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El puente de piedra

Por Sandra Patricia Ordóñez Castro
Magisterio
12/11/2015 - 09:45
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Tomada de Revista Internacional Magisterio virtual

Ser es en primera instancia adquirir la capacidad del “bien estar”; esto es, de estar bien, de “hallarse”, que no es otra cosa que encontrar la armonía de sí con el entorno. Ese es el don primigenio que deviene de la madre al niño, antes de toda acción y de toda denominación, en ese fluir inefable del afecto nutricio capaz de suplir el vacío y conjurarlo.

 ¿Cómo es el proceso de formación de un psicoanalista en la Sociedad colombiana de Psicoanálisis?

Bueno, quienes quieren ser psicoanalistas tienen que ser médicos o psicólogos, y deben someterse a análisis durante dos años, después de los cuales hacen una petición de ingreso a la Sociedad. Allí tienen una formación de cuatro años, durante los cuales su análisis continúa, mientras se forman en teoría y Técnica del Psicoanálisis, y tienen prácticas supervisadas. Cuando todo eso termina, hacen una petición y son aceptados, primero como candidatos, luego como socios adherentes y finalmente como titulares. De esos titulares, quienes quieren ser “Didactas”, es decir, dedicarse a formar analistas, hacen una petición, se evalúan y se inician en eso. Es un proceso largo y complicado. Por eso pocas personas se animan. Además porque todo eso es costoso, y es una inversión a muy largo plazo. 

 ¿Cómo surge el psicoanálisis?

El psicoanálisis es una técnica pensada por Freud, neurólogo destacado a quien le llamó la atención una serie de experiencias que ocurrían en París con la hipnosis: se hipnotizaba a una persona, se le daban órdenes mientras estaba en trance, y cuando despertaba automáticamente hacía lo ordenado sin acordarse de nada. Eso hizo pensar a Freud que, además de la parte consciente, había un inconsciente que era capaz de hacer cosas sin que la orden pasara por la consciencia. Así, empezó a trabajar la hipnosis con sus pacientes con problemas mentales, dándose cuenta de que bajo hipnosis recordaban hechos de los que no tenían consciencia cuando estaban despiertos. Lo interesante era que la parte no consciente tenía repercusiones importantes en la vida cotidiana. Como un iceberg, la parte más cercana a la consciencia era esa pequeña porción que sobresale del agua; la otra, en comparación, era enorme y muy poderosa. Pero como no todos los pacientes podían ser hipnotizados y algunos recaían con el paso del tiempo, Freud abandonó la hipnosis y creó el método Psicoanalítico, que por entonces consistía en cuatro horas de trabajo a la semana, más o menos una hora diaria, en un ambiente tranquilo, lejos de la mirada del analista, practicando lo que se llamó la “Asociación libre”: el paciente podía hablar de cualquier cosa y, a través de su relación con el analista, revivía de manera indirecta hechos traumáticos que había experimentado con sus padres o en la infancia, por ejemplo.

 El proceso de transferencia…

Sí. La historia del paciente le hacía vivir de manera distorsionada la relación con el analista. Esta distorsión, vista en perspectiva, se prestaba para hablar de lo que había sucedido hasta que el paciente pudiera llegar a la comprensión de sus síntomas y cambiar

 ¿Qué encontró Freud en esta nueva etapa de su trabajo clínico?

La problemática que para Freud fue evidente en el trabajo con sus pacientes era que la mayor parte de los problemas surgían de conflictos con la sexualidad. Eso escandalizó a la sociedad vienesa de la época, pero Freud dijo que se quería desconocer algo que las nodrizas de los niños ya sabían: que hacia los cuatro o cinco años se tiene una serie de inquietudes sobre el sexo, excitaciones y curiosidades, y que esto pasa espontáneamente durante lo que llamó el período de “latencia”, para reaparecer otra vez en la adolescencia. Lo que encontró Freud fue un conflicto alrededor de la aparición de la sexualidad en el niño, entre los cuatro y cinco años, que explicó a través de la historia de Edipo. Esa fantasía de los cuatro o cinco años queda sumergida en el inconsciente, y es lo que aparece en la relación con el analista. Eso hace posible la evocación y la comprensión.  

