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La autobiografía en la educación

Por Edilberto Lasso
Magisterio
19/10/2015 - 13:45
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Foto de Multimedia content design. Tomada de Flickr

El docente, un enseñante que aprende

Adentrarse en la manera como un docente enseña un estudiante aprende, implica indagar precisamente por el sujeto que enseña y el sujeto que aprende. Más que pretender circunscribir la enseñanza y el aprendizaje a un solo actor (enseñante o estudiante), o, en otros términos situar, de forma dual, la enseñanza al docente y el aprendizaje al estudiante, se trata más bien de armonizarlos o de asumirlos dialécticamente en los distintos actores (enseñante-studiante, estudiante-estudiante, profesor-profesor), de modo que sea factible hablar de un enseñante que aprende. La fragilidad, el error, la duda y el fracaso fortalecen la condición de mediador del profesor, no la desprestigian. Philip W. Jackson (2002), en su libro Práctica de la enseñanza, ve con ojos más humanos y comprensivos una misión ardua, silenciosa y poco gratificante: “¿qué docente no ha cometido errores? ¿Quién cree que no volverá a equivocarse? ¿Quién de nosotros sabe con toda claridad qué tiene entre manos? ¿A quién no le ha flaqueado la confianza de vez en cuando? ¿Quién no ha anhelado en secreto que un experto o un superior le dijera exactamente qué hacer, para aliviarlo de la carga de tomar decisiones y asumir responsabilidades? ¿Quién, por último, no ha sentido nunca el sordo dolor del aburrimiento ante la idea de volver a la misma aula día tras día, año tras año?” (p.74).

+Conozca el libro La formación de maestros y su impacto social

Un docente se reconoce no como sujeto concluido, sino como un ser que va tomando forma alrededor de una serie de colisiones y tensiones dialécticas que entabla con un Otro. Reconoce su condición de ser fragmentado, sujeto de azares; no aparenta, seguridades inmóviles. Se resiste contra todo aquello que busca esquematizarlo o resumirlo de una vez por todas. No propende por realidades dadas y ahistóricas sino que se empeña, fruto de una mentalidad itinerante, en cons-truir mundos distintos, incluyentes, provisionales y múltiples. 

Los docentes que se han habituado a reflexionar en torno a sus propias prácticas de enseñanza no han sido ajenos a todo tipo de interrogantes, fruto de su conciencia de ser inacabado, que Smyth formula al interior de una institución de educativa: “¿qué es lo que hago? ¿Cuál es el sentido de lo que imparto? ¿Cómo llegué a ser de esta forma? ¿Cómo podría hacer las cosas de otra manera?” Philip W. Jackson (2002), en su libro, Práctica de la enseñanza, anexa otra serie de preocupaciones que el docente se hace cuando la enseñanza está en marcha: “¿qué pasa en este instante dentro de la cabeza o la mente de las personas a quienes enseño? ¿Entienden? ¿Me siguen? ¿Han captado el tema? Y cuando la clase ya terminó, se hacen una serie paralela de preguntas: ¿entendieron? ¿Pudieron seguirme?” (p.83). Así pues, el docente, más allá de garantizar, mediante sus prácticas, resultados inmediatos y homogéneos, le apuesta, desde la incertidumbre, a acompañar y favorecer en sus estudiantes la concreción paulatina y libre de sus anhelos. Tan apropiadas aquí las palabras de P. Jackson (2002) cuando afirma en tal sentido que: “La enseñanza no tiene ningún producto visible, ningún objeto físico concreto que fabricar, reparar o considerar propio. Por lo tanto, a  y como diferencia de los trabajadores de las ocupaciones mencionadas y de muchas otras, los docentes se enfrentan a una desventaja característica. Cuando su trabajo está terminado, no tienen nada tangible que exhibir como fruto de su labor; ni una sola pared de ladrillos, ni un cerebro libre de tumores, ni un motor bien afinado y ni siquiera un callejón limpio para señalar con orgullo como prueba de una tarea bien realizada” (p.81). 

Lea: Maestros que se forman, estudiantes que aprenden

La reflexión explícita de las prácticas de enseñanza mediante la autobiografía

Quisiera poder hacer transparente mi alma, de algún modo, ante los ojos del lector; y para esto, intento mostrársela desde todos los puntos de vista; aclararle desde todos los ángulos; actuar de tal modo que no se produzca ni un solo movimiento que él no perciba, a fin de que pueda juzgar por sí mismo el principio que los produce. Confessions, lib. IV, O.C.,I, 175.

