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La búsqueda del sentido de la existencia como justificación de la enseñanza de la Filosofía

Por Julio Andrés Cifuentes Chauta
Magisterio
05/07/2019 - 14:15
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La enseñanza de la Filosofía debe justificarse hoy en la escuela. No sólo porque las disposiciones normativas del Ministerio de Educación Nacional han llevado a que esta disciplina no tenga el mismo valor epistémico que las Matemáticas, la Física, el Lenguaje y el Inglés, sino también porque es una exigencia que la filosofía lleva arraigada en su naturaleza misma como saber fundante, dinámico, autoafirmativo, contradictorio, etéreo y perenne que es. Al no tener un objeto de estudio o un método determinado, y en consecuencia, al no poder crecer en forma ascendente al modo de la ciencia, hace indispensable que el filósofo le devuelva su valor originario y la lleve al status que ella exige y amerita. De esta manera, la primera labor de un verdadero profesor de filosofía, sea a nivel de secundaria o a nivel universitario, debe ser la de reflexionar, analizar y justificar el lugar de la filosofía en los contextos educativos locales y en el decurso mismo de las sociedades contemporáneas. En el presente escrito voy a mostrar que dicha justificación está en la búsqueda del sentido de la existencia, que es una de las tareas fundamentales de la filosofía ya tematizada suficientemente por Heidegger cuando definió al hombre como un-ser-para-la muerte.

En un mundo convulsionado, globalizado, consumista, derrochador, deshumanizado y deshumanizante como en el que vivimos y existimos en la actualidad, donde la corrupción en el contexto local y las amenazas constantes de guerras mundiales en el contexto internacional exige volver al saber milenario que tiene como su más preciado tesoro a la razón misma, rindiéndole honor a la vida, a la verdad y al saber en sí mismo: la filosofía. En algún momento de su propio desarrollo y proceso fundante de las grandes civilizaciones de Occidente, la filosofía se desbordó en muchas disciplinas, hasta el punto de desvirtuarse y desmembrarse sin llegar luego a reconocerse como unidad esencial; en consecuencia, a perder todo estatus y validez no sólo en el ámbito social y político, sino también académico. Para el propio filósofo, la filosofía puede resultar ser la totalidad de su propia especialización retórica y erudita. Este proceder ha llevado, sin lugar a dudas, a que la filosofía sea vista como un mero instrumento retórico, lógico o analítico, y más allá, adolezca de cualquier otro valor. Su esencia se ha perdido en manos de aquellos que tienen el llamado divino-cósmico de cultivarla, transmitirla y esparcir sus semillas en todo pueblo para bien de la humanidad. 

Esta labor titánica de justificación de la filosofía más allá del ámbito académico, sólo puede encontrarse si atendemos al tymos que dio su verdadero impulso y nacimiento en Grecia: el sentido de la existencia. Si bien tenemos que, históricamente, la filosofía tiene su certificado de nacimiento en el postulado de Tales de Mileto de que el agua es el arjé o primer principio de la naturaleza que la explica racionalmente sin recurrir a algún dios o fuerza sobrenatural alguna, podemos, con todo, sin temor a equivocarnos, que su verdadero origen está en Atenas. Cuando Grecia se encuentra en su máximo esplendor en el llamado Siglo de Pericles, cuando la democracia es el vínculo relacional entre esos habitantes especiales del Mediterráneo, cuando el ágora se convirtió en ese espacio social que hizo posible la institucionalización del logos, personajes como Sócrates, Platón y Aristóteles, establecen como centros de interés filosófico al hombre mismo. 

En ese momento, estos hombres entendieron que su llamado especial a buscar la verdad sólo podría llevarse a cabo tomando al hombre y su contexto como objeto de reflexión. No era mirando hacia los cielos ni debajo de la tierra, como hacían los mitólogos y sus primeros continuadores racionales, el modo adecuado de cómo se podía acceder a la Verdad, a la esencia de las cosas. Era, en realidad, mirando al hombre mismo, a sus necesidades, sus preocupaciones, sus temores, sus expectativas, esto es, a todo lo que lo constituye como hombre que vive en sociedad. Estos asuntos vitales, que de una u otra manera ya están presentes en las primeras explicaciones míticas, fueron desatendidos por los primeros mal llamados filósofos. Este horizonte filosófico fijado por estos tres sabios es lo que no debemos olvidar en la tarea de justificación de este saber milenario. 

El hombre de hoy requiere con urgencia encontrarle sentido a su existencia, y ello sólo es posible mediante la reflexión filosófica del filósofo, ese que ve al hombre como un ser digno de estudio y que se compromete existencialmente con él desde la reflexión de sí mismo, y que ve en el hielo de la soledad el mecanismo para cobrar experiencia vital de sí y de los problemas del hombre.

