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Enseñar literatura: Entre el asombro, la experiencia y la formación

Por Arturo Alonso Galeano
Magisterio
12/09/2018 - 12:15
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Foto de Pixabay

Este texto presenta una reflexión sobre la enseñanza de la literatura desde una concepción que privilegia –referenciando a Jorge Larrosa– concebir la enseñanza de la literatura como formación, desde la lectura, el asombro y la experiencia sensible. Se distancia de miradas tradicionales, esteticistas o pedagogicistas, en las que predominan, por un lado, la periodización historicista y, por otro, el “arte por el arte” y la lúdica, muchas veces gaseosa y ambigua. 

Palabras clave: Lectura, literatura, asombro, experiencia, formación.

Cuenta la tradición griega que en la época clásica, los alumnos eran congregados en torno a los poemas homéricos para que empezaran su formación humanista. Allí, en torno a la palabra, los jóvenes emprendían un viaje hacía las raíces de su cultura y hacia el conocimiento de la complejidad, la contradicción y la belleza de su ser. 

Recorrer las aventuras de la Ilíada y la Odisea era para los jóvenes griegos un curso sobre la vida, sus avatares y misterios; sentir la palabra del poeta en todo su ritmo, armonía y magia y encontrar en ella la poesía y los ecos del pasado grandioso que les había dado su propio ser. De igual manera, encontrarse con Homero era reconocer la posibilidad de entender la enfermedad del espíritu humano contagiado por la soberbia (el hybris), y la necesidad irrenunciable de buscar en la virtud y el valor (el areté) el equilibrio y la belleza en todas sus posibilidades. También, aprendían que el fruto del valor y de la virtud era la posibilidad de integrar el ser humano al cosmos para trascender y, al mismo tiempo, podían interpretar que cada aventura del héroe, cada pasaje de su vida trascendental o cotidiana era parte de un destino trazado con letras inmortales y que se debía cumplir so pena de socavar las bases del equilibrio cósmico.

Después de estas sesiones, los muchachos griegos habían conocido la complejidad del ser y sus luchas íntimas e interminables y, de la mano de Odiseo, habían visto la muerte frente a frente, regresaban cargados de lucidez y valor para enfrentar su destino. Luego de ello, se iban a la vida (a la guerra), conscientes de su destino y su tradición. Así, plenos de sabiduría, de sensibilidad y conciencia ética, asumían el sentido de su cultura y de su ser histórico. 

En la tradición de América Latina, la literatura como hecho estético, como experiencia vital, como conciencia del hombre y de la cultura, como formación y asombro frente al mundo, pocas veces se ha enseñado en las instituciones educativas. Por el contrario, su enseñanza –en la mayoría de los casos– ha estado dirigida a presentar, de manera rígida, la preceptiva y la historia de momentos particulares, autores y obras, convirtiendo esa posible experiencia de conocimiento interior, goce estético y búsqueda de libertad, en un espacio árido, en una simple “asignatura” que promueve el fracaso de los estudiantes ante ese conocimiento “sin sentido” que un aburrido profesor, sin recursos creativos, pretende mostrar como importante.  

+Conozca el libro Didáctica de la interpretación y producción de textos y de hipertextos

A diferencia de los jóvenes griegos, los nuestros se retiran de sus clases con una sensación de vacío, con una pesadez espiritual que los lleva a buscar en espacios extraescolares la vivencia que les permita sentir la intensidad del mundo que les rodea y que les reclama su espíritu juvenil. Al respecto, Salvador García Jiménez, en su texto El hombre que se volvió loco leyendo el Quijote, expresa lo siguiente: 

“Quien aprendió las letras a cañazo limpio huirá de los libros como si estuviesen encuadernados con la piel del diablo. Aquellos chiquillos martirizados en los centros escolares son hoy los profesores que siguen penalizando las faltas de ortografía, la acentuación incorrecta...; censurando, en definitiva, con un lápiz rojo el “placer desinteresado” por la lectura. Inconscientemente podrían estar vengándose de todos los absurdos que tuvieron que soportar para convertirse en funcionarios de la literatura” (García Jiménez, 1996, p. 13).

