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La economía de la atención y el proceso educativo

Por Juan Carlos Vergara Silva
Magisterio
08/11/2019 - 15:00
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Foto de Freepik
La economía de la atención es un modelo de comportamiento económico contemporáneo planteado por Thomas H. Davenport y John C. Beck. A partir de sus características, se analizan las implicaciones de paradigma en el sector educativo y, principalmente, en los procesos de aula y en entornos educativos, vistos como entornos innovadores, creativos y dinámicos.
Palabras clave: Economía, atención, conocimiento, información, digital.
En el año 2001, Thomas H. Davenport y John C. Beck, el primero profesor distinguido de la Escuela de Negocios Babson y el segundo, profesor de la Universidad de Harvard y de UCLA, propusieron a los lectores de sus obras un nuevo enfoque sobre el entorno económico del siglo XXI: la economía de la atención. En sus palabras, este modelo económico recoge un sin número de inquietudes sobre el papel de la atención en la vida económica de los seres humanos, y dirige su interés hacia la atención como un elemento esencial del diario vivir en el siglo XXI, tanto en su ámbito psicológico como en el socio-cultural. Señalaban estos autores que la economía de la información y del conocimiento no puede entenderse cabalmente sin la incorporación de la atención como uno de sus indicadores de gestión.
Cuando nosotros recorríamos grandes distancias para encontrar información –como caminar de una ciudad a otra-, estábamos preocupados por no tener suficiente cantidad de información; ahora estamos más preocupados por rebajar la cantidad, incluso por evitar el bombardeo constante. Parecemos más preocupados por conseguir menos información y no más, y nos concentramos en frenar la avalancha de información en vez de procurarnos más (Wurman, 2000).
En esta nueva economía, el aprovechamiento de capital, mano de obra, información y conocimiento es abundante. Es fácil empezar un negocio, acceder a los clientes y mercados, desarrollar una estrategia, publicar una página Web y diseñar spots publicitarios. Lo que anda escasa es la atención humana. No es probable que el problema resida en la amplitud de onda de las telecomunicaciones, sino en la amplitud de onda humana. Llegó un momento en el que los magnates del software tuvieron la ambición de colocar la “información en la punta de los dedos”. Ahora la tenemos, y en cantidades gigantescas. Pero nadie estará informado, aprenderá y actuará sobre la base de la misma a menos de que disponga de una cierta atención libre para dedicar a la información. por desgracia, la mayoría de las organizaciones cuentan con muy poca atención sobrante (Davenport, 2002).
Bajo este mismo tenor, y solo unos meses antes de la publicación de la Economía de la atención, Richard Saúl Wurman, preguntaba a sus lectores si estaban enchufados o saturados en su interfaz con la red, incipiente en aquel entonces, y que ha continuado su andar veloz en la primera década del siglo XXI:
Cuando nosotros recorríamos grandes distancias para encontrar información –como caminar de una ciudad a otra-, estábamos preocupados por no tener suficiente cantidad de información; ahora estamos más preocupados por rebajar la cantidad, incluso por evitar el bombardeo constante. Parecemos más preocupados por conseguir menos información y no más, y nos concentramos en frenar la avalancha de información en vez de procurarnos más (Wurman, 2000).
Al combinar los aportes anteriores que conectan dos visiones económicas complementarias y actuales: la economía de la atención y la economía de la información, nos enfrentamos a una pregunta trascendental para los procesos educativos contemporáneos: ¿Cómo interactúan los sistemas educativos y estos nuevos paradigmas de interacción económica, social y cultural?
Un punto inicial de convergencia se centra en el reconocimiento de la abundancia de fuentes de información y la relativa facilidad de acceso a dichos depósitos virtuales. Por lo tanto, la idea de un docente conocedor absoluto y pleno del contenido de sus, y parcelador único del conocimiento en currículos, es cada vez más un mito muy alejado de la realidad que plantean estos modelos económicos.
Seguimos pensando que la mente de nuestros estudiantes es una especie de plastilina que debemos conformar, modelar, informar y confeccionar. Nada más alejado de la realidad en la economía actual, que propende por la creatividad, el ingenio, la innovación y la capacidad individual, para aportar desde la biografía cognitiva y metacognitiva, afectiva y social a un mundo que anhela ser descubierto día tras día.
