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Entrevista con Humberto Maturana

Por Sandra Patricia Ordóñez Castro
Magisterio
18/01/2017 - 09:30
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Foto tomada de Revista Magisterio No. 83

“Podría estar encerrado en una cáscara de nuez

y sentirme rey del espacio infinito”.

William Shakespeare

 

¿Cuáles son los orígenes de su fascinación por el lenguaje?

Los cuentos de brujería cuando yo era chico. Las maldiciones y las bendiciones me hacían pensar que el lenguaje tenía que ser algo muy potente y eso capturó mi interés.

 

+Conozca los libros Enseñar Lenguaje para aprender a comunicarse Vol 1 y Enseñar lenguaje para aprender a comunicarse Vol 2

 

El poder que entrañaban las palabras, su capacidad, acaso, de incidir en el destino de los hombres… ¿Cómo comenzó a verse reflejado este interés en su vida?

Fue un aspecto que me interesó entender de los fenómenos biológicos.

 

¿Como expresión de un cierto factor de cohesión de la especie?

Sí. Desde la perspectiva de la filogenia. Pero es mucho más que eso, porque hay que entender que nuestra individualidad como seres humanos es social: somos concebidos, crecemos, vivimos y morimos inmersos en las coordinaciones conductuales que involucran las palabras y la reflexión lingüística.

 

+Conozca la revista Pedagogía de la palabra

 

Si el lenguaje tiene un papel fundamental en la construcción de la experiencia humana, ¿cómo se puede incidir en la transformación de esa experiencia a partir del lenguaje?

Se hace relato con el lenguaje y ese es un modo de coordinarse en el convivir: según lo que hablamos, lo que decimos, nos movemos en las relaciones y construimos autoconciencia. Entonces, lo primero es no querer manipular. Si converso con alguien, lo primero es que acepto la legitimidad de lo que el otro dice. No se trata de estar o no de acuerdo, sino de reconocer que su relato debe tener algún fundamento.

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Desde luego. Pero con fines terapéuticos, por ejemplo, o educativos en un sentido extenso, puede ser necesario aumentar el campo de visión, introducir nuevas variables al relato potencial del otro, en tanto su instrumento de conocimiento y autorreferencia. ¿Podría el lenguaje en tales instancias estimular una especie de autopoiesis del sistema a partir de su incidencia en el relato?

Asocio tu pregunta con los planteamientos de Niklas Luhmann, quien se refiere a los sistemas sociales como sistemas autopoiéticos de comunicaciones. Él entendió bien que la noción de autopoiesis hacía referencia a la producción de sí mismo: un sistema de interacciones en las cuales se producían elementos de la misma clase que constituían la totalidad. Pero eso solo puede pasar en el sistema molecular. Niklas Luhmann pensó que el concepto podía aplicarse a las comunicaciones. Pero en un sentido estricto eso no pasa.

 

+Lea: El libro de relatos e Infancia y nuevos lenguajes

 

Entiendo que es una licencia tomar un concepto en un sentido no descriptivo, sino epistemológico. Pero en este orden de ideas, ¿es posible concebir a partir del lenguaje un evento lo suficientemente significativo como para que se produzca una reorganización del sistema humano?

Depende de la emoción con la que uno se acerque al otro. Ahora se habla mucho de la narrativa: de que cada quien construye la narrativa de su historia, o la narrativa de su realidad. Pero no se vive en la narrativa. Yo no puedo tener acceso directo a lo que me pasó hace veinte años, porque estoy viviendo ahora. Apelo a la narrativa como descripción de lo que viví, pero eso no es lo que yo viví. Eso es algo que ya pasó y yo estoy en otra parte como consecuencia de esa historia. Los sicólogos dicen a veces que se puede cambiar la narrativa bajo el supuesto de que se va a vivir el presente de una manera distinta con respecto al pasado, por el hecho de narrar el pasado de una manera distinta. Pero eso no pasa. Lo que tiene que pasar es que cada quien viva su presente desde un entendimiento diferente.