La literatura nos ofrece lucidez, imaginación, sensibilidad y amor por el lenguaje; es un viaje por la historia espiritual del hombre y las diversas etapas del mundo y sus constantes contradicciones. Por ello, aprender a leerla es aprender a pensar sobre la esencia de la vida y su compleja construcción y desenvolvimiento. Aprender a leerla es tener la tarea de encontrar la unidad fundamental entre el lenguaje y la vida, es percibir la coherencia entre la diversidad de las expresiones que el lenguaje formal ofrece y los temas del mundo y la cotidianidad que aparecen entre sus líneas. 

Esos temas y su reflexión, ofrecidos al hombre a través de “hechos estéticos”, abren las puertas para abordar los profundos problemas del conocimiento, pero presentados bajo la luz intimista de la poesía o en el espacio rico pero austero y virtual de la narrativa. Problemas como la conciencia del ser humano, el destino, el absurdo y la trampa que se nos tiende en la historia; el silencio del mundo ante los gritos del hombre angustiado y la sensación de orfandad que vive el individuo cuando lanza su mirada hacia el futuro. Por lo tanto, aprender a leer desde la literatura es encontrar la posibilidad de observar el lenguaje en toda su dimensión creativa, metafísica e investigativa y, al mismo tiempo, trasformar la cotidianidad y construir el sentido de la vida. 

leer significa escuchar lo que el universo nos quiere decir; tener la oportunidad de “dejar de ser” lo que siempre somos y asumir que “nos pasa algo” y nos transformamos o nos deformamos; leer es formarse y formarse es leer. Literatura significa síntesis de experiencia individual y social; comprensión de la vida como macrorelato y narración y no como simple argumento. Profesor o maestro significa mediador en el procesamiento de la experiencia y el asombro y no simple agente de experimentos calculados y preestablecidos. Y Enseñar significa dialogar, conversar, construir pero, sobre todo, “dejar aprender” (Larrosa, 1998).

Ahora bien, si la literatura, con su alta dosis de imaginación, es un juego que nos enseña a mirar con la frente en alto, es importante convocar a las nuevas generaciones de estudiantes y maestros para que ingresen a su mundo y construyan concepciones propias sobre ella y así puedan enfrentar las labores educativas de forma creativa y crítica. 

Para ello, es preciso transformar la concepción que se tiene sobre el maestro de lengua y literatura, pues la tradición ha producido como consecuencia un maestro carente de concepciones propias sobre el lenguaje, la lengua y la literatura, orientado a enseñar desde la aridez de la gramática y la presión de la normatividad antes que desde la creatividad y la libertad del lenguaje integral. De la misma forma, ese maestro ha concebido la clase de literatura exclusivamente como historia literaria que se debe memorizar y “recitar” en aburridores y absurdos cuestionarios, dejando de lado el hecho estético en sí, la importancia de la palabra en la sensibilización y, por supuesto, la reflexión sobre la vida que allí se suscita y se teje.

Daniel Prieto Castillo, en La pasión por el discurso afirma que: “Nuestras escuelas no solucionan la capacidad expresiva de sus estudiantes porque no han solucionado la capacidad expresiva de sus profesores” (Prieto Castillo, 1998, p. 19). A ello se podría agregar que nuestros maestros de lengua y literatura, en muchos casos, no han ayudado a la construcción de una identidad y una cultura nacional porque carecen de una concepción propia y creativa del lenguaje y tienen poca conciencia de la importancia de la lengua en la formación del sentido vital e intelectual para el ser humano. 

Por ello, la concepción de literatura que se propone en esta reflexión no tiene que ver ni con el extremo historicista de la tradición, fundamentado en periodizaciones formales, ni con el otro extremo del “arte por el arte”, en el cual se desconocen los contextos donde se crean, se difunden y circulan las obras. Tampoco tiene que ver con la tan malentendida “lúdica”, en la que se inmiscuye todo tipo de activismos con pretensiones constructivistas. 

