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Familia – Escuela: un binomio inseparable cuando se habla de educación hoy

Por Liliana Zappino , Por Marta Isolda Libertad Reynés
Magisterio
03/08/2018 - 14:45
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Foto de Pixabay

Teniendo en cuenta que la escuela debe ser una institución socializadora, un espacio de construcción de “convivencia”  las autoras se preguntan:

¿Por qué la escuela no ha podido absorber los cambios que necesita?

¿Por qué se le hace cada vez más difícil a la escuela lograr el apoyo de los padres?

¿Por qué la tarea del maestro en las aulas presenta mayores obstáculos y frustraciones? 

Tal vez, porque instituciones como la escuela, la familia y la sociedad presentan serias rupturas y su fuerza y credibilidad se han debilitado. El artículo plantea una nueva escuela pensada desde los cambios sociales, con aprendizajes más significativos, más democrática y participativa, que reconozca las diferencias y las valore. Para, finalmente, concluir que la escuela no puede desaparecer pero que puede y tiene que cambiar y que los padres, los docentes y, en general, todos los adultos debemos conservar nuestro lugar de referentes, de orientadores, y no de “amigos”, compinches o compañeros permisivos.

Palabras clave: educación, familia, escuela, paradigma pedagógico, alumno, códigos sociales.

Para comprender la compleja relación entre la escuela y la familia hoy, hay que pensar y reflexionar acerca de los sujetos sociales que la conforman y tratarlos con idéntica profundidad.

Todos sabemos que la postmodernidad –traída de la mano de la globalización– ha generado, entre otras cosas, una ruptura en la confianza que daban las instituciones modernas y encuentra en crisis tanto a la familia tradicional como a la escuela tradicional. Aquellos que pertenecimos a ambas, añoramos –de algún modo– el resguardo que nos brindaron. Pero no se trata de añoranzas por lo que se ha ido ni de esforzarnos por sostener aquellos modelos encubriéndolos hoy de “supuestas” innovadoras acciones. Se trata de “aceptar” los cambios y obrar en consecuencia, posicionándose en el lugar crítico que corresponda de acuerdo con el rol que tengamos (tanto la familia como la escuela), para poder así, aceptar el desafío que implica problematizar la situación buscando las soluciones eficaces que lleven a mejorar los escenarios conflictivos renovando las intervenciones. Lo que desarrollamos en este artículo, mostrará una visión totalizadora de la situación de crisis que atraviesa la sociedad, que sabemos influye en todas las instituciones sociales y por supuesto, las consecuencias que trae en la relación de la escuela con la familia.

Como dice Elina Aguirre  es importante recordar que: La construcción del problema es parte de pensar la solución. 

La realidad nos envuelve en una modalidad social que muestra un contexto con significativas diferencias con respecto a aquella escuela y aquella familia modernas. Todo se ha ido transformando –como parte de la condición humana–, entonces, sería conveniente permitirse conformar una nueva relación entre escuela-familia-sociedad, o sea, pensar estas transformaciones a partir de los obstáculos y/o dificultades que se presentan hoy y entonces… …construir una nueva alianza con base en la confianza mutua.

Pensamos que el trabajo fundamental está dado por la conformación de un entretejido social que propicie adecuadas formas de intervención para comprender y construir este “problema común” entre familia y escuela, pues ambos están involucrados en los conflictos.

No se trata de buscar culpables, sino de concertar una nueva alianza, un nuevo contrato entre familia y escuela, para caminar juntos hacia el objetivo común: la educación de los niños y jóvenes. La escuela necesita cambiar y las familias también. Recuperar el respeto, el diálogo y el compromiso. 

Abordar el problema, no solo desde su aspecto social sino, principalmente, desde las experiencias que conforman el cotidiano escolar y que involucran a todos los actores del ámbito educativo, constituirá, sin lugar a dudas, el paso fundamental para lograr construir sanas y duraderas relaciones.

Los acontecimientos que están viviendo la escuela y la familia, dan cuenta de una crisis de sentido que enlaza lo que “antes era” con lo que “ahora se necesita”, o sea, una demanda de transformación. Y es aquí donde la educación juega un papel importantísimo, pues ella podría ser la que proporcione las respuestas transformándose junto con los niños y jóvenes. Tiene un desafío primario: elaborar un paradigma pedagógico fundamentado en la visión de “ese otro” de la pedagogía: el alumno. Aquel alumno que cuestiona, que se rebela, que enfrenta su metodología, su didáctica, que hace tambalear sus principios, que elige aunque no lo dejen.

Sería interesante pensar en la educación como un “encuentro” con los otros, en singular.

