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El personalismo comunitario: El ser maestro

Magisterio
14/06/2018 - 15:30
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Foto de Freepik. Tomada de Free Photo

El hombre vive pensando, conociendo, tanto como actividad como resultado de la actividad; el hombre piensa para mejor conocerse y realizarse en este mundo; pensar indica la naturaleza buscadora del hombre y su condición de continuo devenir y cambio, el Maestro, antes de serlo es  hombre y puede ser definido como aquel que busca la verdad, porque tiene un deseo escrito en su interior. La capacidad misma de buscar la verdad y de plantear preguntas implica ya su primer respuesta, pues no la buscaría si fuese inalcanzable o no la reconociera cuando la encontrase. El hombre ha demostrado que sabe expresar este deseo íntimo en la literatura, la música, la pintura, la arquitectura y en cualquier otro fruto de su inteligencia creadora, en donde no está exenta su labor como Maestro.

Las ciencias humanas conciben la vida humana como proceso de ser persona, como camino interior a recorrer. El proceso del hombre incluye, un conjunto amplio de procesos particulares dentro del proceso global. Entender la vida como recorrido interior del hombre es entenderla como conversión en continuo proceso, pues la persona crece personalizando el ideal y el ideal tiene un proceso para interiorizarlo. La personalidad está culturalmente situada y plasmada; las dinámicas psicológicas de la personalidad son deudoras, en parte, a los contextos sociales y culturales, el Maestro realiza la cultura y se realiza en la cultura y en la interacción social. 

Han existido muchos pensadores que se han interesado por la relación entre cultura, personalidad y valores pero es difícil dar una explicación completa de la interacción, de la autonomía y de la continuidad entre personalidad y cultura; esas reflexiones han cristalizado tres conceptos cercanos: los valores poseídos por una persona, el sistema cultural de valores y la orientación de valores.

El tema de los valores, en nuestros días, constituye literalmente un problema que aviva una respuesta. Su necesidad, origen, fundamento, utilidad y ejercicio debe estar al cuidado de los educadores, pues como formadores deben dar testimonio de su realidad y ser a su vez transmisores de estos mediante su actividad humana y profesional.

Existen temas provocadores como globalización y neoliberalismo que inciden directamente en los procesos educativos, por ello, nos sentimos interpelados por el tiempo que estamos viviendo y por sus signos sorprendentes y desafiantes, a profundizar en el significado de este “cambio de época” y en las repercusiones que ejerce sobre la persona, la vocación del ser Maestro y la forma de vida del alumno. 

Es necesario como un primer momento, un acercamiento que ayude a “conocer con mayor rigor y objetividad el entorno en el que nos movemos, para, a partir de él, intentar establecer con mayor fundamento las finalidades de la educación en materia axiológica” (Payá, 1997: 11), y como un segundo, hacer un esfuerzo para alcanzar una interpretación al filo de los hechos no sólo desde un enfoque sociológico o político, sino también filosófico o humanista, particularmente desde la persona, a fin de contrarrestar el individualismo hedonista propio de la globalización postmoderna.

El desafío de nuestro tiempo no se presenta fácil para la educación, y su futuro depende en gran medida de los maestros y su contribución en el diseño de nuevos programas con una nueva  metodología basada en valores e infiltrada en la responsabilidad de todos los miembros, la acción educativa no debe apuntar sólo a las conciencias individuales, ni siquiera a que cada individuo amplíe su capacidad de tener presente al otro, sino a impulsar un tipo de conversión que lleve a superar la cultura del individualismo, promueva la inserción en el mundo procurando la transformación de las estructuras sociales, políticas y económicas, “si por lo demás, realizamos una profunda transformación pedagógica de la escuela con predominio de la educación, y de la educación personal, sobre la erudición” (Mounier, 2002: 443), la escuela garantizará los métodos que respetan y educan a la persona.