+Lea: La literatura como práctica educativa para el reconocimiento del ser

Por el contrario, y dado el contexto pedagógico en el cual se presenta la reflexión, se asume la literatura, desde Larrosa (1998), como formación del ser, ya que en ella se sintetiza toda la experiencia en sentido puro. Esta concepción da un particular interés al “asombro” del individuo ante su entorno, en tanto ello garantiza la posibilidad de que se reconozca el mundo en el cual habita el hombre mismo. Además, a partir de dicho reconocimiento es posible la consolidación de una conciencia humana más sólida que permita la reproducción y la creación de nuevos valores, propios de las comunidades.

Según esta concepción, leer significa escuchar lo que el universo nos quiere decir; tener la oportunidad de “dejar de ser” lo que siempre somos y asumir que “nos pasa algo” y nos transformamos o nos deformamos; leer es formarse y formarse es leer. Literatura significa síntesis de experiencia individual y social; comprensión de la vida como macrorelato y narración y no como simple argumento. Profesor o maestro significa mediador en el procesamiento de la experiencia y el asombro y no simple agente de experimentos calculados y preestablecidos. Y Enseñar significa dialogar, conversar, construir pero, sobre todo, “dejar aprender” (Larrosa, 1998).

Para Larrosa es preciso “… repensar la idea de formación teniendo en cuenta los planteamientos que, desde el interior mismo de la humanidades, han cuestionado sus supuestos básicos”. Según él, “La idea clásica de formación tiene dos caras. Formar significa, por un lado, dar forma y desarrollar un conjunto de disposiciones pre-existentes. Por otro, llevar al hombre hacia la conformidad con un modelo ideal que ha sido fijado y asegurado de antemano”. La apuesta de esta mirada sería “pensar la formación sin tener una idea prescriptiva de su desarrollo ni un modelo normativo de su realización” (Larrosa, 1998, p.  21).

La concepción que se asume aquí, pretende que la escuela abra espacios a la literatura para que los estudiantes se sensibilicen ante la palabra y su fuerza creadora. Sería un referente para que se reconozca el hecho estético como posibilidad de comprender la realidad. Además, se constituiría en un apoyo para que argumentaran sus propias posiciones y propusieran alternativas ante el futuro. Al respecto, Jacqueline Held nos dice que: 

“A veces se necesita muy poco, sobre todo cuando el niño es pequeño, para desbloquear y expandir esa capacidad demiúrgica adormecida en cada hombre. Porque sin cesar, a lo largo de esta reflexión, encontramos esta verdad psicológica primera y fundamental: de una vez por todas, el niño no es “esto” o “aquello”; desde el comienzo es un ser disponible, multiforme, abierto a todas las posibilidades. De ahí la importancia capital de una pedagogía que salvaguarde y desarrolle en él (el niño o el joven) esta disponibilidad original, esta actitud de libertad creadora frente a las imágenes, a las ideas, a las palabras, a lo que cada uno puede hacer. Importancia, pues, de los cuentos, modernos o antiguos, pensados, vividos, sentidos y propuestos no como un dato rígido, unívoco, impuesto desde el exterior, sino como un alimento esencial muy propio y muy personal y que será para cada cual un punto de partida. Gérmenes de fantasía, de humor, de sueño, de poesía, de invención de palabras, de objetos y de seres. Enriquecimiento de la imaginación, de la sensibilidad, entrenamiento constante en un manejo flexible complejo crítico y creativo del lenguaje”. (Held, 1987, p. 173).

Todo lo anterior se plantea como una obligación –en el mejor sentido de la palabra– para la escuela actual porque su papel no es el de instruir sino el de formar, y para ello la literatura contiene todos los elementos; lenguaje integral, biografía del espíritu, espejo de la cultura, conciencia de la sociedad y producto de la imaginación. Ellos dotan a maestros y estudiantes de una gran bitácora para asumir la vida con lucidez y sentido. 

