Moneda

Síganos

Tu carrito

Tienes (0) productos $0
ANUNCIO
web_banner_magisterio_1115x116.png

El poder transformador de los maestros: la formación en convivencia democrática

Por Teodoro Pérez Pérez
Magisterio
13/12/2017 - 16:45
0
Foto de asier_relampagoestudio. Tomada de Freepik

Cuando a un médico se le entrega un paciente para que lo cure, la sociedad espera que su función profesional se circunscriba a contribuir en la recuperación de la salud de ese paciente, pero nunca se le pide que adicionalmente lo convierta en mejor persona. Igual sucede con el ingeniero o el arquitecto, de quienes se espera diseñen y construyan infraestructuras, sin que se espere que hagan mejores personas a los trabajadores que laboran con ellos. Y al administrador se le exige que incremente el capital de los propietarios, pero no hay expectativa alguna de que debe además convertir en mejores personas a los empleados de la empresa. Para desempeñar esas labores estuvo dirigida la formación que recibieron en la universidad.

 

En la formación de los docentes, los énfasis son puestos en los conocimientos disciplinares, pedagógicos y didácticos. A los futuros profesores se les enseña, según sea su campo disciplinar, matemáticas, química, física, lenguaje, filosofía, y en fin, lo que corresponda, y cómo enseñarlo de manera eficiente. Sin embargo, cuando al docente se le emplea, se le exige que además de lograr que los estudiantes aprendan esas materias en las que se le capacitó para que enseñara, también debe contribuir en la formación de los educandos como mejores seres humanos. Es decir, a los docentes se les pide que además de cumplir la labor de desarrollar capacidades en los estudiantes para apropiar y utilizar el conocimiento construido en la sociedad, deben también aportar en su formación como seres humanos que conviven armoniosamente. En otras palabras, al docente se le pide el cumplimiento de dos funciones, más allá de las exigencias que se hacen a los demás profesionales. La cuestión que se plantea entonces, es sobre si los docentes, per se, tienen las capacidades que se requieren para brindar dicha acción formativa, o si en ellas nunca los formó la escuela normal o la universidad, y por lo tanto allí se presenta un vacío que es necesario atender.

 

+Lea: Ser para liderar

 

La generalidad de los docentes y directivos docentes está de acuerdo en que la escuela debe formar integralmente a sus estudiantes. Y muchos se encuentran comprometidos con aportar para ello en sus ambientes de aprendizaje. No obstante, con demasiada frecuencia estos loables intentos quedan reducidos al fracaso, sin que logren construirse en el aula y en la escuela ambientes escolares pertinentes que gatillen la disposición de los estudiantes hacia el aprehender.

ANUNCIO
banner_formacion_2019_web_336x280.png

 

Es evidente que el docente no solo enseña lo que sabe. Los estudiantes aprehenden de sus profesores también, y primordialmente, lo que ellos son, lo cual se manifiesta en el tipo de interacciones que con sus actitudes y actuaciones los docentes agencian en el ambiente educativo. El cómo se enseña termina siendo el qué se enseña. Y el cómo se enseña está relacionado con lo que los docentes aprendieron en sus historias pedagógicas y didácticas, las cuales usualmente estuvieron signadas por métodos centrados en el miedo, el autoritarismo y la exigencia de disciplina bajo una relación de mando y obediencia.

 

Por eso resulta muy común que los docentes tengan claro qué tipo de ambiente de aprendizaje deben construir en el aula y en la escuela, pero que interiormente no tengan con qué, pues su cosmovisión, los paradigmas desde donde observan el mundo, desde donde le otorgan significado e interactúan, en la práctica cotidiana los llevan a generar ambientes contrarios a sus propósitos. Ello se comprende porque ni en los procesos de formación inicial o continua se aborda esta temática, ya que se da por sentado que lo único que los docentes requieren para aportar en la construcción esos ambientes deseables es una batería de pedagogías y de didácticas (Pérez y otros, 2002).

 

Ello se explica por el hecho de que todas las personas operamos en nuestra cotidianidad como observadores del entorno y de nosotros mismos, y lo que hacemos depende del tipo de observador que somos. Nos relacionamos con los demás y con el mundo sobre la base de una operación inconsciente que nos lleva a establecer juicios y conclusiones y a disponernos emocionalmente respecto a aquello que observamos, sin detenernos a pensar en la validez de los datos o interpretaciones (Senge y otros, 2002). En la siguiente gráfica se ilustra el modelo de esta operación, denominada escalera de inferencias.

 

+Lea: Siete saberes que la escuela debe estimular

 

Cuando evaluamos cualquier hecho, lo hacemos desde nuestras creencias, valores, costumbres, intereses, emoción en la que nos encontremos y juicios previos efectuados sobre vivencias similares, y desde allí generamos nuestras conductas. Evaluamos automáticamente los hechos a través de estas lentes que hemos incorporado a lo largo de nuestra historia personal, sin siquiera darnos cuenta de ello. La evaluación, la emocionalidad correspondiente y la disposición para actuar en una determinada forma nos surgen como si aparecieran de la nada. Pero en realidad, son producto de la activación en cada situación que vivimos, de todo un proceso inconsciente que se genera desde los trasfondos que se nos han ido configurando a través de nuestra historia personal, a modo de sedimentos convertidos en lentes desde donde nos situamos como observadores.

 

+Video: El sentido de ser maestro

 

Título tomado del libro: El poder transformador de los educadores. Autor: Teodoro Pérez Pérez. pp. 65 -67

 

 Foto de asier_relampagoestudio. Tomada de Freepik