 El ser humano, como ser libre, debe hacerse responsable de su existencia y de orientarla hacia el bien; debe ser capaz de tomar las decisiones que le afectan personalmente y que inciden en la vida de los demás.

En la globalización, como se está produciendo, no pocos experimentan que decisiones vitales e impactantes en su vida y la de su comunidad son tomadas a distancia, por instancias multinacionales, sin contar con la participación de los afectados. La Globalización puede ser percibida entonces como un fenómeno impersonal, arrollador y ciego que arrebata al ser humano la responsabilidad y la capacidad de ser sujeto de su propia existencia, “…la preocupación por el cuerpo ha pasado a ocupar lugares prioritarios en las listas de intereses personales, porque se interpreta desde un hedonismo calculado…”(Payá Sánchez, 1997: 11). Entes impersonales y anónimos deciden por nosotros usando como único criterio la rentabilidad.

 A nadie se oculta el riesgo de corrupción, de anomia, de apatía y de abusos con los débiles que trae consigo este tipo de globalización. Por eso se ha hecho sentir con creciente fuerza, la necesidad de asegurar una ética de la globalización que asegure dentro de ella el desarrollo humano. Esa ética debería subrayar los valores de respeto a la persona, de responsabilidad, de honestidad y probidad, y todos aquellos valores que favorecen el diálogo y la solidaridad; una educación de la persona supone proponer, respetar, cuidar y realizar esos valores.

 La tendencia actual, al buscar la emancipación de los valores, debe trabajar con un concepto de libertad absoluta, que rechaza toda regulación y valoración ética, de un relativismo moral, que se origina en una libertad exacerbada, sin referencias ni a la verdad ni al bien común. “La ética es la filosofía de las cosas humanas. Y la primera de las ‘cosas humanas’ es la propia persona, y de lo primero que ésta ha de ocuparse, es de qué hacer con su vida, de cómo construirla. La ética trata, ante todo, de los modos en que la persona se va haciendo tal” (Domínguez Prieto, 2003: 14). 

En este sentido, el tema de los valores y su transmisión en la escuela, parece más un juego de palabras que un acontecimiento personal; tal actitud motiva a descubrir que son tiempos para vislumbrar nuevas oportunidades, nuevos caminos para el reencuentro con los valores y “el Estado puede y debe realizar con ayuda de los educadores un doble papel de protector de la persona y de organizador del bien común” (Mounier, 2002: 441), a fin de fortalecer la acción educativa ante los acontecimientos de mundo globalizado y neoliberalismo y logre llevar a cabo una reflexión teórico- práctica, analítico-reflexiva sobre los fundamentos éticos y el reencantamiento de los valores, con el propósito de reorientarla a lo que ha sido la cuestión fundamental de la pedagogía: el crecimiento personal fundado en valores y la transformación social. ¿Para qué necesitamos esta reflexión? Para conseguir una vida plenamente humana, una vida buena y feliz, personal y comunitariamente. 

“Aquel que, descubriendo y comprometiéndose con valores, adquiere virtudes, constituye su carácter, que es como una segunda naturaleza. Y un carácter bien construido es lo que le permite a cada uno vivir más plenamente, ser una persona de más quilates, lo cual, necesariamente, envuelve una reflexión sobre su dimensión comunitaria: ser pleno es serlo desde otros y para otros. Este es el fin de la ética docente” (Domínguez Prieto, 2003: nota 5, 15). 

En los acontecimientos históricos la persona expresa aquello que es, quiere y sueña. Pero no pocas veces cae en el impulso de ser simplemente eficiente y de obtener de inmediato sus propósitos entrando en la impaciencia, el acelerado activismo, la manipulación y el control de los demás para lograr sus objetivos. “Que en todas las historias humanas exista dolor no parece necesario sea demostrado. Que todas ellas estén sembradas de conflictos puede ser fácilmente imaginado. Más, en la historia occidental, desde sus orígenes, los conflictos todos giran en torno a uno, al que se reducen y refieren: el conflicto del hombre” (Zambrano, 2004: 71). 

