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Feliz hasta la última clase

Por Armando Montealegre
Magisterio
02/09/2019 - 14:00
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“Para cada ser humano la felicidad y Sentirse Bien son estados personales singulares.

Lo que a uno le hace feliz y Sentirse Bien para otros puede no tener ninguna significación”. 

José Francisco González 

La felicidad, entendida como aquello que alcanzamos, vivimos, disfrutamos y desarrollamos para la vida, nos hace sentir a gusto con lo que hacemos. Cada ser humano tiene facultades particulares para poner a prueba su ingenio en una profesión, arte o un oficio. En ese trasegar, se acumulan historias de vida que si son compartidas, pueden contribuir para que las prácticas laborales sean mejores. En este sentido, en este documento se narran historias felices de vida laboral, de experiencia y aprendizaje en un escenario de vital importancia para la humanidad: la docencia. 

Fernando Savater afirma:

“No le preguntes a nadie qué es lo que debes hacer con tu vida: pregúntatelo a ti mismo” (1997, p. 69).

Es nuestro caso, que como en toda profesión, cada día hay que aprender e innovar, tener valentía y sinceridad para abordar dificultades y convertirlas —a veces con humor— en soluciones, en herramientas de trabajo. Por tal razón, este texto está matizado por anécdotas, desde un enfoque biográfico narrativo —porque

“La realidad que enfrentamos, la realidad socio–histórica tiene múltiples significados” (Zemelman, 2005)—,

en donde se echa mano de historias y relatos de vida, se cuenta y se hace que los otros también cuenten. 

Una vez, un estudiante me dijo: “Profe, a usted se le nota que es muy feliz. Bacano”. Anteriormente, otro me había preguntado: “Profe, ¿usted es feliz?”.

Una vez, un estudiante me dijo: “Profe, a usted se le nota que es muy feliz. Bacano”. Anteriormente, otro me había preguntado: “Profe, ¿usted es feliz?”. Le miré a los ojos de confianza con los que me interrogaba y le respondí, en forma seca “sí, claro, soy feliz”. Me replicó “¿entonces qué hace aquí?”. Preguntas y respuestas que nos pusieron a hablar de la vivencia escolar, además, del mundo de cada joven al que hay que metérsele en el alma para poder entenderlos. También comprendía su pregunta como un grito de protesta contra la escuela y su rutina. 

Se traen a cuento estas vivencias de maestro porque siempre gocé, disfruté mi trabajo, el mismo que me movió entre la pedagogía y la literatura; y que me lo afianzaron estos jóvenes que ad portas de la última clase, me incitaron a hacer púbicas algunas anécdotas, sin temores, como aquel día, “¡El profesor que nunca nos regañó”. Ella, quien había sido discípula de mis clases de lenguaje, ahora, ya Licenciada, llegaba como colega. ¡Qué hermoso saludo de presentación y de bienvenida! En otro momento al llegar al salón y viendo el desorden de sus compañeros, un joven gritó, sí, gritó para pedir silencio.” Profe, ¿usted nunca grita?”, me dijo mientras yo le agradecía su gesto. Muchas veces se ha creído que la escuela es un escenario de grito, regaño, y que siempre hay una lucha permanente entre el que provoca el regaño, el grito y el que grita o regaña.

“La escuela permite una amplia convivencia entre iguales que favorece la socialización en su dimensión más amplia y completa” (Saramona, 2000,p.62).

La escuela es un espacio de resignificación de la propia vida; por tal razón, se vive cada clase como un insumo diario del que hay que aprender para hacerlo expresión de tranquilidad y felicidad. 

Una vez, ante el curso “terror” —ese era el estigma —, al exponer a los jóvenes mi filosofía de vida, de ser humano, de trabajo, mientras el auditorio escuchaba con deleite, un estudiante levantó la mano y me interrogó: “Profe, ¿esas ideas son suyas o…?”. No lo dejé terminar porque me salió la respuesta demoledora que nos hizo grandes amigos de la escuela, del lenguaje: “no, me las prestaron para venir a este colegio”. Risas, algarabía, algo pasó para que el joven también soltara tremenda risotada y la conducta de entrada se convirtiera en una motivación para llevar unas buenas relaciones de búsqueda, indagación, de encuentro con la palabra. Son ejercicios de transformación que surgen, son espontáneos. 