Ahora bien, respecto a la relación literatura-pedagogía deberíamos partir de una hipótesis por demás sentimental: la literatura –como el arte, en general– no se enseña, se comparte. Se convoca a las nuevas generaciones para compartir con ellas el legado espiritual de la historia, como obra estética. La literatura no puede ser “enseñada“, sólo vale escribiéndola, leyéndola y conversándola. El acumular conocimientos acerca de la literatura es una pérdida de tiempo si tales conocimientos no se convierten en materia prima, en estímulo para la acción creativa, en pasión.

En las clases de literatura antes que enseñar técnicas, características y estructuras formales en forma matemática y racional, habría que mostrar a los jóvenes la vitalidad del lenguaje, la capacidad de este para crear mundos posibles, entendidos como maneras nuevas de expresión para comunicarse con los demás seres, de cualquier tiempo y espacio.

Una clase de literatura, entonces, debería estar enfocada en un primer momento a que el alumno se encariñe con el lenguaje, con los libros, a disfrutar su palabra, a sorprenderse con cada figura, con cada narración original, con algún personaje, con la visión diferente del mundo que cada poeta o cada narrador plantea. 

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Igualmente, la enseñanza de la literatura debería enfocarse a que el lector perciba el hecho poético como posibilidad de rebeldía y revelación, a la vez. Rebeldía contra el lenguaje, pues es allí, en la experiencia de la lectura y la escritura donde el maestro y el alumno pueden captar verdaderamente los misterios del lenguaje y la creación; revelación cuando en la lectura el lector pueda encontrase como el ser humano que es, descubriendo su verdadero espíritu que había permanecido escondido o atrapado por los afanes e insensibilidad de la vida cotidiana. Porque, como nos lo recuerda Michele Petit. 

“Leer permite al lector, en ocasiones, descifrar su propia experiencia. Es el texto el que ‘lee’ al lector, en cierto modo el que lo revela; es el texto el que sabe mucho de él, de las regiones de él que no sabía nombrar, las palabras del texto constituyen al lector, lo suscitan”. (Petit, 1999, p. 36).

Si la clase de literatura promueve la sensibilización hacia el lenguaje y señala acertadamente las infinitas posibilidades que la lectura y la escritura ofrecen a la interpretación de los fenómenos del hombre y de su entorno, los alumnos pueden sentir la necesidad de profundizar sus conocimientos creativamente. La sugerencia que Sergio Andricaín, en su libro Escuela y poesía, nos hace, es muy clara: 

“Conducir al niño para que aprecie los variados enfoques de un mismo tema y sea capaz de disfrutar todos esos tratamientos es hacerlo transitar hacia un plano superior en el conocimiento de la poesía, es enriquecer sus sentidos y sus posibilidades de aprehensión de la realidad” (Andricaín, 1997, p. 85). 


En su ensayo Crítica, literatura y pedagogía, Cristo Rafael Figueroa hace una interesante reflexión en torno a la relación literatura-educación en la que afirma que: 

“Los estudios literarios se han integrado a fenómenos de comunicación, a complejas dinámicas sociales y a la construcción de identidades, todo lo cual transita entre el sujeto individual y el espíritu colectivo, entre el valor local y los circuitos internacionales, entre el testimonio y la ficción, entre la oralidad y las tecnologías informativas” (Figueroa, 2001, p. 14). 

A partir de Roland Barthes, plantea Figueroa que la literatura solo se puede enseñar o aprender “porque se le puede aproximar a otros saberes”. Según esto, lo importante en el ámbito educativo no es enseñar algo sobre la literatura en sí misma, sino usar la literatura como “mediadora de saberes” a partir del lenguaje. Por otro lado, aboga por una “pedagogía de los efectos” centrada en la posibilidad de leer de manera crítica los textos, lo cual implica la construcción de sentidos diversos y no simplemente la búsqueda del “significado trascendental” o unívoco. 

