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Hacia una pedagogía de lo moral desde una cátedra de orientación profesional

Magisterio
20/04/2017 - 17:15
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Foto tomada de Revista Magisterio No. 73

Este documento tiene como objetivo poner en consideración algunas ideas expuestas por Alfredo Fierro en torno a la educación moral y la psicología del desarrollo, a partir de la experiencia docente de una cátedra de orientación profesional, en el ámbito universitario. Las reflexiones derivadas de esta actividad buscan ser de apoyo pedagógico a quienes, no solo desde diferentes roles educativos, facilitan procesos de bienestar personal, sino que además están comprometidos con la formación de seres humanos sensibles y conscientes de la realidad social de la cual hacen parte.

 

Palabras clave: educación moral, pedagogía, orientación profesional, psicología del desarrollo.

 

Fierro (2004) argumenta cómo la educación en esencia es moral. Con esto, quiere decir, que esta debe regirse sobre lo bueno y lo deseable en la formación del ser humano; por supuesto, para que esto ocurra, el educador necesita apoyarse primeramente en las posibilidades evolutivas de los educandos.

 

+Lea: Estrategias para educar en el valor de la justicia: Clarificación de valores

 

Es aquí donde la psicología del desarrollo puede servir de guía al educador, a través de los análisis Piagetianos y Kohlbergianos referentes al desarrollo de la conciencia moral. De acuerdo con Piaget (1971), una de las contribuciones al conocimiento del desarrollo humano moral, sobre las que Fierro (2004) hace énfasis, es que “en el juego interactivo entre iguales, cooperativo o competitivo, es donde se origina el sentido y la práctica del control recíproco, y en definitiva, de la equidad y de justicia”.

 

De esta afirmación, podría derivarse entonces que es en esta actividad, donde los pares inician, de alguna manera, el sentido de la justicia, pues al tener la posibilidad de valorar sus juicios desde unas reglas o normas establecidas, aparece espontáneamente entre ellos un acuerdo negociado.

 

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Al respecto, Kohlberg (1992) afirma que el juicio y madurez moral pueden también promoverse a través del aprendizaje social; en este sentido y retomando al autor, cuando los propios razonamientos se ven contrariados por los de otros, se facilita la apertura de perspectiva de ponerse en el lugar de la otra persona; es decir, se amplía el panorama al de los demás.

 

+Lea: Resolución de conflictos: Estrategias para educar en el valor de la justicia

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También se enfatiza la fundamental relación que primariamente se origine con la madre, pues en la medida en que se crece y dependiendo del vínculo creado con esta primera figura, se establecen relaciones de intimidad y de cariño en la vida adulta con los otros.

 

A propósito de lo anterior, también se dice que “la raíz primera de lo moral es el reconocimiento del otro”; afirmación que puede verse corroborada en lo planteado por el filósofo español Savater (1997), quien, en su libro “El valor de educar”, plantea que nuestro maestro no es el mundo o las cosas, ni siquiera la cultura, sino verdaderamente la vinculación intersubjetiva con otras consciencias.

 

En torno a estos elementos señalados y como lo expone Fierro (2004), la escuela, entendida como el conjunto de instituciones educativas, está llamada a impulsar la convivencia moral a partir de la promoción de situaciones pedagógicas donde se fomenten actividades en las que se espera que cada persona pueda actuar según su capacidad y responsabilidad.

 

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Estando el profesor consciente del compromiso y la comprensión de lo que significa la educación moral, contribuirá en dotar con sentido las decisiones sobre los valores y comportamientos que los estudiantes adopten cotidianamente y de esta manera, puedan transformar constructivamente la sociedad.

 

A partir de mi práctica pedagógica en el aula, la educación centrada en la dimensión introyectiva, en palabras de Martínez (1995), es definida como la que “permite a la persona progresar en su autoconocimiento, en formar su autoconcepto y en adquirir así grados progresivos de conciencia”. Esta es una de las premisas con las que a diario trabajo, a través de la facilitación de procesos de crecimiento personal; reconocer la importancia de ajustar el conocimiento, con base en las necesidades personales de los estudiantes, significa una comprensión profunda del ser humano como ser único y particular.

