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El sutil arte de hacer las paces

Magisterio
09/03/2018 - 10:00
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Foto de Revista Internacional Magisterio No. 90

Alicia Cabezudo, experta y consultora internacional en educación para la paz, ha seguido muy de cerca el acuerdo entre Colombia y las Farc y las tentativas para darle cumplimiento. Y así como señala que el de La Habana es el mejor acuerdo que jamás de haya escrito, advierte también de  los peligros que corre la paz en el  proceso del posconflicto, tras un año de dilación en la “tierra de nadie”.

¿Considera usted que el reciente acuerdo de paz firmado entre el Estado colombiano y las Farc posibilita un terreno firme sobre el cual construir una nueva cultura y una nueva historia como nación?

Yo soy especialista en educación para la paz y mi primer título es de profesora de historia, con especialidad en historia de América Latina contemporánea, lo cual me da una perspectiva sobre todos los desarrollos históricos de la región. Así que esta mirada histórica también me permite analizar los acuerdos de La Habana desde una perspectiva más amplia vinculada a otros pactos. Yo creo que, en primer lugar, los acuerdos de La Habana son modélicos, y lo van a ser en la Historia, porque han cumplido con todos los elementos que caracterizan a un buen acuerdo. Estoy hablando desde el punto de vista teórico.  Es decir, en primer lugar, se trata de partes enemigas que deciden dejar las armas y sentarse a dialogar porque están hartas de la guerra y sus consecuencias.  En segundo lugar, estas partes convocan a mediadores internacionales de gran prestigio como Noruega, las Naciones Unidas e inclusive otros mediadores para distintas fases de la implementación.  En tercer lugar, cuando se ve la necesidad de incorporar nuevos elementos en esas discusiones, se acepta y se promueve la entrada de las mujeres, de las víctimas, representantes de distintos colectivos que en el inicio no estaban representados.  Es decir que es también un diálogo flexible, no sólo por los temas, sino en cuanto a quienes convoca.  Como profesora de mediación para la resolución de conflictos, no que en cada aspecto  los acuerdos de La Habana cumplen. Pero adicionalmente contemplan gran cantidad de temas.  Usualmente, en estos casos, lo que obsesiona a las partes es, por supuesto, el fin de la guerra, la entrega de las armas y pareciera que el acuerdo fuera solo eso.  Pero en los acuerdos de La Habana, ese, que es un asunto primordial, no obstante, no es lo único: además se contempla una gran cantidad de temas económicos, sociales, culturales, territoriales, democráticamente políticos, que no todos los acuerdos de paz en la historia del mundo contemporáneo han puesto en consideración. El pacto que más ha influido sobre los acuerdos de La Habana  es el sellado entre Irlanda del Norte y del Sur. Y este, aunque lo hubiese necesitado, no tiene un abanico semejante de temas implicados. El otro pacto modelo es el Tratado de Los Balcanes.  Aquella fue una guerra de la que en América Latina no tenemos mucho conocimiento, pero que fue muy dura y repercutió mucho en la política europea (es la guerra que conocemos como la que dio entre los bosnios y los serbios).  El acuerdo final también fue de cese de la guerra, de entrega de armas y nada más.  Los problemas sociales que suscitaron el conflicto, étnicos en este caso, y religiosos, porque eran ortodoxos y musulmanes, fueron de una complejidad brutal, pero no se contemplan.  Es decir, los seis puntos de los acuerdos de La Habana son históricos también por eso. Así que, absolutamente, sí, es un terreno firme.  Históricamente constituye un hito en tanto acuerdo y es, desde luego, un paso hacia la paz.

¿Cuáles son los factores determinantes para que nuestra recién pactada paz sea sostenible?, ¿dónde debemos centrar los esfuerzos para no recaer en la guerra con el paso del tiempo?

