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En la I.E. Compartir Suba veo la cortesía en el saludo de los profesores

Por Luis Estrada
Magisterio
14/12/2018 - 15:15
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By Freepik

El relato de un educador que, con el paso del tiempo, aprende de sus pares en el colegio y lo pone en práctica en su vida y en el aula de clases.

1. ¿Cuál ha sido la mayor satisfacción de su labor como docente, que ve reflejada en su comunidad educativa: colegas, estudiantes, familia?
Ambiente laboral

Con relación a mis colegas puedo decir lo siguiente: en los cortos cinco meses que llevo laborando en la Institución Educativa Compartir Suba como docente de P.A.V., he podido darme cuenta del buen ambiente laboral que hay en la Institución, al menos así lo veo, los profesores tienen muy buena capacidad para servir y orientar a los nuevos como yo, me he sentido muy bien acogido por todos.

No he visto hasta el momento brotes de envidia o de enojo los unos hacia los otros como si he podido presenciar en otras Instituciones. En las mañanas solo veo la cortesía en el saludo de los profesores que llegan. De igual manera, a lo largo del día, a pesar de las obligaciones laborales, se siente un ambiente de familiaridad.

Como es natural, veo más cercanía de unos hacia otros, algo que depende de la empatía, a mí, personalmente, también me pasa. Creo que hasta el momento el Colegio hace honor a su nombre, no solo en el buen ambiente laboral que reina, sino sobre todo en el compartir que hace cada sesión los días viernes.

2. Cuéntenos una anécdota y un aprendizaje de su día a día como maestro
Arroz con leche para todos

Una bonita experiencia: hace poco que hice en mi casa un arroz con leche para compartir con los profes de mi mesa. Seis, en total. Más, cuando otras profesoras de otra mesa se dieron cuenta de que yo iba a dar arroz con leche, me dijeron que si para ellas también había. Yo les contesté que sí, he hice la aclaración que no podían regar más la bola.

Al rato, otro profe también me dijo que él quería un poquito, por lo que decidí repartir la coca de arroz que había traído inicialmente para mi mesa entre todos. Y, ¡oh sorpresa!, todos comimos arroz con leche de una porción relativamente pequeña y eso me llenó de satisfacción.

Con los estudiantes ha sido una experiencia muy humanizarte: los niños y adolescentes de Bogotá son menos desparpajados que los del lugar de donde vengo. Son más introvertidos, menos críticos, por lo que participan muy poco en los encuentros. No obstante, se ve en sus caras la emoción por el aprendizaje.

Son respetuosos y reconocen la autoridad del profesor. Me he llegado a sentir conmovido con los abrazos y demostraciones de afectos de algunos estudiantes, “te quiero mucho profe”, me han dicho algunos lo que me sorprende por su introversión.

En un grupo, después de una actividad lúdica en la que los jóvenes estaban sedientos, llevé una gaseosa dos litros, cuando entre al salón, me preguntaron algunos sorprendidos, ¿nos va a dar gaseosa? Si, conteste, repartí de a medio vasito y alcanzo para todos.

En una actividad de PAV

Otra experiencia: un estudiante de 10º, después de una actividad de sensibilización, se retiró solo a un banco a llorar. Sonia, la directora de la sede B, me preguntó por qué estaba llorando el joven. Me acerco y estaba muy conmovido. Entre sollozos, me expresó su desesperanza frente a la vida y las cosas malas que suceden.

Me decía: “esta vida no se entiende, porqué tanto dolor, porqué tanto mal, tanto niño en la calle, tantos ancianos abandonados. Dónde queda el bien. Es como una batalla en la que, al parecer, prevalece el mal”. Más o menos me habló en estos términos.

Traté de consolarlo un poco y terminé diciéndole que basta con los pequeños actos de bondad que podamos hacer diariamente y sobre todo de luchar contra nosotros mismos para ser mejores cada día. Lo observé el resto del día y noté que seguía con su cabeza baja, pensativo. Creo que este joven tiene un corazón muy noble y si se le brinda una buena orientación y apoyo puede llegar a ser un gran líder social.

