del ecosistema en una oportunidad. Ha creado escuelas en forma de barco y en Numa ha utilizado los ríos como principales canales de comunicación.

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La escuela-barco de Abul no es única; se trata de una gran flota que ha ido creciendo desde que en 2007 recibiera los halagos de la Organización de las Naciones Unidas. El modelo de Shidhulai no solo ha sido reconocido por su programa educativo para niños y adultos de todas las edades, sino que los huertos solares de los botes los han convertido en una suerte de dispensador energético, flotante y ecológico. Las escuelas-barco son, de este modo, una estación de energía con decenas de paradas en cada jornada. Cada vez que echan el ancla suministran lámparas LED para la noche, corriente eléctrica para utensilios agrícolas y otras labores y, por supuesto, tiempo de escuela.

Las barcazas de Shidhulai han inventado un nuevo modelo de escuela, adaptando la estructura física y el plan de estudios al calendario de cosechas y, lamentablemente, también de inundaciones.

Así que en el golfo de Bengala nadie se sorprende cuando los tigres aprenden a pescar. Sin embargo, aquellos menos duchos con los colmillos bajo el agua prefieren probar con otra aventura y emigran valientes a la India, cruzando la selva que une ambos países en busca de mejor fortuna.

Para leer más relatos inspiradores consulte la versión completa del libro Viaje a la escuela del siglo XXI.  Así trabajan los colegios más innovadores del mundo. 

Tomado de: Viaje a la escuela del siglo XXI.  Así trabajan los colegios más innovadores del mundo. Alfredo Hernan Calvo. 2015 Madrid. España. pp 14-16 

Alfredo Hernando Calvo - Fundación Telefónica 

Foto de  Pixabay