Principios, tradiciones, creencias e innovaciones, se dan en el interior de la escuela y conforman un perfil particular de institución. La institución escolar de “hoy”, está inmersa en una sociedad violenta, casi sin límites; el miedo al otro es tan común como la intolerancia y la ausencia de responsabilidades. Pues todo esto atraviesa la convivencia escolar, haciendo partícipes voluntarios e involuntarios tanto a alumnos como a padres y docentes. Integrar estas cuestiones a la cotidianeidad implica poner en juego algo que propicie el respeto al otro, la empatía, el reconocimiento de la vida y la dignidad de ese otro que, aunque ajeno y extraño, se hace partícipe del tiempo común en la vida escolar. Es un desafío que la escuela debe tomar como punto de partida del cambio que tanto necesita.

Acerca de la escuela, las familias y los conflictos… 

Desde siempre, la escuela ha sido una institución socializadora, un espacio de construcción de “convivencia” entre diferentes grupos sociales y culturales. Hoy estamos atravesando una crisis que pone “en la mira” a la cultura escolar tal como la conoce la escuela tradicional. Son los medios de comunicación que invaden la cotidianeidad de los niños y jóvenes, los que ofrecen modelos de vida alternativos, de consumo, de modas, variedad de estímulos que construyen –al igual que los modelos familiares– formas diversas de subjetividad. 

Este es el ámbito que posee hoy la escuela. Sus espacios son ocupados por una niñez rica en diferencias y estilos de vida, que presenta comportamientos diversos, con vivencias ricas en expresiones culturales en torno a valores, a concepciones políticas y religiosas, producto de una sociedad globalizada que recibe diferentes formas de convivencia, determinación y derecho a elegir, decidir y actuar. Cabe preguntarse, entonces, si la sociedad ha cambiado vertiginosamente, ¿por qué la escuela no ha podido absorber esos cambios? Y si la familia ha dejado de tener ese sistema fijo de relaciones y los niños han logrado mayor autonomía en la toma de decisiones ¿Por qué se le hace cada vez más difícil a la escuela lograr el apoyo de los padres? ¿Por qué la tarea del maestro en las aulas presenta mayores obstáculos y frustraciones? ¿Por qué pierde el prestigio antes alcanzado?

Tal vez encontremos la razón en que la seguridad que brindaban las instituciones sociales (entre las que se encuentra la escuela) presenta serias rupturas, se debilita… y es así como estas pierden la capacidad de “prescribir” formas y funciones. Y aparece el temor, la desconfianza, no hay referente seguro…

Nos encontramos, pues, con una escuela que ha perdido fuerza y credibilidad, su discurso pedagógico es percibido por la sociedad como dudoso, sin certezas. 

Por eso, es necesario propiciar el cambio para poder integrar a estas nuevas familias, a estos nuevos niños, a este nuevo tiempo, con “nuevas” propuestas que generen una escuela pensada desde los cambios sociales, con aprendizajes más significativos, con mayor participación de alumnos y padres, con mayor horizontalidad en la organización… ¿Por qué? Pues porque todos sabemos que la educación es una dimensión fundamental de las sociedades contemporáneas que se representa como el conjunto de prácticas e instituciones que tienen objetivos específicos de aprendizaje . Cuando se habla de educación, de enseñanza, aparece de inmediato la figura de la escuela, muchas veces considerada como “algo natural”, aunque se sabe bien que es una construcción social. Ya es impensable imaginar la no escolarización de la infancia. La escuela, en su larga historia, fue y es sinónimo de alfabetización, de enseñanza de códigos sociales, de límites; pero también de oportunidades de crecimiento social e intelectual, de transmisión de conocimiento, que favorece el desarrollo de la cultura, del “saber”, de la inserción laboral. Que provee de significantes que configuran una ética y/o una moral que da sentido a la vida en sociedad. La escuela no puede desaparecer pero puede y tiene que cambiar…

Criticada y cuestionada ampliamente, es una de las instituciones sociales más analizadas, más extendidas y más “necesarias” para el desarrollo de los sujetos. También es un “asunto de estado”, forma parte de las “políticas públicas” de toda sociedad desarrollada. Y es también una “organización”, o sea, constituye un conjunto de reglas y recursos instituidos e instituyentes que estructuran, facilitan y limitan las prácticas de los agentes (Tenti Fanfani, 2000). 

Es en este campo tan amplio de la educación y su componente altamente social en donde se dan las conflictivas relaciones escuela-alumnos-padres-comunidad.
 