La historia resulta frecuentemente dramática, deriva en conflictos, guerras y procesos autoritarios. Sin embargo, aunque la persona sufra estas consecuencias dramáticas, no está llamada a salvarse de la historia, sino en ella y con ella, está llamada a reconocer los signos de la historia y las interpelaciones que se le presentan a través de ella, de manera que con su acción coopere para que la humanidad consienta re-encantarse por los valores y considere que lo más humano no se compra ni se vende, tiene valor pero no tiene precio.

 Es un inmenso desafío humanizar la globalización, colaborando para que en ella se abran los espacios que permitan a los seres humanos darle sentido a sus vidas, persiguiendo fines que ordenen su vida, y no convertir en ídolos todos los medios que provee la nueva cultura, ya que en “la propia vida, y cada circunstancia dentro de ella tienen un sentido, tienen siempre un para qué que se puede descubrir. La tarea de la vida es descubrirlo y, luego, comprometerse con él. […] Se trata de un horizonte de valores, de un para qué, que cada uno tiene que descubrir. Para realizar su plenitud, la persona ha de encontrar un horizonte hacia el que oriente su crecimiento. Lo que desea la persona, más allá del placer, la riqueza, el poder, es un sentido desde el que poder caminar hacia su plenitud” (Domínguez Prieto, 2003: 24-25); hacer y sentirse libre. 

Hoy el valor de la libertad parece estar colocado en la cúspide de los criterios de acción. Se promueve la búsqueda de la autonomía del hombre, reafirmando su ser en cuanto sujeto individual, único e inconfundible. Se impone así un individualismo práctico que tiene sus consecuencias en el campo de la educación y la vida social en general. La postmodernidad ha acentuado este rasgo, pues el hombre actual se inclina a privilegiar la esfera de lo privado sobre la esfera de lo social. 

En esta búsqueda de sí mismo, sin embargo, el hombre tiende a aislarse. A través de la reafirmación extrema de su individualidad, el hombre se niega a sí mismo al desvalorizar una dimensión fundamental de su existencia: la intersubjetividad. El hombre escapa de su responsabilidad y de sus deberes para con los demás, los que están cerca y con aquellos con quienes comparte socialmente una misma historia, renunciando de esta manera a la posibilidad de una comunicación profunda con sus semejantes. 

Dicha actitud es un desafío para los maestros, los cuales están llamados a vivir y construir solidariamente su entorno en relación abierta con los demás miembros de la sociedad. El hombre no es una realidad aislada, que pueda obtener los fines supremos de su vida al margen de los demás, en contraste, es quien tiene que reconstruir los vínculos que recompongan el tejido social y que hacen posible el verdadero desarrollo del hombre.

La interconexión entre los diversos principios: solidaridad, autoridad, comunión y participación, primacía del trabajo sobre el capital, destino universal de los bienes, justicia social, bien común, tiene como sustento las exigencias éticas fundamentales que se desprenden del valor de la persona.

 El personalismo, una opción para educar en valores 

Si no hay círculos de aprendizaje y componentes educativos que desaten procesos de crecimiento integral de la persona, se dan los consabidos dramas humanos tan frecuentes en nuestros días. Sólo con elementos educativos (escuela, medios de comunicación social, ambiente cultural) y con acompañamiento propicio y oportuno (padres, familia, comunidad, maestros, amigos) podemos — como niños, adolescentes, jóvenes y adultos— entrar en un positivo proceso de crecimiento hacia la madurez humana: la persona. 

Es propio de la persona el no llegar a un nivel verdadero y plenamente humano si no es mediante la aceptación y convivencia con el otro, por ello, el reto actual que enfrenta el educador es humanizar, dando respuesta a “las características del dinamismo personal que permite el encuentro: acoger al otro y darse al otro” (Domínguez Prieto, 2003: nota 5, 20), y que la educación vire hacia la persona en el contexto de un auténtico diálogo, que implica dejarse enriquecer por el otro y colocarse en una actitud sinceramente receptiva.