Una cosa es que el acuerdo sea modélico y contemple puntos que realmente constituyen un esqueleto de la sociedad colombiana y de sus necesidades en la etapa del posconflicto, y otra cosa que estos se cumplan de manera definitiva. Los acuerdos no terminan con la firma de las partes,    comienzan ahí.  El seguimiento y el cumplimiento de los acuerdos son tan importantes como el acuerdo mismo.  Si no fuera sí, se  estaría hablando de letras en papel mojado.  Para que no sea así, la implementación debe ser aún mejor que el acuerdo.  Y esto plantea problemas evidentes.  En pocos días se va a cumplir un año de la firma y, sin embargo, recién se están cerrando algunas cuestiones,  es decir que la implementación ya viene atrasada un año, por decirlo de una manera fuerte.  Y claro, esto también se empata con las elecciones presidenciales en mayo. Los  primeros meses de este año van a estar como en un estatus de espera,  mientras se sabe quién gana las elecciones, lo cual no es lo mejor que le puede pasar a un acuerdo. El acuerdo es supra, es decir que está por encima, o debería estar por encima, de quien gane las elecciones.  Es un acuerdo que tiene un respaldo parlamentario, tal como quedó implementado finalmente, y, por lo tanto, las elecciones no deberían tocarlo, sin embargo, pareciera que la sociedad colombiana e, incluso, los partidos políticos que se presentan a las elecciones, jugaran con esto: “Sí lo voy a cumplir”, “No lo voy a cumplir”, “Si gana este lo va a cumplir más que el otro”, etc. En eso hay desconocimiento de tipo político, sobre en relación con lo que es un acuerdo.  ¡No se debería discutir el hecho de que se tiene que cumplir!: es política de Estado desde que se firmó.  Sería como si después de la Segunda Guerra Mundial, Eisenhower, Winston Churchill o De Gaulle hubieran dicho: “Bueno, si gana otro seguimos la guerra”. ¿Acaso esto no suena ridículo esto?  Por supuesto, pero en Colombia esa idea está absolutamente instrumentalizada, y  la gente cree eso.  Debería haber una política (en ese sentido creo que el gobierno ha desaprovechado muchas oportunidades) para explicar que el acuerdo está por encima de candidatos, de partidos, incluso por encima, de quien gane las elecciones.  Y que está por encima, no porque el presidente Santos quiera, sino por el formato jurídico que adquiere un acuerdo posguerra, que implica que aquel que no lo cumpla está cometiendo un delito del alta traición (lo que antes se denominaba de lesa majestad), es decir, un delito contra el país mismo.  El acuerdo opera como una sombrilla para diseñar su posterior implementación y esto es lo primero que el país entero necesita entender para que se dejen de lado las especulaciones y pueda, por fin, haber avances significativos  en la construcción de la paz

¿Considera usted que las “zonas veredales transitorias de normalización”  constituyen una estrategia sólida en la agenda de la paz?

A mí me pareció una estrategia muy acertada y muy novedosa también en la historia de los pueblos contemporáneos (por contemporáneo se hace alusión a los acontecimientos posteriores a la Segunda Guerra Mundial). También es novedoso que se establezcan tantas y distintas zonas  donde se deben entregar las armas y deben confluir las fuerzas que pactan.  Pero hoy tengo que decir que es extraordinaria y sorprendente la escasísima o nula preparación de estas zonas, cuando ya se preveían su implementación desde hace aproximadamente dos años antes del acuerdo final.  Yo vengo de trabajar del Putumayo hace dos días, con lo que se denomina ahora la comunidad farciana (los excombatientes de las Farc que ahora, como civiles, colaboran en la ejecución de los seguimientos) y todos me manifestaban algo que yo suponía: que estaban mejor en el campamento del que partieron, que en la zona veredal a la cual llegaron. Pero no sólo en el sentido psicológico, de un mal recibimiento, una mala atención, etc., sino en términos de infraestructura: ellos me contaron sobre los hospitales que tenían, los restaurantes, las panaderías, el agua caliente y fría,  etc.  Confieso que yo, que creo saber bastante sobre la historia de Colombia y de esta guerra, desconocía que sus campamentos estaban tan bien dotados.  ¡Pero claro!  ¡Tuvieron 52 años para establecerse! Y llegan ahora a una especie de campamento de miseria, de ignominia, donde no hay baños, no hay comida caliente, no hay ropa… Y en esas condiciones se supone que pasen un año “reeducándose para la vida civil”. Entonces, sí, la idea es interesante, y han sido dispuestas en el territorio de manera inteligente, pero las condiciones en las que los reciben son paupérrimas. 

Si esto sucede en cuanto a la infraestructura, que, por cierto, no es algo que sea del conocimiento general en los núcleos urbanos, ¿qué hay del propósito educativo  para el que fueron concebidas estas zonas? ¿Se le ofrece a los excombatientes herramientas para  integrarse después a la vida civil? 

