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La conversación como superación de las prácticas orales en la sociedad y en la escuela

Por Carlos Guevara Amórtegui
Magisterio
17/08/2017 - 10:00
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Foto de Pressfoto. Tomada de Freepik

El presente texto tratará sobre la oralidad y la conversación en los ámbitos sociales y en las prácticas de la escuela. Se asume a la escuela como el conjunto de instituciones dedicadas a la educación, desde las que trabajan con preescolar hasta las universitarias. A partir de las perspectivas que facilitan las ciencias fenomenológicas, se considera la oralidad como el escenario natural del acontecer de la subjetividad; por su parte, la conversación es vista como una instancia primordial de la constitución de los sentidos posibles que los individuos dan a sus experiencias en su mundo de la vida.

 

Vista en el campo educativo, la oralidad, en su hacerse efectivo como conversación, se erige como posibilidad esencial en la construcción de conocimientos válidos, tanto en los ambientes o universos de la escuela, como en las circunstancias permanentes de la vida social e individual. Pensar la oralidad como categoría básica y pensar sus alcances, lo mismo que proponer la conversación como estrategia del propio ejercicio del conocimiento en los ambientes y vivencias escolares, y en las prácticas intersubjetivas, es propósito de este escrito.

 

Palabras clave: Oralidad, conciencia, conversación, escuela, medios de comunicación, subjetividad, sentido, juego, sociedad, discriminación, ciencia, estética.

 

+Conozca el libro Estrategias para desarrollar oralidad, lectura y escritura

 

Tanto en el ámbito de las actividades académicas de la escuela, como en general en todos los contextos sociales o públicos, la oralidad, en su darse como conversación, es un asunto poco considerado. No quiere decirse con esto que no se digan cosas o que no se hable; por el contrario, tanto en las aulas de clase, como en todos los escenarios sociales, se habla abundantemente, incluso con exceso. El problema reside en que el hablar o el decir se convencionalizan o se naturalizan hasta la vacuidad del sentido, no solo en los salones de las instituciones escolares, sino en los escenarios públicos y en los sistemas de información, incluyendo, por supuesto, los comúnmente llamados medios de comunicación.

 

En otros términos, el propósito esencial de la conversación -la posibilidad de abrir horizontes complejos del mundo- se debilita hasta el punto en que los actos orales se vacían de complejidad y se hacen exactos, reduciendo así la realidad a unas cuantas prácticas protocolarias en las que para cada cosa o situación se pretende determinar un equivalente verbal único que cierra el universo de posibilidades del lenguaje.

 

+Lea: Oralidad, lectura y escritura: del currículo al aula

 

Tanto en los escenarios sociales y culturales como en las instituciones educativas, la fortaleza y las posibilidades mismas del lenguaje se han reducido a una especie de koiné o jerga convencional, a unas actuaciones estructuradas que apuntan exclusivamente a la reiteración de fórmulas, a la descripción estricta de procedimientos, a la repetición de procesos, definiciones y datos, a la mecanización de todo acto comunicativo. Todo acto proposicional funciona como simple adequatio de una actividad concreta.

 

La sociedad occidental, incluida la colombiana, con todas sus instituciones sociales, culturales, políticas, educativas, científicas y económicas, ha caído en lo que algún profesor llamó: “la última peste; la del lenguaje”. Todo acto verbal responde -como si con él se tratara de ejecutar una rígida partitura- a un sistema de interpretación del mundo; toda actuación lingüística se restringe a la reproducción de una especie de jerga oficial, de una jerigonza decadente, sin encanto y sin complejidad. Todo está perfectamente estructurado entre lenguaje y realidad; el mundo es, ahora sí, transparente por el lenguaje; ha perdido su misterio. La realidad y el mundo caben en el achilado manojo de términos y expresiones con que la sociedad provee a los individuos para garantizar el funcionamiento de la misma.

 

¿En qué consiste esta peste del lenguaje?

