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Hacia una ecología interior

Magisterio
15/06/2017 - 10:15
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Foto tomada de Revista Internacional Magisterio No. 76

El presente texto busca hacer un llamado a la construcción de una ecología interior, fruto de los principios básicos que nos fundan como seres que habitan este planeta. Entendiendo que no somos agentes externos a él y que los lugares, los cuerpos y las circunstancias son la expresión de estados internos que se exteriorizan.

Palabras clave: Ecología, ecología interior, ciencia, naturaleza, conciencia ambiental.

“Entonces el anciano, que era además el gran sabedor, el que descifraba los misterios de la vida y todas las cosas que no eran de fácil comprensión, le explicó al hombre pájaro que por haber estado Dinari mirando el firmamento estrellado en noche de luna llena, ella había sido premiada con la constelación de estrellas, que sus dos hijos llevarían por siempre en la frente y en los pies. Las estrellas alumbrarían su camino y su mente, ellas los configuraron desde su nacimiento como seres superiores y predestinados”.

Leyenda de Yurupary. Versión de Cecilia Caicedo Jurado de Cajigas.

Con este epígrafe de la sabiduría ancestral del Amazonas colombo brasileño, del período anterior a la llegada de los españoles, queremos iniciar una reflexión en torno a nuestra ecología personal; a nuestro interior y su relación con todo aquello que se constituye como el mundo que nos rodea y de su incidencia en nuestra forma de vivir, criar y educar.

El estrecho vínculo entre el hombre, la naturaleza, los animales y todo el universo, es una constante que nos presentan las más antiguas culturas del planeta. Desde los albores de la humanidad que conocemos, Egipto, India, China, América, Europa y África, han mostrado siempre esa relación que los ambientalistas contemporáneos, los místicos y los científicos de fines del siglo XX y comienzos del presente han puesto en evidencia.

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Aunque aparentemente no podamos observarlo, el universo, como un todo orgánico, está interconectado interiormente. Ante nuestros ojos se presentan astros, estrellas, plantas, ríos, nubes, animales y hombres como elementos separados; pero en un nivel más profundo todos estamos unidos. Los descubrimientos de la física cuántica, el “Efecto mariposa”, la antimateria y la teoría del caos, a nivel científico, confirman esta interrelación desde una perspectiva “Palpable”, “Medible” y “Observable”, en los términos que el método científico más aceptado lo requiere. Por tanto, el mundo invisible como un pleno cósmico, en palabras del físico Ervin Laszlo, no es una nada muerta y vacía, es un sistema más tenue que la materia que observamos a simple vista, lleno de vida e inteligencia.

La comprensión que tiene la ciencia acerca de la naturaleza fundamental del universo es distinta de la que la mayoría de la gente cree que es. El universo no consiste en pedazos de materia que se mueven en el espacio y el tiempo. En último término, la materia es una forma trabada de energía, y el espacio y el tiempo son un elemento dinámico integral, que interactúa con la materia y la energía en todas sus formas (Laszlo, E., 2013, p.123).

Estas palabras sintetizan en un lenguaje sencillo algunas de las conclusiones más importantes a recordar. La aparente “nada” es en realidad un pleno energético que hace que todos estemos interconectados. La materia vibra y cada cuerpo tiene una frecuencia de vibración que lo hace afín con otros cuerpos, los cuales vibran en la misma frecuencia.

De esta manera se explica que las antiguas parábolas y metáforas de los diferentes libros sagrados de la humanidad insistan en una hermandad cósmica y un destino común; también la repercusión de nuestros actos, pensamientos y palabras en nuestras vidas, en las de otros y, por tanto, en todo el sistema de lo existente. Así, Rabindranath Tagore, eximio poeta hindú, nos recuerda, en sus charlas con sus discípulos, que:

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En continuo contacto con la vida y la expansión de la naturaleza, el hombre no sentía deseo alguno de extender sus dominios ni de encerrar entre murallas cuanto había adquirido. No se proponía “acumular”, sino “realizar”, dilatar su conciencia, desarrollándola al unísono con su medio y penetrándolo cada vez más hondo (Tagore, R., 1999, p. 11).

En épocas ancestrales, los habitantes de las distintas regiones del mundo sabían de esta conexión íntima que ahora ha sido confirmada por la ciencia contemporánea de Occidente. Sabiduría ancestral y ciencia han llegado a las mismas conclusiones: somos responsables de lo que nos sucede y de lo que sucede a los demás. Estas profundas relaciones entre dos campos, siempre en aparente conflicto, nos llevan a comprender que las enseñanzas de los antiguos, las cuales encontramos principalmente en los libros sagrados de las distintas culturas, ya enseñaban lo que los descubrimientos más recientes han establecido.