Un segundo tema puede advertirse en la metáfora de un campo de batalla virtual, hecho explícito muchas veces en el mundo de la didáctica y la pedagogía: el conflicto entre la imperiosa búsqueda de atención por parte del docente hacia su materia y la resistencia de los estudiantes a prestar interés a los llamados para que incorporen y asimilen el universo de las ideas acotadas y dispensadas en el sistema formal de educación.
La atención es un aspecto de la cognición humana que está directamente relacionado con el almacenamiento de la información en la memoria humana. En tal sentido, no podemos hablar de ella como un fenómeno aislado de las teorías que intentan explicar los complejos mecanismos del cerebro humano. 
José María Ruíz-Vargas, al reflexionar sobre la función de la memoria en los seres humanos, reconocía que almacenar la información es solo una faceta de la extraordinaria complejidad que encierra la voluntad de almacenamiento cognitivo que poseemos. En tal sentido, determina que la función primaria de memoria sería: “dotar a los individuos del conocimiento necesario para guiar una conducta adaptativa con independencia de la complejidad de la situación” (Ruíz-Vargas, 1994).
Cabe preguntarse, entonces, si nuestros estudiantes, en el proceso formal de aprendizaje escolar, están recolectando y procesando información pertinente para adaptarse al mundo en que vivirán su edad adulta o si, por el contrario, están aprendiendo “trucos viejos” para un mundo que ya no existe.
Al hacer eco de las observaciones de Wurmann sobre la angustia informativa que produce la avalancha de información en un individuo, reflejada en su lucha por desembarazarse de tantos focos que reclaman su atención, sin poder discernir cuáles de dichos puntos de atracción merecen su tiempo y, en consecuencia, su vida, podemos aventurar una primera sugerencia para vivir en esta economía de la atención: formar el criterio en nuestros alumnos de manera que filtren el cúmulo de llamados que la sociedad actual les está haciendo, tanto en su mundo escolar, como en su mundo social, tecnológico y cultural.
De igual forma, debemos preguntarnos si la respuesta única y uniforme a todos nuestros cuestionarios de selección múltiple realmente propicia el análisis, el procesamiento, la decantación y la puesta en acción de la información y el conocimiento. O sí, por el contrario, debemos modificar nuestras evaluaciones y encaminarlas hacia el fomento de la conformación de procesos cognitivos de cualificación creciente en una ecología de la información y el conocimiento, ámbito virtuoso que deje atrás el almacenamiento de datos inconexos, incoherentes y en muchos casos inútiles para la vida intelectual, social, cultural y afectiva de nuestros estudiantes.
Podemos estar gastando vanamente, y de forma inconsciente, el tiempo de todos los actores del sistema escolar, andando en una noria interminable, en donde nuestro único propósito escolar sea entregar datos o información a alumnos que nos los devuelven mecánicamente, y fomentar que sigan nuestros pasos para apropiar información de terceros, sin que dicha información sea fruto de su proceso de asimilación y crítica, sino de una copia fiel de patrones preestablecidos; desconociendo su opinión, su criterio, su reflexión y su valoración personal de los contenidos curriculares.
Seguimos pensando que la mente de nuestros estudiantes es una especie de plastilina que debemos conformar, modelar, informar y confeccionar. Nada más alejado de la realidad en la economía actual, que propende por la creatividad, el ingenio, la innovación y la capacidad individual, para aportar desde la biografía cognitiva y metacognitiva, afectiva y social a un mundo que anhela ser descubierto día tras día.
En los modelos económicos que intentan comprender este mundo nuevo, nos abocamos a un escrutinio que ya verbalizan las jóvenes generaciones nacidas en la primera década del siglo XXI, al señalar que uno de sus motivos para abandonar nuestros entornos escolares es su “deserción por decepción”, al considerar que el sistema educativo no está dando el nivel que las circunstancias actuales exigen de un modelo pedagógico que se quedó en el pasado, que finge vivir en un mundo tecnológico y se escuda en procesos repetitivos y mecánicos de evaluación masiva, sin contar para nada con la voz de los actores reales de la acción educativa.
Se ha escrito mucho sobre los procesos de atención de los estudiantes. La mayor parte de los estudios pedagógicos y sicológicos centran su interés en analizar, evaluar y proponer ideas para mejorar la atención de los alumnos. Sin demeritar este enfoque, creo que debemos pensar que no es solamente esta población la que debe ser objeto de nuestra preocupación, ya que existen otros agentes del proceso que deben ser tenidos en cuenta para comprender la complejidad de este tema.