+Lea: Reflexiones en torno a la responsabilidad de la formación afectiva en las instituciones escolares

En otra ocasión, al llegar al aula, apenas iniciando el día, a la entrada del salón había una aglomeración de escolares (era femenino); no dejaban entrar pero ellas, inconscientemente, entre risas y preocupación no se daban cuenta de mi presencia, a la expectativa, de pie, esperando que dieran paso para iniciar la jornada. Alguien sobresalía por la forma a lo Gregorio Samsa, doblada, encorvada, reptando por entre los pupitres, estiraba las manos, los brazos, buscaba algo y un séquito de compañeras la ayudaban en su titánica tarea. Me entretuve allí, de pie, sin importarme el frío bogotano. Pregunté, haciéndome escuchar con esta escena: “¿qué pasó?”. La chica metamorfosis, sin mirarme y sumida en su búsqueda por entre los pupitres dijo “Profe, se me perdió una tuerca”. Yo me paré junto a la dueña de la tuerca que seguía agachada, la miré con una sonrisa estimulante, y se me vino a la memoria el argentino más querido, Julio Cortázar y su monumental obra Rayuela. Sí, aquel café restaurante parisino de la rue Scribe. –Estábamos con Ronald y Etienne , y a mí se me cayó un terrón de azúcar que fue a parar bajo de una mesa bastante lejos de la nuestra. Lo primero que me llamó la atención fue la forma en que el terrón se había alejado, porque en general los terrones de azúcar se plantan apenas tocan el suelo por razones paralelepípedas evidentes…Entonces, sin pedir permiso me tiré al suelo y empecé a buscar el terrón entre los zapatos de la gente que estaba llena de curiosidad (2008, p 24)–. 

Me parecieron pasajes similares. Un salón de clases, un restaurante parisino. ¿Qué hacer? Cuando al fin las invencibles encontraron la tuerca, retornó la calma, hice la relación aula- restaurante francés-Cortázar, y la manera de conminar a la autora del desorden fue: “Pues bien, para la próxima clase me traes un cuento, escribes un cuento donde el personaje sea una tuerca”. ¡Qué cuentazo el de esta novel escritora! Lo leyó con toda el alma, con la emoción de un parto, con la respuesta en la mano a una paciencia del docente para que encontrara su tuerca y fuera feliz. No sé dónde estarán ella y su tuerca, pero lo que sí sé es que yo la tengo en mis memorias. 

Una de las discusiones académicas en las instituciones es la evaluación, especialmente, ésta como resultados, y quién evalúa como su propia imagen y hace exámenes (pruebas) con ese propósito. Son docentes que hacen de la evaluación un ritual, una tragedia, no un momento feliz del aprendizaje. 

Veamos. La profesora tenía su examen (no lo llamemos evaluación). Yo había sido seleccionado para vigilarlo. Desde que llegué al salón sentí una atmósfera tensa que se traducía en dolor en mi cuerpo, pues la tradición y la fama de la maestra era que el suyo abarcaba más tiempo que los demás. Ella misma cuadró, organizó una por una las alumnas, las cambió de puestos, las puso de nariz contra la pared, mejor dicho, los derechos a ser feliz contestando una prueba estaban por el suelo. 

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Yo me paré frente al curso, delante de la profesora, como diciéndole “aquí está el tigre que no deja pasar ni una, puedes irte tranquila”, mientras que ella seguía encontrándole anomalías a la distribución que había hecho. Me llamaba la atención una sensación de rascadera que se había impregnado en las manos, en las piernas, en la cabeza de la mayoría de las chicas. También era risible la mirada al techo o al cielo, como pidiendo a los ángeles que las tuvieran en oración durante el tiempo del suplicio. 

Le pedí a la primera niña de adelante, una hoja y otra hoja y otra hoja de su cuaderno grande. Y sin sentarme, me puse a hacer dos cosas simultáneas: cuidar el examen (hoy se han inventado la palabra acompañar) y en el papel describir lo que pasaba en aquel sepulcral salón. “¡Uf, por fin!” Le dije a la joven que me había regalado las hojas, “esto lo escribí mientras ustedes se torturaban”. Me miró como con cara de felicitación y de asombro a la vez. Eran las ideas generales de un relato, o cuento o no sé qué, pero que fue a dar a mi maletín, como siempre lo hice con lo que significaba de la clase. 