 

Es necesario señalar que la heterogeneidad académica de un grupo que tiene un fin común, pero viene de distintos ambientes y calidades educativas, hace necesario, de parte del docente, comprender las diferencias y nivelar en lo posible los estadios del conocimiento donde cada uno se encuentra. Esta es la mejor manera de poder captar los talentos y potencialidades que, en algunos casos, poco se manifiestan, pero con un trabajo de exploración, pueden ser resaltados o descubiertos. Considerar que el sentido investigativo que desarrollo en el aula debe estar encaminado a servir de puente entre lo que se es y lo que se quiere ser, es contribuir de manera armónica al desarrollo formativo del estudiante y por lo tanto, contribuir con su educación moral.

 

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En las prácticas investigativas relacionadas con momentos reflexivos de mis estudiantes, se han podido abordar situaciones trascendentales. Estos, y a partir de mi práctica, incluyen lo biográfico como talleres con estructura didáctico/experiencial, orientados a la observación autocrítica y con posibilidades de generar cambios significativos, centrados en la profundización de elecciones profesionales. Para ello, temas relacionados con concepciones de mundo ligadas a los propios intereses, proyecto de vida, orientación vocacional y habilidades interpersonales, se convierten en eje central de un espacio introspectivo.

 

No estamos en condiciones de atrapar la realidad; por lo tanto, la educación no debe propender por encontrar respuestas finales a todo, sino por comprender nuestra naturaleza y esencia humanas, tanto, como nuestras limitaciones. Siendo capaces de aceptar estas limitaciones, está también la raíz del respeto al otro y a la diferencia. Nada más peligroso que las verdades absolutas.

 

Hoy se habla de la urgente reconversión del modelo de desarrollo económico para salvar al planeta del calentamiento global y de la peligrosa explotación de los recursos no renovables, pero esto no será posible sin un cambio que modifique las costumbres y produzca, ante todo, una verdadera revolución educativa que guíe a la sociedad hacia paradigmas distintos a los históricamente construidos.

 

La tarea importante de los sistemas educativos y pedagógicos actuales, en el marco de una política educativa basada en derechos hacia la conservación del medio ambiente y a la justicia, caracterizado por el patrón de la solidaridad, es comprender esta realidad, pues no somos máquinas manipulables, sino seres únicos con misiones específicas que son importantes de descifrar. Si entendemos las diferencias, aprenderemos también a aceptarlas, no se debe forzar las voluntades; la felicidad consiste en realizar lo que a cada uno le gusta y puede hacer. Esto no significa que tengamos que ser conformistas y acatar sin objetar nuestro destino, sin intentar modificar nada, sino que los cambios y los procesos que cada quien tiene que vivir, se deben realizar partiendo de lo que uno es.

 

Una educación que propenda por la felicidad solidaria está basada en una educación de la autonomía y desde el trabajo comprometido que realizo. Esta se centra en la enseñanza a la construcción de proyectos profesionales conscientes, lo cual significa ser coherente con lo que se piensa y con ser consecuente con sus actos. Para ser verdaderamente humanista y eficaz, la educación debe impartirse inobjetablemente desde la coherencia.

 

Educar en la moralidad supone el reconocimiento individual y el respeto sensible por el proyecto personal del otro, donde todos formamos parte. En la medida en la que incluyo mi construcción de vida en la de otros, establezco lazos maduros y por lo tanto, le otorgo sentido a mis vínculos relacionales.

 

La posibilidad para desarrollarnos como una sociedad más justa y equilibrada radica en dar prioridad, en unos valores dirigidos, a la importancia del ser sobre el tener; trascender la simple condición humana para evolucionar como seres más espirituales y realizados. Es educar en valores, para saber ser libres sin tenerle miedo a tomar decisiones propias, atacando el inconformismo y la indiferencia.

 

Referencias

Fierro, A. (2004). “Jalones psicoevolutivos para una educación moral”. En: Revista de Educación, 335, 293-304

Kohlberg, L. (1992). Psicología del desarrollo moral. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Martínez, M. (1995). “La educación moral: una necesidad en las sociedades plurales y democráticas”. En: Revista Iberoamericana de Educación, 7, 13-39.

Piaget, J. (1971). El criterio moral en el niño. Barcelona: Fontanella.

Savater, F. (1997). El valor de educar. Madrid: Ariel.

 

La autora

Psicóloga. Magíster en Pedagogía. Universidad del Rosario.

 

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 73