Por lo tanto, hoy podemos decir que como seres humanos, con diferentes funciones en la vida, como hijos, padres, esposos, hermanos, y en nuestro caso particular como docentes, contamos en nuestras manos con estas herramientas valiosísimas que nos permiten, no solo ampliar nuestro sentido de la existencia, sino crear “ambientes” interiores y exteriores que potencien las características más deseables para el bienestar, el gozo, la abundancia y la paz en nuestros contextos cercanos, las cuales, ahora sabemos, afectarán a todo el conjunto.

Ahora bien, en este ámbito de descubrimientos y reminiscencias aparece una teoría que en su momento causó muchos conflictos y que incluso ahora mantiene divididas las opiniones. Si el universo viene del Gran estallido, del Big Bang, y se desarrolló desde allí, el hecho evidente de que el proceso fue equilibrado y ha permitido la vida, que en la Tierra ha evolucionado desde las sustancias primigenias, hasta el conglomerado de lo que llamamos “mundo”; significa, sin lugar a dudas, que ha habido un equilibrio y una sabiduría implícitas a la vida.

Por tanto, podemos pensar en un “Principio Rector”, llamado Dios, Tao, Brahman, etc., que, sin embargo, no elimina la idea de un aspecto material más tenue que la materia que podemos ver a simple vista con nuestros sentidos. Este Padre o esta Madre primigenios que nos narran los libros sabios de la antigüedad como origen, lo cual es distinto que comienzo, son comunes en las culturas ancestrales y nos remiten al pleno cósmico de Laszlo.

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Arróbose el Padre a sí mismo, sin cerrar ni guardar exclusivamente para su propia potencia mental el fuego de la misma. El Principio paterno no hace pues girar nada imperfecto. Pues todas las cosas las hizo con perfección, y las entregó a la mente fecunda. La luz que todo linaje de hombres llama la primera, la engendrada por el Padre, sumamente única, arranca la flor de la mente de la fortaleza del Padre, como de su tallo (Zoroastro, 2003, pp. 144-145).

Podemos observar, escuchar y sentir esa perfección en el funcionamiento mismo del universo, en el desenvolvimiento de los procesos de la naturaleza. Sin embargo, en nuestro mundo encontramos limitantes que no se corresponden con dicha perfección. ¿Qué ha sucedido? Pareciera que la explicación también la dan nuestras dos fuentes: estamos en un proceso, la evolución se manifiesta en todos los niveles y en la actualidad nos encontramos en una coyuntura muy importante. Podemos hacernos uno con la perfección o preferir carencias, dolor, enfermedad e ignorancia.

Como habíamos anotado, cada cuerpo posee un nivel de vibración energética, la cual corresponde a un estadio interior de desarrollo, en consonancia con lo que los últimos místicos-científicos denominado como estadios de conciencia (etapas espirituales). Por tanto, como anota Laszlo, podemos dar un salto inmenso de avance personal y grupal. Al tomar conciencia de que cada uno es un nodo energético capaz de crear su propio “ambiente” personal, y de que éste incide en nuestro mundo más cercano, la ecología interna, la ecología personal tiene un papel fundamental.

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Esta ecología interna tiene que ver con el tipo de pensamientos, palabras y acciones que ofrecemos a nosotros mismos y a nuestro entorno más cercano. De la misma manera que buscamos conservar el agua pura y las distintas especies animales y vegetales, y recuperar los árboles talados y el aire contaminado; nuestra propia persona debe llevar a cabo una limpieza interior. Lo negativo es una creación de lo limitado de nuestro actual estado de evolución, pero si aceptamos la llamada a un mejor mundo personal, y de todo el planeta, nuestra decisión por mejores vidas y la aceptación de una ecología interior, nos llevarán a estados más gozosos y pacíficos.

Los distintos libros sagrados hablan de caminos que nos permiten alcanzar estadios de gozo, paz y plenitud; el Cielo, el Nirvana, la Ciudad Santa, el Reino de Dios, la Iluminación, son entre otros los nombres que se han dado a futuros lugares de dicha. Pues bien, los lugares, los cuerpos y las circunstancias son la expresión de estados internos que se exteriorizan. Como dice Gerardo Schmedling, en consonancia con la física cuántica, la frecuencia de vibración de cada onda energética “crea” unas circunstancias, al igual que en los Upanishads:

Hay una ciudad de once puertas que pertenece al Innato, cuyos pensamientos nunca son tortuosos. Quien se acerca a ella deja de sufrir y, liberado de todas las ataduras de la ignorancia, encuentra la libertad. Así es.