Figueroa –partiendo de Barthes– reivindica la relación escuela-universidad en función de la enseñanza de la literatura en tanto ella desarrolle el espíritu crítico unido al goce, la duda y no al escepticismo. Afirma que: 

“… es prioritario para los maestros y, por tanto, para los alumnos, asumir de una vez por todas la literatura como experiencia vital y como posibilidad de interacción con el otro, camino que no solo desacraliza los significados impuestos, sino que permite realizar la vocación humana del diálogo constructivo y respetuoso de las diferencias” (Figueroa, 2001, p. 16).

Como un reto inmediato, Cristo Figueroa recomienda lo que él llama un “proceso gradual”: En la primaria “despertar la sensibilidad y reconocer la vinculación de la literatura con la experiencia del niño”; en la secundaria “iniciar en la lectura de universos textuales” que se conviertan en modelos de sentir y pensar para el joven; en la universidad complejizar la experiencia de la lectura “…en tanto acto responsable y creativo de apropiación de la realidad, a través de la mediación del lenguaje” (Figueroa, 2001, p. 17). 

A manera de síntesis, se podría decir que una clase de literatura en la escuela debe ser un punto de encuentro tripartito de sensibilidades: la del poeta, la del profesor y la del alumno para que, en la lúdica de la palabra y el juego del lenguaje, alimenten los espíritus y promuevan un espacio de formación, en el que se descubra que el asunto más importante de la vida es la construcción de sí mismo y que la palabra y la literatura son un buen vehículo y un buen compañero de viaje. Con sencillez y contundencia, Gianni Rodari ya lo ha dicho: 

“El maestro se transforma en un ‘animador’, en un promotor de creatividad. Ya no es quien trasmite un saber listo y empacado, un bocado al día; un domador de potros. Es un adulto que está con los muchachos para expresar lo mejor de sí, para desarrollar también en sí mismo las costumbres de la creación, de la imaginación, del compromiso constructivo” (Rodari, 2003, p. 204).


Bibliografía

Andricain, S. (1997). Escuela y poesía. Bogotá: Ed. Magisterio.

Figueroa, R. C. (2001). “Crítica, literatura y Pedagogía”. En: Escritores, profesores y literatura. Primer Foro internacional de reflexión UNEDA para creadores y profesores de literatura. Bogotá: Ed. Plaza y Janés; Universidad Nacional; U. Javeriana; U. Colegio Mayor de Cundinamarca.

García Jiménez. (1996). El hombre que se volvió loco leyendo el Quijote. Madrid: Ed. Ariel.

Held, J. (1987). Los niños y la literatura fantástica. Barcelona: Ed. Paidós. 

Larrosa, J. (1998). La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. Barcelona: Ed. Laertes.

Petit, M. (1999). Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. México: F. C. E.

Prieto Castillo, D. (1998). La pasión por el discurso. México.

Rodari, G. (2003). Gramática de la fantasía. Bogotá: Ed. Panamericana.


Nota
Este texto es un fragmento del libro Lenguaje, Literatura y Escuela. Una aproximación desde la investigación (Arturo Alonso Galeano. Bogotá. Universidad Distrital Francisco José de Caldas, 2008). Para el presente artículo, su autor ha precisado, ampliado y editado algunas informaciones del texto original pero ha conservado, en esencia, su contenido.

Arturo Alonso Galeano
Magister en Educación (Universidad Externado de Colombia), Literato (Universidad Nacional de Colombia, Bogotá). Escritor e investigador en las áreas de Lenguaje, Literatura y Educación. Ha sido profesor de varias universidades colombianas y, desde el año 2002, está vinculado a la Facultad de Ciencias y Educación de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, como profesor de Tiempo Completo. Correos electrónicos: harthur400@yahoo.com  harthur40@hotmail.com

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