La peste del lenguaje corresponde a una incapacidad vital para densificar o complejizar la experiencia; se hace evidente en la imposibilidad de las personas o las comunidades para expresar el saber, las vivencias, los gustos, los sentimientos, en fin, la infinitud inabarcable y misteriosa de la realidad, en términos de un lenguaje profundo, vital, lleno de ritmo y de fuerza creadora.

 

+Lea: La oralidad, una estrategia para mejorar la convivencia en el aula

 

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Esta peste del lenguaje, como falta de fuerza creadora de la palabra, tiene sus síntomas principales en manifestaciones como:

 

  1. El uso de clichés, de términos ordinarios y hasta vulgares, que se extienden a muchas cosas o que se dicen a propósito de casi todo. Es “chévere” un gol; “chévere” un concierto; tan “chévere” un celular como la clase de un buen docente; “chévere” el cuerpo una muchacha; “chévere” el sabor de una bebida o de un alimento, “chévere” un carro, “chévere” un tatuaje, “chévere” la forma de besar de alguien; en fin, “chévere” el mundo entero. Con palabras o expresiones como “sociedad civil”, “democracia”, “seguridad democrática”, “trabajo”, “patria”, “soberanía”, “moral”, “ética”, “disciplina”, “responsabilidad”, etc., utilizadas a diario por todo el mundo, la gente cree decir algo y, no obstante, al indagar al respecto, se comprueba la ausencia de significados en correlación con procesos históricos o culturales. Todo se reduce a apariencias, a fantasmas lingüísticos, locuciones sin carne, sin sustancia política, filosófica o estética que las sustente.

 

  1. El empleo de expresiones fáciles que, repetidas en exceso y hasta el cansancio en la vida diaria, se vacían de sentido y quedan convertidas en cascarones hueros, ya sin ningún poder para conmover, para hacer pensar, para contemplar o intuir otras vertientes de la realidad, para transformar las formas de relacionarse con otros; son expresiones mecánicas, al uso, actos verbales mecanizados, a veces sin coherencia con algún sentimiento o con algún tipo de conocimiento válido; solo decir, porque hay que decir algo aunque no sea verdad o aunque no se sienta: “¿qui’hubo?”, “¿cómo le ha ido?”, “¿qué hay de nuevo?”; “no tengo un peso”; “estoy vacia’o”; “vieja tan creída”; “una verraquera de película”, o de libro, o de partido de fútbol; y un infinito, etc.

 

  1. El uso de unas fórmulas prefabricadas en los laboratorios de publicistas, asesores y “creativos” (así se autollaman) al servicio de mercaderes y banqueros, para ser utilizadas calibradamente según cada situación o asunto; fórmulas profusamente repartidas e impuestas sutilmente por los medios de comunicación, a cuyos locutores o periodistas la gente ingenuamente les otorga una autoridad inmerecida en el manejo y conocimiento del lenguaje, sin percatarse de su tozudez en el uso de estos clichés o convencionalismos prefabricados y en muchos casos decadentes. Todo un sainete incontrolado en el que la línea de lo vulgar señala el punto de encuentro, el nivel unificatorio de la comunicación.

 

Esta peste del lenguaje conlleva a que las personas renuncien a sus posibilidades de libertad y se establezcan cómodamente en las medianías de un colectivismo gregario, medio inconsciente, que anula a cada uno y reprime todo impulso o arranque que pudiera ayudar a la superación de las rutinas existenciales a que nos ha constreñido la existencia momificada. Esta pérdida, que es en verdad la pérdida del logos, conlleva a la pérdida de la espiritualidad individual y social; relega a la comunidad a un lánguido y enfermo estaticismo espiritual en que los actos verbales son ya apenas balbuceos imprecisos, tanteos de ciego en un mundo invisible a su olfato crítico, inexistente para su empobrecido sentido de la contemplación estética o filosófica.