La escuela es el lugar donde nuestros hábitos de información son formados, sin embargo, la mayoría de nosotros nos graduamos mal equipados para manejar la avalancha de información que tendremos que adquirir continuamente. Sufrimos de angustia informativa, primero que nada por la forma en que se nos enseñó a aprender (Wurman, 2000).
En realidad, el proceso de atención no puede circunscribirse a la mente de los estudiantes en clase, o a la preocupación del docente por atraer su atención. Es necesario pensar en los entornos favorables u hostiles a un adecuado espacio interactivo que fomente la existencia, desarrollo y mejora continua de la atención en las instituciones educativas, desde el preescolar hasta la educación continua en la red.
Tanto el profesor Thomas Davenport, como John Beck, plantean categorizar la atención para verificar su presencia en entornos organizacionales. Sus puntos de partida podrían trasladarse a un entorno educativo que valide su efectividad y nivel de calidad. Los tipos de atención son los siguientes:
a. Cautiva o voluntaria.
b. Basada en la aversión o en la atracción.
c. Delante de la mente o detrás de la mente.
Los dos primeros tipos estarían relacionados con la elección, los segundos con la motivación de incentivos y amenazas, y los dos últimos con la focalización. Las combinaciones de estos tipos de atención ejemplifican el estado de este proceso cognitivo en cualquier momento de nuestras vidas. Podemos estar leyendo este artículo con una atención voluntaria, basada en la atracción y delante de la mente, o podemos estar realizando esta misma actividad con una atención cautiva, basada en la aversión y detrás de la mente, y obtendremos un panorama muy diferente del esquema de atención en una actividad similar.
Si pensamos que estas combinaciones varían según cada individuo, cada situación temporal, e incluso el tipo de personalidad que se ha formado a lo largo de la vida, las variedades de atención que circulan en un entorno educativo son casi infinitas. Pensemos por un momento en la primera tipología. Nuestros autores desglosan su contenido diciendo que:
“Se presta atención voluntaria a las cosas que parecen interesantes en sí mismas, en las que nos fijaríamos aunque hacerlo estuviera terminantemente prohibido. Por otro lado, la atención cautiva nos viene impuesta” (Davenport, 2002).
Esta clasificación lleva inmediatamente a la pregunta: ¿En nuestros entornos educativos predomina la atención voluntaria, o es más un proceso de atención cautiva impuesta por la obligación de asistir a clase y cumplir con un horario establecido? De igual forma, el cuestionamiento podría establecerse para el docente que brinda una atención voluntaria o cautiva a su proceso de enseñanza y de aprendizaje. Y si queremos salir del entorno arquitectónico del aula de clase, cabría preguntarse si el jefe o coordinador de área está prestando la atención debida a sus docentes y a los procesos que ejecutan en aula cotidianamente y, siendo más generales: ¿qué podemos decir de los coordinadores académicos, los rectores, los cuerpos directivos y los padres de familia, en cuanto a su atención a los llamados diarios de su acción directiva, ejecutiva o de acompañamiento pedagógico?
Podríamos pensar que la atención voluntaria aporta mejores resultados escolares que la atención cautiva; sin embargo, sería preferible preguntar cuál de estos dos tipos es el mejor para dar comienzo a un tema nuevo, para ejercitar su aplicación o para profundizar en un tema y formar el criterio.
Es así como en este rápido vistazo nos damos cuenta de la importancia de la atención en el ambiente educativo, que, trasladado al entorno familiar, nos cuestionaría por el tiempo y el grado de atención que reciben nuestros alumnos en sus hogares por parte de sus padres, tutores o figuras de autoridad que los acompañan en la elaboración de sus trabajos escolares o preparación de exámenes y pruebas. Pero este análisis debería conducirnos también a preguntar por el grado de atención de los estudiantes en encuentros deportivos, vivencias sociales, espacios de recreación, ambientes artísticos y de entretenimiento analógico o virtual.