Gloria E. Edelstein (1996) aboga porque el docente explicite su reflexión tanto en su contenido como por los modos de abordarla. De ahí, dirá esta autora, el interés de la pregunta acerca de la naturaleza y el propósito de la reflexión. Importa entender esta reflexión como reconstrucción crítica de la propia experiencia del maestro poniendo en tensión las situaciones, al mismo maestro, sus acciones, decisiones y los supuestos implicados (p.481). Por ello es importante tratar las prácticas gracias a las bondades narrativas que la autobiografía propicia. 

La autobiografía se vislumbra como aquella estrategia que facilita y promueve, en el docente, la reflexión cuidadosa, constante y organizada de sus hitos En esos dos siglos, la autobiografía tomó conciencia de sí misma, de su autonomía y de su identidad. Diversas inquietudes surgieron a propósito de su definición, clasificación y la cultura en la que floreció. La inspiración religiosa la engalanó con todo su esplendor. Otros autores, entre los que se destaca Fernando Vásquez, vieron la posibilidad de impregnar a la autobiografía de un giro educativo. El interés es continuar con esa propuesta previo estudio de aquellos que como May se dedicaron a recobrar el valor y sentido de la autobiografía. Desde luego que, Philippe Lejeune... definiólaautobiografía comoun relatoretrospectivo enprosaque unapersona realhace desu propiaexistencia,poniendo énfasis en suvida individualy, en particular,en lahistoria desupersonalidad en igual orientación, se ha procurado aproximarse a aquellos que en un momento maduro de su existencia, fruto de un recorrido investigativo, se dieron a la tarea de escribirse –autobiografía­–. Sin el personales y estilo docente. Se trata de asumir gradualmente una nueva actitud que la propicia: el ejercicio auto-reflexivo y auto-correctivo. El enseñante a la hora de escribir su autobiografía en torno a su propia práctica, no hace sino narrar-se. Hunter McEwan (1998), destaca la afirmación de Paúl Ricoeur (1981): “(...) al contar historias acerca de la enseñanza, hacemos algo más que registrar el surgimiento de las prácticas; potencialmente estamos alterándolas. Por lo tanto, en la medida en que contamos historias acerca de la enseñanza, la investigación sobre ella está inevitablemente orientada hacia la modificación de las maneras de pensar y actuar de los docentes debido a que contribuye a introducir cambios en los lenguajes que constituyen sus prácticas” (p.256). 

+Conozca el libro Maestros alumnos y saberes. investigación y docencia en el aula

Contexto histórico de la autobiografía

Intentar vincular la autobiografía a la educación, en particular, a las prácticas de enseñanza, exige, a grandes rasgos, presentar un esbozo del modo como algunos autores, distantes de toda aplicación educativa, la han propuesto desde una mirada histórica. 

Georges May (1982) considera que el término “autobiografía” es reciente, aún no tiene dos siglos de existencia –decía en la década de los 80–. Este autor indaga las condiciones culturales e históricas en las que ésta se desenvolvió –más que las inquietudes individuales­–. Posteriormente el énfasis cobró un tono humanista (Rousseau). La autobiografía se secularizó. Finalmente dos características comunes de las autobiografías relucieron tras la mirada y manos experimentadas del fino escritor; la primera es que la autobiografía era una obra de la madurez, o de la vejez, y la segunda es que sus autores son conocidos por muchos antes de la publicación de la historia de sus vidas. Su objetivo tendió a recobrar el movimiento de la vida del sujeto (pp. 33 -72).

Michael Sprinker (1991), en su artículo “Ficciones del YO: el final de la autobiografía” entendió la autobiografía como la gradual metamorfosis de un individuo. A finales del siglo XVIII se encontraron obras que en la actualidad serían catalogadas como autobiografías pero que en su momento fueron denominadas confesiones, memorias o diarios íntimos (pp. 118-120). Philippe Lejeune (1991) en su artículo “El pacto autobiográfico” definió la autobiografía como un relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, poniendo énfasis en su vida individual y, en particular, en la historia de su personalidad ( p.48).

Lea: La formación del maestro. Una mirada desde la investigación y las dinámicas del futuro

La autobiografía vinculada a la educación

Entre más discursivamente uno se examine a sí mismo, más libremente podrá pensar y actuar.Giovanna Borradori.

