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El taller educativo y su fundamentación pedagógica

Magisterio
04/11/2016 - 15:45
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Foto de Carlos Martínez. Tomada de Flickr

El taller se constituye en la actividad más importante desde el punto de vista del proceso pedagógico, pues además de conocimientos aporta experiencias de vida que exigen la relación de lo intelectual con lo emocional y activo e implica una formación integral del alumno. Nidia Aylwin

El proceso pedagógico adscrito al taller tiene su punto de partida en dos variables fundamentales: la situación inicial de los alumnos, cada uno es diferente a los otros; y las necesidades o problemas que estos tienen y que pueden ayudarse a superar por medio del taller. Hay diferencias, lo sabemos bien desde la psicopedagogía y la sociología: de alumno a alumno y de grupo a grupo. Una cosa es la situación de un niño de preescolar, y otra la de un adolescente o de un adulto; igualmente una cosa es la realidad y situación de un grupo escolar y otra la de un grupo de una comunidad.

+Lea ¿Cómo desarrollar la creatividad en el aula desde el taller educativo?

Entre los grupos mismos hay diferencias significativas de alumno a alumno que el docente debe conocer y capitalizar como efecto positivo, si sabe manejarlas adecuadamente.

Algunos puntos particulares, no los únicos, dignos de tener presente al respecto son los siguientes:

1. El primer día de taller se debe iniciar identificando y ubicando la realidad de los alumnos: sus expectativas, sus aspiraciones, sus conocimientos, sus experiencias previas positivas y negativas, sus esperanzas y temores, su motivación, sus recursos, sus características personales, etc. Para este espacio de identificación y ubicación nuevamente la dinámica de grupo con sus técnicas específicas es de gran ayuda.

Este espacio diagnóstico de los alumnos en el umbral del taller sirve, según el ya citado Aylwin y Gissi, para:

•  Conocer la actitud de cada alumno frente al mismo.

•  La toma de conciencia del docente acerca del nivel de las aspiraciones, etc. de los alumnos.

•  Analizar los pro y los contra de la actividad grupal e individual.

•  Realizar una adecuada programación de actividades del taller, para evitar o facilitar cambios que muy frecuentemente se dan en las actividades grupales.

•  Establecer la necesidad de consideración más individualizada de algunos alumnos sea porque se desplacen hacia arriba o hacia abajo del promedio del grupo o porque requieran ayudas,    especialmente debido a que reaccionan con temor e inseguridad de sí mismos al enfrentar experiencias nuevas.

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Aparte de las motivaciones que los alumnos hayan tenido para ingresar a la institución educativa o al taller, la consideración individualizada puede reafirmar efectivamente estas motivaciones y aclararlas intelectualmente. A través de experiencias positivas en terreno y/o en las discusiones, es también deseable ampliar estas motivaciones hacia inquietudes que probablemente no eran claras ni sólidas desde el comienzo, controlando los posibles factores que pueden inhibirse.

2. El taller, lo hemos definido reiteradamente, es actuar, es hacer, es actividad, centrada en los participantes, de lo contrario dejaría de ser taller y se quedaría en simple clase, demostración, conferencia, etc. Esta situación hace indispensable una adecuada planeación de actividades de acuerdo con las necesidades y objetivos para los cuales el taller se acogió como medio alternativo. Para este desarrollo de actividades cuentan en alta estima la pericia y el repertorio de conocimientos y técnicas del docente u orientador para saber muy exactamente cuándo hace sus intervenciones de ayuda al grupo, como desempantanarlo, cómo reorientarlo, etc. Lo fundamental y pedagógico aquí para el docente es no caer en la trampa del directivismo, para no generar o reforzar la dependencia de que hemos hablado varias veces y por el contrario estimular en los alumnos la autonomía, es decir, su capacidad de pensar y actuar por sí mismos con sentido crítico que los lleve precisamente a que cada vez el taller sea más autogestionado y el docente sea uno más del taller que asesora, que orienta, que guía, pero no que dirige u ordena, como ya lo describimos cuando hablamos de la educación tradicional.

3. Aun cuando atrás aludimos a la evaluación y habremos de volver sobre ella más adelante, digamos en este momento que ella debe estar presente en el proceso pedagógico del taller como acción permanente, aplicada individual y grupalmente y orientada básicamente a estimular la autoconciencia de los alumnos. La autoconciencia implica autocrítica y autocorrección en un triple aspecto: intelectual, emocional y activo.

La evaluación, que ojalá transcienda formativamente a autoevaluación individual y colectiva, no debe traducirse directamente en una calificación, en principio, aun cuando esto depende también de cómo el taller se encuentra programado dentro de un currículo, como es el caso de la educación formal en una institución.

Si bien la evaluación colectiva propugna por el desarrollo de unos valores como la objetividad, la justicia, la equidad, etc., la evaluación individual resulta necesaria, primero porque también se estimulan valores como la honestidad, la autoestima, y porque, como piensan algunos, existe una tendencia en nuestra idiosincracia de que en las actividades grupales se protege al más flojo y a que no se le sancione por no cumplir satisfactoriamente con sus obligaciones.

4. Las expectativas de acción, intelectuales y emocionales (vivenciales) de los alumnos deben estar sólidamente ligadas a las experiencias del taller. Hay que prever y evitar que los objetivos y acciones del taller sobrepasen el nivel de los alumnos, pues ello provocaría inseguridad y angustia en éstos. Por otra parte, hay que evitar también el peligro opuesto, vale decir, que los objetivos y logros del taller subestimen las aspiraciones y posibilidades de los alumnos. Esta falla en la programación provocaría frustración, menos estimación de sí mismo y de la escuela, pasividad y desinterés, etc. En otras palabras, el taller debe garantizar un nivel de exigencia que implique un real esfuerzo y progreso del alumno en todos los aspectos.

Lo expuesto por Aylwin de Barros y Gissi creemos que tiene validez sobre todo en los talleres escolarizados y curricularizados. Distinta es la situación cuando los talleres se planifican y se organizan participativamente. En este caso los alumnos saben a qué nivel definen sus objetivos y actividades.

Lo importante, en relación con este aspecto, es mantener un equilibrio entre el taller, sus exigencias en el proceso y la psicología de los alumnos.

5. La práctica, que es otro ingrediente esencial del taller, realmente su naturaleza misma, hay que cuidarla para que tampoco haya exceso en su enfoque o utilización. Si bien el aprender haciendo por el cual propugnaron pedagogos como John Dewey es un buen método, no debe convertirse en un instrumento o medio mecánico, no debe excluir el análisis de lo que se hace, de cómo se hace, de por qué se hace; vale decir que debe tener presente la relación teoría práctica.

Tomado del libro: El taller Educativo. ¿Qué es? Fundamentos, cómo organizarlo y dirigirlo, cómo evaluarlo. Autor: Arnobio Maya. pp. 113-136

Foto de Carlos Martínez. Tomada de Flickr