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¡Intentemos reflexionar!

Magisterio
19/10/2017 - 16:00
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Foto de luis_molinero. Tomada de Freepik

«¡Intentemos reflexionar!». ¡Cuántas veces dirigimos a los demás, o los demás nos dirigen!, esta exhortación en general es una invitación a no hacer caso de los estímulos más inmediatos, a no dejarse llevar, a usar la cabeza, a moverse con circunspección. Pero, dependiendo de las circunstancias, adopta distintos significados, aunque sean convergentes.

Puede significar no precipitarse en los juicios: considera todos los aspectos de la realidad, incluso cuando sean opuestos o contradictorios, ten en cuenta los contextos y el valor de los gestos y de las expresiones, de las condiciones y de las motivaciones de las personas. Interrógate, y deja espacio para la duda y la investigación.

Pero puede también significar no ser impulsivo en los comportamientos: contró- late, valora sin precipitación las cosas, las personas, los hechos con los que debes medirte y reacciona con ponderación, aceptando las situaciones y a los demás por lo que son y adoptando actos y palabras que no hieran y que establezcan relaciones positivas.

Y puede, finalmente, significar no precipitarse en el hacer, en el trabajo y en las actividades que emprendes: recuerda los conocimientos que tienes, los principios que hay que seguir, las finalidades que te propones; trata de procurarte con tiempo lo que necesites, prepara y proyecta cada detalle con cuidado y actúa en consecuencia, comprobando paso a paso lo que vas haciendo.

Esta exhortación, ¡intentemos reflexionar!, parte de la consideración de que la reflexión es propia de quien vive, conoce y opera sin dejarse condicionar por impulsos momentáneos y confiándose absolutamente a la razón que examina, valora y critica todas las cosas, llegando a juicios, deliberaciones y acciones conscientes y responsables. Y por eso supone que hay un estrecho vínculo de la reflexividad con la inteligencia y la razón. Cuanto más inteligente y racional sea uno —por lo que se cree—, más reflexivo será.

Pero la mayor parte de las veces las cosas no son así. Son muchos los casos de personas, que en diversos campos, demuestran una notable agudeza de entendimiento y argumentación, y aun así, en la vida cotidiana tienen planteamientos y comportamientos superficiales, emotivos e impulsivos, cuando no hasta agresivos.

+Lea: El pensamiento crítico reflexivo como herramienta para la educación de la competencia socioemocional

Es lo que sucede, lamentablemente, en las más variadas circunstancias de la vida familiar, de las actividades laborales, de las relaciones interpersonales y sociales. Las pulsiones inconscientes, la tendencia a conformarse a los modelos vigentes, el deseo de ser acogidos y apreciados, el temor a ser infravalorados o engañados, la búsqueda del interés personal y la aspiración de imponerse a los demás, la defensa de una tranquilidad mantenida a cualquier precio, el sentido de inseguridad, los miedos y las preocupaciones inducidas por situaciones imprevistas le toman la delantera a la racionalidad. Y se vuelve extremadamente difícil reflexionar, juzgar con equilibrio, adquirir una justa conciencia de sí mismo, actuar y comportarse de forma ponderada.

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Los motivos de esta contradicción entre capacidades intelectuales y resultados irracionaless son muchos, pero todos se pueden achacar a uno que es fundamental: la reflexión, exactamente como el ejercicio de la razón, pone en juego a la persona en su totalidad, en las relaciones que sostiene con la realidad y consigo misma. Toda su experiencia y todos sus recursos están implicados. Así como no se da una razón en estado puro, tampoco se da una reflexión pura. Esta no solo se entreteje con las demás operaciones racionales (tales como comprender, interpretar, juzgar o deliberar), sino que también está condicionada por el contexto, por la historia y por la situación del sujeto, por su universo interior, por las fuerzas que lo mueven y lo agitan, que lo sostienen y lo modelan; pero también está obstaculizada y distorsionada por instintos, pulsiones, emociones, sentimientos, deseos, esperanzas, miedos y todo lo que anide en las profundidades de la persona y en la intrincada red de relaciones con la realidad que se va encontrando.

Pero entonces, si las cosas son así, la invitación «¡intentemos reflexionar» no puede ser una exhortación; no puede anclarse en principios y convicciones, no puede constituir una invitación, algo que se da por sentado que es ineficaz, a no precipitarse en los juicios, a no ser impulsivo en los comportamientos, a no actuar de forma imprudente, sino a ponderarlo todo y a controlarse en cualquier situación.

Es necesario, sobre todo y antes que nada, unificar la persona, hacer una síntesis de todas las energías y facultades que se poseen y afrontar los problemas con los que nos encontramos y los obstáculos que hallamos con todos los recursos de los que disponemos. Y eso no se obtiene con discursos y razonamientos, más o menos persuasivos, sino con la inmersión en la realidad. La mayor parte de las veces lo que nos falta no es la comprensión de los hechos y de las relaciones, ni tampoco la conciencia de lo que se debe o debería hacerse, sino más bien la costumbre de actuar de forma reflexiva, sean cuáles sean los acontecimientos a los que nos enfrentamos, los acontecimientos que se viven y las circunstancias ante las que nos encontramos. Sean cuáles sean quiere decir: en el bien y en el mal, en los momentos felices y en los dolorosos, en las pequeñas y en las grandes cosas.

+Conozca la Colección Saber Mejor

Tomado de: Berté, Marco (2014) Saber reflexionar. Editorial Magisterio: Bogotá

 Foto de luis_molinero. Tomada de Freepik