Así, nuestra breve reflexión podría conducirnos a aceptar que libros sagrados ancestrales y ciencia contemporánea nos dan el mismo mensaje. Somos parte de un todo en el cual, interrelacionados y unidos en niveles profundos, creamos circunstancias y “ambientes” personales y colectivos. Nuestros pensamientos, acciones y palabras construyen una forma de vida, dan marco a cada existencia particular y, en su conjunto, al grupo humano. Como personas podemos, según elijamos, enfocar nuestras vidas hacia la plenitud o hacia la limitación. Como docentes, podemos repetir esquemas rígidos, deshumanizantes y frustrantes, o enfocarnos hacia la plenitud de la flexibilidad, la vida, la libertad, la felicidad y la abundancia.

Todo ello se puede lograr a través de la unión coordinada de mente y corazón, de ciencia y mito, de pensamiento y acción. Nuestro interior es la fuente de nuestras circunstancias exteriores; aquellos mensajes que guardamos en lo más profundo de nosotros mismos han creado nuestro sendero de vida. La influencia de padres, familia, educadores y amigos nos ha dado una manera de mirarnos y de comprender el mundo.

Por ello, es necesario mirar de nuevo y, con atención, captar aquellos aspectos que nos hacen sentir culpa, miedo, vergüenza, odio, rabia, para que observándolos, a través de una mirada de amor hacia nosotros mismos, de una mirada “ecológica” que nos recuerde nuestro parentesco con la belleza, con la perfección y la abundancia que reinan en el universo del cual somos parte, nos reencontremos con nuestra más bella inocencia.

De esta manera, no solo cambiaremos nuestras perspectivas, sino que aquello que ofrezcamos a nuestros estudiantes estará lleno de ese gozo que da la paz interior. Aunque la realidad que observamos nos parezca caótica, injusta y limitante, con una nueva mirada podremos sintonizarnos con los ritmos perfectos de una naturaleza perfecta y armónica que para algunos será obra de Dios y para otros el desarrollo de una directriz inteligente. Si observamos detenidamente, a pesar del aparente desajuste de nuestro mundo, veremos que es un sistema coherente que responde de acuerdo con nuestras acciones, pensamientos y palabras; pero que a pesar de ello sigue funcionando armónicamente.

La ecología interior o la actitud, conciencia y acciones que nos orientan a recuperar la armonía y el equilibrio del ambiente, nace de una necesidad profunda que podemos llamar espiritualidad; aspecto presente en todos los seres humanos y que podríamos considerar también como esa búsqueda de estados de gozo, paz y abundancia. Recordemos que somos uno con un universo perfecto, maravilloso, pleno, armónico y sabio; por tanto, que estas son características que poseemos también. Ahora es nuestra misión reencontrarnos con esa perfección, vivirla y transmitirla. Es el momento de reconocer lo infinito dentro de cada uno.

Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam se alegraron en lo hondo de su corazón cuando estuvieron en el cerro; los hombres eran pequeños; quemaron el copal y bailaron y sobre el cerro se multiplicaron. Los hombres de todos los pueblos se establecieron juntos. Y los cuatro padres lloraban porque sus ídolos aún permanecían en donde los ocultaron, entre las orquídeas, las hierbas y el musgo (Popol Vuh).

Referencias

Anónimo. (2007). Popol Vuh. México: Editorial Época.

Caicedo Jurado de Cajigas, Cecilia. (2006). Leyenda de Yurupary. Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio.

Laszlo, Ervin. (2013). El cambio cuántico. Barcelona: Kairós.

Müller, Max. (1980). Los Upanishads. Barcelona: Visión Libros.

Sánchez Ron, José Manuel. (2013). Diccionario de la ciencia. Booket. Barcelona: Crítica.

Tagore, Rabindrabath. (1999). El camino espiritual. Buenos Aires: Longseller Errepar.

Zoroastro. (2003). El Zend-Avesta. México: Berbera Editores.

La autora

Magister en Literatura. Universidad Pontificia Universidad Javeriana.

Tomado de la Revista Internacional Magisterio No. 76