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Innovar desde el ejercicio de la convivencia. La visión de la unidad pedagógica

Magisterio
05/06/2017 - 15:45
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Foto de Saint Johns School. Tomada de Flickr

Palabras clave: pedagogía activa, innovación, Proyecto Integrado de Aula, formación ciudadana, construcción de paz.

 

La Unidad Pedagógica nació en 1979 como producto de las inquietudes de un grupo interdisciplinario de amigos con una esencia común: ser maestros. Sus permanentes cuestionamientos frente al sistema educativo y en general hacia la escuela tradicional los impulsó a la búsqueda de nuevas formas de enseñanza, bajo el convencimiento de que solo a través de una transformación de la escuela es posible generar cambios de fondo en la sociedad.

 

El funcionamiento de un maternal, talleres de formación de maestros, talleres para niños y niñas con dificultades y algunas publicaciones, son parte de las actividades que ha llevado a cabo la sociedad desde su creación, teniendo siempre como objetivo el desarrollo general de la educación y la pedagogía. En los últimos 25 años, estas actividades se han centrado en el Colegio Unidad Pedagógica, donde de manera cotidiana se concentran los propósitos iniciales de sus fundadores, desde una propuesta de permanente innovación. El colegio, ubicado en una sede campestre, es de carácter mixto y cuenta en la actualidad con alrededor de 520 estudiantes, distribuidos en grupos de no más de 20 niños desde el prejardín (de tres a cuatro años) hasta el grado undécimo de media vocacional (último grado del bachillerato).

 

+Lea: La innovación disruptiva y la educación de futuro

 

Hablar de innovación en la escuela actual es un tema bastante complejo, pues con facilidad se cae en la tendencia de asociar la innovación con la implementación de nuevas formas o instrumentos de trabajo, como es el caso de las tecnologías, que sin duda alguna marcan pautas distintas para el desarrollo del trabajo dentro del aula de clase, pues facilitan, transforman y optimizan procesos de aprendizaje; sin embargo, no necesariamente el cambio en la forma implica un cambio de fondo a nivel pedagógico. Es como pensar que el paso del tablero de tiza al marcador borrable o el reemplazo de los libros por las tabletas constituyen una innovación en los procesos formativos. Tan compleja es la discusión que en un mundo tan tecnificado como el actual, algunas prácticas “ancestrales” resultan ser mucho más innovadoras en términos educativos que las que de modo espontáneo se van generando en la sociedad contemporánea. Bien lo explica Antoni Dalmases (2016), filólogo y docente en un instituto de bachillerato en España, en defensa de algunas clases magistrales:

 

Estamos dejando que se imponga el criterio que estar sentado, en silencio, prestando atención a alguien que sabe algo y lo explica es antiguo, pasado de moda, antipedagógico, poco motivador”, y continúa diciendo: (…) que los niños o los jóvenes se acostumbren a escuchar y a pensar se ve como una barbaridad peligrosa, en el mundo tecnológico y ordenado del siglo XXI que publicitan.

 

Puede sonar extraño, pero en determinados contextos el desarrollo de una clase sin ayudas audiovisuales resulta un método positivamente innovador. Lo mismo ocurre con las prácticas educativas al aire libre o con la creación y transformación del entorno a través del trabajo manual: salir del salón de clases para explorar el jardín, ensuciarse las manos para cosechar algún alimento de la granja escolar, lijar prolijamente una pieza de madera o un metal, resultan actividades innovadoras en la escuela moderna, sin que necesariamente constituyan prácticas inventadas en tiempos recientes. Por lo tanto, lo innovador no siempre es sinónimo de nuevo, es más bien todo aquello que de alguna manera logra romper con los parámetros establecidos en un determinado momento. En otras palabras, como en muchos otros ámbitos, en educación la innovación no necesariamente pasa por el qué, sino más bien por el cómo y el para qué.

 

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+Lea: ¿Qué competencias debe desarrollar el docente-innovador en el siglo XXI?

 

Este preámbulo permite entender cómo el Colegio Unidad Pedagógica, a partir de sus fundamentos filosóficos, continúa siendo una propuesta innovadora en el medio educativo colombiano. Fundamentada en los principios de la pedagogía activa, la cual establece relaciones de trabajo a partir del reconocimiento mutuo de los diferentes actores educativos, la Unidad Pedagógica centra su quehacer en los niños. Esto parece un postulado obvio, pero aún hoy, técnicamente hablando, muchas instituciones están centradas en las asignaturas y en los programas que las definen y las jerarquizan, y son los niños quienes deben adecuarse a ese modelo, pues así se garantiza el éxito, no del niño, mas sí de la institución. Por lo tanto, desde la Unidad se pretende generar un enfoque pedagógico con la calidad académica y la integralidad humana que, como lo plantea Freinet (2001, p. 29), “permita al niño el acceso, con un máximo de potencia, a su destino de hombre”.

 

El proyecto integrado en el aula de clase

Si se parte del principio de que el conocimiento es uno solo y que la educación debe apuntar a la formación de seres integrales, vale la pena pensar qué sentido tiene la fragmentación del tiempo escolar en múltiples materias desconectadas entre sí. Obligar a un niño de diez años a generar compartimientos separados en su cerebro (uno por asignatura) le va a dar a entender que lo importante en sí es la herramienta, más allá del objeto de estudio. Por el contrario, cuando se centra el aprendizaje en el objeto de estudio, el niño va a descubrir que hay múltiples perspectivas para contemplarlo, para analizarlo, para deconstruirlo y para sintetizarlo de nuevo. Si el objeto de estudio es un árbol, el niño empezará a hacerse muchas preguntas alrededor del mismo, y seguramente éstas atravesarán varios campos del conocimiento más allá de la botánica. Puede preguntarse por qué ese árbol crece allí y no en otro lugar; si su fruto es comestible o no, y si es así, qué importancia ha tenido a nivel cultural; puede medirlo, calcular su altura o el diámetro de su tronco y compararlo con otras especies; puede representarlo a través de un dibujo o un mural, puede describirlo a través de un cuento, una poesía o un texto científico. Entonces, de la manera más natural, el estudio del árbol se ha convertido en el pretexto perfecto para trabajar las ciencias naturales, las matemáticas, las ciencias sociales, el arte y el lenguaje.