 El existir con otros y el vivir juntos no es el fruto de una desgracia a la que haya que resignarse, ni un hecho accidental que debamos soportar; ni siquiera se trata de una mera estrategia para poder sobrevivir. Toda vida en sociedad tiene para las personas un fundamento más hondo: el diálogo, intercambio y apertura, unidad, valores comunes que no son alternativas entre las que hay que optar, sino dimensiones en las que hay que vivir.

 Ante la pérdida del sentido comunitario que prevalece en la actual cultura globalizada de corte neoliberal, el individuo se convierte en sujeto egoísta de la historia, ignorando sus deberes relacionales  y desconociendo que esa historia sólo puede construirse en relación con los demás y asumiendo la propia responsabilidad social desde el amor a la tierra, al lugar, a la gente y a la cultura donde la persona está inserta. 

Para difundir integralmente el acontecimiento de la persona en medio del mundo, se necesita haberlo tocado en la propia experiencia personal;
“mientras que las realidades físicas sólo las podemos conocer a través de los fenómenos exteriores, a la persona la podemos conocer ‘por propia experiencia’ y por experiencia interna. Podemos comprender en carne propia lo que es una persona. Podemos tratar de entender a qué responden sus más íntimos anhelos, qué es lo que la persona realmente quiere” (Domínguez Prieto, 2003: nota 9, 19), esto implica proponer siempre una “espiritualidad de la acción misma”.

 Ser maestro

El Maestro debe considerar que la educación no es solo una cuestión técnica sino también antropológica, es comunicación de lo que es, vive y piensa el Maestro y la comunidad educativa “al servicio de la promoción integral de la persona, de modo que, en conexión con lo real, puedan realizarse en plenitud” (Domínguez Prieto, 2003: nota 5, 18) con miras en la búsqueda de un mundo realmente mejor que tanta falta nos hace y posibilitando el encuentro y apertura con los otros desde la mirada del espíritu.

La actitud del Maestro debe ir más allá de la racionalidad desde la cual estamos acostumbrados a ver las cosas y percibir con la mirada del espíritu, para que cada persona tenga una experiencia de encuentro con el otro como un camino para mantener el diálogo con los hombres de hoy.

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Ir más allá de la racionalidad implica que el educador no es sólo un transmisor de muchas cosas, aunque sean organizadas en un sistema, su tarea no consiste en instruir, sino también en formar, lo que no se reduce a capacitar para producir “…la preparación o la profesión y la formación técnica y funcional no deberían constituir el centro o el móvil de la obra educativa…” (Mounier, 2002: 438), lo cual representa una educación pobre que se refleja en aquel que teniendo una educación, ésta carece de un marco de valores fundamentales, o éste está trastocado por intereses deshumanizantes. La actitud del Maestro debe estar encaminada hacia la formación, lo cual supone equipar al alumno de un repertorio de actitudes para reaccionar más tarde frente a las incidencias de la vida, asimismo, proveerlo de conocimientos “vitales” como los que permiten elegir una forma de vivir, ya que lo que va haciendo cada uno con su vida constituye su carácter o éthos. 

Cada uno para hacer orientar su vida, recibe de otros un conjunto de normas que conforman un sistema, que después puede elaborar por su cuenta. Esto es lo que constituye la moral, siendo su fundamento el ser humano. La actuación del ser humano no está prefijada, éste tiene que elegir quién 7 quiere ser optando entre múltiples posibilidades, no siendo todas igualmente promocionantes; lo que la persona elige hacer en cada momento no es indiferente, por eso, “tiene que elegir y razonar o dar razón de lo que elige. Por tener que actuar y elegir, haciendo así su propia existencia y porque no cualquiera opción es indiferente de su plenitud, el ser humano es un ser moral” (Domínguez Prieto, 2013: 14).