Existen programas pedagógicos. La Universidad Nacional Abierta y a Distancia (Unad) ha pactado un acuerdo con el Ministerio de Educación para hacer posible que aquellos miembros de las Farc que quisieran, pudieran terminar la escuela primaria y el bachillerato. Programas especiales más breves. Eso se está cumpliendo. Y acaba de firmarse un acuerdo entre el Ministerio de Educación y la Universidad Distrital para brindar cursos de ciudadanía, derechos humanos, democratización, estudio de la Constitución de 1991 y conocimiento de los acuerdos de forma detallada.  Es decir, comenzarán a impartirse en enero de 2018.  ¡Pero hay que pensar que la entrega de armas comenzó en enero de 2017! 

¿Y entonces qué han venido haciendo hasta ahora en estas zonas, además de validar la educación básica?

A veces, ni siquiera eso. Me informaban que hay zonas veredales en las que las Farc están absolutamente paralizadas.   Los psicólogos en este encuentro en el Putumayo del que acabo de llegar hablaban con criterio de lo que implicaba pasar de una vida con mucha adrenalina, con un arma como principal custodio y defensor, con una dinámica castrense muy activa, es decir “nos levantamos a las 4 de la mañana, tomamos café, hacemos ejercicio (estoy diciendo cualquier cosa), corremos tres kilómetros, nos tiramos en los matorrales, nos quedamos tres horas, luego regresamos al campamento empatando con la hora de la comida”, es decir, un régimen con un esquema militar muy disciplinado y fragmentado, que constituye toda una psicología de los tiempos y las horas de su vida, a estar sin hacer nada en un campamento veredal en el que, además, no tienen ni siquiera papel higiénico. Entonces, ¿qué pueden estar pensando? ¡En cómo volver a la guerrilla! ¡En que antes vivían mejor! 

¿Es decir que el Estado está como en un limbo y esa ausencia de norte en el cumplimiento de lo pactado pone en peligro la voluntad de  los desmovilizados de acogerse a una paz que no parece cobrar sentido?

Exactamente.  A esa gente que ha tenido una vida absolutamente fragmentada en pequeños espacios de tiempo con mucho trabajo, hay que darles otro tipo de trabajo. ¡Hay que ponerlos a sembrar, a edificar, a construir en todos los sentidos!  Y hay que darles en su sistema educativo la misma fragmentación, con otros contenidos: “Levántese a las cinco de la mañana, báñese, vístase, desayune, lávese los dientes, a las 6 a.m. es la clase de inglés, y luego sigue la de teatro, y al que no le gusta el teatro, de pintura, y al que no, caricatura, y para los que quieren seguir una carrera, después sigue el reforzamiento”. A esa misma sistematización que ellos habían incorporado, hay que imponerle otra sistematización que sea un puente a la vez psicológico y práctico hacia la vida civil.  No nos preparamos para la vida civil mirando el cielo y los árboles durante un año. Yo estoy muy preocupada por eso y creo que es algo que debería darse a conocer.  No sé por qué los diarios no van a las zonas veredales, debe haber intereses en que esto no se sepa tanto.

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¿Qué rol debe entrar a jugar la población civil ante esta situación de riesgo de la paz?

Pasa algo muy curioso en Colombia: en general, las guerras en el mundo contemporáneo terminan por presión directa de las poblaciones, que no aguantan más. Pero en el caso de Colombia, la guerra termina porque las dos partes más importantes en conflicto (que no son las únicas), el Estado y el grupo sublevado más importante, se dan cuenta de que, sin importar el tiempo que pase, no va ganar ninguno de los dos y deciden encontrar una salida. La sociedad civil no participa en esa decisión. Y el civil se mantiene en que “son ellos los que se encuentran en La Habana”. “Ellos”, otros, los actores de la guerra. Los civiles no se dan cuenta de que ellos jugaron también un rol en la guerra y en mayor o menor medida resultaron afectados por ella. Por lo mismo, no creen  estar  implicados en la responsabilidad práctica de construir la paz…

Es decir que ante el nuevo escenario, ¿todos necesitamos ser “normalizados”?