 ¿En qué se diferencia el psicoanálisis de otras formas de intervención psicológica?

Freud explicó lo que hacemos en el análisis (y esto es fundamental) a través de una metáfora con la que Miguel Ángel diferenciaba la pintura de la escultura: Miguel Ángel decía que la pintura es algo que se hace via di porre, es decir que el pintor pone cosas sobre un lienzo; mientras que el escultor toma una piedra y saca algo que está adentro. Entonces, todas las terapias que no son psicoanalíticas, son via di porre: los psiquiatras, drogas via di porre, y los psicólogos que no se han entrenado en psicoanálisis, consejos via di porre: “haga viajes, no haga viajes, cásese, no se case”, etc., cuando lo que tenemos que entender es el por qué de la conducta. Es decir, nosotros podemos llegar a entender cómo funciona el ser, pero lo que tenemos que encontrar es el por qué. En las tribulaciones de Edipo se pueden encontrar unos de esos por qué. 

 Sin embargo, usted plantea en su libro El más allá de las palabras, la existencia de motivos que anteceden a esas “tribulaciones”…

Freud escribió una cosa: que había un inconsciente aún más profundo, inaccesible al psicoanálisis porque ocurre cuando todavía no hay palabras. Hoy estamos ahí: en la pregunta de cómo llegar a esa parte sin palabras que tiene lugar en los primeros meses de vida. Por eso mi libro se llama así, y lo que indago es cómo ingeniárselas para que el paciente ponga palabras a esas experiencias anteriores al lenguaje. Porque no las tiene. Nos guía el aspecto emocional: todo en nuestras vidas está mediado por impresiones de agrado o de desagrado que tienen su origen allí, en esa etapa primigenia. Parte de nuestra historia, de nuestras relaciones tempranas con la madre aparecen en cada encuentro. Agrados o desagrados, prevenciones o afectos. 

 ¿Cómo se puede acceder a ese nivel aún más profundo del inconsciente que se elabora antes de que exista el lenguaje de las palabras?

Este es el problema. El peligro es usar nuestras palabras. Alguna vez le dije a un paciente: “Parece que tiene mucha rabia”, y él me dijo: “No. Rabia no. ¡Ira!”. Y comprendí que uno no debe poner la palabra; puede decir, por ejemplo: “Parece que usted tiene un sentimiento muy desagradable… ¿qué será?”. Es decir, una incitación a que el paciente encuentre las palabras. Esa es una manera de acceder, o sea, el método clásico del psicoanálisis, que es interpretar los sufrimientos del paciente a la luz de su pasado, el Edipo, etc., lo he cambiado de alguna manera por el método de inducir al paciente a poner palabras a los sucesos. Especialmente a los sucesos inesperados del momento. 

 ¿Cómo es eso?

Alguna vez tenía el consultorio en un tercer piso y el portero me llamaba por el citófono si ocurría algo. En medio de una sesión el timbre empezó a sonar insistentemente; pedí permiso y fui a ver qué pasaba. Resultó que el portero se había equivocado. Regresé y me senté, mientras, el paciente seguía hablando de lo que venía hablando. Yo lo llevé a observar cómo había vivido esa interrupción. Inicialmente dijo: “No. No pasó nada”, y siguió, pero después me dijo “Esto me hacer recordar, doctor, que cuando yo era chiquito, yo le contaba cosas a mi mamá y ella me miraba, pero yo sabía que no me estaba escuchando”. Había ocurrido lo mismo: yo fingía que le prestaba atención, pero había algo más apremiante que me distraía. Ese es un ejemplo de esos interesantes. Sucesos como que el analista se retrase unos minutos, o que no abra la puerta a tiempo, etc., podrían pasarse por alto, pero si se los tiene en cuenta y se estimula al paciente a que lo haga, pueden resultar reveladores. Alguna vez, mientras conversaba con un colega, sonó un dispositivo que llevaba siempre consigo; le pregunté sobre qué hacía si sonaba durante una sesión. Me dijo: “Nada, la sesión continua”. Seguramente el paciente seguiría también, haciendo caso omiso del asunto. Pero lo cierto es que sucedió una cosa. Inesperadamente apareció un ruido y eso de alguna manera ocasionó algún estímulo en el paciente… Todas estas cosas uno las vive corrientemente, pero no podemos olvidar que vivimos en el mundo emocional, el de las impresiones de agrado o desagrado que tienen su origen allá, donde reside todo lo no dicho. Si la impresión se repite, aflora el contenido. Si no lo dejamos pasar, entonces es posible que se nombre lo que nunca tuvo nombre alguno. 

