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La escuela por un lado, el futuro por el otro

Por Bruno Iriarte
Magisterio
07/09/2018 - 15:30
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Foto de Pixabay

Según una investigación publicada recientemente por el periodista Andrés Oppenheimer, en las próximas dos décadas, el 47% de los empleos que hoy conocemos va a desaparecer. Como ya ha pasado anteriormente con el repartidor de leche, el reparador de calzados o como está pasando con el cartero.

Y cuidado, no hay que creer que solo son oficios los que están siendo amenazados por la creciente automatización en el mundo del trabajo. Aplicaciones como autotune ponen en jaque a los ingenieros de sonido, los diagnósticos de la piel realizados con la cámara del celular hacen tambalear la utilidad de los dermatólogos, o la horizontalidad para producir contenidos descarta a millones de intermediarios entre el productor y el consumidor. Ahora bien, ¿está la escuela intentando descifrar el futuro o se sigue en ellas completando los manuales que las secretarías de educación proponen, anulando cualquier innovación posible? 

Quien haya visitado una institución educativa en los últimos años, estará convencido que la respuesta a esa pregunta está más cerca de la segunda opción que de cualquier otra posibilidad. Las escuelas de América Latina, sobre todo aquellas con reconocimiento estatal y dentro de la educación más tradicional, no sólo no están pensando en su futuro ni en el de sus estudiantes, sino que miran con nostalgia su pasado de esplendor en donde fueron la punta de lanza en la construcción de los Estado-Nación de la región. Es casualmente este, el que no permite ni libera a los actores dentro de la escuela para permitirles construir su propio futuro y prepararse de la mejor manera posible para el impacto de este.

Ahora bien, ¿está la escuela intentando descifrar el futuro o se sigue en ellas completando los manuales que las secretarías de educación proponen, anulando cualquier innovación posible? 

En esa línea, es necesario para cualquier artículo o sus variantes que desarrollen temas educativos tener en cuenta la importancia de fijar un sentido y un propósito a la educación en forma global y a la escuela en forma particular. Este propósito deberá estar determinado por un consenso, el cual necesita ser alcanzado mediante una discusión entre el gobierno y el resto de la comunidad educativa. Principalmente en cuanto a la finalidad del sistema educativo, de lo contrario, la educación volverá a servir de punta de lanza de propósitos propios de funcionarios públicos y no de los individuos que la conforman.

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Por último, es cierto que nadie conoce con certeza acerca de cómo será el futuro, no obstante, en la escuela permanecemos en el mejor de los casos entre 12 y 14 años de nuestras vidas preparándonos para una vida adulta con casi la misma fórmula que lo hacían nuestros tatarabuelos. Por lo que es de esperar que ese tiempo se convierta en una inversión y no en una pérdida, y que además genere espacios que permitan el desarrollo en libertad de las habilidades y de los conocimientos que necesitan los estudiantes según sus intereses.

*Docente a bordo de @lakombicholulteca. Recorre América Latina buscando experiencias de educación no tradicional para reflexionar acerca de la escuela que queremos.  

Foto de Pixabay