Una profesora “loca”

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Al ingresar al colegio conocí a una paisana mía y entre nuestras tertulias comenzamos a hablar sobre nuestras experiencias en esta ciudad. Yo le conté algunas de mis vivencias como, por ejemplo, el llegar a cantar en noviembre oficialmente en una Iglesia como solista, algo que nunca me había esperado, y lo mejor, que de eso estaba sobreviviendo, devengando más de un salario mínimo.

Una verdadera aventura. Como había advertido que tenía una moto, le pregunté si en tan poco tiempo ya la había comprado. Me dijo que se había venido desde Medellín en ella. Eso me sorprendió mucho. Le pregunté, entonces, cómo había hecho y si no le había dado miedo. Me contesté: llevé el día antes la moto al taller, le dije al mecánico que la revisara bien porque iba a realizar un viaje largo.

Luego le dijo a su mamá, quien se preocupó mucho, pero ya la decisión estaba tomada. “Salí a las 5 de la mañana, con un morral enorme a la espalda. En él llevaba ropa, agua, comida y un timbo de gasolina”, me dijo y continuó: “más abajo de Cocorná venía muy orillada y casi me saca de la carretera una camioneta. Tuve que esquivarla. Desde ese momento decidí manejar por el centro de la vía”.

En la autopista de la ruta del sol que es bien plana y extensa casi se queda dormida, y por allá más adelante, cerca de un palo de cedro gigante vio una quebrada, se detuvo, parqueó la moto bajo de un palo de tamarindo y sola se sumergió en el agua. Pasó un señor a pie por la autopista y se detuvo a mirarla como descubriendo un misterio. Sus ojos se entrecruzaron y no se sabía quién estaba más asombrado: una mujer de color sola en un rio y en una carretera desolada. Y ella pensaba que este señor era un duende. Por último el señor le preguntó: “¿Quién es usted y qué hace por acá sola?”. “Soy profesora y voy hacia Bogotá a buscar trabajo”, “¡¿A pie?!” Si, contestó ella por miedo a que le robaran su vehículo.

“¿Y vos quien sos?”, le preguntó. “Me llamo Sinfloriano y voy a pie hasta La Dorada a pagar una promesa a la iglesia”, le respondió el señor y continuó “Cuídese mucho”. “Ore por mí, pa’que consiga trabajo pronto”, le dijo ella. El señor siguió su camino.

La profe me contó que subió casi a rastras por el barranco hasta la autopista para mirar qué rumbo cogía y lentamente vio cómo se alejaba, taciturno, con aire etéreo cada vez más pequeño hasta que lo ocultó la bruma del calor de la tarde.

Más adelante se creyó perdida y se detuvo. Un carro con varios hombres pararon y le preguntaron para dónde se dirigía. Ella les contestó que iba hacia Bogotá, que si no estaba perdida. Le contestaron que siguiera derecho.

Continuó su marcha bajo el sol abrazador del Medio Magdalena y más adelante se detuvo en un restaurante a almorzar. Creo que fue en La Dorada. Siendo las cinco de la tarde iba por la Vega, municipio de Cundinamarca, y ya no sentía la cola ni las manos del cansancio y los ojos le ardían. Llegó a Bogotá a las siete de la noche, tan cansada que se quedó dormida y despertó al amanecer. Comió algo y siguió derecho hasta el otro día.

Conocer a esta compañera me hizo sentir avergonzado de lo poco que hago por superarme a mí mismo. De dejarme llevar por mi naturaleza que siempre busca y opta por lo menos costoso, por lo más cómodo y lo que menos requiere de sacrificio.

Me hizo reflexionar sobre el verdadero valor de las cosas y comprendí que en realidad las cosas que más valor tienen son aquellas que más nos cuestan. La alegría y la magia de estar vivos llegan cuando llegan los desafíos, así la vida tiene más color y más sabor.

Viajar por la autopista del Sol, que es plana y monótona, causa aburrimiento y somnolencia, y así es la vida: cuando no pasa nada o cuando no procuramos que pase algo, comienza a ser monótona y aburrida, y causa somnolencia existencial. Pierde sabor.

Creo que comencé el año muy motivado a realizar un buen trabajo desde el quehacer de cada día con mis estudiantes y por mí mismo aquilatando lo que soy como persona y como profesional.

Tomado de: Compartir  Palabra Maestra

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