Todos necesitamos una pedagogía que nos oriente hacia la construcción de la cultura de paz, tanto en el sector formal (la escuela, el instituto, las universidades, los centros de investigación), como en los centros no formales, entre ellos, las editoriales, los centros culturales y, por supuesto, los medios de comunicación. Porque incluso esos medios no formales, al estar en todas partes, tienen más incidencia que la educación formal. Yo a la escuela voy cuatro horas y media o cinco, pero además de eso veo internet, leo los diarios, voy por la calle, escucho al vecino, veo el noticiero, converso con el taxista. ¡Y no hay un solo taxista que yo haya abordado en Bogotá, que no me diga que el gobierno le entregó el país a las Farc! Entonces sí se necesita una pedagogía generalizada, pero no para convencer a nadie de nada, sino para que todos comprendan que la guerra ha sido de todos y que, por lo tanto, la paz también tiene que ser de todos. Debería haber una pedagogía ciudadana en ese sentido: que la señora que va al supermercado, que la abuelita, que el taxista, que el que vende arepas, cambien el imaginario.  Y, para eso, el poder está en los medios de comunicación, que fallan allí, como ya fallaron cuando el referendo.  Y ese esquema se repite: hay desconocimiento que favorece a algunos.  Ahí está la base del problema.

Y caemos en la farsa de la nueva patria boba…

La desinformación favorece la especulación del juego político sobre temas que no tienen discusión jurídica, o no deberían, y allí se pierde el norte.

¿Y qué hay de la educación formal, de la escuela como agente mediador?

Pese a que el presidente Santos encara el discurso diciendo que la educación es  importante, no convoca un verdadero movimiento pedagógico, como sí lo hizo, por ejemplo, el presidente Alfonsín en Argentina después de la dictadura. En Argentina, en su momento, los equipos posdictatoriales, de los que yo formé parte, recibimos la orden ministerial de preparar programas con su diseño curricular para derechos humanos y democracia desde jardín de infantes hasta el nivel universitario; y luego, para la educación no formal, programas que se desarrollarían desde los gobiernos locales. Entonces se recomendaba a los gobiernos locales que tenían centros culturales, teatros, cines, plazas, etc., que utilizan esos espacios en programas de derechos humanos.  Y recomendamos metodologías no formales como el teatro, la música, la danza y la poesía como instrumentos y recursos didácticos.  Pero el Ministerio de Educación de Colombia quiere seguir con sus lineamientos generales como si no hubiese pasado nada.  Y lo cierto es que aquí no se puede seguir educando como si estuviéramos en Suecia, por una razón muy simple, porque  no estamos en Suecia, sino en la Colombia del posconflicto.

¿Qué opciones quedan?

Colombia es pionera, una vez más, en un concepto que a mí me parece extraordinariamente importante: paz territorial.  Es decir, todas las guerras podrían mirarse desde esa perspectiva de lo territorial, pero ese concepto realmente es propio de Colombia. Y si hay una paz territorial, entonces hay distintas paces.  El autor español Vincent Martínez habla de “hacer las paces” en el país.  Porque no hay una paz.  Hay una que la establecen los acuerdos, y esos deben concordar con las modalidades de cada territorio, no para ir en contradicción con el que opera como superestructura, pero sí dándole su propio giro y carácter.  Esto tiene todo el sentido, porque, claramente,  la guerra no fue igual en toda Colombia, ni fue al mismo tiempo, ni los actores fueron iguales, ni los comportamientos fueron los mismos. Por lo tanto, la paz no va a ser igual. Habrá distintos comportamientos, distintas formas de supervivencia, distintos conocimientos en cada territorio. Y si esto es así, entonces debe haber también pedagogías territoriales adecuadas a las necesidades, a las costumbres, a las prácticas  y al futuro de cada territorio.  Las secretarías de educación tendrían que cobrar allí protagonismo, porque esa apuesta por “hacer las paces” dependerá de su capacidad para poner en circulación el conocimiento local en cada territorio.  

Una vez firmado el acuerdo que instaura la paz y establece los bastiones de la nueva democracia, el primer paso en firme hacia el futuro consiste en convencer a los incrédulos ciudadanos de que en verdad hubo guerra.  Quizá llegue el día en que nuestras tortuosas empresas de mercaderes o mercenarios tengan por último puerto la vocación de lo posible, y que aquello suceda antes de que nos devoren las hormigas o de que aquellas cosas posibles terminen olvidando nuestros nombres.