 

Es por esto que en la Unidad Pedagógica, el trabajo en el maternal y la primaria está basado en el proyecto integrado en el aula de clase, en el que todos los niños de un curso escogen un tema en el que trabajarán a lo largo del año escolar. La complejidad de esta metodología comienza desde la escogencia misma del tema, pues es apenas lógico que en un grupo de niños los intereses sean múltiples y diversos. Se da inicio pues a una fase de investigación, de llevar propuestas al salón, discutirlas, concertar puntos comunes y finalmente llegar a acuerdos entre todos, que permitan abordar con entusiasmo el tema seleccionado. Las maestras y maestros juegan un rol fundamental al canalizar los intereses y propuestas del grupo, generar nuevas preguntas, limitar el alcance de los temas y propiciar en general un ambiente favorable hacia la búsqueda del conocimiento. Las tareas convencionales para la casa “desaparecen”, pues carecen de sentido para el maestro y para el niño y, al contrario, es el mismo niño quien llega a su casa lleno de preguntas para sus padres, hermanos o abuelos, ávido de buscar información nueva para su proyecto, con la necesidad de organizarla para luego compartirla con sus compañeros. El trabajo y el aprendizaje adquieren entonces un sentido más allá de la mera adquisición de contenidos. El proyecto, por su parte, se ve permeado de modo constante por los distintos campos de pensamiento (científico, histórico, matemático y lingüístico), que a su vez proporcionan herramientas que sin duda desarrollarán nuevas habilidades y competencias en los estudiantes. Por su parte, la transformación del espacio del aula con relación al tema del proyecto implica un trabajo manual a través de distintas técnicas artísticas.

 

Este tipo de trabajo implica que la construcción del conocimiento se da de manera colectiva, a partir del intercambio de saberes entre los niños y entre los niños y el maestro. Implica reconocer que no todos tienen las mismas habilidades, que no todos piensan igual y que no todos aprenden de la misma forma y al mismo ritmo. Implica ante todo reconocer al otro. Este es un principio que se construye desde los primeros años de vida escolar y que se extiende a lo largo de todo el proceso formativo en la unidad.

 

El difícil ejercicio de la convivencia

Durante años, el colegio ha logrado resolver situaciones y conflictos con un manual de convivencia que abre la posibilidad de reflexionar y posibilita acciones responsables sobre las diversas situaciones de la vida cotidiana (Colegio Unidad Pedagógica, 2011), de ahí que la formación ciudadana constituya un eje fundamental en todos los aspectos del colegio, tanto dentro como fuera del aula. La confianza y el respeto recíprocos se erigen como los principios fundamentales que deben atravesar todas las relaciones, actividades y espacios escolares, de manera que la reflexión y discusión sobre la razón de las normas y la construcción de acuerdos es un ejercicio diario que involucra a todos los miembros de la comunidad y que demanda un alto sentido ético que debe ser desarrollado en los niños desde la primera infancia, con el ánimo de formar sujetos políticos capaces de cuestionar su entorno y transformarlo.

 

Una vez más, la innovación se da desde los aspectos pedagógicos esenciales, pues en un mundo en el que priman el individualismo, la competencia y los resultados académicos, concebir la formación ciudadana tan importante como la formación intelectual parece algo fuera de lo común.

 

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Así como el desarrollo ético y el desarrollo del conocimiento, la participación debe fomentarse a partir del debate en el aula, la generación de propuestas de trabajo o la resolución de los conflictos a través del diálogo, la reflexión y la reparación. Sólo entonces se puede comenzar a pensar en individuos críticos, éticos, creadores y transformadores. Es decir, individuos libres (Cajiao, 2016).  En esta medida, en un contexto nacional donde la construcción de paz es un imperativo, el proyecto político educativo de la Unidad Pedagógica le apuesta a la formación de individuos con un alto sentido de justicia, dispuestos a elaborar acuerdos y capaces de reconocer en la reconciliación el punto de partida para restablecer lazos de confianza que permitan transformar la sociedad.

 

Referencias

Dalmases, A. (16 de noviembre de 2016). Defensa de les classes magistrals. En Núvol – El digital de cultura. Recuperado de: http://www.nuvol.com/noticies/defensa-de-les-classes-magistrals/

Freinet, C. (2001). Por una escuela del pueblo – Guía práctica para la organización material, técnica y pedagógica de la escuela popular. Caracas, Venezuela: Editorial Laboratorio Educativo.

Cajiao, J. (2016). La construcción de paz en la escuela: el reto de pasar de la teoría a la práctica. Sistema Regional de Evaluación y Desarrollo de Competencias Ciudadanas (sredecc). Recuperado de: http://sredecc.com/blog-node/la-construcción-de-paz-en-la-escuela-el-reto-de-pasar-de-la-teoría-la-práctica

Colegio Unidad Pedagógica (2011). Proyecto Político Educativo Institucional PPEI. Bogotá, Colombia: Cooperativa Editorial Magisterio.

 

El autor

Coordinador académico del Colegio Unidad Pedagógica de Bogotá. Correo: javier.cajiao@cup.edu.co

 

Foto de Saint Johns School. Tomada de Flickr