De ahí la importancia de integrar el estudio de la ética en los programas educativos desde el jardín de niños, “la escuela, desde el grado primario, tiene como función enseñar a vivir, y no acumular unos conocimientos exactos o ciertas habilidades”, […] el niño debe ser educado como una persona por las vías de la prueba personal y el aprendizaje del libre compromiso” (Mounier, 2002: 438), con métodos diferentes a los usados comúnmente en otras disciplinas, puesto que la moral no se aprende recitando una lista de valores, ni exteriorizando buenas intenciones, implica el desarrollo de facultades positivas desde la primera infancia.

 Por tanto, educar sólo es posible en aquellos seres cuya naturaleza no está acabada, sino que pueden ser de una manera u otra, es decir, que no están acabados y tienen que “formar su propia vida”. 

De esta manera, la educación de una sociedad no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que sus actividades apunten caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico bien determinado.

 El fortalecimiento de la propia identidad es urgente en un momento en que el diálogo y discernimiento personal y de grupo de las relaciones con otras personas se vuelve más necesario. 

Es urgente el diálogo en torno a la realidad humana con el mundo académico y científico, pero observamos que este diálogo se dificulta cuando se mantienen prejuicios sobre la ética misma. Para los educadores constituye un reto el mostrar que el respeto integral de la persona y la adopción de un código ético por parte de los hombres dedicados a la investigación, más que limitar el avance de la ciencia y la tecnología, es la mejor garantía para su desarrollo. 

El criterio de eficacia del educador no surge del sentido mundano del éxito en el que interesan los logros y el cumplimiento de ciertas metas a toda costa, la eficacia la alcanza mediante la intensidad de sus vínculos de fraternidad y la capacidad de convertirse en servidor de todos.

 Conclusiones
 La vocación del Maestro desde la perspectiva del personalismo, tiene como tarea ayudar al Maestro a librarse de las sombras —la persona no es sombra de nadie, ni hay sombra que la eclipse— , se asome a la luz, y asuma el reto de despojarse de las cadenas que atan su deseo de ejercer con plenitud su vocación. Una vez librado, podrá reimplantar los valores fundamentales de la persona,  dando testimonio de su realidad y ser transmisor de éstos mediante su actividad humana y profesional y asuma el reto para fomentar una educación desde y para la dignidad humana que es fuente y sustento de todos los valores, los cuales no pueden reducirse a meras fórmulas que trivializan y relativizan todo contenido axiológico.

 Por consiguiente, una educación personalista abre opciones insospechadas para orientar la manera de vivir de las personas, su diversidad humana logra cauces para desenvolverse y hacer más convergentes la libertad y la vocación de servir a todos sin distinción, mediante un proceso de interiorización en donde la identidad resulta más claramente que nunca una cuestión de opción, de elección de vida y de entrega que le dan sentido, llevando a la persona a nuevas expresiones de generosidad y a la mayor claridad de amplitud de la solidaridad a la que están llamadas las personas.

La práctica educativa con respecto a la formación en valores, debe trascender en el alumno a partir del testimonio de vida de su Maestro, quien debe asumir el compromiso de acompañarlo a ser persona y a poner en práctica los dilemas morales, a fin de que el alumno opine y critique diferentes posturas, con el propósito de formarle un criterio propio, justificado y factible. “La vocación es el modo en que cada uno, de modo concreto en su vida, experimenta y realiza la llamada a la plenitud” (Domínguez Prieto, 2003: 28, 29); el educador esta llamado, de alguna manera, a reproducir el dinamismo de la educación en su actividad creadora pugnando por transformar el mundo “desde adentro”.

 El testimonio de vida del ser personal en la persona del Maestro, amaga su sentido, su proyección y su vocación, dejando vislumbrar la gran estima que tiene sobre sí mismo, haciéndose valer en su comunidad, en el desempeño de su trabajo y primordialmente en sus alumnos, lo cual posibilita su apremio hacia el cumplimiento de su misión como educador. 