 

+Conozca el libro Tradición oral, escuela y modernidad

 

En la sociedad de hoy y en sus agentes -entre ellos, los medios y la escuela- todo se hace “práctico” (corrompiendo el término y creyendo que equivale a lo fácil o a lo mediocre) y “funcional”, con el fin de que la propia sociedad en general pierda la idea y el sentimiento de lo complejo como dimensión sustancial y rigurosa de la realidad. Todo el mundo se entiende por lo bajo, en re menor; en la planta baja, o inclusive en el sótano de las palabras; el léxico es escaso y la capacidad para construir proposiciones y actos significativos en un orden superior del lenguaje, en RE mayor, está atrofiada en casi todos, excepto en algunos pocos personajes no falsamente ilustrados, sino más bien hombres y mujeres que por alguna inclinación o intuición salvadora han buscado el sentido de las cosas en vertientes diferentes a las trilladas sendas de lo convencionalizado y lo oficial.

 

En los actos de habla, en las actuaciones lingüísticas de las personas, toda la biótica del infinito paisaje lingüístico de la ciencia, de la historia, del arte, de la literatura y la poesía, de la cultura, todo, se reduce a un escaso corpus de endémicas palabras que han echado raíces en el clima y en el terreno árido de las conciencias, abatidas y exhaustas ya por los convencionalismos; todo aquello o todo aquel que genere una idea que escape de los corpus consagrados socialmente será visto como anómalo o irregular.

 

Actualmente casi todo se mide por lo bajito, por el amañamiento descomplicado, por la complacencia mutua, aconflictiva. Se encuentran pocos espacios en nuestro medio que favorezcan la diversidad o la posibilidad para el riesgo del desencuentro, para la creación de horizontes de sentido que encarnen una cosmovisión capaz de enfrentar aquella en que históricamente se ha venido estructurando la conciencia social e individual. Solo se premia y se reconoce a quienes reproducen literalmente, o con leves variaciones, los formatos y modelos impuestos, aquellos que exigen que toda validez recaiga en los parafraseos redundantes de siempre, en las etiquetas consagradas y en las formalidades operativas. En fin, existe un sentimiento cómplice del sentido del mundo, que señala asimismo la falta de voluntad, de esfuerzo y de vigor de los sujetos para transformar el lenguaje, lo que implicaría, de hecho, la transformación del mundo; del mundo social, económico, político, científico, estético.

 

Una sociedad, abatida por la enfermedad del lenguaje (consistente, como se ha afirmado, en la reducción de la experiencia y del saber a unos clichés, a unas expresiones limitadas, a unas fórmulas predeterminadas, a un pensar homogéneo, a un decir de todas las cosas utilizando unos pocos términos en aras de lo que los tecnócratas llaman “precisión”) no hace historia; solo anda errante entre los matojos del tiempo y será barrida por el torrente propio del devenimiento permanente de la vida; será apenas un simulacro de pueblo, una fantasmagoría imprecisa en el conflictivo escenario de las luchas históricas; no será una sociedad pensante, pues pensar es exactamente descubrir y plantear opciones de estructurar el mundo en términos de unos sentidos renovadores y dinámicamente transformadores, posibilitados por los juegos del lenguaje.

 

Este ejercicio histórico de acceder a las estructuras complejas del acontecer del hombre en el mundo equivale, en últimas, a luchar por el reconocimiento de una formas de conciencia legítimas y nobles, por el reconocimiento y el respeto de una cosmovisión que se constituya en fuerza histórica, construida con el esfuerzo de varias generaciones convocadas por unos ideales diferentes a las ideologías que promueve actualmente la enajenación colectiva.