 ¿Qué es lo que hay en el psicoanálisis que genera esa posibilidad de la transferencia de una manera tan sensible?

Que se desarrolla en un ambiente permanente, constante, continuo, de relativo silencio, tranquilo, ligeramente menos iluminado que el exterior…

 ¿Es entonces la consigna de que en reposo la represión cede?

Sí. Y la posibilidad de hablar de lo que quiera. Él puede existir a su manera y esa es más o menos la idea.

 Brindarle entonces un espacio que quizá no ha podido encontrar afuera, en donde puede expresar su yo.

El yo que no se ha podido expresar, exactamente.

 ¿Cuál es el lugar del analista en este proceso?

El analista debe despojarse de todo prejuicio en la sesión. Un psicoanalista lo definió diciendo: “no memoria y no deseo”, que quiere decir que cada encuentro debe darse como si el analista viera al paciente por primera vez, y que no debe pretender hacer cosas, solo escuchar y entender. 

 El problema surge cuando hay cosas que nunca fueron codificadas lingüísticamente…

Sí. Y en ese caso hay que evitar poner las palabras.  Hay que ir buscando las palabras del paciente, porque sus palabras son claves para él. Como lo de la rabia, ¿no? La palabra de él era “Ira”.

 Era la que representaba realmente su emoción.

Para él.

 ¿Cree que el hecho de encontrar desde el sí mismo una palabra para ponerle a lo que se siente, es ya un principio de curación?

Sí. Porque la palabra ilumina sentimientos antiguos, que están marcando el devenir diario y las relaciones, aunque no se recuerden exactamente. Las interpretaciones son un poco como via di porre, ¿no? Como las píldoras de los psiquiatras o los consejos de los psicólogos no entrenados en psicoanálisis: “Haga esto, no haga esto”. Lo importante es que el paciente elija por sí mismo un camino, que ha descubierto como el suyo. 

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 ¿Cómo se funda ese mundo afectivo que luego va a permear todas nuestras relaciones?

Si es un asunto de agrado y desagrado, ¿tiene que ver con la satisfacción de las pulsiones en esa primera etapa vital?

Determinismo biológico. Como todo ser viviente, el ser humano está programado para vivir, y vivir de una manera agradable, porque de lo contrario se acabarían las especies. Durante las relaciones tempranas del bebé, al principio no reconoce que su mamá es algo diferente a él. Eso ocurre progresivamente y culmina más o menos hacia el sexto mes. Pero ¿qué tipo de mamá descubre el niño en ese momento? Ahora quizá comprende que en los momentos que tenía hambre y la madre no satisfacía su necesidad, sentía el impulso de atacar eso que le producía tanto malestar. Reconocer eso puede hacer que el niño se sienta arrepentido, culpable y que quiera empezar a reparar a la madre. Eso, si la relación ha sido buena. De lo contrario, puede ya estar cargado de resentimiento y allí tiene origen el conflicto. 

 ¿Influye la cultura de alguna manera en la relación de la madre con el bebé y el origen de la psicopatología?

Lo que pasa es que nuestra herencia judío-cristiana nos ha llevado a pensar que nacemos con el pecado original. Es decir, que ya nacemos “defectuosos”, y la mayor parte de las mamás piensan que sus niños nacen defectuosos en ese sentido y que hay que corregirlos. Cada cosa que hace el niño, en vez de ser como un descubrimiento para la mamá, es una contravención que sugiere la invocación de la norma y de la autoridad: “¡Eso no se hace así!”. Cada niño, dentro de lo que es común a todos los seres vivientes, tiene sus características innatas. Unos necesitan más sueño, otros menos, unos tienen más hambre que otros; entonces lo ideal sería que las madres pudieran atender a sus niños tranquilamente, sin prejuicios, y que respondieran desde su propio mundo emocional a su hijo. No que les impusieran un método: “El doctor dijo que no le diera tetero de noche” o “No mija, no lo alce, no lo malacostumbre, no le dé tetero a las tres de la mañana”. 