 

¿Y eso se potencia desde la emoción?

La emoción hace referencia a cómo la persona se encuentra en el espacio relacional. Si hay coordinaciones conductuales consensuales es porque el espacio relacional se funda en el reconocimiento y la aceptación del otro. Sólo desde allí puede surgir una nueva perspectiva.

 

En el marco de esas coordinaciones, ¿cómo orientar la mirada hacia el futuro?

Sin expectativa. Supongamos que yo tengo siete años y quiero ser médico. Entonces pregunto: ─Papá, mamá, ¿qué tengo que hacer para ser médico? Y el papá me va a decir ─Bueno, tienes que terminar el colegio, y después puedes elegir el camino para ser médico, entendiendo más lo que es ser médico. ─¡Ah! Entonces, me aplico en el colegio (…). Pero que me aplique en el colegio no tiene que ver con ser médico. Tiene que ver con cómo me siento yo en mi presente, de manera que en algún otro momento pueda, desde mi presente en ese instante, orientar mi quehacer, no mirando el resultado, sino el camino que me podría llevar en esa dirección. En ese proceso puedo ir cambiado de opinión. Puedo cambiar de ruta, pero no me atrapo en una descripción del resultado, porque ese resultado no participa en el proceso mismo.

 

¿Es decir que debo abocarme al presente y que el valor del futuro imaginado está cifrado en el deseo como emoción movilizante de mi presente, sin importar las transformaciones que pueda ir sufriendo el resultado?

Exactamente. Sólo se puede vivir en el presente.

 

¿Cómo abordar entonces la labor de educar?

El profesor es un adulto a quien el niño quiere respetar. ¿Y por qué lo va a respetar? Porque se siente visto, escuchado y acogido, no manipulado. El profesor debe estar delante del niño, no como un espejo, sino como alguien que contesta a las preguntas con una invitación a reflexionar.

 

En otras palabras, ¿el profesor debe procurar a su alumno un proceso en el que cada enunciado sea una conquista del propio entendimiento?

Claro, el profesor no le dice al niño lo que tiene que hacer, pero lo invita a reflexionar sobre lo que le interesa, e indaga por su comprensión más allá de lo nominal. Podríamos decir que de cierta manera la tarea educativa consiste en crear espacios relacionales que se orientan a saberes y reflexiones; que se orientan a conocer las manipulaciones y las reflexiones sobre las manipulaciones.

 

Con esto hace referencia, desde luego, al conocer desde la experiencia propia y a elaborar sobre esa experiencia a través de un proceso reflexivo… De allí que no pueda hablarse de un conocimiento objetivo, sino del multiverso…

La expresión del multiverso hace referencia a los distintos modos de mirar y de dar explicaciones del mundo en que se vive. Puedo hacerlo desde la ciencia, que es un modo de explicar con una cierta rigurosidad; o puedo hacerlo desde el arte inventando cosas que son gratas de mirar y de tocar, etc., y cada uno de esos ámbitos de haceres y de reflexiones es distinto. Entonces, hay tantos ámbitos como nociones que yo quiero conservar en mi explicar, en mi entender y en mi hacer.

 

Si el conocimiento se construye a través de esa interacción de haceres y reflexiones personales y no existe, por tanto, un saber objetivo, ¿podría entenderse la convivencia como una especie de “pacto de ficción”?

La convivencia siempre es implícitamente un pacto, porque es un acto de mutuo respeto para hacer algo coherente el uno con el otro.

 

¿Es arte o es ciencia esa coherencia?

Todo es arte y ciencia en el fondo: la ciencia es saber qué y el arte es saber cómo: cómo expreso lo que sé en mi fuero interno, cómo lo muestro, cómo le doy una dimensión distinta en la relación con el otro.

 

Entonces estamos colindando con el territorio de la estética como clave de creación de un nosotros.

Como clave de armonía, que es a la vez clave de entendimiento en el sentido del conocer y de felicidad en el sentido del goce en la interacción.