Otros autores, entre los que se destaca Fernando Vásquez, vieron la posibilidad de impregnar a la autobiografía de un giro educativo. El interés es continuar con esa propuesta previo estudio de aquellos que como May se dedicaron a recobrar el valor y sentido de la autobiografía. Desde luego que, Philippe Lejeune... definiólaautobiografía comoun relatoretrospectivo enprosaque una persona realhace desu propiaexistencia,poniendo énfasis en suvida individual en igual orientación, se ha procurado aproximarse a aquellos que en un momento maduro de su existencia, fruto de un recorrido investigativo, se dieron a la tarea de escribirse –autobiografía­–. Sin el afán de apartarse del espíritu y el ejercicio escritural que movió a tantos literatos, filósofos y religiosos, y, sin dejar de beber de sus primicias experienciales, espirituales e intelectuales –San Agustín, Kart Popper, Carnap, Paul Ricoeur– la autobiografía cobre valor en las prácticas de enseñanza. 

Fernando Vásquez Rodríguez señala que “...la autobiografía es un esfuerzo personal de introspección, esto es, un recorrido que hacemos hacia el fondo de nosotros mismos para hallar algunos hitos, o marcas constitutivas de lo que somos hoy. Quien se adentra en su autobiografía va como tallando una estatua interior de modo que nuestra forma inicial se transforme. Ahí está el componente del valor educativo , la intencionalidad formativa. Ella, la autobiografía, tiene como fin reconstruir el escenario para el aprendizaje; despoja al maestro de una serie de seguridades, autosuficiencias de un saber al que cree dominarlo y transmitirlo de manera improvisada. Pretende, además, que toda su experiencia educativa se convierta en sudario, para que emerja una nueva piel, para que nazca de nuevo el estudiante. Lo formativo de elaborar una autobiografía, tiene que ver esencialmente con una postura pedagógica según la cual, la educación brota desde dentro de nosotros (...). Si la autobiografía tiene un valor educativo es el de considerar esta última como un permanente proyecto de autoformación”.

James Olney (1991) define la autobiografía como un relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, poniendo énfasis en u vida individual y, en particular, en la historia de su personalidad (p.48). Segundo S. Bustos Montenegro comenta que en la autobiografía se da el despliegue de “vidas” de un sujeto que se revela, se ofrece, se presenta así mismo y a los otros en un acto de lenguaje, donde se versa, se conversa en torno a un tejido de hechos, acciones que estructuran y vehiculan relaciones intersubjetivas, creadas e interpretadas al cifrar y descifrar los signos con los cuales se aspira a significar lo vivido (...) Georges Gusdorf comenta que el autor de una autobiografía se impone como tarea el contar su propia historia; se trata, para él, de reunir los elementos dispersos de su vida personal y de agruparlos en un esquema de conjunto. Ella exige que el hombre se sitúe a cierta distancia de sí mismo, a fin de reconstituirse en su unidad y en su identidad a través del tiempo.

Kart J. Weintraub (1991) en su libro, Autobiografía y conciencia histórica, indica las diversas funciones de la autobiografía –un tejido en el que la autoconciencia se enhebra delicadamente a través de experiencias interrelacionadas– como la autoexplicación, el autodescubrimiento, la autoclarificación, y la autopresentación. Lo que evidencia que ella está inseparablemente unida a la concepción del yo. La forma en la que el hombre concibe la naturaleza del yo determina en gran medida tanto la forma como el proceso de la escritura autobiográfica. Ésta, en virtud de sus indicios sobre la experiencia interior, puede verdaderamente tener una función especial como ayuda para entender la vida como proceso (pp.19 - 25). 

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Gladis Madriz está convencida que la propuesta de la autobiografía busca convertir la experiencia pedagógica en un pretexto para decir de otra manera lo vivido, sin pretender agotar ni la experiencia, ni el pretexto, ni lo dicho y mucho menos lo no dicho. Ofrece dos comprensiones de autobiografía que se aproximan, más que a una definición, a su función: “un ejercicio retrospectivo de un individuo sobre su vida, donde se mezclan elementos de la realidad objetiva, subjetiva e intersubjetiva, y esto es así porque cuando una persona comienza a narrarse, intervienen elementos de una realidad que al interpretarse adquieren nuevas significaciones, algunas de las cuales son construidas en el espacio simbólico social compartido por los miembros de una misma cultura (pp. 1-4).