Fue a parar al Concurso Nacional de Cuento Breve en Samaná, Caldas, año 2000. Había leído un artículo de Daniel Samper sobre El maestro Cuchilla, tomé unas frases, lo trabajé, y envié el cuento El Tumbaexámenes, que dice en algunos de sus apartes así: 

Se llamaba El Tumbaexámenes no tanto porque se ocupara de practicar a menudo esa agonizante labor, sino porque su misión iba más allá de cuidar un examen…Y sucedió aquella mañana. “Con El Tumbaexámenes se oye el silencio del sonido sepulcral”, las cábalas no pasaban de risotadas a las que todos los jóvenes ya estaban acostumbrados, como aconteció cuando vigiló el examen y llegó hablando sin voz, solo se le entendió en el momento en que dijo, “por lo que veo ya están concentrados con esa cara de idiotas que tienen”. Y siguió caminando…”Allá, Granados, ¿por qué arruga la frente?, ¿quiere ir al baño?, ¿esa es su forma peculiar de gozarse una tragedia?”… ( Montealegre, 2004,p.70). 

+Video conferencia gratuita: Educación para la felicidad – Domingo Araya

El Tumbaexámenes había sido seleccionado entre los diez mejores cuentos del país, había salido del salón hacia un Concurso Nacional de Literatura. Se lo conté al curso. Ellas se reían, más la alumna cómplice. Había convertido la tortura en un momento de felicidad. Escribir es una pasión, alegría y felicidad para mí y para muchos, y eso me ha permitido prepararme para dictar mi última clase ya que el borrador de este escrito se hizo mientras los alumnos también componían sus textos sobre Mi relación con los libros. 

La docencia proporciona manifestaciones de simpatía, como también situaciones contrarias. Una tarde llegó una madre enfurecida, vociferando desde que atravesó el portón de ingreso. Alta, corpulenta, de mirada ansiosa, se acercó a la cafetería —¡qué coincidencia! : yo iba detrás de ella sin saber lo que iba a pasar—, asomó la cabeza buscando en quien desahogar una preocupación, saludó con tono recio, preguntando: “ buenas tardes, ¿quién es el profesor que solo enseña cuentos y poemas en este colegio?”. El grupo de compañeros, asombrados, se miraron. Detrás de ella, le respondí, pues me sentí aludido: “¡yo, señora!”. Volteó su enfurecido rostro hacia mí y ripostó, indignada. En ese momento, algunas maestras le hicieron ver lo bueno y valioso que era escribir cuentos y poemas y, que si su hija lo hacía, había que dejarla. Con la cabeza un poco agachada, sin ocultar su rabia, agregó: “ah, es que no solo debe aprender cuentos y poemas; también matemáticas, inglés, ciencias…”. Alguien desde adentro le dijo que su hija podía ser una gran escritora si seguía escribiendo. Se quedó callada. 

Lo más impactante fue cuando la niña, hija de la señora antipoetas y anticuentos, dijo, “!Profe, este sol está muy bonito!”. De manera irreverente o casual, le contesté, “sí, hágalo llover”. La señora nos miró y fue cuando ellas se saludaron mientras la niña cogía lápiz y papel y escribía. La señora se fue no muy convencida de mi discurso, y la chica me siguió mostrando sus poemas. Yo, feliz con lo que pasaba. 

Generalmente, la docencia es una reproducción de cómo nos enseñaron, más que cómo aprendimos. Mario Díaz Villa (2000) hace un estudio sobre la formación de los profesores universitarios y considera que el cómo nos enseñaron es ponernos muchas veces en la duda de lo que el estudiante sabe y puede hacer, del cómo aprende y aplica. Y eso cuesta mucho en esta profesión y como consecuencia se pueden cometer errores, especialmente valorativos. Son cosas propias de la escuela —es pertinente traer a la memoria a Roberto Gómez Bolaños, El Chavo, Chespirito: su profesor le evaluó mal, de manera intencional, para que se fuera a hacer lo que sabía hacer muy bien: escribir libretos, ser comediante, ser un grande de la actuación—. 