Asociado a esto, el problema de la deshonestidad e individualismo con el que nos encontramos en las Instituciones educativas, muestran la falta de vocación personal y de comunidad comprometida, éste debe ser superado desde la persona, fomentando un clima de amistad para la acción educativa con el designio de llegar a la toma de decisiones con un amplio criterio, fundadas en los valores desde una comunidad comprometida de maestros desde el diálogo: “felices los que sepan dialogar de verdad. En la historia de la Humanidad los influjos fecundos se han propagado mejor por el diálogo que por el discurso. El diálogo tiene la vitalidad del corazón en perpetua sístole y diástole. El arte del diálogo es un placer fecundo.” (Alonso, 1961: 114), y su valor radical es que establece y mantiene el contacto personal: ya que no son dos ideas que contienden, un poco o bastante desprendidas del sujeto pensante, sino que es una forma humana superior, la comunicación personal. 

Desde el momento en que el educador descubre su vocación entiende su dignidad y se lanza a construir su propia estatua de una manera absolutamente personal, original e insustituible en una relación de fraternidad y apertura hacia “el otro”. 

El educador que se encierra en sí mismo evade la responsabilidad que hay que asumir frente a las nuevas posibilidades de hacer el bien, por el contrario, desde sus convicciones más profundas de fraternidad, debe influir en el enriquecimiento de la conciencia de la dignidad humana y de los derechos de las personas, asumiendo lo humano por la persona y donando la persona a lo humano; esto requiere un cambio de mentalidad —metánoia—, esto es, poseer conciencia respecto del alcance mundial que tienen actualmente algunos de los problemas más graves que padece la humanidad y respecto a la responsabilidad que el educador tiene de contribuir con su aporte a la configuración de una ética mundial y de una cultura donde la dignidad de la persona se salvaguarde y se promueva. Son necesarias nuevas opciones éticas; es necesario crear una nueva conciencia mundial. El Maestro debe esforzarse por eliminar los sectarismos en la enseñanza dondequiera que se den, éste, representará una postura de purificación, capital para el futuro de la escuela. 

Cabe destacar, que no es tarea fácil inquirir e intentar compendiar la vocación del ser Maestro y el sentido de su práctica; la vocación es una llamada que “se experimenta a tientas, a oscuras, sin poder tener nunca la certeza de conocerla definitivamente. Es una llamada silenciosa a orientar en cierta dirección todos mis actos e intenciones” (Domínguez Prieto, 2013: nota 5, 36), de ahí que tal empresa deba promoverse desde la disposición personal, misma que orientará su sentido, que desde antaño, se ha identificado como el quehacer incesante que promueve el patrocinio del hombre, para conquistar con el paso del tiempo, el lugar del que rápidamente se aparta y del que con colosales arrojos lo posibilitan a reivindicarlo: su estancia en el universo como existencia que consuma el comprenderse con la naturaleza, consigo mismo y con el otro. 

 Referencias
 Domínguez Prieto, Xosé Manuel (2003) Ética del docente, Colección Sinergia, Salamanca. __________ Para ser persona, Colección Sinergia, Salamanca. Mounier, Emmanuel (2002) Personalismo. Antología esencial, Sígueme, Salamanca. Payá Sánchez, Montserrat (2000) Educación en valores para una sociedad abierta y plural: Aproximación conceptual, Desclée De Brouwer, Madrid. 
Schökel, Luis Alonso (1954) Pedagogía de la compr, Ed. Juan Flors, Barcelona. Zambrano, María (2004) Persona y democracia. La historia sacrificial, Ediciones Siruela, Madrid.

Tomado de:http://www.comie.org.mx/congreso/memoriaelectronica/v14/doc/0975.pdf El personalismo comunitario: El ser maestro

Autores

María de Lourdes Guadarrama Pérez. Normal No. 1 de Toluca 
Melchor Ernesto Lavanderos Lujao. Normal No. 1 de Toluca

Foto de Freepik. Tomada de Free Photo