La autobiografía, es un ejercicio personal pero no intimista; es también una alerta ante todo aquello que el maestro se ve inevitablemente enfrentado a las instituciones, a los mismos hombres y mujeres, y hasta su misma presencia que en algún momento dado condicionan y obstaculizan sus propias búsquedas y definiciones. La escritura es también un grito de advertencia o de reclamo que transita más allá de las fronteras, confesiones o partidos. El sujeto que se escribe también cuenta públicamente su condición de ser situado. La escritura está en la capacidad de enfrentar, desnudar y transformar la violencia en poema; no puede ser aniquilada...permanece siempre viva con el tiempo, entra y sale de los corazones, no se instala en currículo alguno, es más, en cada letra, articulada a un discurso, evidencia lo oscuro, revela dolores y esperanzas, refleja lo interno, conmueve corazones y entra al alma del lector. La autobiografía se vincula con la responsabilidad pública, no porque tenga que dar cuenta de la rectitud de sus acciones cuanto de la forma como configuró y replanteó su enseñanza, su constructo teórico sin temor a exponerse. Lo que quiere decir, que el sujeto reconoce al lector o al Otro como un sujeto que igualmente se narra, se cuenta. Ahí es posible favorecer un encuentro, un diálogo e interacción entre las distintas autobiografías. Ella debe ser vista no sólo como emergencia narrativa, de las experiencias de realización profesional más representativas sino como espacio de discusión, autorreflexión y contraste con otras experiencias docentes, se ha evidenciado como un soporte fecundo de actualización personal y colaborativa (Medina y Sánchez, 1994; Medina y Cardona, 1996).

La visión de la autobiografía como autodesenvolvimiento profesional que no se aísla del desarrollo institucional ni se desliga del principio de formación basado en la colaboración (Medina, 1994), sino que alcanza su sentido transformador cuando el autodesenvolvimiento singularizado y comprometido de cada maestro se genera y potencia en un entorno y cultura de colaboración. Jaime Alejandro Rodríguez Ruiz (2004) hace la siguiente alusión relacionada con la exigencia colaborativa del ejercicio narrativo aplicado a la autobiografía: “propongo, pues, y en consecuencia, dos conjuntos de aplicación de la , es decir, dos conjuntos de narrativa aplicación derivados de la ‘atención’ que prestemos a las narraciones: Por un lado, extraer-estructurar sentido, y por otro perfeccionar-promover la expresión. En el primer caso –la tarea más común– el narrador estructura sentido y el narrativo lo extrae. En el segundo caso –una tarea más didáctica–, el narrador perfecciona sus narraciones el maestro promueve la expresión de sus estudiantes mediante una atención a las narraciones: las propias y las de otros” (p.20).

Tal vez ésta sea una oportunidad para ver en la autobiografía una nueva oportunidad para que el docente observe, contemple y cultive su interioridad, su enseñanza en aras de jalonar una nueva y actitud que se evidencie en el ejercicio escrito auto-reflexivo y autocorrectivo conforme a nuestra propia práctica de enseñanza. 

Bibliografía

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Gudmudsdottir, Sigrun (1998). “La naturaleza narrativa del saber pedagógico”. En: McEwan, H. y Egan, K. (comp.), La narrativa en la enseñanza, el aprendizaje y la investigación. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Gusdorf, Gorges (1991). Condiciones y límites de la autobiografía, en la autobiografía y sus problemas teóricos (Estudios e investigación documental), Suplementos Anthropos, No 29, España: Editorial Anthropos. pp. 9-18.

Jackson, Philip W (2002). La práctica de la enseñanza. Buenos Aires: Amorrortu Editores. http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/gladys31.pdf.

A Parte Rei. Revista de Filosofía. Gladis Madriz. “¿Quién eres?... ¿Quién soy? La autobiografía en el relato de lo vivido”.

Mcewan, Hunter y Egan Kieran (comps) (1998). La narrativa en la enseñanza, el aprendizaje y la investigación. Amorrortu editores. Buenos Aires. 

McIntyre, (1987). Tras la virtud. Barcelona: Editorial Crítica.

May, Georges (1982). La autobiografía. México: Fondo de cultura económica. 

Olney, James (1991). “Algunas versiones de la memoria/Algunas versiones del bios: la ontología de la autobiografía”. Suplementos Anthropos, No 29. España: Editorial Anthropos. pp. 33-46. 

Smyth, J. (1989). “Una pedagogía crítica de la práctica en el aula”. 

Revista de Educación. Madrid:MEC.

Vásquez R., Fernando, La autobiografía como herencia socrática.

Weintraub, Kart J (1991). “Autobiografía y conciencia histórica”. 

Suplementos Anthropos, No 29, España, pp.18-32.

Tomado de: Revista Internacional Magisterio No. 26. La Investigación Acción Participativa

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