Una tarde, al ir con un compañero del trabajo rumbo a la casa, entramos a una tienda. De pronto, de un lado, hacia la puerta, salió un joven que había sido mi estudiante en grado noveno. Lo recordé cuando vi su rostro. Ya tenía sus copas. Nos saludamos, le presenté a mi amigo testigo de lo que iba a suceder; lo hice con un gesto de confianza. No tenía ni idea de lo que me iba a expresar. 

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Se vino hacia mí con una copa de licor en actitud desafiante, rabiosa. Sacó palabras que tenía atragantadas hacía no sé cuántos años, así lo deduje, cuando me dijo: “Profe, ¿se acuerda, cuando usted nos ponía a escribir cuentos y poemas, y yo le escribí un poema y usted… usted, me dijo que eso no era mío?”. Se balanceaba. Hice reminiscencias en segundos, dudé un poco sobre tal suceso pero, por su rostro me convencía de que estaba en lo cierto. “Sí, es probable que eso haya sucedido así, y creo que sí, usted tiene la razón, lamento haberme equivocado en aquella ocasión”. Los ojos del personaje me confirmaban que así había sucedido, en medio de tantos casos, y con el fin de no llevar la cosa a la discusión, él continuó: “Profe, para demostrarle que yo sí escribí ese poema, se lo voy a recitar”. Y empezó a narrar, entre balbuceos del licor, su obra de hacía (creo) unos diez años atrás. 

Estuvo buscando sacarse esa espina memorizando su escrito para demostrarme que aquí no hay corriente ni postulado pedagógico que valga. Ahora bien, no creo que todos los alumnos tengan esa capacidad de demostrar la autoría de sus escritos. Yo lo felicité y sus amigos lo aplaudieron y reinó la calma y la tranquilidad hasta que nosotros optamos por irnos lo más rápido posible dejando una estela de satisfacción en él y una nueva forma de ver la producción contagiosa de mis estudiantes: hay que estar preparado para equivocarse y aprender de los problemas y dificultades. Todo es positivo. 

Es costumbre considerar que los estudiantes buenos —“rendidores”—, lo hacen quedar a uno bien, lamentablemente, generando reacciones en otros…

“Miedo de convivir con nosotros mismos sin saber realmente quiénes somos o qué queremos o por qué tomamos determinada opción” ( Jurgevic, 2000 p.33).

Hay que dar también oportunidades a aquellos jóvenes que no sobresalen académicamente o convivencialmente, no tanto por la inclusión/exclusión, la participación, sino porque “la gente con autoestima sabe reírse de sí misma y la risa los lleva al conocimiento, porque los sitúa en el sitio adecuado”(Op. Cit. 32). 

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En cierta ocasión con motivo del Día del Idioma, la profesora me envió un estudiante para que le revisara un texto que él iba a leer en tarima. Era algo sobre Crónica de una muerte anunciada. La letra del chico era como para ir al oftalmólogo y al optómetra. Se acercaba el momento para la participación del voluntarioso joven y ajustamos el texto de tal manera que quedara claro que los hermanos Vicario eran los que iban a vengar lo que le había sucedido a su hermana, Ángela Vicario. 

El patio atiborrado en homenaje a Don Miguel de Cervantes Saavedra. Me quedé alelado cuando este alumno, como dice El Chavo, sin querer queriendo, pero lo hizo y en lugar de pronunciar LOS HERMANOS VICARIO, se le atravesó el inconsciente —no era su intención, es claro— y muy orondo, con micrófono en mano, dijo que los que iban a vengar a Ángela Vicario eran los HERMANOS VISCONTI. ¿Qué hace usted ante eso? Usted orienta, corrige, planea, mas no espera que se den estas situaciones. Yo, entre preocupación y risa —el humor rompe barreras, establece igualdades, equilibrios—, como escondido de la pena, no sabía qué decir, especialmente con la profesora. ¿Regañar? ¿Sancionar a un alumno de octavo grado? ¡Nooooo, por favor! De lo que sí me convencí es que el joven tenía voluntad de hablar en público, romper el miedo; pobre suerte la de Abelito, el de los Visconti, que pasaron de ser animadores de la bohemia y el despecho, y que por más dolor en sus canciones jamás pensaron que en un colegio los culparan de vengar la virginidad de una mujer como Ángela Vicario. 