 Cuando no se dan en un ambiente afectivo adecuado, esas relaciones tempranas de la madre generan disfunciones que reflejarán en la vida adulta. André Green, por ejemplo, plantea que en ausencia del objeto se genera una desinvestidura que él sintetiza en el concepto de la “madre muerta”. ¿Se puede asociar este concepto al estudio que usted realizó sobre la psicopatología del gamín bogotano?

Sí claro. Yo trabajé en una institución de gamines y parte de las labores de las trabajadoras sociales era tratar de determinar quién era la mamá y de restablecer los lazos perdidos: que se enmendaran los errores. Claro, había casos en los que nunca se llegaba a saber quién era la madre del niño. Una vez al año celebrábamos el día de la madre y las mamás iban y los muchachos desfilaban y cantaban. Pero por allá en un rincón había cuatro o cinco muchachos llorando solos. Para nosotros eso era un signo de crecimiento porque, por primera vez, aparecía en el niño, al ver a los otros con sus mamás, el dolor de la separación. Aunque era muy doloroso, era un paso adelante, porque daba cabida a la posibilidad del duelo. 

 ¿Una re-investidura?

Precisamente.

 Con respecto a relaciones tempranas madre-hijo, Winnicott habla de la “Ilusión de omnipotencia” y de los procesos transicionales que hacen tolerable la separación y la integridad del ser más allá del objeto…

Yo tuve un paciente al que su mamá entregó desde recién nacido al cuidado de una sirvienta; él desarrolló un terror tremendo al vacío. Tanto que por las noches tenía que tocar la pared para poder conciliar el sueño. No se podía dormir en el “vacío”, porque “podía caerse”. Para defenderse de esas angustias desarrolló un sistema matemático de conductas compulsivas; por ejemplo, tenía mucho cuidado cuando escribía: no les podía quedar un huequito a las letras que son redondas; tenía que cerrar perfectamente los círculos. Obviamente no se podía subir a un avión ni de fundas.

 ¿Podría decirse que el psicoanálisis procura que el paciente encuentre una posible representación para esos estados de vacío?

Bueno, el hecho de vernos todos los días a la misma hora durante un tiempo significativo, facilita un espacio que ya no es vacío. La relación con el analista suple un vacío. Es decir, encontrar una persona que funciona de una manera determinada, siempre más o menos desde los mismo parámetros: atenta, pero no intrusiva, receptiva, permite que lo natural aparezca. 

 ¿Lo natural?

Una forma de estar que nos lleva a disfrutar del mundo y a encontrar cosas nuevas cada día. Lo que los chinos llaman Níngjìng: serenidad. Es como el equilibrio que se alcanza después de muchas batallas interiores. Si encontramos la serenidad, podemos seguir viviendo contentos. El problema es que hay gente que nunca la encuentra.

 Si la relación psicoanalítica es una ruta para encontrar un patrón de relación serena consigo mismo y con el mundo, ¿podría decirse que el potencial de esa serenidad tiene sus cimientos en las relaciones tempranas del niño?

Efectivamente. En las teorías de un famoso analista, Winnicott, esa “serenidad”, como la hemos venido llamando, deviene de la madre al ser. Para explicarlo, él cambió la frase famosa de Shakespeare: To be or not to be, por To be or to do. Ser o hacer. La mamá ayuda al niño a encontrar su ser: el well being, en inglés, es decir, el bienestar. Y después el elemento masculino lleva al niño al hacer, que debe ser un complemento del ser, que es lo natural. Pero no siempre es así. Y entonces sucede que muchos seres tratan de encontrar el bienestar haciendo…, haciendo cosas…, bien con drogas, o con promiscuidad sexual; bien con viajes o con la política (volviéndose poderosos), pero nunca llegan a encontrarse realmente a sí mismos. Esta es una idea muy bonita: la mamá ayuda al niño a ser en bienestar. Genéticamente las hembras de todas las especies están diseñadas para crear en sus bebés ese estar en tranquilidad. Después viene ya la competencia, el crecimiento, ese es otro momento, una etapa posterior que debe ser complementaria. 