Pensar en la escuela como productora de conocimiento, de relaciones interpersonales, de conflictos y de resultados deseables y no deseables, es descubrir que “no hay aspecto de la vida social que no se vea afectado por lo que hace la escuela y, a la vez, lo que pasa intramuros no se explica si no se mira lo que sucede fuera de la misma. Por ello, trabajar desde la riqueza de la diversidad, es abordar las diferencias como disparadores de múltiples expresiones culturales que propicien una formación ética pluralista sumando las distintas opciones para construir proyectos compartidos por todos.

Se trata de cambios, cambios y… ¡más cambios!

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Hoy podemos observar que muchas dimensiones de la sociedad, en la que se inserta la escuela presentan visibles síntomas de crisis y transformación. Este proceso de conflictos que atraviesa la sociedad y todas sus instituciones, precisa de la escuela un posicionamiento proactivo, una mirada puesta en el compromiso por el sostenimiento de los valores éticos, que contribuya a la construcción de una educación en la que el conocimiento sea un capital estratégico y altamente valioso para el desarrollo de sujetos autónomos, con capacidad para la toma de decisiones y el favorecimiento de un sentido de vida personal y comunitario.

La escuela ya no es el lugar exclusivo de transmisión de conocimientos. El acceso al saber también se encuentra en los medios de comunicación, las TIC, etc. Y es así como los niños y jóvenes poseen información equivalente a la del adulto. Los modelos sociales son, en este tiempo, heterogéneos y diversos. Todos los actores son influidos por los medios y ellos ejercen un poder de aceptación por encima de la institución escolar e, inclusive, la familia. 

La sociedad se desarrolla hoy a partir del impacto de la ciencia y la tecnología sobre los sistemas de información y comunicación, el modo de producción capitalista  se extiende y es así como emerge una cultura que valora la diversidad de todo tipo (étnica, cultural, lingüística, de género, etc.). Esto, necesariamente, produce un quiebre en el modelo burocrático basado en la obediencia a reglas y estatutos y da paso a una tendencia que privilegia la capacidad de participación “horizontal” de todas las personas que actúan en un mismo tejido social, cultural o político. La innovación se presenta, entonces, como la alternativa para el cambio, la aceptación de los problemas y la búsqueda de las soluciones en forma participativa. La incertidumbre es vista ahora como favorecedora de ese cambio tan necesario. El tiempo de las certezas que estandarizaba la producción de servicios y encasillaba a los sujetos en estamentos homogéneos basados en la obediencia, límites y reglas, está dando paso a la igualdad de oportunidades para la resolución de situaciones. Esto lleva a la escuela a repensar sus intervenciones, a crear un nuevo paradigma en el que se involucre a “todos los agentes sociales”, dándoles capacidad de intervención responsable. 

Se debe dotar a la escuela de un nuevo sentido, descentralizarse y constituirse en unidades educativas que trabajen en “red”, logrando así un alto grado de autonomía. No regirse ya por mandatos determinados de antemano, sino persiguiendo fines consensuados con “todos” los involucrados. Perfilar una nueva organización alejada del tradicional modelo burocrático Todo ello ayudará a encontrar caminos positivos para la resolución de los conflictos.

La distribución del conocimiento requiere hoy una escuela autónoma en el manejo de sus recursos que permita el desarrollo de las capacidades de todos sus alumnos, con el desarrollo de estrategias para el acercamiento de las familias propiciando una acción conjunta, alejada de aquellas prácticas de subordinación y disciplinamiento. 

La autoridad deberá ser compartida y tratada desde “su legitimidad”, ganada por la capacidad para desarrollarla en forma democrática y no por el cargo que se tenga. Esta legitimidad será dada por la iniciativa, la creatividad y una verdadera profesionalidad basada en los saberes y las acciones. Para lograr estos significantes, hay que promover una verdadera transformación de los sistemas de formación (inicial y permanente) y condiciones del trabajo docente. 

La sociedad necesita otro modelo de escuela y esta necesita recuperar la confianza en sus objetivos. Reconocer las diferencias y valorarlas es una de las más importantes tareas para desarrollar por parte de la escuela, así como recuperar el diálogo transformando la desvinculación en una conexión confiable y superadora de los conflictos. Somos seres culturales y como tales, estamos llamados a preservar la tradición tanto como a aceptar lo nuevo, a mantener las rutinas como a romper los modelos. Como seres históricos que somos tenemos la libertad de acción para decidir y elegir. Estamos “haciendo” continuamente, en nuestras vidas nada es estático ni para siempre, el cambio es nuestra constante, así que en esa tensión de lo histórico buscaremos hasta encontrar “puntos de apoyo” para sostener las experiencias positivas de lo conocido y saltar de la confianza que nos dan las costumbres a revisar lo conflictivo para decidir el cambio a partir de las situaciones nuevas o desconocidas. Sin desechar todo lo heredado pues lo pasado es conveniente para dar comienzo a lo nuevo que se proyecta en acciones mejoradoras .