Una vez hecho este recorrido, nos preguntamos si la ejercitación de estos tipos de atención tiene algún reflejo en el futuro entorno familiar, laboral o de ejercicio profesional, y la respuesta salta a la vista. No solo observamos conductas similares en lugares de trabajo, sino que en muchas ocasiones éstas son el espejo de nuestros hábitos de atención adquiridos en la infancia y adolescencia, reforzados por un entorno escolar que privilegia ciertos tipos de atención, frente a otros que consideramos menos eficaces pedagógicamente.
Lo anterior exigiría que, a la hora de programar nuestras actividades docentes, pensáramos en el tipo de atención que esperamos lograr con nuestros métodos didácticos y nuestra actitud frente al ejercicio docente. Tomemos el segundo tipo de atención, aversiva o atractiva. Es indudable que el modelo de disciplina familiar y escolar juega un papel importante en la motivación del estudiante, ya sea positivamente para atender las actividades escolares o, por el contrario, negativamente, llevándolo a experimentar un temor a ser castigado.
Creo que debemos partir de que el grado de motivación del docente por compartir sus conocimientos y aportar metodologías innovadoras en aula, mejorará considerablemente la atención atractiva hacia los contenidos de las asignaturas, o, en caso de desmotivación del docente, concurrirá a una atención aversiva en la conducta del alumno en clase.
Finalmente, la última pareja de tipologías de la atención: Delante de la mente o detrás de la mente, es quizás la más difícil de verificar en el comportamiento. Ya que esta volatilidad de la atención lleva a cambiar de foco de manera espontánea y sin que medien exclusivamente factores externos de distracción en el alumno. El ingreso intempestivo de las redes sociales en nuestro modo habitual de comunicación exige prestar atención, pero no solo a nuestras propias ideas e imaginación, sino a múltiples compromisos comunicativos que se derivan de la presencia de agentes virtuales y requieren de nuestra atención constante, sin considerar horarios o espacios de privacidad.
De igual forma, Davenport y Beck nos orientan sobre las características que posee una economía de la atención en el mundo actual:
Todas las economías tienen productores y consumidores, oferta y demanda. La economía de la atención se cualifica por sí sola. Como ya hemos indicado, todos somos productores de información en busca de la atención de los consumidores. Pero también somos consumidores de información, con una escasa cantidad de atención para ofrecer al mundo. Para consumir información también debemos ser inversores de nuestras propias carteras de atención. La recompensa por orientar mi atención en una dirección específica puede ser extraordinaria: puedo aprender algo, cambiar algo por otra cosa mejor, reparar lo que está averiado o gratificar a otro ser humano. […] Al igual que los asientos de un avión y los alimentos frescos, la atención es una mercancía cien por cien perecedera. Cuando se pierde, es probable que nunca vuelva a recuperarse (Davenport, 2002).
Estas analogías, trasladadas al sector educativo generan un reto a todo el sistema: ¿En qué medida estamos preparados para, conscientemente y de manera formal, mantener, fomentar e incrementar los niveles de atención en todos los procesos escolares, tanto de manera presencial como en el espacio autónomo de formación de nuestros estudiantes? Atendiendo esta inquietud, creo conveniente finalizar estas reflexiones sobre el papel de la economía digital en el sector educativo, con una síntesis del profesor Wurman sobre la escuela contemporánea:
La escuela es el lugar donde nuestros hábitos de información son formados, sin embargo, la mayoría de nosotros nos graduamos mal equipados para manejar la avalancha de información que tendremos que adquirir continuamente. Sufrimos de angustia informativa, primero que nada por la forma en que se nos enseñó a aprender (Wurman, 2000).
Dado que aquellas demandas por mantener el sistema persistirán y se agudizarán durante los próximos años, debemos fomentar desde la primera infancia el cultivo de la atención, y derivar de este hábito el manejo de otros intangibles como el tiempo, la competitividad, el uso eficiente de la información y otros factores de nuestra economía rauda, veloz y agobiante, que cada vez se consolida más como el entorno natural de nuestra civilización digital y digitalizada.
Referencias 
Davenport, J. C. (2002). La economía de la atención. Barcelona: Paidós.
Ruíz-Vargas, J. M. (1994). La memoria humana. Madrid: Alianza.
Wurman, S. (2000). Angustia informativa. Buenos Aires: Pearson Education.
Juan Carlos Vergara Silva.   Director de la Maestría en Lingüística Panhispánica. Universidad de La Sabana.
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