Ese orden natural que da lugar a la filosofía también se puede encontrar en el momento de crisis de la polis. El ciudadano que no puede entenderse más allá de su mundo circundante, al entrar en decadencia la polis griega por las guerras e invasiones bárbaras, necesita un nuevo baluarte dónde ponerse a salvo, y lo encuentra en la filosofía práctica, en dar cuenta de lo que es la felicidad y el cómo ser feliz. En sus períodos posteriores de desarrollo, la filosofía sigue haciendo del hombre y su contexto vital aquello que la define y le confiere su razón de ser. Aun cuando en muchos casos esto se oculte y hasta se olvide. Como cuando la filosofía en la modernidad buscó hacerse un lugar en medio de los otros saberes aspirando a un título y estatus de ciencia, lo cual es contrario a su naturaleza misma. Con todo, esfuerzos intelectuales como los de Heidegger y Sloterdijk, para quienes el hombre adquiere de nuevo un papel trascendental y decisivo en el desarrollo de la filosofía al tenerlo como el pastor del Ser y el ser que opera sobre sí mismo y sobre los demás, nos ayudan a no perdernos en el decurso natural del desarrollo del logos, y antes bien, a encontrar su verdadera esencia. La justificación de la filosofía hoy, por tanto, ya no debe seguir dándose con base en una labor de servidumbre lógica o en su reducción a un mero saber especulativo, sino más bien, a partir de la búsqueda del sentido de la existencia humana: ¿Qué somos los seres humanos en realidad? ¿Qué le da sentido a nuestra existencia? 

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Esas preguntas que están a la base de este escrito y que, al ser respondidas, con base en posturas teóricas como las de Heidegger, Sloterdijk, Blumenberg y Bubber, y experiencias cotidianas del hombre moderno, pueden devolverle a la filosofía el lugar predilecto sobre los demás saberes y actividades humanas. En ello está su riqueza y esplendor. El hombre de hoy requiere con urgencia encontrarle sentido a su existencia, y ello sólo es posible mediante la reflexión filosófica del filósofo, ese que ve al hombre como un ser digno de estudio y que se compromete existencialmente con él desde la reflexión de sí mismo, y que ve en el hielo de la soledad el mecanismo para cobrar experiencia vital de sí y de los problemas del hombre. El principal problema al que el hombre no debe desatender es el de la finitud de su ser.

La muerte se le presenta como una amenaza constante que le resta alegría, ganas de vivir, y lo llena de incertidumbres y miedos. Sin embargo, a ello no le debe huir. Si la entendemos no como aquello que pone fin a nuestra vida sino como a lo que debemos anticiparnos en tanto hace parte de nuestra propia existencia, es posible que nuestra existencia adquiera su verdadero sentido. Ese es el aporte de la filosofía, y lo que hace de ella un saber indispensable no sólo en cualquier currículo sino en la cotidianidad misma. Máxime cuando a la filosofía no se llega por azar o por ser una profesión apetecida y altamente valorada dentro de las sociedades capitalistas, consumistas y globalizadas como en las que existimos hoy, sino por vocación. Las capacidades intelectivas que nos son propias en tanto que seres humanos, no están dadas sólo para conocer lo externo y extraño a nosotros mismos sino para encontrar nuestra verdadera esencia y lugar en el mundo, o lo que es lo mismo, darle sentido a cada uno de nuestros días ya vividos y los venideros, y experimentar así, la dicha de poder tener la esperanza de mejorarnos a nosotros mismos y mejorar el mundo que construimos a través de símbolos y signos. Dejar el confort en el que nos encontramos y que desprende un insoportable hedor a mediocridad y costumbre, no es una tarea fácil. Exige de nosotros superarnos a nosotros mismos, ser disciplinados al modo de los antiguos ascetas y hacer de lo improbable nuestra cotidianidad misma. La lucha es interna, de nosotros contra nosotros mismos, de lo que somos contra lo que queremos ser y podemos ser. 

Referencias
Sloterdijk, P. (2011). Sin salvación. Tras las huellas de Heidegger. Traducción de Joaquín Chamorro). Madrid, España: Ediciones Akal.
Sloterdijk, P. (2012). Has de cambiar tu vida. Sobre antropotécnica. Traducción de Pedro Madrigal). Valencia, España: Pre-Textos.

El artículo: La búsqueda del sentido de la existencia como justificación de la enseñanza de la Filosofía, hace parte de la publicación: Pensamiento Pedagógico Contemporáneo