 Entonces, cuando existe ese “vacío de ser”, por llamarlo de alguna manera ¿la idea es que en la relación con el analista, el paciente pueda encontrar aquello que debió proveerle la madre? 

Exactamente: una relación que le provea de esa posibilidad de ser en bienestar, para que así pueda lograr salir a hacer cosas, sin tener que buscar su ser en el alcohol, las drogas, la promiscuidad sexual o el desafuero del poder, etc. El análisis funda un nuevo modelo relacional que le permite ver el mundo de una manera diferente.

 ¿Cuál es la naturaleza de esa relación que abre el camino del bien-estar?

La relación del analista con su paciente parte de un instinto un poco femenino. De hecho, el psicoanálisis está hoy en día, cada vez más, en manos de las mujeres, porque, ya lo decíamos, genéticamente lo propio de las mujeres (en tanto hembras de la especie) es el cuidado, la procura del bienestar. Entonces, para nosotros, que un paciente logre bienestar, que se vaya tranquilamente y que encuentre su camino, es algo gratificante. 

 ¿La escuela podría de alguna manera entrar a suplir la ausencia o el defecto de esa madre que ayuda a encontrar el ser?

Sí. Y yo creo que muchos psicólogos escolares están bien orientados hoy en día. El asunto es que el ideal de vida es muy distinto entre los que buscan el bienestar y los que buscan el poder. La educación, por ejemplo aquí en Colombia, por la influencia de los Estados Unidos y del ideal del Capitalismo, está orientada en el sentido de volver al niño eficiente. Pero el ser humano no les interesa. Somos unos pocos chiflados los que nos interesamos por eso. Hoy en día se mide a la gente por la plata que gana y por su capacidad para trabajar y producir.

 ¿Qué debería proporcionarle a los niños una escuela enfocada en el ser humano y en su bienestar?

En Inglaterra hubo un educador, Alexander Sutherland Neill, que creó un internado llamado Summerhill. La institución estaba en el campo y los niños tenían la posibilidad de hacer muchas cosas, pero no “tenían” que hacer nada. Podían cuidar los conejos o trabajar en la carpintería; podían no hacer nada si eso era lo que querían. Cada semana un niño era elegido como el director del grupo para que resolviera los problemas de la comunidad. Es chistoso, porque una vez expulsaron de la comunidad a Neill; duró como tres semanas por fuera, hasta que lo llamaron y volvieron a aceptarlo. La idea de Neill era que el niño feliz quería aprender y aprendía; por eso los dejaba elegir qué hacer, con la idea de que fueran personas felices. El postulado fundamental era que una persona feliz es capaz de lograr cualquier cosa. 

 Hablamos entonces de un sentido responsable de la libertad como clave de la salud emocional.

Exactamente. Neill hacía énfasis en esa salud emocional, convencido de que ese era el punto de partida en la ruta de todo crecimiento genuino del ser humano. El asunto de la eficacia es un logro posterior que se alcanza, digamos, por añadidura, cuando se plantea como un objetivo del ser auténtico.

 Un ser que se cultiva, por decirlo así, en el territorio de la libertad.

Justamente. El problema de nuestras sociedades es el afán de poder, que desvirtúa el carácter particular y único de cada individuo y lo lanza hacia una competencia que en la mayoría de los casos carece de sentido real. 

Entre el adentro y el afuera hay un puente de piedra: ese contorno que el escultor cree que retira al develar la forma (se equivoca el escultor porque el contorno es la piel misma de la forma que devela). Por eso se requiere del Níngjìng, de la posibilidad de cruzar el puente de ida y vuelta. Pero esa posibilidad depende de una impronta anterior a las palabras que nos instituye en el código del deseo y del afecto (querer ir al encuentro del mundo y ser capaces de amarlo sin perdernos).