Establecer un cierto orden en donde la convivencia democrática sea lo prioritario, favorecerá la libertad de pensamiento y de palabra, basados en el respeto al otro, a los otros, sean alumnos, padres, docentes, directivos, etc.

Por ejemplo, la construcción de un entramado democrático que favorezca una convivencia organizada con base en un cierto orden de trabajo en el que se puedan respetar las distintas opiniones (propias y ajenas) y se construyan acuerdos que lleven a favorecer el bien común para todos los actores involucrados. También es conveniente el armado de pautas de convivencia, donde los conflictos y disensos puedan resolverse y queden claros los deberes y los derechos de todos.

La escuela enseña, entre otras muchas cosas, a convivir con otros, a “vivir con extraños” y esto lo hace a través de las distintas disciplinas y en los distintos espacios (recreos, aulas, dirección, en el vínculo con las familias, en las relaciones entre los docentes) . Establecer un cierto orden en donde la convivencia democrática sea lo prioritario, favorecerá la libertad de pensamiento y de palabra, basados en el respeto al otro, a los otros, sean alumnos, padres, docentes, directivos, etc. Al decir de la Dra. Inés Dussel: tomar la palabra implica tanto hablar y articular un pensamiento como escuchar y dialogar con otros, sumarse a una conversación que nos precede y que se continuará cuando ya no estemos, que es la conversación de la sociedad humana. No necesariamente deberá ser siempre en armonía, pero sí que involucre a todos, una palabra plural, distinta, que valore el aporte de otros en forma democrática, abierta, diferente, pero verdadera y espontánea.

La familia también necesita vincularse con la escuela desde otro lugar, no sobrecargar en los docentes la responsabilidad de todos los problemas ocasionados con los niños, tal vez, sería conveniente que revisen su forma de relacionarse con ellos. Quizás, buscar la posibilidad de crear lazos que los una a la escuela a fin de generar una solución conjunta frente a las problemáticas estudiantiles. Que el problema sea “un implicador común”, que pase a ser lo que reúne y no lo que separe (Elina Aguirre). Generar espacios de reflexión en los que puedan reposicionarse como sujetos frente a la tarea de educar a sus hijos. 

Su responsabilidad como adultos y como padres, es poner el límite, contener, educar. Y también hoy, necesitan aprender a superar la “ira” o el “enojo” de los niños frente a este límite. Los padres son eso: “padres” y no amigos, compinches o compañeros permisivos que comparten travesuras, modas, la computadora, la música, etc. Son adultos que tienen la inmensa responsabilidad de formar a sus hijos y de elegir la escuela a la que concurrirán y comprometerse a seguir su educación en comunión con los docentes, no en contra de ellos. 

Los padres, los docentes y todos los adultos en general, deben conservar su lugar de “referentes”. Si bien, hoy esta posición se ve desdibujada, habrá que buscar formas alternativas para reconstruirla. Se logrará si existe el diálogo, primero consigo mismo y luego con los chicos para que puedan enfrentarse con la realidad. La función de los adultos es necesaria aunque tal vez, habría que pensarla desde otro lugar diferente al de antes, más democrático, más participativo.

Plantear desafíos para poder establecer formas de relación participativa entre padres y docentes dentro y fuera de la escuela es otra de las tareas a formalizar por la escuela y familia en un tiempo próximo.

Notas
Aguirre, E. – Transformaciones en la niñez y en las configuraciones familiares. La construcción de vínculos en el mundo actual. Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación Argentina, Trayecto Formativo para Directivos de Nivel Inicial. Bs. As., 2007.
2 Pérez de Lara, N. Habitantes de Babel. Política y poética de la diferencia. Barcelona: Laertes, 2001.
3 Tenti Fanfani, E. Sociología de la Educación. Universidad Nacional de Quilmes. Bs. As., 2000.
4 Mélich, J. C. Escenarios de la corporeidad (con L. Duch). Trotta, 2005.
5 Dussel, N. La construcción de un orden democrático en el aula. Coordinadora Área de Educación FLACSO. Bs. As. Editorial Santillana. 2005.

Marta Isolda Libertad Reynés 
Licenciada en Educación
 isolrey@yahoo.com.ar

Liliana Zappino 
Profesora en Psicopedagogía
lilianazappino@hotmail.com

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