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La evaluación desde la pedagogía dialogante

Por Miguel de Zubiría Samper
Magisterio
05/06/2017 - 10:30
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Foto de UMAG. Tomada de Flickr

Las preguntas qué, cuándo y cómo evaluar, deben plantearse a nuestro juicio en el marco de la respuesta a una pregunta previa, de la que partiremos en nuestro análisis: evaluar, ¿para qué?, o si se prefiere, ¿qué funciones está llamada a cumplir la evaluación? Como veremos, el qué, el cómo y el cuándo evaluar dan lugar a respuestas sensiblemente distintas según que se refieran a una u otra de las funciones de la evaluación (Coll, 1994, p. 124).

A diario, los individuos tomamos decisiones y en cada una de ellas se involucra la evaluación. La simple elección de cuál fruto comprar en la plaza, un examen médico, un estado de pérdidas y ganancias empresa riales o la determinación de una selección de deportistas, implican un proceso evaluativo previo.

+Lea: El buen docente para la pedagogía dialogante

Evaluar es formular juicios de valor acerca de un fenómeno conocido, el cual vamos a comparar con unos criterios que hemos establecido de acuerdo a unos fines que nos hemos trazado. Por ello en toda evaluación se requiere determinar los fines e intenciones que buscamos, delimitar los criterios que usaremos al establecer las comparaciones y recoger la información para garantizar que el juicio emitido corresponda a la realidad.

En pocas palabras, si no reflexionamos y evaluamos nuestras evaluaciones, no es posible esperar un aumento en su calidad. Esta es la diferencia entre la práctica y la praxis, y debido al argumento anterior, la escuela debería estar centrada en la praxis y no en la práctica; es decir, en una práctica reflexionada.

Veamos una parte de las reflexiones y procedimientos involucrados en su elección, a partir de un comentario que en alguna oportunidad escuché al colega y amigo Miguel Ángel González.

La pregunta de partida con la cual inició el profesor aparentemente no tenía ningún vínculo con la escuela: ¿Cómo decidir si un aguacate debe ser comprado o no? A juicio de Miguel Ángel, el comprador debe tener clara su finalidad. En este sentido, el propósito debe preceder a la selección; de lo contrario, ésta carecerá de sentido. No es lo mismo, por ejemplo, adquirir aguacates para preparar una ensalada, adornar una mesa de frutas o para ser consumidos directamente. El comprador deberá adecuar su selección a su finalidad.

Sin embargo, el comprador se enfrenta a frutos de tamaños, formas, precios y colores diferentes; y debe decidir cuál escoger entre ellos. Su finalidad le da los parámetros a tener en cuenta para poder realizar su mejor elección, pero tiene que escoger entre los diversos aguacates que se le presentan. Tendrá, por lo tanto, que comparar los aguacates que se le presenten con un aguacate “ideal”, realizando así una primera preselección y, entre los “aguacates preseleccionados”, escoger aquellos que serán adquiridos. Si ningún aguacate resultara preseleccionado, allí terminaría su evaluación y posiblemente tendría que desplazarse a otro puesto en el cual volvería a iniciar su proceso.

Pero los dos pasos anteriores no bastan, dado que el seleccionador no puede percibir directamente la calidad y por lo tanto tiene que utilizar indicadores indirectos. La blandura, el color y la contextura de la cáscara le darán una pista sobre la calidad de su carne. Sus instrumentos son primitivos y por ello tiene que presionar sus dedos en algunos lugares del fruto escogido aleatoriamente. La experiencia le puede, sin embargo, llevar a privilegiar algunas de ellas. Aun así, su elección es incierta, y dependiendo de su pericia, será menor o mayor la posibilidad de acertar en la selección de los aguacates deseados.

¿De qué depende, finalmente, la calidad del evaluador? A primera vista podría pensarse que de la experiencia, pero esta respuesta “a secas” sería muy simple. Nadie evidentemente podría aprender a evaluar aguacates sin conocerlos y sin haber realizado esta actividad previamente y en repetidas ocasiones. Aun así, ésta no es una condición suficiente para realizar buenas elecciones. Si yo comprara, por ejemplo, los aguacates para un restaurante y posteriormente no validara mi selección previa, la experiencia no me cualificaría como seleccionador. Si yo no me preocupara por mejorar mis instrumentos o por aprender a leer de una manera más fiel y exacta los indicadores externos del fruto, no realizaría elecciones más acertadas. En pocas palabras, si no reflexionamos y evaluamos nuestras evaluaciones, no es posible esperar un aumento en su calidad. Esta es la diferencia entre la práctica y la praxis, y debido al argumento anterior, la escuela debería estar centrada en la praxis y no en la práctica; es decir, en una práctica reflexionada.

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La anterior disertación sobre el tema bastante prosaico de la selección y la compra de los aguacates nos permite vislumbrar algunos elementos a tener en cuenta en la evaluación educativa.

A primera vista, resalta la complejidad involucrada en el proceso evaluativo. Si para realizar una ensalada es necesario tener en cuenta la finalidad, los parámetros de comparación, las maneras de recoger la información, ¿Qué no será necesario para evaluar el desarrollo de un ser humano? ¿Para qué evaluar? ¿Qué evaluar y cuándo hacerlo? ¿Cómo y con qué? Y ¿cómo evaluar la evaluación?, son todas ellas preguntas pertinentes en la evaluación educativa.

Una evaluación es un diagnóstico de algo que permite realizar una toma de decisiones. El comprador de aguacates evalúa los frutos para determinar si van a ser adquiridos y en dicho caso cuáles lo serían. Un estado de pérdidas y ganancias empresariales permite describir la situación económica de una empresa, para facilitar la toma de decisiones en lo concerniente a futuras inversiones. ¿Cuáles son por lo tanto las finalidades de la evaluación educativa?

Mediante la evaluación, una institución escolar puede seleccionar el ingreso de un individuo entre un grupo de aspirantes, determinar la promoción de uno de sus miembros, diagnosticar el estado actual en el desarrollo de un proceso, indicar el nivel en el cumplimiento de propósitos o facilitar el proceso de aprehendizaje. A excepción de esta última, en todos las anteriores se realiza un diagnóstico con el fin de tomar, a partir de allí, una decisión. Cuando se realizan controles de lectura buscando que los estudiantes lean, o exámenes para promover el estudio y facilitar la organización de las ideas del estudiante, la evaluación pierde su carácter diagnóstico y se convierte en una herramienta metodológica. En dicho caso, la evaluación no es utilizada para diagnosticar, sino para promover, estimular o facilitar la adquisición de conocimientos. En todas las demás circunstancias la evaluación educativa busca, mediante la realización de un proceso diagnóstico, cualificar la toma de decisiones.

+Conozca la colección Pedagogía dialogante

Referencia

COLL, C. (1994). Psicología y Currículum. p.124. Buenos Aires: Paidós

Título tomado del libro: Los Modelos pedagógicos. Hacia una pedagogía dialogante. Autor: Julián De Zubiría Samper. pp. 60-63

Foto de UMAG. Tomada de Flickr