 

Digamos, para comenzar, que el habitual y recurrente ambiente expositivo, instaurado por la tradición escolarizada para abordar y compartir los temas de las diversas materias, constriñe el mundo entero -y, de hecho, el mundo juvenil- a un conjunto de datos, a un corpus de términos técnicos para cada asignatura, a unos procedimientos y fórmulas que se exponen en una fraseología prefabricada e invariable año tras año (a quienes hace cuarenta o más años éramos estudiantes de primaria, se nos hicieron las mismas preguntas, las mismas tareas y curiosamente las hicimos igual a como las hacen hoy los niños, con la diferencia de que antes dibujábamos a mano, con plumilla y con tinta china, mientras que hoy bajan las imágenes de la red. Nosotros escuchamos y dijimos las mismas definiciones, escribimos los mismos ejercicios, hicimos las mismas planas, memorizamos los mismos contenidos y repetimos las mismas respuestas, que constituyen hoy el universo del saber escolar, como si la vida, generación tras generación, estuviese condenada a repetir aburridamente el mismo entremés en que parece haberse detenido el país).

 

Porque la oralidad ha sido mal entendida. Desde la nefasta herencia lancasteriana -cuyo elogiado método consistía en una inalterable letanía de mentiras morales y religiosas y en la difusión de unos prejuicios raciales y sociales- se impusieron muchas prácticas escolares como una forma pugnaz de consagración de lo establecido, como una afirmación de los discursos dominantes; un cúmulo de actividades sin sentido, cerradas sobre sí mismas e instaladas en un escenario legitimador del status quo social y promotor de que los estudiantes reproduzcan en sus vidas la cosmovisión dominante, pero esencialmente ajena y lejana a las vivencias y sueños más auténticos de la cotidianidad y de los intereses de los jóvenes.

 

En efecto, ingresar a una aula de clase hoy, como ayer, equivale a abandonar en la puerta el mundo de la vida, el mundo palpitante y trémulo que cada niño lleva en sí, e ingresar a un secreto recinto masón donde la ceremonia de lo que llaman “conocimiento” exige unos rituales y unos mantras específicos que reposan en las manos de unos pocos iniciados, los mismo que los entregan puros y ya definitivos a unos alumnos que deben repetirlos sumisa y dócilmente para salir de su condición de meros alumnus y alcanzar la condición o el grado de maestros.

 

Lamentablemente, los procesos escolarizados -no escolares- tradicionales causan una fatal escisión entre los maestros y las vivencias, experiencias, subjetividades, problemas, necesidades y expectativas de la existencia juvenil, suficientemente enajenada y apachurrada ya por las instancias mediáticas y por las mafias del espectáculo, de la tecnología, de la moda, de la politiquería, la religión y el fútbol, que han arrebatado, en un juego de mano, toda la energía de que es capaz el alma de los niños y los jóvenes para inyectarles el fanatismo, el desprecio por el diferente, la violencia contra presupuestos de vida distintos; en una palabra, para achicarles los horizontes existenciales con las anteojeras de las ideologías economicistas que mueven el mundo actual.

 

Cuando en las instituciones educativas se pretende enseñar ciencia, muchas veces pareciera que se tratara de convencer a todo el mundo de que el conocimiento verdadero y la ciencia son cuestión de expertos o de genios, y que acceder a ese universo requiere ante todo de un lenguaje especializado que, desde el comienzo mismo de los procesos, excluye a la gran mayoría. Se confunde ciencia con un corpus de términos y de definiciones, de fórmulas y procedimientos, mantenidos en catálogos, en manuales, en documentos, en material videográfico; se reduce el conocimiento a un saber meramente técnico, de orden positivo y matematizado, ya organizado en formatos orales de tipo técnico, y se desprecian formas de conocimiento propias de la vida subjetiva de las personas, conocimientos sutiles y válidos que van surgiendo en ese extraño territorio de la cotidianidad y de las vivencias históricas de los individuos.

 

Entonces, en una escuela diferente a la convencional, la oralidad deja de ser traducción de fórmulas y de saberes mecanizados y mecanizantes, para adquirir la forma de una conversación infinita e inagotable, que no se reduce a las fórmulas y clichés instaurados como verdaderos y absolutos por el pensamiento convencional y estructurante. La forma de la oralidad denominada aquí “conversación” no tiene fronteras o límites trazados por alguna supuesta lógica que apele a la posesión de la verdad última de las cosas. Lo esencial de la condición humana y lo propio de la condición histórica del ser humano es la conversación.