En ese mar de acontecimientos bellos, en los que siempre ha estado la alegría por encima del grito, del conflicto docente-estudiante-padre de familia-institución, desde que leí Los patitos feos, de Cyrulnik rebobiné aún más mi labor. Y rescato dos instantes muy conmovedores, desde el punto de vista del apoyo, del estímulo: empujar para adelante para que la persona encuentre y desarrolle sus aptitudes naturales y sus inclinaciones personales. 

El primero, hace muchos años. Todos los estudiantes escribían sus textos menos uno, él pintaba y pintaba en su cuaderno —situación idéntica encontré en el libro El elemento, de Ken Robinson cuando hace alusión a Matt Groening, el creador de Los Simpsons: se la pasaba pintando , dibujando en clase—. Me quedé mirando sus trazos, trató de esconderlos pero lo convencía de que me los mostrara. Los demás expectantes, esperaban la sanción. “Ahora, pinta al dictador de El Otoño del Patriarca, ponte el plazo de entrega”. Al otro día me presentó el boceto de aquel descarnado dictador del Caribe de axilas esperpénticas. “Ahora, haz un boceto del mural de la Academia Colombiana de La Lengua”, fue la nueva tarea de otras que este joven siguió pintando a lo largo de su vida: un mural en el colegio y exponer en galerías. Me regaló una réplica de Mujer sentada, de Picasso. ¿Moraleja? Ser felices con lo que les gusta hacer. Sus pasiones. Y uno, en su papel de cómplice… ¿Usted lo ha vivido? 

Y el otro acontecimiento, más reciente, al terminar la clase, me paré junto a la puerta, y el joven problema en la institución, que había tenido acciones de resiliencia favorables por parte de los docentes, se me acercó, me saludó con afecto, y nos pusimos a hablar de lo que nos gusta a ambos: escribir. Él, textos urbanos para ser cantados; y yo, mis escritos. Hablamos largo y delicioso como personas cercanas y como escritores, y el tema central era la calle, un escenario para la escritura. No aguanté las ganas de reconocer su potencial, salí directo para la casa, y el lunes, cuando nos encontramos, lo llamé aparte y le obsequié, firmado este texto, en medio de un fuerte abrazo y de palabras entrecortadas: 

La calle

Para el compositor y contador de historias urbanas: 

Maravilla eterna /Eso eres 

La calle 

Voy por aquí, voy por allá 

Entre cerros y avenidas 

Ruidos y gemidos humanos 

Como dice Lavoe 

Selva de cemento… ( sigue el texto). 

Amable lector: si usted apenas comienza esta labor, o si va a mitad de camino, o si ya se va o ya se fue, sea siempre feliz hasta que dicte su última clase. 

Referencias 

Cortázar, Julio (2008). Rayuela. Punto de Lectura, Madrid. 

Díaz, Villa, Mario (2000). La formación de profesores en la educación superior colombiana. Problemas, conceptos, políticas y estrategias. ICfes, Bogotá. 

González, José Francisco (2003). Sentirse Bien y Ser feliz. La salud y la felicidad son un todo. Superación Personal. Edimat Libros, S.A., MADRID. 

Jurgevic, Delia (2000). Autoestima. Seguridad en uno mismo. Libro – Hobby – Club, S.A., Madrid. 

Montealegre, Armando (2004). Cuentos con sabor a río. Grupo Impresor colombiano, Bogotá. 

Sarramona, Jaume (2000). Teoría de la educación. Reflexión y normativa pedagógica. Ariel, Barcelona. 

Savater, Fernando (1997). Ética para Amador. Ariel, Barcelona 

Zemelman, Hugo (2005). Voluntad de conocer. El sujeto y su pensamiento en el Paradigma crítico .Anthropos, Barcelona. 

Armando Montealegre. Filología en idiomas (Universidad Nacional, Bogotá). Magister en Docencia (Universidad de La Salle). Autor de libros y artículos pedagógicos y literarios. Autor y profesor de Cursos de Perfeccionamiento Docente .Premio Nacional Santillana, año 2000, con la experiencia La cultura del libro, un proceso (Colegio Sans Facon). En YouTube, video Cómo crear un cuento (Óscar Pedraza). Experiencia como docente universitario y como profesor de la SED (Colegio Distrital Luis Carlos Galán Sarmiento. E-mail: armando.montealegre@gmail.com, www.diariodelprofe.blogspot.com 

Artículo perteneciente a la Revista Internacional Magisterio No. 97 Hacia un marco profesoral  

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