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El trabajo creativo en la escuela

Por Mateo Corradini
Magisterio
19/10/2017 - 11:00
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Foto de Sapann-Design. Tomada de Freepik

Crear implica un sólido acto de reflexión, un trabajo precedente sobre nosotros mismos y sobre las finalidades del acto mismo; no es un trabajo ausente de riesgos y de agotamiento, ni va ligado a algo instintivo e innato. Crear, también con los niños, es fruto del entrenamiento y de la dedicación. Albrecht Dürer escribió: «Así, el tesoro secretamente acumulado en el propio corazón se pone de manifiesto a través del trabajo creativo». Una escuela que pretenda valorar las acciones creativas no puede operar solamente en la óptica de premiar a los niños «creativos».

 

Sería al menos algo, es verdad, pero haciéndolo así, la escuela estaría sosteniendo, implícitamente, la opinión tan difundida de que la creación es un hecho congénito, casi genético. Se estaría estableciendo una discriminación entre aquél que tiende a encontrar soluciones más singulares (porque es más afortunado que los demás o porque ha crecido en un ambiente que lo ha sabido valorar y estimular también en la dirección de la creación), y a quien en cambio le cuesta más expresar originalidad (quizás porque ha crecido en una atmósfera donde no ha encontrado la misma atención y los mismos estímulos). ¿Una escuela que premia a quien ya es bueno en algo no es tal vez una escuela que es inútil? Se trata por lo tanto de trabajar en la dirección de la creación también con quien, en apariencia, no se le da tan bien o está menos entrenado, y elevar aún más los valores creadores en quien llega procedente de un ambiente más estimulante.

 

+Lea: Crear: Serendipia y liberación

 

Sobre el planeta Tierra ciertos planteamientos poco creativos son premiados, a veces porque se confunden con la creatividad o la originalidad; muchos programas en los medios de comunicación de masas educan a los más pequeños en el éxito de los cretinos. Más allá de las risas que nos provoquen los resultados de quien contribuye a hacer una programación televisiva que ni el hombre de Cromagnon podría hacer peor, resulta claro a los ojos de muchos el valor de la creación como liberación personal y colectiva de la homologación, de la idea tan difundida de que el escaso esfuerzo cerebral sea sinónimo de triunfo y popularidad.

 

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Gran parte del trabajo de Arno Stern fue en esta dirección, en el intento de instaurar una democracia de la creación, donde todos estuviéramos en el mismo plano, no nivelados hacia lo banal, sino elevados hacia la originalidad. Stern, tras aventuras y sufrimientos juveniles (era alemán, huyó a Francia con la familia durante la Segunda Guerra Mundial), en 1946 abrió un espacio para huérfanos en París. Comenzó a ocuparse del lado creativo de los niños, sobre todo de aquello a quienes la historia se lo había puesto más difícil, y se dio cuenta de cuánta libertad era necesaria para que la creatividad se expresara realmente. En los años sesenta se dedicó a la elaboración de su método especial, profundizando en los contenidos y extendiendo la práctica a lugares diferentes. Fundó el Closlieu, un lugar cerrado, sin ventanas, donde niños y adultos pudieran pintar juntos, sin la necesidad de que las propias obras fueran mostradas al exterior, sin limitaciones de tiempo (cada uno decidía personalmente cuando estaba terminada la obra).

 

+Conozca el libro La alegría de crear

 

La práctica liberadora de Arno Stern se ha convertido en un referente que no puede ser pasado por alto cuando hablamos de una educación para la creación, aun cuando hayan pasado cuarenta años. Arno Stern sigue actuando: no es un artista, sino un generador de creadores (¿recordáis a Eurídice?) y sigue poniéndose, en primer lugar, a sí mismo, en la duda de un recorrido accidentado, lleno de destrucciones internas y de reflexiones.

 

Erich Neumann estudió la posibilidad de que el trabajo creador, activo dentro de la mente, se explicitara a través de una libertad alcanzada con mucho esfuerzo. Una parte de las ideas de Neumann las cuenta Federico Fellini en sus propias memorias:

 

Entonces, más o menos, lo decía así: ¿Quién es, qué es alguien creativo? Alguien creativo es aquél que se coloca entre los cánones consoladores, reconfortantes, de la cultura consciente, y el inconsciente, el magma originario, la oscuridad, la noche, el fondo del mar. Es esta vocación, esta labor de medium, la que hace a alguien creativo. Él habita, se coloca, vive en este lado para llevar a cabo una transformación, símbolo de vida: es la puesta en juego de su vida misma y de su salud mental. (Fellini, 1993, p. 158).

 

+Lea: ¿Cómo desarrollar la creatividad en el aula desde el taller educativo?

 

Conozca la Colección Saber Mejor

 

Referencias

Fellini F. (1993), Fare un film, Torino, Einaudi.

 

Tomado de: Corradini Mateo (2014) Saber Crear. Editorial Magisterio: Bogotá. P-38-39   

 

Foto de Sapann-Design. Tomada de Freepik

 

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