 

Para esta conversación no hay límites, porque todo límite a la palabra y a la conciencia, sea de tipo religioso, filosófico, estético o científico, no es más que una posición moral y por tanto deshumanizante. En efecto, se puede hablar de lo divino y de lo humano; aceptar la defensa del dogma -sea científico, religioso o filosófico-, a condición de que pueda garantizarse también la posibilidad de la posición iconoclasta y escéptica. Se puede proponer la mirada inflexible de la matemática frente a un hecho, pero a condición de que se dé espacio también a la perspectiva ilimitada, flexible y dúctil de la fantasía y la imaginación frente a ese mismo hecho, constituido como fenómeno de la subjetividad, desde la orilla de la conversación que supera con creces las atrofias técnicistas de las palabras. Porque son los sujetos los que habitan el mundo.

 

En una conversación auténtica -la que no asume ninguna posición definitiva ni absoluta, sino que es búsqueda permanente- aparece constantemente lo inesperado; surgen de ella formas absolutamente hermosas de comprender el mundo y sus fenómenos, y se abren posibilidades de resignificar la cultura, la ciencia, el arte, la vida en general. En una conversación humanizadora -la que evita cualquier absoluto o cualquier condición inicial infranqueable- nadie sabe previamente a dónde se va a llegar ni por cuáles lugares se va a transcurrir, porque se entiende que conversar no se reduce a una exposición direccionada desde unos esquemas predeterminados como lo han entendido las prácticas escolarizantes de tipo convencional.

 

Conversar, en sentido fenoménico, no es seguir líneas lógicas de exposición de palabras o proposiciones convencionales, ni marchar por una especie de camino sin obstáculos, recto, aséptico. Conversar es detenerse, volver atrás, desviarse del tema mediante correlaciones que, como extraños puentes, nos contactan con otras realidades que van apareciendo en el espectro complejo de la conciencia y del lenguaje; conversar es saltar para regresar o para mirar atrás. En síntesis, es el más bello acto estético, creador de una espiritualidad auténtica, entendiendo por ésta, un haz infinito y posible de sentidos que emergen de los componentes históricos y culturales que se enraízan en el mundo de la vida de cada individuo; en fin, conversar es abrir las puertas a la posibilidad de que surja la totalidad.

 

Conversar es entonces un juego de representación más que una actividad de reproducción o repetición; es creación genuina y sin otra utilidad práctica que el goce como manera de advertir, de repente, la ruptura de las prácticas escolarizantes y el advenimiento de prácticas humanizadoras de formación. Gracias a la oralidad entendida como conversación humanizante, humanizadora, humanista, es posible dinamizar o redireccionar el mundo por caminos hasta ahora desconocidos -quizá solo intuidos por el arte- pero, esperanzadoramente, mucho mejores que los senderos por los que lo han conducido los poseedores de verdades absolutas y eternas, los mismos que, como paradoja siniestra, nos han hecho padecer guerras, muertes y violencia a lo largo de la historia humana, y que ahora nos confrontan con la posibilidad de nuestra propia y verdadera extinción. Sí, hablamos y hemos hablado demasiado; es hora de que se empiece a conversar.

 

 

Referencias

Blumenberg, H. (2013). Teoría del mundo de la vida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Gadamer, H. G. (2012). Verdad y Método. Salamanca: Ediciones Sígueme.

Moreno, J. (1998). La última peste: la del lenguaje. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional.

Negri, A. (2006). Movimientos en el Imperio. Barcelona: Ediciones Paidós.

Sloterdijk, P. (2012). Has de cambiar tu vida. Valencia: Pre-Textos.

Vargas, G. (2012). Fenomenología, formación y mundo de la vida. Saarbrücken: Editorial Académica Española.

 

 Carlos Guevara Amórtegui

Doctor en Educación, profesor en el Doctorado Interinstitucional en Educación, Universidad Pedagógica Nacional.

 

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 67

 

Foto de Pressfoto. Tomada de Freepik

 

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